Hay pocos sitios por los que no pueda colarse una verdad. Fue el regalo por su cuarto cumpleaños, obtener por goteo realidades absolutas. Sin frecuencia establecida, sin relevancia clínica, sin utilidad. Pero cuando llegaban eran ciertas del todo, sin posibilidad de error o contrainterpretación. La víspera de cumplir los ocho años debía ratificar si deseaba conservar el don, y ese día se le olvidó decir que no.
Dos de las piedras de los muros de esta celda son geodas, dijo a bocajarro. Resbaló la mirada a lo largo de la luz rehogada sobre el moho de las paredes, salvando las rendijas negras entre piedra y piedra (acantilados que rellenar con los dedos en los meses muertos, astillándose las uñas). Por un rato olvidó el cautiverio, las úlceras, el que habría de ser su suplicio de horca que entre tanto servía de anaquel. Cómo partir cada piedra, cómo sacar las dos al único haz de luz para que refulgieran vítreas las cavernas de muñecas.
Pasan las horas y no vienen más certezas. No puede imaginarse el color de sus entrañas de cristales, pero sí sabe que están ahí. Y los guardias no. Los guardias no.
jueves 16 de julio de 2009
martes 7 de julio de 2009
un tren, 1947, terciopelo, rojo
Debería haber una lagartija reptando alrededor de sus tacones, bregando por engancharse a la costura de sus medias y ascender. La bala debería haber cerrado la herida a su paso y no dejar más rastro que una mirada de asombro en el hombre. La amapola que le revolotea en los pulmones debería volver osmótica a los vapores de los que salió, y ella tendría que poder despejar su frente. El revólver debería pesar menos, mucho menos. Medita un segundo acerca de cuántos revólveres serán necesarios para balancear el peso de un elefante indio. Y el de un cadáver, quizá aún erecto. ¿Debería comprobarlo? ¿Palpar a un muerto buscando rigor de vivo? Las imágenes se escurren por sus oídos y siente una y otra vez que alguien acaba de pronunciar su nombre, justo desde el borde de su tocado. Aprieta los dientes y se piensa abriendo un frasco de frío derramándoselo por dentro de la frente hasta despejarse. El tren silba.
El cadáver está en el suelo junto a la serpentina de celulosa que hizo de silenciador y ahora absorbe el reguero de sangre. Se encarama al tórax quieto para abrir la ventana y que escape el vapor del opio, la curva juega a su favor ocultándola. De vuelta al cargado interior se arrodilla junto al cadáver y palpa debajo del asiento. Por un instante el pánico la despeja del todo, pero sus dedos alcanzan el tarro. Al abrirlo un olor mordiente termina de retorcerle las sienes y debe recordar quién es, qué hace y por qué no debe, no puede y no va a salir corriendo de allí. Rasga parte del forro de su falda para hacer de gamuza y comienza a extender el ungüento del tanatólogo por la cara de XXXX. Sus facciones se convertirán en cera grasienta y conservará su gesto, durante siglos si no le tocan, había dicho el doctor. Una semana nos basta, escupió ella, perfectamente sobria, en el sótano de la universidad. Por qué no estaría tan sobria ahora, por qué no se ajustarían de una vez los alambres de su cabeza. Un goterón del ungüento cae a plomo sobre su traje rojo oscuro. Piensa en si aún quedarán gotas densas en sus labios, rojo oscuro. En la risa del muerto al verla fumar tratando de no perder el carmín. En si preservar también el torso, o salvar sólo el rostro de la putrefacción, condenándolo a ser reconocido en el destino.
En el compartimento, cerrado hasta el fin de trayecto, el cadáver parece dormir sin perder la compostura, recostado en el asiento. H desciende en la estación acordada, con el revólver y la resina bajo el doble fondo de la sombrerera. Tamborilea sobre el terciopelo la contraseña mientras el aire entra en sus pulmones, lleno de humo ajeno, que no le trae vahídos. Desdeña la satisfacción para concentrarse en deliberar si quizá podrá comer algo que mate las náuseas, el opio, los elefantes indios y el encargo.
para varla
El cadáver está en el suelo junto a la serpentina de celulosa que hizo de silenciador y ahora absorbe el reguero de sangre. Se encarama al tórax quieto para abrir la ventana y que escape el vapor del opio, la curva juega a su favor ocultándola. De vuelta al cargado interior se arrodilla junto al cadáver y palpa debajo del asiento. Por un instante el pánico la despeja del todo, pero sus dedos alcanzan el tarro. Al abrirlo un olor mordiente termina de retorcerle las sienes y debe recordar quién es, qué hace y por qué no debe, no puede y no va a salir corriendo de allí. Rasga parte del forro de su falda para hacer de gamuza y comienza a extender el ungüento del tanatólogo por la cara de XXXX. Sus facciones se convertirán en cera grasienta y conservará su gesto, durante siglos si no le tocan, había dicho el doctor. Una semana nos basta, escupió ella, perfectamente sobria, en el sótano de la universidad. Por qué no estaría tan sobria ahora, por qué no se ajustarían de una vez los alambres de su cabeza. Un goterón del ungüento cae a plomo sobre su traje rojo oscuro. Piensa en si aún quedarán gotas densas en sus labios, rojo oscuro. En la risa del muerto al verla fumar tratando de no perder el carmín. En si preservar también el torso, o salvar sólo el rostro de la putrefacción, condenándolo a ser reconocido en el destino.
En el compartimento, cerrado hasta el fin de trayecto, el cadáver parece dormir sin perder la compostura, recostado en el asiento. H desciende en la estación acordada, con el revólver y la resina bajo el doble fondo de la sombrerera. Tamborilea sobre el terciopelo la contraseña mientras el aire entra en sus pulmones, lleno de humo ajeno, que no le trae vahídos. Desdeña la satisfacción para concentrarse en deliberar si quizá podrá comer algo que mate las náuseas, el opio, los elefantes indios y el encargo.
para varla
viernes 15 de mayo de 2009
Asilo de Santa María de Bethlehem, 1787, cicatrices queloides, violeta.
El alarido de un subnormal le ha despertado de la fugaz siesta, contrariado se estira las mangas y piensa en que toca cepillar la levita. Soñaba con una frente alta como la de Nell. De un tiempo a esta parte viene acordándose de Nell, su alta frente y su mentón desafiante. Como un trapo que uno empapa en agua una y otra vez para limpiar la sangre de las baldosas del suelo, le gusta que la frente de Nell cristalice detrás de la suya. Pero la sangre no se va. Decide acercarse al ventanal de su despacho a observar a los niños retrasados correr torpemente unos detrás de otros. Si todos los niños parecen gaviotas trinando, reflexiona, hasta en la algarabía se entienden las monstruosidades de estos, se diría que decenas de polluelos de buitre tratan de descarnar a una misma presa. Se aparta del ventanuco enrejado pensando en esa otra frente y esos ojos enfurecidos tan mucho más vivos que los de Nell. Al caminar tropieza con la bacinilla que está a punto de volcar y salpica el jergón. La imagen de Nell se diluye como un trapo se deshilacha tratando de borrar la piedra de la propia piedra. La belleza delirante de ojos enfurecidos y quejido impaciente vuelve a llenarle.
En el corredor norte uno de los guardianes muestra a las visitas el salón de los catatónicos. Va articulando sus miembros semidesnudos y veteados por prominentes cicatrices carmín, hasta representar un árbol con los brazos y piernas de varios de ellos. Dispone haciendo de riachuelo a otros pocos y arquea a un anciano para que haga de puente, con su vientre desnudo mirando al techo. Las visitas aplauden. Un joven retira uno de los brazos del anciano-puente. El frágil cuerpo se tambalea pero mantiene la posición, un puente decrépito hecho de anciano de mirada perdida doblado hacia atrás. Los gritos de las histéricas desde el corredor anexo atraen a los visitantes, que abandonan el paisaje viviente. Los catatónicos permanecen quietos, tan quietos que se puede escuchar sus respiraciones y el batir del corazón tras sus costillas prominentes. En la tarde de verano las estufas están apagadas y los guardianes no hacen la demostración de cómo resisten el fuego sin parecer percibirlo, el salón se libra del olor a carne quemada de las visitas de invierno. En los ojos secos que no parpadean no parece haber noticia de la ventaja.
Arriba en el despacho decide rendirse y recordarla. Sus primeros días en el asilo, sus rasgos crispados de terror.Han querido matarme, decía, han querido matarme. Tiraron de las riendas de los caballos, y el coche paró, y noté como reventaba por dentro, pararon los caballos para matarme... su voz se extinguía y los ojos parecían sumideros. Él quería meterese dentro, y sujetar las riendas, y convertir a esa desquiciada agónica en una muchacha normal, que sólo conservara aquella mirada de terror. Recuerda su camisón gastándose con los días, los baños fríos y los hirvientes, y sus palabras perdiéndose por donde se fue su razón, hasta convertirse en una madreselva móvil que se sentaba quieta a los pies de las ventanas, buscando el sol, canturreando tenue muy tenue letanías incomprensibles. El capellán había asegurado que era pía y era rezo ese murmullo, así que estaba sin atar, caminando silenciosa sobre las baldosas de la galería de los catatónicos, sin molestar a nadie.
La galería de los paralizados siempre era aplaudida. A idea del capellán, las familias traían un retrato a carboncillo del loco antes de ingresarlo, que se colgaba sobre sus agarraderas. Atados a los asideros, cada paralítico se desmadejaba en cruel caricatura debajo de la imagen que tuvo. Estos son los hijos de la sífilis, el vicio y el pecado, decía el capellán, siempre presente a esa altura de la visita. Los visitantes murmuraban y salían acongojados y deshaciéndose en elogios ante el sacerdote mientras los guardianes reían por lo bajo. La visita solía seguir por el corredor de los apagados, hombres y mujeres que al ingresar aún se lamentaban, o lloraban suavemente y sin consuelo. Con el paso de los meses su ya escasa voluntad se volvía más y más exangüe. En los bancos más cercanos al recorrido estaban aquellos que ya no tenían fuerzas para tragar su propia saliva, rodeados de pequeños charcos; con la mirada errática, ya ni siquiera triste. Era con ellos con quien más esfuerzos hacía el capellán, convencido de poder devolverles la alegría necesaria para enderezar el cuello, con constante resultado infructuoso.
Recordó los gritos del capellán cuando advirtieron que estaba encinta. Los subnormales entrados en años y embrutecidos con ansias sementales sólo podían entrar a la galería de las histéricas, donde liberaban sus instintos. Ella no era histérica, y la familia accedió a encerrarla con tal de que la mantuvieran virtuosa. Siempre había hermanas en la galería donde ella estaba, nunca la perdían de vista, ella nunca se acercaba a otros. El director había exigido una explicación, pero la escena se le diluía en vahidos. Él trataba de verla siempre, trabajaba cerca de dónde ella hubiera escogido sentarse a cantar en voz baja, para ver sus ojos, sus manos adelgazadas hasta parecer de espuma, la sonrisa espontánea que de cuando en cuando le combustía la faz. Y es cierto que el único hombre con que estaba a solas era él cuando la examinaba en su consulta, mucho más amplia que la de ahora, es cierto que ella yacía sobre la mesa, dócil, y se dejaba explorar, pero el recuerdo se diluye, no podía ser que, no...
La galería de las histéricas también tenía una reacción típica, los hombres salían escupiendo y mascullando comentarios jocosos, las mujeres escandalizadas se santiguaban una y otra vez. Algunas de ellas habían sido amigas de las visitantes, esta galería no entendía de clases o apellidos. Mujeres de naturaleza y carácter débil, a menudo llorosas o furibundas que con el tiempo desarrollaban un notable apetito sexual o una incoercible tendencia al enamoramiento escandaloso. Muchas de ellas herederas de tierras o sumas, o primeras esposas, antes o después habían pasado por su consulta traídas por sus parientes o maridos. Sus gritos y protestas al verse encerradas pronto traspasaban la cordura, si había alguna duda quedaba disipada, y eran recluídas para siempre. Sus caracteres débiles las hacían propensas al pecado, por ello el capellán autorizaba a los retrasados adultos con impulsos incoercibles a descargar sus necesidades con ellas.
Sentado en el sillón de su despacho observa las manchas de su camisa, hoy desatada. Mientras se recuesta sobre el banco piensa en qué levita se pondrá mañana y en si la hermana Marie habrá hecho a tiempo su colada para pasar la visita de los ingresos nuevos, de los que no sabe el nombre aún. Trata de recordar a Nell de nuevo, pero vuelve a recordarla a ella, empapada en sudor y sangre cuando la encontraron muerta, no, no quiere pensarlo, cuando la encontraron quieta muy quieta con los labios amoratados y el recién nacido entre los brazos rígidos, quieto él también, con los ojos abiertos y sin apenas llanto. Salió uno de esos hijos de las hadas que ahora está con los demás niños, aunque los niños de las hadas no juegan con nadie, como mucho junto a otros. Se acerca al ventanal del despacho y le busca, apoyando la frente entre los barrotes. Entre los niños deformes y los de lengua hinchada apenas distingue nada. Hay varios niños sentados en los bordes del patio, ocupados con algo en sus regazos, o en las rejas, o en algún punto indefinido del suelo. Debe de ser uno de esos. Que quizá tenga los ojos de ella, aunque sea un hijo de las hadas. Y quién será el padre, se pregunta. Uno de los catatónicos no puede ser, ni uno de los paralíticos. Ni uno de los subnormales porque nunca llegaron a verla. Quién. La recuerda con sus ojos relucientes, tumbada en la mesa de su antigua consulta, mientras la palpaba. Quién...
para il thin white duce
En el corredor norte uno de los guardianes muestra a las visitas el salón de los catatónicos. Va articulando sus miembros semidesnudos y veteados por prominentes cicatrices carmín, hasta representar un árbol con los brazos y piernas de varios de ellos. Dispone haciendo de riachuelo a otros pocos y arquea a un anciano para que haga de puente, con su vientre desnudo mirando al techo. Las visitas aplauden. Un joven retira uno de los brazos del anciano-puente. El frágil cuerpo se tambalea pero mantiene la posición, un puente decrépito hecho de anciano de mirada perdida doblado hacia atrás. Los gritos de las histéricas desde el corredor anexo atraen a los visitantes, que abandonan el paisaje viviente. Los catatónicos permanecen quietos, tan quietos que se puede escuchar sus respiraciones y el batir del corazón tras sus costillas prominentes. En la tarde de verano las estufas están apagadas y los guardianes no hacen la demostración de cómo resisten el fuego sin parecer percibirlo, el salón se libra del olor a carne quemada de las visitas de invierno. En los ojos secos que no parpadean no parece haber noticia de la ventaja.
Arriba en el despacho decide rendirse y recordarla. Sus primeros días en el asilo, sus rasgos crispados de terror.Han querido matarme, decía, han querido matarme. Tiraron de las riendas de los caballos, y el coche paró, y noté como reventaba por dentro, pararon los caballos para matarme... su voz se extinguía y los ojos parecían sumideros. Él quería meterese dentro, y sujetar las riendas, y convertir a esa desquiciada agónica en una muchacha normal, que sólo conservara aquella mirada de terror. Recuerda su camisón gastándose con los días, los baños fríos y los hirvientes, y sus palabras perdiéndose por donde se fue su razón, hasta convertirse en una madreselva móvil que se sentaba quieta a los pies de las ventanas, buscando el sol, canturreando tenue muy tenue letanías incomprensibles. El capellán había asegurado que era pía y era rezo ese murmullo, así que estaba sin atar, caminando silenciosa sobre las baldosas de la galería de los catatónicos, sin molestar a nadie.
La galería de los paralizados siempre era aplaudida. A idea del capellán, las familias traían un retrato a carboncillo del loco antes de ingresarlo, que se colgaba sobre sus agarraderas. Atados a los asideros, cada paralítico se desmadejaba en cruel caricatura debajo de la imagen que tuvo. Estos son los hijos de la sífilis, el vicio y el pecado, decía el capellán, siempre presente a esa altura de la visita. Los visitantes murmuraban y salían acongojados y deshaciéndose en elogios ante el sacerdote mientras los guardianes reían por lo bajo. La visita solía seguir por el corredor de los apagados, hombres y mujeres que al ingresar aún se lamentaban, o lloraban suavemente y sin consuelo. Con el paso de los meses su ya escasa voluntad se volvía más y más exangüe. En los bancos más cercanos al recorrido estaban aquellos que ya no tenían fuerzas para tragar su propia saliva, rodeados de pequeños charcos; con la mirada errática, ya ni siquiera triste. Era con ellos con quien más esfuerzos hacía el capellán, convencido de poder devolverles la alegría necesaria para enderezar el cuello, con constante resultado infructuoso.
Recordó los gritos del capellán cuando advirtieron que estaba encinta. Los subnormales entrados en años y embrutecidos con ansias sementales sólo podían entrar a la galería de las histéricas, donde liberaban sus instintos. Ella no era histérica, y la familia accedió a encerrarla con tal de que la mantuvieran virtuosa. Siempre había hermanas en la galería donde ella estaba, nunca la perdían de vista, ella nunca se acercaba a otros. El director había exigido una explicación, pero la escena se le diluía en vahidos. Él trataba de verla siempre, trabajaba cerca de dónde ella hubiera escogido sentarse a cantar en voz baja, para ver sus ojos, sus manos adelgazadas hasta parecer de espuma, la sonrisa espontánea que de cuando en cuando le combustía la faz. Y es cierto que el único hombre con que estaba a solas era él cuando la examinaba en su consulta, mucho más amplia que la de ahora, es cierto que ella yacía sobre la mesa, dócil, y se dejaba explorar, pero el recuerdo se diluye, no podía ser que, no...
La galería de las histéricas también tenía una reacción típica, los hombres salían escupiendo y mascullando comentarios jocosos, las mujeres escandalizadas se santiguaban una y otra vez. Algunas de ellas habían sido amigas de las visitantes, esta galería no entendía de clases o apellidos. Mujeres de naturaleza y carácter débil, a menudo llorosas o furibundas que con el tiempo desarrollaban un notable apetito sexual o una incoercible tendencia al enamoramiento escandaloso. Muchas de ellas herederas de tierras o sumas, o primeras esposas, antes o después habían pasado por su consulta traídas por sus parientes o maridos. Sus gritos y protestas al verse encerradas pronto traspasaban la cordura, si había alguna duda quedaba disipada, y eran recluídas para siempre. Sus caracteres débiles las hacían propensas al pecado, por ello el capellán autorizaba a los retrasados adultos con impulsos incoercibles a descargar sus necesidades con ellas.
Sentado en el sillón de su despacho observa las manchas de su camisa, hoy desatada. Mientras se recuesta sobre el banco piensa en qué levita se pondrá mañana y en si la hermana Marie habrá hecho a tiempo su colada para pasar la visita de los ingresos nuevos, de los que no sabe el nombre aún. Trata de recordar a Nell de nuevo, pero vuelve a recordarla a ella, empapada en sudor y sangre cuando la encontraron muerta, no, no quiere pensarlo, cuando la encontraron quieta muy quieta con los labios amoratados y el recién nacido entre los brazos rígidos, quieto él también, con los ojos abiertos y sin apenas llanto. Salió uno de esos hijos de las hadas que ahora está con los demás niños, aunque los niños de las hadas no juegan con nadie, como mucho junto a otros. Se acerca al ventanal del despacho y le busca, apoyando la frente entre los barrotes. Entre los niños deformes y los de lengua hinchada apenas distingue nada. Hay varios niños sentados en los bordes del patio, ocupados con algo en sus regazos, o en las rejas, o en algún punto indefinido del suelo. Debe de ser uno de esos. Que quizá tenga los ojos de ella, aunque sea un hijo de las hadas. Y quién será el padre, se pregunta. Uno de los catatónicos no puede ser, ni uno de los paralíticos. Ni uno de los subnormales porque nunca llegaron a verla. Quién. La recuerda con sus ojos relucientes, tumbada en la mesa de su antigua consulta, mientras la palpaba. Quién...
para il thin white duce
martes 12 de mayo de 2009
IFMciSo: un mercado (Montevideo), color invasivo, objeto-un poema (no te salves), 2014
Viene notando últimamente que sólo busca sabores ácidos, ella que nunca los disfrutó. En verdad siguen sin gustarle, los precisa para estar aún una migaja despierta en algo que no tiene nada que ver con el sueño-vigilia. Escuchó esta mañana que alguien había intentado cruzar la aduana pasando una casa de muñecas con el linóleo del suelo hecho de planchas de hachís, y ha ladeado lentamente y a ambos lados la cabeza hasta bien entrada la tarde, pensando en pies de porcelana saltando entre baldosas. Ha dejado de contar las veces que le han cristalizado las ganas de morirse cuando iba por un número que ya no tenía tan claro si podía o no ser primo y ha pensado que sólo el color chartreuse podría salvarla de implosionar o colarse por el sumidero. En pro de la superviviencia y pasado el mediodía ha puesto el piloto automático para volver del hospital.
Aunque deambula buscando vagabundear casi siempre baja por Américo Ricaldoni dejando atrás el Quintela y las horas de la mañana. Mientras arde el mediodía austral callejea hasta llegar a Feliciano Rodríguez y ahí tuerce por Julio César abajo. Le hace gracia seguir siempre calles con nombre de hombre porque le recuerdan a sus noches con hombres sin nombre, que siempre saben a plástico de envolver y a almohada recalentada. Vira casi siempre en 26 de marzo hasta llegar a la rambla de Armenia. No sabe muy bien qué pinta una playa para Armenia allí, pero casi nunca hay nadie. Le simpatizan las playas pedregosas y marginadas, sin demasiados gordos tostándose al sol, con niños que gritan un poco menos que los otros niños. Los niños que están en las playas suelen escalofriarla, desde pequeña ha pensado que si en la orilla cierras los ojos suena igual que un cotolengo lleno de grandes retrasados que braman sin sentido. Nunca se queda demasiado en las piedras de Armenia, porque nunca hay un trozo de mar suficientemente grande sin barcos del puerto deportivo destrozándole la vista. Sube por Nicolás Piaggio y pasa por la avenida Rivera hasta más allá del boulevard, es la única calle ancha que se concede. Avanza por Verdi, siempre para a beber agua en Asturias, en absurda reverencia a la nadamaternal patria, sigue por Verdi, siempre por Verdi hasta que se extingue y tuerce por Dr Decroly y después por Pilcomayo. Las primeras semanas acababa exhausta y mareada ya a estas alturas, ahora camina fresca, con apenas algo de sudor frío para paladear el aire. El mar se asoma en algunos cruces y trata de esquivarlo para reencontrárselo de frente. Caramuru, Grito de Gloria, Palmas y Ombúes, que se ha cansado de nombres de hombre. Alcanza la calle Ciudad de París y olisquea el aroma de carne del mercado del puerto, donde acaban cenando siempre. Un taper traído de casa, pero cenan ahí.
Viene notando que el aburrimiento sería un lujo, y el tiempo repleto aún mejor. Ha notado que el gris plomizo del mar la disuelve más cada vez, mientras la invade y la va desmembrando, soltando los tendones de cada inserción, limándolos sin rozarlos, convirtiéndola en bolas de fibra, de grasa, de hueso, que cantan redondeándose como las piedras de un río. Ha notado que se ha vuelto arena por dentro cuando el viento se la ha empezado a llevar, justo a tiempo de saber que no quiere que la salven, ni el aire, ni el viento, ni ningún color (ni el chartreuse siquiera). De todos modos no es cierto que haya querido morirse ni que lo quiera ahora. Simplemente la única sensación que puede firmar como propia es que querría tumbarse en el suelo, en cualquier suelo, y dejar de estar, no haber existido nunca. Que el tiempo se cerrara sobre ella, sellando suave la cicatriz de su des-presencia.
Silvana parlotea sobre su jefe y su masterado, Neus insinúa que quizá cancele su vuelo de vuelta. A ella la lengua le restalla en la boca parloteando acerca de la rotación, del servicio y del olor a muerte transnacional de los viejos-que-se-niegan-a-morirse. Juraría que es otra la que habla porque sólo oye un sonido monótono y desagradable a lo lejos que tarda en identificar como su propia voz. Mañana salen las impugnaciones de los que fueron a esta convocatoria, tendrá que acordarse de llamar, la lejanía le ha enseñado que lo cortés importa.
La lengua seca le golpea el paladar y su voz le hace náuseas en los tímpanos. Sabe que mientras se niegue a pensarlo, no sabrá que algo va mal.
para Julia
Aunque deambula buscando vagabundear casi siempre baja por Américo Ricaldoni dejando atrás el Quintela y las horas de la mañana. Mientras arde el mediodía austral callejea hasta llegar a Feliciano Rodríguez y ahí tuerce por Julio César abajo. Le hace gracia seguir siempre calles con nombre de hombre porque le recuerdan a sus noches con hombres sin nombre, que siempre saben a plástico de envolver y a almohada recalentada. Vira casi siempre en 26 de marzo hasta llegar a la rambla de Armenia. No sabe muy bien qué pinta una playa para Armenia allí, pero casi nunca hay nadie. Le simpatizan las playas pedregosas y marginadas, sin demasiados gordos tostándose al sol, con niños que gritan un poco menos que los otros niños. Los niños que están en las playas suelen escalofriarla, desde pequeña ha pensado que si en la orilla cierras los ojos suena igual que un cotolengo lleno de grandes retrasados que braman sin sentido. Nunca se queda demasiado en las piedras de Armenia, porque nunca hay un trozo de mar suficientemente grande sin barcos del puerto deportivo destrozándole la vista. Sube por Nicolás Piaggio y pasa por la avenida Rivera hasta más allá del boulevard, es la única calle ancha que se concede. Avanza por Verdi, siempre para a beber agua en Asturias, en absurda reverencia a la nadamaternal patria, sigue por Verdi, siempre por Verdi hasta que se extingue y tuerce por Dr Decroly y después por Pilcomayo. Las primeras semanas acababa exhausta y mareada ya a estas alturas, ahora camina fresca, con apenas algo de sudor frío para paladear el aire. El mar se asoma en algunos cruces y trata de esquivarlo para reencontrárselo de frente. Caramuru, Grito de Gloria, Palmas y Ombúes, que se ha cansado de nombres de hombre. Alcanza la calle Ciudad de París y olisquea el aroma de carne del mercado del puerto, donde acaban cenando siempre. Un taper traído de casa, pero cenan ahí.
Viene notando que el aburrimiento sería un lujo, y el tiempo repleto aún mejor. Ha notado que el gris plomizo del mar la disuelve más cada vez, mientras la invade y la va desmembrando, soltando los tendones de cada inserción, limándolos sin rozarlos, convirtiéndola en bolas de fibra, de grasa, de hueso, que cantan redondeándose como las piedras de un río. Ha notado que se ha vuelto arena por dentro cuando el viento se la ha empezado a llevar, justo a tiempo de saber que no quiere que la salven, ni el aire, ni el viento, ni ningún color (ni el chartreuse siquiera). De todos modos no es cierto que haya querido morirse ni que lo quiera ahora. Simplemente la única sensación que puede firmar como propia es que querría tumbarse en el suelo, en cualquier suelo, y dejar de estar, no haber existido nunca. Que el tiempo se cerrara sobre ella, sellando suave la cicatriz de su des-presencia.
Silvana parlotea sobre su jefe y su masterado, Neus insinúa que quizá cancele su vuelo de vuelta. A ella la lengua le restalla en la boca parloteando acerca de la rotación, del servicio y del olor a muerte transnacional de los viejos-que-se-niegan-a-morirse. Juraría que es otra la que habla porque sólo oye un sonido monótono y desagradable a lo lejos que tarda en identificar como su propia voz. Mañana salen las impugnaciones de los que fueron a esta convocatoria, tendrá que acordarse de llamar, la lejanía le ha enseñado que lo cortés importa.
La lengua seca le golpea el paladar y su voz le hace náuseas en los tímpanos. Sabe que mientras se niegue a pensarlo, no sabrá que algo va mal.
para Julia
miércoles 29 de abril de 2009
mitad del océano pacífico (a bordo de un barco), 1803, colgante de oro, azabache
El francés deambula por el puente, el bauprés está ocupado y le rechinan las canicas entre los dedos, crispadas por no rodarlo funámbulas como a estas horas suelen. Al contrario que los lobos, al francés la rabia la ha ido limando los dientes hasta hacérselos lisos como cantos rodados, y mientras habla solo se puede oír su entrechocar. Las canicas, los dientes y los herrajes de las botas al golpear entre sí, despiden un lejano fragor de cantera de los pasos del francés aunque nadie ha estado tan cerca de él en sus paseos como para poder oirlo.
Arde el cielo en la tarde que expira.
Edgardo sostiene su legajo de papeles rodeados de papel secante, y a escondidas de Doña Clara se sienta en el puente a leerlos. El dibujo del peñasco atravesado por el séptimo y octavo par le recuerda a Puerto Peñasco, el frío de la pasarela hasta el puente, el olor a podrido impregnándole el pelo. No había hablado de aburrimiento con Doña Clara para no tener que aburrirse con sus respuestas. Pero en Isla Tiburón había embarcado el francés.
A cientos de millas de tierra firme los nudos se deshacen bajo la quilla del velero, digna espada para el Alejandro I que les desplaza rumbo a los Mares del Sur. Edgardo suspira y trata de alejar la imagen de Prosperidad de su cabeza. No puede evitar imaginar una ciénaga llena de hombres oliváceos vestidos con taparrabos, con las facciones escarificadas como son en los dibujos los bigotes de los tigres malayos. En la facultad le habían hablado de cientos de tribus de los mares del sur, y todas se habían entremezclado en su cabeza aunando lo más fiero e hiriente de cada una para construir monstruos de piel humana, cuyos huesos parecían afilados para poder matar aún décadas después de muertos. De pronto, los dos se miran.
Doña Clara había intentado acercarse al francés cuando salieron al Pacífico, éste había mirado a su través, como buscando tierra firme a través de una vela tensa y encontrando un cayo arenoso bajo las botas. Doña Clara había desistido y proseguido con su parloteo hasta irritar a todos los pasajeros del navío. Con los marineros no había osado, tras escuchar viejas historias en Puerto Peñasco. A todos y cada uno importunó hablando de los padres de Edgardo, de su carta desde el nuevo palacete en colonias, del abolengo español de la familia de Edgardo, de cómo su hermano mayor ya estaba en Prosperidad aprendiendo a hacerse cargo de las tierras y las gentes, de cómo todos los hijos segundos de su linaje habían sido médicos y Edgardo brillaba en ese camino en la Universidad Pontificia de Méjico pero la abandonaba hasta nueva orden paterna camino de Prosperidad. A Edgardo las ganas de vomitar que le daban esas palabras se le habían cruzado con las ganas de vomitar por el constante vaivén de las aguas y se habían quedado atascadas en algún punto del peñasco sin conseguir llegar a su estómago pero inundándole de nostalgia de México, de empalago y de hastío.
Era el francés un hombre extraño, y eso no se podía dudar. Cada día, a sotavento para no molestarle, podía observar las finísimas cicatrices que se desplegaban en su espalda semidesnuda bajo el cielo incandescente de la última tarde, como vetas de nácar en una piel que mal cubría un cuerpo tenso, preparado para huir. Esa es la piel de los tigres malayos bajo el pelaje, se había dicho Edgardo, esa es la piel que tienen. Tendría el francés unos 40 años, o quizá algo menos y su piel había envejecido deprisa; tenía los ojos sombríos y su reino no parecía de este mundo. Le había estudiado con curiosidad suma todos los días desde que a la travesía se uniera, y al cerrar los ojos podía reproducir su imagen completa aunque sin enfocar ningún detalle concreto, al intentarlo la imagen se desbarataba y sólo se volvía a recomponer si dejaba volver al conjunto. La única vez que habían estado cerca, esa misma mañana, Edgardo se había fijado en las groseras y viejas cicatrices de sus muñecas. Cuerdas y grilletes, hará unos quince años, había espetado Edgardo en voz alta, retrotraído de pronto a un anfiteatro de autopsias. El francés le había mirado examinándole sin curiosidad. Algo así, había barbotado antes de bajar a cubierta.
Doña Clara le había despertado al día siguiente con su voz chirriante mientras le sacudía por el hombro. Mientras trataba de zafarse de ella, del sueño y de las mantas, una cadena de oro se le escurrió entre los dedos. Cerró instintivo el puño y echó las mantas en esa dirección mientras le consultaba a Doña Clara si no le importaba esperar fuera hasta que por lo menos estuviera vestido con algo más que una camisa de dormir. Solo de nuevo en el camarote examinó la cadena. Del final pendía un colgante con forma de jaula, de base redonda. Tras sus finísimos barrotes había, engarzado del techo, un pequeño pájaro también dorado. Al mover el colgante Edgardo supuso unas diminutas bisagras bajo sus alas batientes. El colgante brillaba bajo la luz que irrumpía por el ojo de buey, y el pájaro aleteaba al pábilo de sus temblorosas manos, volando quieto, en el sitio, con rumbo furioso a algún lugar lejos de grilletes, o calabozos, o Doñas Claras. Rumbo sin brújula a los mares del Sur, donde quiera que estuvieran, con o sin fieros salvajes, de pronto irrelevantes. Edgardo se tumbó de nuevo y cayó en la cuenta de que no era el aroma de su perfume el que emanaba de los almohadones. Desconcertado descubrió que no recordaba nada de esa noche, ni los ruidos, ni las sacudidas, ni el insomnio pertinaz de las noches anteriores. Tragó saliva.
Sobre la cubierta el francés hablaba solo, paseando sobre una línea imaginaria de tres zancadas, enjaulado él también. Edgardo vacilante se acercó a él. Al acercarse sus ojos zigzaguearon, brincando del detalle inidentificable que faltaba en el cinturón del francés, a la vaharada de su propio olor que despedían las francesas ropas, al anillo de sello con un azabache engastado que recién descubre falta en su propio dedo, al cordón nuevo que le pende del cuello. El francés empezó a girarse. Edgardo huyó despavorido a cubierta a encerrarse en el camerino de Doña Clara.
para Dolores
Arde el cielo en la tarde que expira.
Edgardo sostiene su legajo de papeles rodeados de papel secante, y a escondidas de Doña Clara se sienta en el puente a leerlos. El dibujo del peñasco atravesado por el séptimo y octavo par le recuerda a Puerto Peñasco, el frío de la pasarela hasta el puente, el olor a podrido impregnándole el pelo. No había hablado de aburrimiento con Doña Clara para no tener que aburrirse con sus respuestas. Pero en Isla Tiburón había embarcado el francés.
A cientos de millas de tierra firme los nudos se deshacen bajo la quilla del velero, digna espada para el Alejandro I que les desplaza rumbo a los Mares del Sur. Edgardo suspira y trata de alejar la imagen de Prosperidad de su cabeza. No puede evitar imaginar una ciénaga llena de hombres oliváceos vestidos con taparrabos, con las facciones escarificadas como son en los dibujos los bigotes de los tigres malayos. En la facultad le habían hablado de cientos de tribus de los mares del sur, y todas se habían entremezclado en su cabeza aunando lo más fiero e hiriente de cada una para construir monstruos de piel humana, cuyos huesos parecían afilados para poder matar aún décadas después de muertos. De pronto, los dos se miran.
Doña Clara había intentado acercarse al francés cuando salieron al Pacífico, éste había mirado a su través, como buscando tierra firme a través de una vela tensa y encontrando un cayo arenoso bajo las botas. Doña Clara había desistido y proseguido con su parloteo hasta irritar a todos los pasajeros del navío. Con los marineros no había osado, tras escuchar viejas historias en Puerto Peñasco. A todos y cada uno importunó hablando de los padres de Edgardo, de su carta desde el nuevo palacete en colonias, del abolengo español de la familia de Edgardo, de cómo su hermano mayor ya estaba en Prosperidad aprendiendo a hacerse cargo de las tierras y las gentes, de cómo todos los hijos segundos de su linaje habían sido médicos y Edgardo brillaba en ese camino en la Universidad Pontificia de Méjico pero la abandonaba hasta nueva orden paterna camino de Prosperidad. A Edgardo las ganas de vomitar que le daban esas palabras se le habían cruzado con las ganas de vomitar por el constante vaivén de las aguas y se habían quedado atascadas en algún punto del peñasco sin conseguir llegar a su estómago pero inundándole de nostalgia de México, de empalago y de hastío.
Era el francés un hombre extraño, y eso no se podía dudar. Cada día, a sotavento para no molestarle, podía observar las finísimas cicatrices que se desplegaban en su espalda semidesnuda bajo el cielo incandescente de la última tarde, como vetas de nácar en una piel que mal cubría un cuerpo tenso, preparado para huir. Esa es la piel de los tigres malayos bajo el pelaje, se había dicho Edgardo, esa es la piel que tienen. Tendría el francés unos 40 años, o quizá algo menos y su piel había envejecido deprisa; tenía los ojos sombríos y su reino no parecía de este mundo. Le había estudiado con curiosidad suma todos los días desde que a la travesía se uniera, y al cerrar los ojos podía reproducir su imagen completa aunque sin enfocar ningún detalle concreto, al intentarlo la imagen se desbarataba y sólo se volvía a recomponer si dejaba volver al conjunto. La única vez que habían estado cerca, esa misma mañana, Edgardo se había fijado en las groseras y viejas cicatrices de sus muñecas. Cuerdas y grilletes, hará unos quince años, había espetado Edgardo en voz alta, retrotraído de pronto a un anfiteatro de autopsias. El francés le había mirado examinándole sin curiosidad. Algo así, había barbotado antes de bajar a cubierta.
Doña Clara le había despertado al día siguiente con su voz chirriante mientras le sacudía por el hombro. Mientras trataba de zafarse de ella, del sueño y de las mantas, una cadena de oro se le escurrió entre los dedos. Cerró instintivo el puño y echó las mantas en esa dirección mientras le consultaba a Doña Clara si no le importaba esperar fuera hasta que por lo menos estuviera vestido con algo más que una camisa de dormir. Solo de nuevo en el camarote examinó la cadena. Del final pendía un colgante con forma de jaula, de base redonda. Tras sus finísimos barrotes había, engarzado del techo, un pequeño pájaro también dorado. Al mover el colgante Edgardo supuso unas diminutas bisagras bajo sus alas batientes. El colgante brillaba bajo la luz que irrumpía por el ojo de buey, y el pájaro aleteaba al pábilo de sus temblorosas manos, volando quieto, en el sitio, con rumbo furioso a algún lugar lejos de grilletes, o calabozos, o Doñas Claras. Rumbo sin brújula a los mares del Sur, donde quiera que estuvieran, con o sin fieros salvajes, de pronto irrelevantes. Edgardo se tumbó de nuevo y cayó en la cuenta de que no era el aroma de su perfume el que emanaba de los almohadones. Desconcertado descubrió que no recordaba nada de esa noche, ni los ruidos, ni las sacudidas, ni el insomnio pertinaz de las noches anteriores. Tragó saliva.
Sobre la cubierta el francés hablaba solo, paseando sobre una línea imaginaria de tres zancadas, enjaulado él también. Edgardo vacilante se acercó a él. Al acercarse sus ojos zigzaguearon, brincando del detalle inidentificable que faltaba en el cinturón del francés, a la vaharada de su propio olor que despedían las francesas ropas, al anillo de sello con un azabache engastado que recién descubre falta en su propio dedo, al cordón nuevo que le pende del cuello. El francés empezó a girarse. Edgardo huyó despavorido a cubierta a encerrarse en el camerino de Doña Clara.
para Dolores
miércoles 11 de marzo de 2009
IFMciSo: Yalta, 1936, magenta, filo cordata
El trole ha vuelto a desengancharse de la catenaria. El conductor y el operario pasean por el techo con las botas de goma chirriando, el calor del mediodía vuelve correoso el vestido de Svitlana.
Oksushka, no te embotes, por favor, mira cómo lo hago.
El trole arranca de nuevo, camino de su residencia. A lo lejos se ve la línea de largo recorrido que las llevaría a sus casas. En Yalta debe arder el aire y la gente se estará bañando, y allí están ellas, en el destartalado julio, preparando los siguientes exámenes. En la tarde de Simferopol parece que solo quedan estudiantes y viejas que rezongan. Oksana enrolla una hoja de Pravda y se la tiende.
Explícamelo con esto.
Svitlana suspira. Con la luz que entra por los cristales las manchas de su falda relucen, incomodándola. Desenrolla la hoja, que sigue hablando del levantamiento fascista de España. Por el otro lado hay un retrato de Zinóviev. Oksana ha debido coger la primera página.
La notocorda se forma en esta dirección, señala con el índice, y por encima, del ectodermo, se va a ir formando la placa neural
¿pero el esqueleto?
El esqueleto axial se guía por la notocorda, también
¿Pero los que no tienen esqueleto?
Pues tienen notocorda pero no tienen esqueleto
¿y entonces la notocorda qué hace? ¿seguro que los cordados sin esqueleto tienen notocorda? ¿o solo amagan tenerla?
Oksushka, déjame un paz un rato y estúdiatelo tú, que no soy un mono de repetición del profesor.
Svitlana mira por la ventana, fastidiada porque en realidad no sabe responder. Saber contestar las preguntas de Oksana es genial, encontrar un vacío donde debería estar la respuesta le hace pensar que bien podría tener una esponja en vez de cerebro. O una tabla de lavar. Aunque viendo el estado de su ropa para lo doméstico tampoco vale demasiado. Este vestido claro era su favorito, pero en el laboratorio de micro se le volcó el frasco de fucsina ácida mientras hacía una tinción de ziehl-neelsen que por supuesto no salió. Mientras aguantaba el rapapolvo por confundir la fenicada con la ácida, el tinte traspasó la bata y echó a perder el vestido.
La facultad de ciencias naturales desaparece a lo lejos cuando el trole gira por la avenida. Svitlana hurga en el periódico hasta llegar a las fotografías.
Aún no hay de España, dice. ¿por qué hablan tanto de esa guerra? ¿no nos pilla muy lejos?
Oksana guarda silencio, y mira al conductor, distraída.
Ksiusha, sorda, hazme caso. ¿por qué crees que dan tanto bombo a esta guerra?
Kiril decía ayer en la fonda que esta guerra es un ensayo general de lo que ocurrirá en Europa, los fascistas se levantarán y el estado comunista acabará con ellos.
¿desde cuando nos creemos algo que dice Kiryusha? Es encantador, pero sabe de leyes y de política menos que tú y que yo, no entiendo qué hace estudiando letras.
Raísa decía a su vez que Stalin quiere que miremos lo que pasa fuera y no lo que pasa aquí.
Otra que tal baila. Raya, con tal de hablar bien de Trotsky y mal de Stalin es capaz de contar lo que haga falta.
Creo que su padre y él se conocieron en Samara.
Sí, en un periódico. Y algo debió pasar que siendo Raya pequeña se vinieron aquí, y no creo que fuera por el sol.
El trole da un frenazo en su parada y dejan el periódico arrugado en el asiento.
para Isä, neurocientífica
Oksushka, no te embotes, por favor, mira cómo lo hago.
El trole arranca de nuevo, camino de su residencia. A lo lejos se ve la línea de largo recorrido que las llevaría a sus casas. En Yalta debe arder el aire y la gente se estará bañando, y allí están ellas, en el destartalado julio, preparando los siguientes exámenes. En la tarde de Simferopol parece que solo quedan estudiantes y viejas que rezongan. Oksana enrolla una hoja de Pravda y se la tiende.
Explícamelo con esto.
Svitlana suspira. Con la luz que entra por los cristales las manchas de su falda relucen, incomodándola. Desenrolla la hoja, que sigue hablando del levantamiento fascista de España. Por el otro lado hay un retrato de Zinóviev. Oksana ha debido coger la primera página.
La notocorda se forma en esta dirección, señala con el índice, y por encima, del ectodermo, se va a ir formando la placa neural
¿pero el esqueleto?
El esqueleto axial se guía por la notocorda, también
¿Pero los que no tienen esqueleto?
Pues tienen notocorda pero no tienen esqueleto
¿y entonces la notocorda qué hace? ¿seguro que los cordados sin esqueleto tienen notocorda? ¿o solo amagan tenerla?
Oksushka, déjame un paz un rato y estúdiatelo tú, que no soy un mono de repetición del profesor.
Svitlana mira por la ventana, fastidiada porque en realidad no sabe responder. Saber contestar las preguntas de Oksana es genial, encontrar un vacío donde debería estar la respuesta le hace pensar que bien podría tener una esponja en vez de cerebro. O una tabla de lavar. Aunque viendo el estado de su ropa para lo doméstico tampoco vale demasiado. Este vestido claro era su favorito, pero en el laboratorio de micro se le volcó el frasco de fucsina ácida mientras hacía una tinción de ziehl-neelsen que por supuesto no salió. Mientras aguantaba el rapapolvo por confundir la fenicada con la ácida, el tinte traspasó la bata y echó a perder el vestido.
La facultad de ciencias naturales desaparece a lo lejos cuando el trole gira por la avenida. Svitlana hurga en el periódico hasta llegar a las fotografías.
Aún no hay de España, dice. ¿por qué hablan tanto de esa guerra? ¿no nos pilla muy lejos?
Oksana guarda silencio, y mira al conductor, distraída.
Ksiusha, sorda, hazme caso. ¿por qué crees que dan tanto bombo a esta guerra?
Kiril decía ayer en la fonda que esta guerra es un ensayo general de lo que ocurrirá en Europa, los fascistas se levantarán y el estado comunista acabará con ellos.
¿desde cuando nos creemos algo que dice Kiryusha? Es encantador, pero sabe de leyes y de política menos que tú y que yo, no entiendo qué hace estudiando letras.
Raísa decía a su vez que Stalin quiere que miremos lo que pasa fuera y no lo que pasa aquí.
Otra que tal baila. Raya, con tal de hablar bien de Trotsky y mal de Stalin es capaz de contar lo que haga falta.
Creo que su padre y él se conocieron en Samara.
Sí, en un periódico. Y algo debió pasar que siendo Raya pequeña se vinieron aquí, y no creo que fuera por el sol.
El trole da un frenazo en su parada y dejan el periódico arrugado en el asiento.
para Isä, neurocientífica
domingo 1 de marzo de 2009
europa, 20's, libro, rojooscurocasinegro
Se ha vestido como si fuera, porque es, un día de fiesta. Anochece lánguido y su silueta flota en el espejo, envestida en un traje de un color indefinido, que la vuelve aún más diminuta y delgada. Ha escogido sus mejores medias, las más viejas y las únicas que aún no tienen carreras. Las costuras asoman sobre sus zapatos de tacón. Aunque apenas acaba el verano se enfuenda el abrigo rojo y el sombrero. Coge el bolso de rejilla metálica aunque sabe que le destroza la ropa. Y el espejo de mano, y la polvera de nácar. Hoy es un día de fiesta y todos sus objetos maravillosos van a ir con ella. Por un momento tantea la posibilidad de llevar también la lámpara otomana que le regaló aquel soldado húngaro, que aún tiene mecha y cabe en la palma de su mano. Pero quizá no hay tanto que celebrar.
Los adoquines mellados castigan sus tobillos y su figura serena, que avanza detrás de su gorro y de su khol. Es una noche de fiesta, se ha convencido. La emoción que han sentido todas las mujeres de la historia acicalándose para una noche de fiesta la acompaña. Lo piensa fuerte y le asoma algo parecido a la serenidad mientras se adentra en el café. Hoy sí tocan el piano, y el vino caliente con especias no huele a rebajado. Ya nunca huele a vino rebajado en casi ningún sitio, pero no es cierto que uno se acostumbre rápido a lo bueno. Al menos Hildegarde no. Y hoy sí tocan el piano y huele bien. Los hados sonríen.
Wilhem está sentado, recostado contra la pared, mirando fijamente la palmatoria que ayuda a las tenues bombillas. A veces se le olvida levantarse cuando llega una persona conocida a sentarse con él, igual que a veces olvida que está leyendo el periódico, y lo sostiene abierto durante horas, sin reparar en que hay algo crujiéndo molesto en sus manos. Hildegarde cuelga el abrigo y el sombrero de un perchero de pie, y se sienta del otro lado de la minúcula mesa de mármol. El bolso sobre las rodillas engancha su falda y sus manos enguantadas rodean la palmatoria. Y entonces parece que Wilhem lleva con ella toda la tarde. Se sonríen un instante.
Wilhem parece ir de uniforme. En realidad ya lo parecía antes de la guerra, y lo ha seguido pareciendo desde entonces, hoy también.
La década despunta y las vidas de Hildegarde y Wilhem también. Esa es la celebración de Hildegarde este 24 de septiembre de 1921. Ninguno de los dos ha roto a hablar todavía. Pero es la primera vez en mucho tiempo que el silencio no quiere decir nada, en ninguno de los dos.
A Wilhem todavía le cuesta hablar. Aunque las cien palabras del día a día vienen a su boca con facilidad, cuando encadena más de dos frases siente un acordeón desarmándose y descomponiéndose en su cabeza. Cuando volvió pensó que el no ser capaz de hablar le daría vergüenza. Meses después lo recordó casualmente e intentó ponerle nombre a lo que sentía donde debiera estar esa vergüenza. Pero esa sensación no estaba en las por entonces 20 palabras que le venían a la mente, ni en realidad entre las miles que alguna vez conoció.
Hildegarde nunca ha perdido el habla, pero los tiempos sí le negaron el turno de palabra y no sabe si ya lo habrá recuperado, o si quiere hacerlo. Cuando Hildegarde mira a Wilhem no sabe si debe decirle que ella no conoció el infierno de Verdún, cosa que Wilhem sabe o se imagina, pero que también ha mirado al horror a los ojos, cosa que probablemente Wilhem no sepa. La cuestión es que no sabe si hablar del horror equivale a presumir de él. No quiere que Wilhem piense que quiere competir a longitud y profundidad de cicatrices. No sabe si él quiere que conozca las suyas, o si quiere considerárlas parte de ella. Al fin y al cabo, Hildegarde no sabe si sus heridas forman parte de ella o no, si algo que odias y desprecias es también parte de ti. El moho sale inevitablemente en su comida, pero no es su comida. Su pasado es inevitablemente su pasado, pero no sabe si es su vida.
Las primeras conversaciones después de la guerra nunca versaban sobre la guerra, despues la cosa dio un vuelco y lo hacían todas. En parte por eso no arranca la conversación esta noche. Hildegarde nunca habla de la guerra porque, por monstruoso que suene a todos menos Hildegarde, ha sido la época más feliz de su vida. Y no cree queWilhem pueda entender eso. Y de qué se puede hablar si no es de la guerra mientras se bebe vino y suena un piano, una noche e 1921.
Lo que Hildegarde no sabe es que Wilhem no está pensando en nada en este instante. La conversación no brota porque no busca palabras con las que arrancarla. En el sanatorio le enseñaron a reordenar el vacío tras su frente con algunas claves, y a partir de ahí desembrollar lo que necesitara decirle al exterior. Pero ese vacío no está vacío siempre, o no del todo. La primera vez que el vacío llenó su cabeza, en el frente, apareció una imagen que apartó galantemente el estruendo del fuego cruzado, el hedor del lodo lleno de sangre y las visiones de soldados cayendo que podían ser él. La imagen era sencilla pero se mantuvo intacta todo el tiempo que anduvo en trincheras, y mucho después. Un suelo de mármol blanco cegador, y un diván rojo oscuro, casi negro, de tacto de terciopelo y olor a sándalo. O como él cree que debe oler el sándalo. Hay una mujer de piel muy blanca y tacto de cristal a punto de entrar a escena y tenderse en el diván, pero nunca llega a aparecer. Aunque él sabe que está ahí. No necesita verla, porque en la imagen del vacío sabe que ella le sigue, aunque no haya movimiento; sabe que ella se tenderá después que él, aunque él no se vaya a ver nunca a sí mismo. Son cosas que son así, tan claras y nítidas como la imagen. También que la mujer de piel blanca va ataviada de rojo oscuro casi negro, aunque no vea como va vestida.
La boca de Hildegarde se dibuja en rojo oscuro en su faz pálida, mal escondida tras el primer colorete comprado fuera del contrabando. La primera vez que vio a Wilhem pensó que por fin iba a estrenar el cuaderno de piel verde oscuro que le regaló Fieke. Llegó a sacarlo del último cajón y desenvonver el lío de telas viejas que lo ocultaba de su vista. Y llenó ceremoniosa el tintero, sacó una pluma con la punta aún sin quebrar, y limpió cuidadosa la tabla del escritorio antes de soltar los herrajes dorados oscuros y, sin marcar las uñas en la piel, dejar al librito quejarse al ser abierto. Y estuvo a punto de escribir algo por fin, la desripción de Wilhem mirando al tendido apoyado en una farola. Y cuando una gota de tinta cayó sobre el papel desvirgándolo pensó que por fin lo haría. Pero lo cerró, y guardó la pluma, y vació el tintero en el frasco. Aunque no por ello dejó de pensar compulsivamente en su planta firme e indolente a la vez. Y en sus voces roncas intercambiando cortesías y al fin un lugar donde citarse sin el estruendo de la calle y sus respectivos acompañantes. Habría sido algo muy propio correr a contárselo a Fieke y Gerda. Y por primera vez en muchos años, casi diez, sintió una punzada de un dolor como el de entonces.
Lo que Wilhem no sabe es que ha habido mucho rojo oscuro, casi negro, en la vida de Hildegarde, aunque ella vaya a intentar no recordarlo jamás. En sus ojeras cuando los tiempos decían que tocaba empolvarse e ir a bailar, en sus manos en el hospital durante los años tenebrosos de la historia y tranquilos de su vida, entre sus piernas y floreciendo a mansalva en su piel en sus propios tiempos tenebrosos. En lo que respecta a sus propias mareas, por primera vez su imagen del diván no viene a rescatarle de nada, ni sella sus sentidos y le aísla del exterior. Simplemente encaja con la música que suena, con el olor a vino y cigarrillos, con las gotas de perfume de Hildegarde, con sus facciones huidizas, sus ojos ennegrecidos, su gargantilla desgastada, su vestido ceñido. Tiene una sensación extraña y de pronto, sin recurrir a palabras, repara en que es que lleva mucho rato sonriendo. Repara ahora en que también eso se le había vuelto ajeno.
Si la vida en aquellos tiempos hubiera dependido sólo de ironías del azar, algunos de aquellos que jugaron al ajedrez contando por miles los peones como Wilhem, enviándoles a la más pestilente de las pesadillas, podrían haber sido aquellos que unos años antes habían destrozado las vidas de Fieke, Gerda e Hildegarde. Pero lo cierto es que sus respectivos demonios ni siquiera coincidían, y quizá por eso no fueran a necesitar nunca ponerles nombre en la mente del otro. Como casi todos los concurrentes, Hildegarde comenzó a cantar en voz baja la canción tradicional que tocaban en ese instante. Las cortinas de cristal que volvían compartimentos estancos la mente de Wilhem se fueron disipando mientras, sin fijarse, quitaba los guantes de Hildegarde y recorría con los dedos sus manos desnudas.
para selina
Los adoquines mellados castigan sus tobillos y su figura serena, que avanza detrás de su gorro y de su khol. Es una noche de fiesta, se ha convencido. La emoción que han sentido todas las mujeres de la historia acicalándose para una noche de fiesta la acompaña. Lo piensa fuerte y le asoma algo parecido a la serenidad mientras se adentra en el café. Hoy sí tocan el piano, y el vino caliente con especias no huele a rebajado. Ya nunca huele a vino rebajado en casi ningún sitio, pero no es cierto que uno se acostumbre rápido a lo bueno. Al menos Hildegarde no. Y hoy sí tocan el piano y huele bien. Los hados sonríen.
Wilhem está sentado, recostado contra la pared, mirando fijamente la palmatoria que ayuda a las tenues bombillas. A veces se le olvida levantarse cuando llega una persona conocida a sentarse con él, igual que a veces olvida que está leyendo el periódico, y lo sostiene abierto durante horas, sin reparar en que hay algo crujiéndo molesto en sus manos. Hildegarde cuelga el abrigo y el sombrero de un perchero de pie, y se sienta del otro lado de la minúcula mesa de mármol. El bolso sobre las rodillas engancha su falda y sus manos enguantadas rodean la palmatoria. Y entonces parece que Wilhem lleva con ella toda la tarde. Se sonríen un instante.
Wilhem parece ir de uniforme. En realidad ya lo parecía antes de la guerra, y lo ha seguido pareciendo desde entonces, hoy también.
La década despunta y las vidas de Hildegarde y Wilhem también. Esa es la celebración de Hildegarde este 24 de septiembre de 1921. Ninguno de los dos ha roto a hablar todavía. Pero es la primera vez en mucho tiempo que el silencio no quiere decir nada, en ninguno de los dos.
A Wilhem todavía le cuesta hablar. Aunque las cien palabras del día a día vienen a su boca con facilidad, cuando encadena más de dos frases siente un acordeón desarmándose y descomponiéndose en su cabeza. Cuando volvió pensó que el no ser capaz de hablar le daría vergüenza. Meses después lo recordó casualmente e intentó ponerle nombre a lo que sentía donde debiera estar esa vergüenza. Pero esa sensación no estaba en las por entonces 20 palabras que le venían a la mente, ni en realidad entre las miles que alguna vez conoció.
Hildegarde nunca ha perdido el habla, pero los tiempos sí le negaron el turno de palabra y no sabe si ya lo habrá recuperado, o si quiere hacerlo. Cuando Hildegarde mira a Wilhem no sabe si debe decirle que ella no conoció el infierno de Verdún, cosa que Wilhem sabe o se imagina, pero que también ha mirado al horror a los ojos, cosa que probablemente Wilhem no sepa. La cuestión es que no sabe si hablar del horror equivale a presumir de él. No quiere que Wilhem piense que quiere competir a longitud y profundidad de cicatrices. No sabe si él quiere que conozca las suyas, o si quiere considerárlas parte de ella. Al fin y al cabo, Hildegarde no sabe si sus heridas forman parte de ella o no, si algo que odias y desprecias es también parte de ti. El moho sale inevitablemente en su comida, pero no es su comida. Su pasado es inevitablemente su pasado, pero no sabe si es su vida.
Las primeras conversaciones después de la guerra nunca versaban sobre la guerra, despues la cosa dio un vuelco y lo hacían todas. En parte por eso no arranca la conversación esta noche. Hildegarde nunca habla de la guerra porque, por monstruoso que suene a todos menos Hildegarde, ha sido la época más feliz de su vida. Y no cree queWilhem pueda entender eso. Y de qué se puede hablar si no es de la guerra mientras se bebe vino y suena un piano, una noche e 1921.
Lo que Hildegarde no sabe es que Wilhem no está pensando en nada en este instante. La conversación no brota porque no busca palabras con las que arrancarla. En el sanatorio le enseñaron a reordenar el vacío tras su frente con algunas claves, y a partir de ahí desembrollar lo que necesitara decirle al exterior. Pero ese vacío no está vacío siempre, o no del todo. La primera vez que el vacío llenó su cabeza, en el frente, apareció una imagen que apartó galantemente el estruendo del fuego cruzado, el hedor del lodo lleno de sangre y las visiones de soldados cayendo que podían ser él. La imagen era sencilla pero se mantuvo intacta todo el tiempo que anduvo en trincheras, y mucho después. Un suelo de mármol blanco cegador, y un diván rojo oscuro, casi negro, de tacto de terciopelo y olor a sándalo. O como él cree que debe oler el sándalo. Hay una mujer de piel muy blanca y tacto de cristal a punto de entrar a escena y tenderse en el diván, pero nunca llega a aparecer. Aunque él sabe que está ahí. No necesita verla, porque en la imagen del vacío sabe que ella le sigue, aunque no haya movimiento; sabe que ella se tenderá después que él, aunque él no se vaya a ver nunca a sí mismo. Son cosas que son así, tan claras y nítidas como la imagen. También que la mujer de piel blanca va ataviada de rojo oscuro casi negro, aunque no vea como va vestida.
La boca de Hildegarde se dibuja en rojo oscuro en su faz pálida, mal escondida tras el primer colorete comprado fuera del contrabando. La primera vez que vio a Wilhem pensó que por fin iba a estrenar el cuaderno de piel verde oscuro que le regaló Fieke. Llegó a sacarlo del último cajón y desenvonver el lío de telas viejas que lo ocultaba de su vista. Y llenó ceremoniosa el tintero, sacó una pluma con la punta aún sin quebrar, y limpió cuidadosa la tabla del escritorio antes de soltar los herrajes dorados oscuros y, sin marcar las uñas en la piel, dejar al librito quejarse al ser abierto. Y estuvo a punto de escribir algo por fin, la desripción de Wilhem mirando al tendido apoyado en una farola. Y cuando una gota de tinta cayó sobre el papel desvirgándolo pensó que por fin lo haría. Pero lo cerró, y guardó la pluma, y vació el tintero en el frasco. Aunque no por ello dejó de pensar compulsivamente en su planta firme e indolente a la vez. Y en sus voces roncas intercambiando cortesías y al fin un lugar donde citarse sin el estruendo de la calle y sus respectivos acompañantes. Habría sido algo muy propio correr a contárselo a Fieke y Gerda. Y por primera vez en muchos años, casi diez, sintió una punzada de un dolor como el de entonces.
Lo que Wilhem no sabe es que ha habido mucho rojo oscuro, casi negro, en la vida de Hildegarde, aunque ella vaya a intentar no recordarlo jamás. En sus ojeras cuando los tiempos decían que tocaba empolvarse e ir a bailar, en sus manos en el hospital durante los años tenebrosos de la historia y tranquilos de su vida, entre sus piernas y floreciendo a mansalva en su piel en sus propios tiempos tenebrosos. En lo que respecta a sus propias mareas, por primera vez su imagen del diván no viene a rescatarle de nada, ni sella sus sentidos y le aísla del exterior. Simplemente encaja con la música que suena, con el olor a vino y cigarrillos, con las gotas de perfume de Hildegarde, con sus facciones huidizas, sus ojos ennegrecidos, su gargantilla desgastada, su vestido ceñido. Tiene una sensación extraña y de pronto, sin recurrir a palabras, repara en que es que lleva mucho rato sonriendo. Repara ahora en que también eso se le había vuelto ajeno.
Si la vida en aquellos tiempos hubiera dependido sólo de ironías del azar, algunos de aquellos que jugaron al ajedrez contando por miles los peones como Wilhem, enviándoles a la más pestilente de las pesadillas, podrían haber sido aquellos que unos años antes habían destrozado las vidas de Fieke, Gerda e Hildegarde. Pero lo cierto es que sus respectivos demonios ni siquiera coincidían, y quizá por eso no fueran a necesitar nunca ponerles nombre en la mente del otro. Como casi todos los concurrentes, Hildegarde comenzó a cantar en voz baja la canción tradicional que tocaban en ese instante. Las cortinas de cristal que volvían compartimentos estancos la mente de Wilhem se fueron disipando mientras, sin fijarse, quitaba los guantes de Hildegarde y recorría con los dedos sus manos desnudas.
para selina
viernes 27 de febrero de 2009
IFMciSo: parque natural de Plitvice (Lika), 2014, rojo chapetas, un libro de bolsillo desgastado
En realidad el (llamémoslo) problema es que se ha dejado el móvil en el albergue y hoy le decían el resultado de las impugnaciones. Pero a horas luz de la vida real, el resonar del agua hace entrar en resonancia sus neuronas y transforma ese desasosiego en la sensación de que se le escurren las manos del manillar por un sudor que no tiene. Bordea uno de los lagos.
Lo recordaba diferente. Más nítido porque una oposición le ha desgastado los ojos, más oscuro porque en aquel entonces no era la luz lo que le deslumbraba, más silencioso porque por entonces vivía ensordecido.
Sentado junto a la bici caída, saca de la mochila agua embotellada y busca el tiempo embotellado en el móvil que no ha traído. Una dosis de tiempo antiguo se descorcha entonces y le descontextualiza a la otra vez que estuvo ahí, en algún punto que no identifica.
Pero el momento se escurre.
Sin pensar demasiado, como casi siempre, saca el libro que se cae a pedazos del bolsillo delantero. Aunque hace casi dos años que no lo abre su mano recuerda como sostenerlo con un dedo en cada esquina para que no se desmorone el puñado de papeles, más que hojas tiene el libro, que van entreveradas. Lo abre al azar, pero se abre por donde más veces lo ha abierto. Y está a punto de no ver como se desliza entre las páginas un pelo largo, fino y tan liso que parece en tensión. Y el pelo trae a la dueña, y la dueña trae al momento que antes se escurrió, cuando el parque era más nítido, y sus sentidos más pobres por pura sobreexposición a algo que les sobrepasaba.
Y el tiempo se repliega y es el que abría el libro cada tarde y anotaba la palabra clave del día para no olvidar contársela, el que se levanta. La sangre le arde en sábana bajo la piel olvidando la anestesia de los últimos meses, sosteniéndole por la mandíbula, obligándole a otear el frente. Mientras emprende el camino de vuelta, al albergue, a los trenes, a las estaciones de tránsito que queden hasta volver a encontrarse. Al fin y al cabo, una vez retorcido el tiempo hasta despertar, Montevideo no queda tan lejos.
para Juanma y, por extensión, otra J (no cualquiera)
Lo recordaba diferente. Más nítido porque una oposición le ha desgastado los ojos, más oscuro porque en aquel entonces no era la luz lo que le deslumbraba, más silencioso porque por entonces vivía ensordecido.
Sentado junto a la bici caída, saca de la mochila agua embotellada y busca el tiempo embotellado en el móvil que no ha traído. Una dosis de tiempo antiguo se descorcha entonces y le descontextualiza a la otra vez que estuvo ahí, en algún punto que no identifica.
Pero el momento se escurre.
Sin pensar demasiado, como casi siempre, saca el libro que se cae a pedazos del bolsillo delantero. Aunque hace casi dos años que no lo abre su mano recuerda como sostenerlo con un dedo en cada esquina para que no se desmorone el puñado de papeles, más que hojas tiene el libro, que van entreveradas. Lo abre al azar, pero se abre por donde más veces lo ha abierto. Y está a punto de no ver como se desliza entre las páginas un pelo largo, fino y tan liso que parece en tensión. Y el pelo trae a la dueña, y la dueña trae al momento que antes se escurrió, cuando el parque era más nítido, y sus sentidos más pobres por pura sobreexposición a algo que les sobrepasaba.
Y el tiempo se repliega y es el que abría el libro cada tarde y anotaba la palabra clave del día para no olvidar contársela, el que se levanta. La sangre le arde en sábana bajo la piel olvidando la anestesia de los últimos meses, sosteniéndole por la mandíbula, obligándole a otear el frente. Mientras emprende el camino de vuelta, al albergue, a los trenes, a las estaciones de tránsito que queden hasta volver a encontrarse. Al fin y al cabo, una vez retorcido el tiempo hasta despertar, Montevideo no queda tan lejos.
para Juanma y, por extensión, otra J (no cualquiera)
lunes 23 de febrero de 2009
Madrid, 2032, soga, verde
Aún no se ven en la distancia las cuatro torres. Caléndula apoya el talón de las palmas en el borde del asiento, rozando la puerta, y hace el puente sobre el asiento trasero. Comba la espalda lentamente hasta que su abdomen roza el techo del clio pleistocénico de finales de los noventa que las lleva a Madrid. Sálica apoya la cabeza en los muslos tensos de Caléndula y exhala el aire de un cigarro imaginario, tratando de vaciarse los pulmones hasta que los lóbulos floridos se vuelvan púas colapsadas. No lo consigue.
Al volante Soterránea se tensa pero sabe que es imposible contarle a Caléndula que las pueden multar, y que Sálica canturrerá una perorata biofísica acerca del modo más eficiente resistir los golpes transversales de lo más exculpatoria si le dice a Caléndula que de un frenazo en esa postura se puede matar, así que traga saliva y sigue conduciendo. Soterránea no se llama Soterránea, se llama Sagrario como su madre y su abuela y así hasta la noche de los tiempos, pero Caléndula y Sálica le cambiaron el nombre en el colegio después de preguntarle a Sagrario madre mientras las recogían a la salida si le gustaban más las iglesias cuando eran catacumbas o ahora, que podían estar en módulos de pladur.
Caléndula apoya la barbilla en la ventanilla y descuelga el resto de la cabeza mientras tira de las riendas de los ojos hasta casi hacerlos desaparecer bajo el párpado carbonizado con khol. Así su vista se arrastra pegada al suelo, aún campo, aún algo verdoso. Y deja arrastrar la mirada como si fuera una soga serpenteante que se continúa con el chasis como lo hace ella con sus músculos tensos, sosteniendo el techo, el motor, el tronco de su hermana recostado siguiendo la curva de sus piernas, como si las dos fueran un centauro inverso. Centauros del desierto, murmura Sálica dejando arrastrarse el paisaje por sus ojos en la ventanilla contraria. Soterránea la entiende esta vez, aunque nunca pregunta cuando no la entiende, ni cuando juegan con los dados con letras que fabrica Sálica con todo trozo de papel que cae en sus manos, y que Caléndula hace rodar por sus brazos, todo lo largo de su envergadura y con cuyo resultado de azar y referencias tienen letanía para toda una semana, que Soterránea no entiende y ha aprendido a ignorar.
Las sogas que brotan de los ojos-chasis de Caléndula y Sálica se arrastran por cada lado del coche y van saltando las vallas publicitarias, los postes, las señales y cualquier saliente perpendicular al suelo, suben sus miradas para no enganchar el coche, que parece saltar a la comba y circular por una vía distinta al resto de vehículos. A veces se desperezan a lo largo del haz de luz que entra por sus ojos y sienten como van chocando con cada saliente, a la velocidad del coche, visualizando como se machacarían sus cráneos, sus costillas y su piel con cada golpe, siempre a la velocidad que marca el conductor. Pero hoy se quedan dentro del asiento trasero, apenas algo fuera de sus cráneos.
Las cuatro torres se alzan ante ellas y se zambullen en la Castellana, Cuando caiga la noche irán a un concierto a una sala que se cae a trozos, en una bocacalle de Gran Vía, es todo lo que Soterránea sabe. Caléndula y Sálica probablemente ni siquiera se acuerden de a qué han venido a Madrid. Caléndula se sienta como dios manda y espeta: ¿y como se llama el vejestorio con guitarra al que venimos a ver? ¿aliqué?
para Aliaz
Al volante Soterránea se tensa pero sabe que es imposible contarle a Caléndula que las pueden multar, y que Sálica canturrerá una perorata biofísica acerca del modo más eficiente resistir los golpes transversales de lo más exculpatoria si le dice a Caléndula que de un frenazo en esa postura se puede matar, así que traga saliva y sigue conduciendo. Soterránea no se llama Soterránea, se llama Sagrario como su madre y su abuela y así hasta la noche de los tiempos, pero Caléndula y Sálica le cambiaron el nombre en el colegio después de preguntarle a Sagrario madre mientras las recogían a la salida si le gustaban más las iglesias cuando eran catacumbas o ahora, que podían estar en módulos de pladur.
Caléndula apoya la barbilla en la ventanilla y descuelga el resto de la cabeza mientras tira de las riendas de los ojos hasta casi hacerlos desaparecer bajo el párpado carbonizado con khol. Así su vista se arrastra pegada al suelo, aún campo, aún algo verdoso. Y deja arrastrar la mirada como si fuera una soga serpenteante que se continúa con el chasis como lo hace ella con sus músculos tensos, sosteniendo el techo, el motor, el tronco de su hermana recostado siguiendo la curva de sus piernas, como si las dos fueran un centauro inverso. Centauros del desierto, murmura Sálica dejando arrastrarse el paisaje por sus ojos en la ventanilla contraria. Soterránea la entiende esta vez, aunque nunca pregunta cuando no la entiende, ni cuando juegan con los dados con letras que fabrica Sálica con todo trozo de papel que cae en sus manos, y que Caléndula hace rodar por sus brazos, todo lo largo de su envergadura y con cuyo resultado de azar y referencias tienen letanía para toda una semana, que Soterránea no entiende y ha aprendido a ignorar.
Las sogas que brotan de los ojos-chasis de Caléndula y Sálica se arrastran por cada lado del coche y van saltando las vallas publicitarias, los postes, las señales y cualquier saliente perpendicular al suelo, suben sus miradas para no enganchar el coche, que parece saltar a la comba y circular por una vía distinta al resto de vehículos. A veces se desperezan a lo largo del haz de luz que entra por sus ojos y sienten como van chocando con cada saliente, a la velocidad del coche, visualizando como se machacarían sus cráneos, sus costillas y su piel con cada golpe, siempre a la velocidad que marca el conductor. Pero hoy se quedan dentro del asiento trasero, apenas algo fuera de sus cráneos.
Las cuatro torres se alzan ante ellas y se zambullen en la Castellana, Cuando caiga la noche irán a un concierto a una sala que se cae a trozos, en una bocacalle de Gran Vía, es todo lo que Soterránea sabe. Caléndula y Sálica probablemente ni siquiera se acuerden de a qué han venido a Madrid. Caléndula se sienta como dios manda y espeta: ¿y como se llama el vejestorio con guitarra al que venimos a ver? ¿aliqué?
para Aliaz
jueves 12 de febrero de 2009
bosque francés, perfume italiano, plata, 1984
Se sintió algo gilipollas al decirle que era del 84. Ella había sonreído y le había preguntado que de qué día. 4 de septiembre, dijo él, y ella rió franca y dijo, fíjate, ese día descubrí yo el sexo en compañía. Él se azoró, sin saber bien por qué, y deseó estar más vestido. Pero espera, entonces tú, ¿tenías once años? Los ojos vidriosos de Sylvie se habían vuelto en su dirección y habían temblado mientras sus carcajadas crecían, técnicamente diez, soy de noviembre.
Se habían conocido el viernes, en el apartamento de Sylvie. Ella había contratado un guía para que la acompañara en su visita a Bayeux y a la playa del desembarco, y fue a presentarse y decirle a qué hora la recogería el sábado. El minúsculo apartamento, los montones de cosas apilados en el suelo y las cajas a medio desembalar le habían irritado; el bastón, que tardó en identificar, colgado de una de las aspas del ventilador de techo, girando a todo girar, le había irritado aún más. Ella le invitó a entrar y se sentó en una caja a medio abrir. Él siguió de pie, deseando irse, sin fijarse en sus medias claras arrugadas, en el vestido raído, o la media melena negroazulada. Que no llevara gafas oscuras y le mirara con sus ojos enormes y esmerilados le incomodaba, y se sentía culpable por ello. Huyó escaleras abajo pensando con fuerza en los 150 euros que tendría el domingo por la tarde.
Antes de que cayera la noche del sábado ya había decidido que no le cobraría el servicio. Había sentido algo extraño sentado con ella en un banco dentro de la catedral de Bayeux. Como si hubiera habido en él un dolor opresivo comiéndole la garganta desde que nació, que nunca había advertido y que de pronto se había ido. Ella había estado callada mucho tiempo, mirando con sus ojos inútiles el lejano techo. Después habían intentado acertar la altura. Se lo preguntaron al hombre que vendía postales y crucifijos nada más entrar, y se quedó más cerca ella. La mañana ya se había dado la vuelta, pero cuando salieron al sol él tenía ganas de enseñarle todo.
Fueron a ver el tapiz de la reina Matilde, aunque él no entendía qué interés iba a tener una ciega en que le hablaran de un tapiz con dibujitos, pero esta vez fue sin reticencias. Mientras le explicaba la escena donde sale el cometa Halley estuvo tentado de contarle que él recordaba cuando pasó por última vez, pero no se lo dijo, porque fue en el 86, y el no tenía ni dos años, y ella no le iba a creer aunque fuera cierto.
De vuelta en su apartamento ella había vuelto a colgar el bastón de una de las aspas, mientras esquivaba las cajas a saltos para prepararle un té. Era un bastón algo extraño, aunque se partía en triángulo como todos. Pero era negro y parecía de filigrana, la empuñadura parecía de plata (aunque las marcas verdosas en la mano de Sylvie a media tarde lo desmentían) y ella lo blandía más como una lanza que como algo con lo que tantear el espacio seguro.
Cuando la sensación de ser muy pequeño y tener demasiado que aprender de ella le volvía a oprimir la garganta la besó, y a ella no pareció sorprenderla. Al desnudarla algo debió notar en sus manos, o quizá fuera capaz de sentir las expresiones de su cara aire al través, pero se rió de su instante de desconcierto al ver el pelo sin recortar que le brotaba de entre las piernas y parecía querer ascender fieramente. Se sintió otra vez muy pequeño, la primera vez, la segunda, y todas las de esa noche.
El domingo se fijó más en algunos detalles, como en las muchas botellas de alcohol vacías que había en el apartamento para el poco tiempo que Sylvie llevaba viviendo allí. O que él había hablado muchísimo de sí mismo, y Sylvie le había hablado mucho de la vida, pero ni una sola palabra sobre ella. Quería seguir haciéndole de guía, ese día, esa semana y para siempre, y no le cobraría por ello, porque guiar a Sylvie era con mucho, lo más interesante que había sucedido en su vida.
Cuando el lunes por la mañana se fue a la facultad con el dinero en la mano entendió que Sylvie no iba a querer volver a verle. Y el sonido de la cancela del portal al cerrarse le descubrió un dolor en una parte del cuerpo que no conocía.
para malize (y vittorio gassman)
Se habían conocido el viernes, en el apartamento de Sylvie. Ella había contratado un guía para que la acompañara en su visita a Bayeux y a la playa del desembarco, y fue a presentarse y decirle a qué hora la recogería el sábado. El minúsculo apartamento, los montones de cosas apilados en el suelo y las cajas a medio desembalar le habían irritado; el bastón, que tardó en identificar, colgado de una de las aspas del ventilador de techo, girando a todo girar, le había irritado aún más. Ella le invitó a entrar y se sentó en una caja a medio abrir. Él siguió de pie, deseando irse, sin fijarse en sus medias claras arrugadas, en el vestido raído, o la media melena negroazulada. Que no llevara gafas oscuras y le mirara con sus ojos enormes y esmerilados le incomodaba, y se sentía culpable por ello. Huyó escaleras abajo pensando con fuerza en los 150 euros que tendría el domingo por la tarde.
Antes de que cayera la noche del sábado ya había decidido que no le cobraría el servicio. Había sentido algo extraño sentado con ella en un banco dentro de la catedral de Bayeux. Como si hubiera habido en él un dolor opresivo comiéndole la garganta desde que nació, que nunca había advertido y que de pronto se había ido. Ella había estado callada mucho tiempo, mirando con sus ojos inútiles el lejano techo. Después habían intentado acertar la altura. Se lo preguntaron al hombre que vendía postales y crucifijos nada más entrar, y se quedó más cerca ella. La mañana ya se había dado la vuelta, pero cuando salieron al sol él tenía ganas de enseñarle todo.
Fueron a ver el tapiz de la reina Matilde, aunque él no entendía qué interés iba a tener una ciega en que le hablaran de un tapiz con dibujitos, pero esta vez fue sin reticencias. Mientras le explicaba la escena donde sale el cometa Halley estuvo tentado de contarle que él recordaba cuando pasó por última vez, pero no se lo dijo, porque fue en el 86, y el no tenía ni dos años, y ella no le iba a creer aunque fuera cierto.
De vuelta en su apartamento ella había vuelto a colgar el bastón de una de las aspas, mientras esquivaba las cajas a saltos para prepararle un té. Era un bastón algo extraño, aunque se partía en triángulo como todos. Pero era negro y parecía de filigrana, la empuñadura parecía de plata (aunque las marcas verdosas en la mano de Sylvie a media tarde lo desmentían) y ella lo blandía más como una lanza que como algo con lo que tantear el espacio seguro.
Cuando la sensación de ser muy pequeño y tener demasiado que aprender de ella le volvía a oprimir la garganta la besó, y a ella no pareció sorprenderla. Al desnudarla algo debió notar en sus manos, o quizá fuera capaz de sentir las expresiones de su cara aire al través, pero se rió de su instante de desconcierto al ver el pelo sin recortar que le brotaba de entre las piernas y parecía querer ascender fieramente. Se sintió otra vez muy pequeño, la primera vez, la segunda, y todas las de esa noche.
El domingo se fijó más en algunos detalles, como en las muchas botellas de alcohol vacías que había en el apartamento para el poco tiempo que Sylvie llevaba viviendo allí. O que él había hablado muchísimo de sí mismo, y Sylvie le había hablado mucho de la vida, pero ni una sola palabra sobre ella. Quería seguir haciéndole de guía, ese día, esa semana y para siempre, y no le cobraría por ello, porque guiar a Sylvie era con mucho, lo más interesante que había sucedido en su vida.
Cuando el lunes por la mañana se fue a la facultad con el dinero en la mano entendió que Sylvie no iba a querer volver a verle. Y el sonido de la cancela del portal al cerrarse le descubrió un dolor en una parte del cuerpo que no conocía.
para malize (y vittorio gassman)
sábado 7 de febrero de 2009
Valencia, 1442, lacre, lletra de batalla
Y sin lugar a dudas era que la joven Cayetana teñía sus pezones con el mismo ungüento en el que empapaba sus labios, y es por ello que no otra cosa que Carmesina la llamaban, porque bien era sabida su costumbre; y es que la joven Cayetana o Carmesina era como un mal aire de tos, gustara o no, todos en el pueblo la había tenido.
Tirant también, Tirant por supuesto, y hasta le había enviado misivas desde la pluvial y pérfida tierra Angla, aún cuando no iban a llegar o bien Carmesina iba a malvender el pliego al primer estudiante que encontrara en el mercado (si es que los estudiantes seguían dignándose a ir al mercado, que ahora que se decía que iban a ponerles una universidad en la misma Valencia igual pretendían subirse a las barbas de los hombres de bien).
Pero es más, y aún sin recibir respuesta más allá de los ecos de los gemidos de Carmesina en cualquier pajar y con cualquier otro, le había enviado misivas desde la pestilente Francia, siempre al final de cada acertada peripecia, siendo para ello más o menos necesario mentir en lo que a los desenlaces se refería, dedicando a algunos de los pliegos muchos rezos en penitencia, aún buscando al más glotón y pecadorzuelo de los confesores que encontrara.
Quién, y me pregunto, quién iba a imaginarse que la primera y última respuesta epistolar que iba a tener de Carmesina fuera a ser nada más y nada menos que una carta de batalla retándole en duelo a muerte. Bien es cierto que Carmesina mal conocía ese arte llamado escritura más que para distinguir un libro de un cazo, y bien es cierto que Carmesina decidió plantear su misiva a gritos en plena noche en vez de en formal documento, pero no dejó de ser una respuesta a sus misivas y hemos de ser fieles a la historia y recordar que el corazón de Tirant se vio al fin recompensado tras tanto desaire de una mujerzuela sin honra.
Mas hemos de remontarnos a tiempo atrás, antes de que nuestro héroe decidiera empuñar la lanza y llenar de valentía la armadura, para encontrarnos a un Tirant pilluelo, con la cara tan devorada por el acné que se diría sufría de escrófula; a la par tontorrón y risueño como solo un hombre virgen lo es.
Una buena noche de mayo la hermosa Carmesina le había empujado a un pajar, pues era ya toda una mujercita de costumbres, y con sus labios y pezones color rojo sangre había sellado su cuerpo por doquier diciéndole, sí, será muy señor, señor, pero ahora el señor es mío. No con poco desconcierto había observado Tirant, ya en el hogar, a la luz del candil su cuerpo lleno de numulares marcas rojas, sin saber desconcertado qué significaban, ya que no dejaban de recordarle a señales en una carta de navegación, y aunque ya por entonces le esperara mucho mundo, la navegación no terminaba de ser lo suyo. Ahora bien, que una de las marcas sí que la entendía, sí, y era la que bajo sus paños menores había dejado Carmesina con sus labios carmesí (o quizá en extraño movimiento, hubieran sido sus pezones, algo aturdido se sentía Tirant como para recordarlo): tirando de la piel fina y redundante de su miembro la muy maldita lo había lacrado y ya nunca más dejaría asomar su violácea bellota, que si bien era tímida y nunca salía del todo, sí había gustado hasta entonces de salir a curiosear.
Tantos años y aventuras después allí estaba Carmesina gritando colérica bajo su ventana, y Tirant miraba bajo sus calzones; ahí seguía su miembro lacrado, aunque el rojo se hubiera ido desluciendo con el rastro blanquecino y aromático que había dejado el paso de los años, rastro blanquecino que parecía rezumar sin fin del miserable orificio de piel que le había quedado.
Lo cierto es que Tirant nunca reveló a los suyos los detalles del final de esta historia. Hay quien dice que Carmesina moría de cólera y celos al saber que Tirant partía a Bizancio con el objetivo esta vez de nunca más volver y acabó reventando de rabia (o de la impaciencia del puño de algún vecino somnoliento). Y también añaden que Carmesina sabía que allí le esperaba una mujer, también de nombre Carmesina, y que era eso lo que enfervorecía su ira. Otros sin embargo cuentan que, harto de tanto grito, Tirant salió a la calle, se echó al hombro a la gritona muchacha y la llevó dentro; días más tarde la arrastró al barco que le llevaba a Bizancio y allí, tras mucha y muy densa discusión (cuentan que es lo propio de la tierra) cábalas hicieron para que la campesina acabara heredando Bizancio entero.
Sí sabemos sin lugar a dudas, y satisfechos nos regocijamos en recordar, que nuestro siempre venerado Tirant desposó a una Carmesina heredera del imperio, y que allí residieron felices, viéndose en los grabados de la época tal sonrisa en nuestro adorado Tirant, que no dudamos que Carmesina, fuera o no la original, desgarró la piel lacrada y dejó a la violácea punta volver a disfrutar de la libertad que siempre mereció.
para Surfin VLC
Tirant también, Tirant por supuesto, y hasta le había enviado misivas desde la pluvial y pérfida tierra Angla, aún cuando no iban a llegar o bien Carmesina iba a malvender el pliego al primer estudiante que encontrara en el mercado (si es que los estudiantes seguían dignándose a ir al mercado, que ahora que se decía que iban a ponerles una universidad en la misma Valencia igual pretendían subirse a las barbas de los hombres de bien).
Pero es más, y aún sin recibir respuesta más allá de los ecos de los gemidos de Carmesina en cualquier pajar y con cualquier otro, le había enviado misivas desde la pestilente Francia, siempre al final de cada acertada peripecia, siendo para ello más o menos necesario mentir en lo que a los desenlaces se refería, dedicando a algunos de los pliegos muchos rezos en penitencia, aún buscando al más glotón y pecadorzuelo de los confesores que encontrara.
Quién, y me pregunto, quién iba a imaginarse que la primera y última respuesta epistolar que iba a tener de Carmesina fuera a ser nada más y nada menos que una carta de batalla retándole en duelo a muerte. Bien es cierto que Carmesina mal conocía ese arte llamado escritura más que para distinguir un libro de un cazo, y bien es cierto que Carmesina decidió plantear su misiva a gritos en plena noche en vez de en formal documento, pero no dejó de ser una respuesta a sus misivas y hemos de ser fieles a la historia y recordar que el corazón de Tirant se vio al fin recompensado tras tanto desaire de una mujerzuela sin honra.
Mas hemos de remontarnos a tiempo atrás, antes de que nuestro héroe decidiera empuñar la lanza y llenar de valentía la armadura, para encontrarnos a un Tirant pilluelo, con la cara tan devorada por el acné que se diría sufría de escrófula; a la par tontorrón y risueño como solo un hombre virgen lo es.
Una buena noche de mayo la hermosa Carmesina le había empujado a un pajar, pues era ya toda una mujercita de costumbres, y con sus labios y pezones color rojo sangre había sellado su cuerpo por doquier diciéndole, sí, será muy señor, señor, pero ahora el señor es mío. No con poco desconcierto había observado Tirant, ya en el hogar, a la luz del candil su cuerpo lleno de numulares marcas rojas, sin saber desconcertado qué significaban, ya que no dejaban de recordarle a señales en una carta de navegación, y aunque ya por entonces le esperara mucho mundo, la navegación no terminaba de ser lo suyo. Ahora bien, que una de las marcas sí que la entendía, sí, y era la que bajo sus paños menores había dejado Carmesina con sus labios carmesí (o quizá en extraño movimiento, hubieran sido sus pezones, algo aturdido se sentía Tirant como para recordarlo): tirando de la piel fina y redundante de su miembro la muy maldita lo había lacrado y ya nunca más dejaría asomar su violácea bellota, que si bien era tímida y nunca salía del todo, sí había gustado hasta entonces de salir a curiosear.
Tantos años y aventuras después allí estaba Carmesina gritando colérica bajo su ventana, y Tirant miraba bajo sus calzones; ahí seguía su miembro lacrado, aunque el rojo se hubiera ido desluciendo con el rastro blanquecino y aromático que había dejado el paso de los años, rastro blanquecino que parecía rezumar sin fin del miserable orificio de piel que le había quedado.
Lo cierto es que Tirant nunca reveló a los suyos los detalles del final de esta historia. Hay quien dice que Carmesina moría de cólera y celos al saber que Tirant partía a Bizancio con el objetivo esta vez de nunca más volver y acabó reventando de rabia (o de la impaciencia del puño de algún vecino somnoliento). Y también añaden que Carmesina sabía que allí le esperaba una mujer, también de nombre Carmesina, y que era eso lo que enfervorecía su ira. Otros sin embargo cuentan que, harto de tanto grito, Tirant salió a la calle, se echó al hombro a la gritona muchacha y la llevó dentro; días más tarde la arrastró al barco que le llevaba a Bizancio y allí, tras mucha y muy densa discusión (cuentan que es lo propio de la tierra) cábalas hicieron para que la campesina acabara heredando Bizancio entero.
Sí sabemos sin lugar a dudas, y satisfechos nos regocijamos en recordar, que nuestro siempre venerado Tirant desposó a una Carmesina heredera del imperio, y que allí residieron felices, viéndose en los grabados de la época tal sonrisa en nuestro adorado Tirant, que no dudamos que Carmesina, fuera o no la original, desgarró la piel lacrada y dejó a la violácea punta volver a disfrutar de la libertad que siempre mereció.
para Surfin VLC
sábado 31 de enero de 2009
29 de mayo de 1985, estadio de Heysel, blanco/negro, una grada
Se rasca la sien izquierda distraído. Ya ha terminado de vestirse pero el aire está húmedo y el cuello vuelto le pica y extiende el picor al resto del cuerpo. Indolente, mira ensimismado al frente, a ningún punto concreto. Pierre le mira y le ve serio, serio como nunca. Se siente angustiado de golpe, daría lo que fuese porque todo hubiera sido distinto. Traga saliva y con la mirada implorante se sienta a su lado en el banco del pasillo.
- ¿en qué piensas, Michel?
Michel sonríe de medio lado y con voz satisfecha murmura
- huelo el tercero, Pierre. Huelo el tercero.
- ¿cómo?
- El balón de oro, Pierre. Ha sido un gol vulgar, pero había que marcarlo y lo he hecho yo, Pierre, y créeme que se acordarán de eso para el tercero.
- Sí, bueno- Pierra vuelve a tragar, desconcertado- aunque... bueno, ya lo hemos hablado, tres seguidos es difícil, ya sabes, nunca antes...
Pierre se queda callado, el traje le estorba, la camisa se le está quedando pegada a la tripa, demasiado redonda. Jugadores y acompañantes están dejando el vestuario ya, pero Michel está sentado, tranquilo. No es seriedad lo que le da un apecto ajeno a su semblante, Pierre ahora se da cuenta pero no termina de entender qué es.
- ¿sabes? Dicen que ha sido peor de lo que parece, dicen que ha muerto mucha gente, hasta niños.
- Perdona, no te estaba escuchando, ¿qué dices?
- Lo de antes del partido, parece, parece que ha sido peor de lo que creíamos.
- Eso estábamos comentando antes del partido, la han liado en las gradas, ¿no?
- Bueno, creo que... no sé, no me he enterado bien, yo estaba abajo en uno de los corredores mientras estabais con el entrenador y de pronto el ruido ha cambiado.
- ¿el ruido?
- Bueno, se, no sé se oían alaridos y gente corriendo, yo estaba pasando debajo de la zona A y la gente chillaba, y bueno, no sé, subí y, y, aquello era horrible, Michel.
- ¿aha? Vaya, bueno mañana veremos en el periódico qué ha sido exactamente, el árbitro no se aclaraba a explicarnos cuando hemos leído al principio. De todos modos Pierre, entiéndelo,- enarca las cejas y ríe- ¡el buen fútbol despierta pasión y nosotros la despertamos!
Michel se levanta y coge su bolsa. Pierre se queda quieto, sentado.
- ¿sabes Pierre? Antes al ducharme estaba pensando en que necesito que me ayudes. Necesito que me busques un fotógrafo bueno, que haga fotografías artísticas de verdad.
- ¿cómo?
- Sí, la fiesta de mi cumpleaños este año va a ser memorable. No voy a seguir siendo el Rey mucho tiemo, y quiero que las fotos de la fiesta queden para la historia. Quizá pida que las hagan en blanco y negro. ¿sabes Pierre? Aún me queda cuerda pero... la era del Rey se acaba. Llevo toda la tarde pensándolo. Este partido... quiero que este partido sea uno de mis recuerdos más felices.
Pierre le ve alejarse por el pasillo. Le zumban los oídos y el calor que sale del vestuario es insoportable.
para Hebuterne
- ¿en qué piensas, Michel?
Michel sonríe de medio lado y con voz satisfecha murmura
- huelo el tercero, Pierre. Huelo el tercero.
- ¿cómo?
- El balón de oro, Pierre. Ha sido un gol vulgar, pero había que marcarlo y lo he hecho yo, Pierre, y créeme que se acordarán de eso para el tercero.
- Sí, bueno- Pierra vuelve a tragar, desconcertado- aunque... bueno, ya lo hemos hablado, tres seguidos es difícil, ya sabes, nunca antes...
Pierre se queda callado, el traje le estorba, la camisa se le está quedando pegada a la tripa, demasiado redonda. Jugadores y acompañantes están dejando el vestuario ya, pero Michel está sentado, tranquilo. No es seriedad lo que le da un apecto ajeno a su semblante, Pierre ahora se da cuenta pero no termina de entender qué es.
- ¿sabes? Dicen que ha sido peor de lo que parece, dicen que ha muerto mucha gente, hasta niños.
- Perdona, no te estaba escuchando, ¿qué dices?
- Lo de antes del partido, parece, parece que ha sido peor de lo que creíamos.
- Eso estábamos comentando antes del partido, la han liado en las gradas, ¿no?
- Bueno, creo que... no sé, no me he enterado bien, yo estaba abajo en uno de los corredores mientras estabais con el entrenador y de pronto el ruido ha cambiado.
- ¿el ruido?
- Bueno, se, no sé se oían alaridos y gente corriendo, yo estaba pasando debajo de la zona A y la gente chillaba, y bueno, no sé, subí y, y, aquello era horrible, Michel.
- ¿aha? Vaya, bueno mañana veremos en el periódico qué ha sido exactamente, el árbitro no se aclaraba a explicarnos cuando hemos leído al principio. De todos modos Pierre, entiéndelo,- enarca las cejas y ríe- ¡el buen fútbol despierta pasión y nosotros la despertamos!
Michel se levanta y coge su bolsa. Pierre se queda quieto, sentado.
- ¿sabes Pierre? Antes al ducharme estaba pensando en que necesito que me ayudes. Necesito que me busques un fotógrafo bueno, que haga fotografías artísticas de verdad.
- ¿cómo?
- Sí, la fiesta de mi cumpleaños este año va a ser memorable. No voy a seguir siendo el Rey mucho tiemo, y quiero que las fotos de la fiesta queden para la historia. Quizá pida que las hagan en blanco y negro. ¿sabes Pierre? Aún me queda cuerda pero... la era del Rey se acaba. Llevo toda la tarde pensándolo. Este partido... quiero que este partido sea uno de mis recuerdos más felices.
Pierre le ve alejarse por el pasillo. Le zumban los oídos y el calor que sale del vestuario es insoportable.
para Hebuterne
sábado 17 de enero de 2009
IFMciSo: Nairobi, rojo, hoy, un billete de dólar
Las banderas blancas y azules arden en la pantalla, lejos, al norte. A termina el té hirviendo cuando D entra por la puerta tiritando. Las tardes de julio son frías y D lleva un vestido de manga corta y falda bajo la rodilla, nada más. Se ríen y se saludan, y se ríen y A le pregunta a D qué disfraz ridículo le ha tocado ponerse, esta vez el de cebra, dice, y a los americanos les ha encantado, a los belgas menos. A paga el té mientras D mira la pantalla, y salen juntas.
Andan serias hacia el coche de A, huele a hidrocarburo. Cada tarde cruzan el centro en vez de rodear la ciudad para llegar a las afueras en el extremo opuesto, es el rato de estar solas pero juntas aunque haya estruendo alrededor, como hay estruendo y están solas en el safari donde trabaja D y en la oficina de cambio donde trabaja A.
Paradas en un atasco D saca del bolsillo del vestido un billete de un dólar, se lo han dado a la cebra de propina. A no se ríe, y lo coge con los dedos, buscando el tacto frío de uno de los tantos billetes que toca todos los días. En silencio D coge la caja de cerillas del salpicadero y enciende una. Sonríen cuando aproximan la esquina a la llama. La bandera verde arde.
El atasco se resuelve y A sacude la mano antes de agarrar el volante para no quemarse con los restos del billete mientras se ríen a gritos.
Tras el coche se queda quieta una valla cuyo cartel muestra un Nairobi en el verano de enero. “La Ciudad Verde en el Sol”.
para June
Andan serias hacia el coche de A, huele a hidrocarburo. Cada tarde cruzan el centro en vez de rodear la ciudad para llegar a las afueras en el extremo opuesto, es el rato de estar solas pero juntas aunque haya estruendo alrededor, como hay estruendo y están solas en el safari donde trabaja D y en la oficina de cambio donde trabaja A.
Paradas en un atasco D saca del bolsillo del vestido un billete de un dólar, se lo han dado a la cebra de propina. A no se ríe, y lo coge con los dedos, buscando el tacto frío de uno de los tantos billetes que toca todos los días. En silencio D coge la caja de cerillas del salpicadero y enciende una. Sonríen cuando aproximan la esquina a la llama. La bandera verde arde.
El atasco se resuelve y A sacude la mano antes de agarrar el volante para no quemarse con los restos del billete mientras se ríen a gritos.
Tras el coche se queda quieta una valla cuyo cartel muestra un Nairobi en el verano de enero. “La Ciudad Verde en el Sol”.
para June
sábado 10 de enero de 2009
1977, Memphis, Tennessee, traje de luces, neón púrpura
Del otro lado del cristal brillan luces de neón y el coche se para suavemente ante un local cuyas cintas de luz roja rodean en forma de capa a un monigote peinado con tupé que abre las piernas sobre el dintel. Tuck baja del coche y saluda al portero a grandes gritos. Celia para la cinta y enciende la radio, con el volumen bajo para que Tuck no se de cuenta. Hay niebla de claxon y motores y la gente grita por la acera, pero la canción inunda el coche.
I-I wish you could swim
Like the dolphins
like dolphins can swim
Though nothing
nothing will keep us together
We can beat them
for ever and ever
Oh we can be heroes
just for one day
Al lado del portero de la puerta con luces rojas hay un cartel grande con un hombre vestido de dorado delante de un buey. Tuck golpea la ventanilla delantera y llama a Celia a gritos pegando mucho la boca al cristal. Va a calentarlo, piensa, va a calentar el cristal y Celia no va a poder apoyar las mejillas contra el cristal frío. Celia abre la puerta del coche y el ruido de la calle sofoca la radio, Tuck le grita que su amigo acaba de venir de México, que quiere hablar con ella. La puerta se cierra de golpe tras su cuerpo breve.
I-I will be king
And you
you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them
just for one day
We can be heroes-just for one day
Celia sonríe tímida al amigo de Tuck, quizá ni siquiera trate de explicarle que es chilena, no mexicana. Varios locales más allá el neón es verde y es mejor mirar el verde que la camisa blanca de Tuck. Tuck odia que le llame Tuck, aunque no dice nada de que no llame mamá a Celia. Pero el verde es más interesante.
I-I will be king
And you
you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them
just for one day
We can be heroes-just for one day
Celia echa miradas nerviosas al coche. Han pasado muchos días desde la noche en que se intentó escapar y Celia le alcanzó corriendo en la linde del bosque, sin decirle nada, sólo agarrándole fuerte por el hombro y mirándole desde muy lejos. Para que Celia no llorara se quedó todo el verano en casa. Ahora acababa noviembre.
I-I can remember
Standing
by the wall
And the guns
shot above our heads
And we kissed
as though nothing could fall
And the shame
was on the other side
Oh we can beat them
forever and ever
Then we could be heroes
just for one day
Del otro lado de la linde del bosque parecía haber otras canciones, parecía haber océanos de silencio, de sueño y de hambre. El viento parecía tener otros colores, y briznas de neón verde. Cumpliría once años en enero y no esperaría más tiempo a saltar sobre el césped blando y correr sin hacer ruido para dejar la gris Virginia, las grises cenas, los grises e interminables viajes en coche. Quizá iría a ver a los hermanos de Celia desperdigados por Europa huyendo de la gente como Tuck. A buscar océanos de cristal frío donde apoyar las mejillas, sin coches sofocantes, sin noches saturadas de ruido y gente gris.
We can be Heroes
We can be Heroes
We can be Heroes
Just for one day
We can be Heroes
We're nothing, and nothing will help us
Maybe we're lying,
then you better not stay
But we could be safer,
just for one day
Oh-oh-oh-ohh, oh-oh-oh-ohh,
just for one day
para Ision
I-I wish you could swim
Like the dolphins
like dolphins can swim
Though nothing
nothing will keep us together
We can beat them
for ever and ever
Oh we can be heroes
just for one day
Al lado del portero de la puerta con luces rojas hay un cartel grande con un hombre vestido de dorado delante de un buey. Tuck golpea la ventanilla delantera y llama a Celia a gritos pegando mucho la boca al cristal. Va a calentarlo, piensa, va a calentar el cristal y Celia no va a poder apoyar las mejillas contra el cristal frío. Celia abre la puerta del coche y el ruido de la calle sofoca la radio, Tuck le grita que su amigo acaba de venir de México, que quiere hablar con ella. La puerta se cierra de golpe tras su cuerpo breve.
I-I will be king
And you
you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them
just for one day
We can be heroes-just for one day
Celia sonríe tímida al amigo de Tuck, quizá ni siquiera trate de explicarle que es chilena, no mexicana. Varios locales más allá el neón es verde y es mejor mirar el verde que la camisa blanca de Tuck. Tuck odia que le llame Tuck, aunque no dice nada de que no llame mamá a Celia. Pero el verde es más interesante.
I-I will be king
And you
you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them
just for one day
We can be heroes-just for one day
Celia echa miradas nerviosas al coche. Han pasado muchos días desde la noche en que se intentó escapar y Celia le alcanzó corriendo en la linde del bosque, sin decirle nada, sólo agarrándole fuerte por el hombro y mirándole desde muy lejos. Para que Celia no llorara se quedó todo el verano en casa. Ahora acababa noviembre.
I-I can remember
Standing
by the wall
And the guns
shot above our heads
And we kissed
as though nothing could fall
And the shame
was on the other side
Oh we can beat them
forever and ever
Then we could be heroes
just for one day
Del otro lado de la linde del bosque parecía haber otras canciones, parecía haber océanos de silencio, de sueño y de hambre. El viento parecía tener otros colores, y briznas de neón verde. Cumpliría once años en enero y no esperaría más tiempo a saltar sobre el césped blando y correr sin hacer ruido para dejar la gris Virginia, las grises cenas, los grises e interminables viajes en coche. Quizá iría a ver a los hermanos de Celia desperdigados por Europa huyendo de la gente como Tuck. A buscar océanos de cristal frío donde apoyar las mejillas, sin coches sofocantes, sin noches saturadas de ruido y gente gris.
We can be Heroes
We can be Heroes
We can be Heroes
Just for one day
We can be Heroes
We're nothing, and nothing will help us
Maybe we're lying,
then you better not stay
But we could be safer,
just for one day
Oh-oh-oh-ohh, oh-oh-oh-ohh,
just for one day
para Ision
domingo 28 de diciembre de 2008
Jorasmia, 1220, moscatel, verde pistacho
Y aunque en las afueras ya todo el mundo hiciera el mongol en fila de a dos, no era eso lo que comentaban las viejas, pellejas; y es que el joven Zerav ha revolucionado por completo la otrora llamada Maracanda, y las viejas, pellejas, no pueden evitar abandonar sus calderos y sus barreños donde remojar los pies: hay que correr por las calles a ver la espalda del abuelo del joven Zerav.
-Vengan todas, viejas y niños, viejos y alegres y descocadas jovencitas, olviden las hordas que hacen el mongol a nuestras puertas, desármense nuestros raquíticos soldados y que sus flacuchos cuerpos vengan a observar esta, la milagrosa espalda de mi vetusto abuelo.
Corre el rumor por la ciudad entera y se vacían los templos, los pozos y algunos burdeles. Colas de improvisados peregrinos se escarban en las orejas para que la cera no les moleste y miran al sol para que les tueste las legañas y el frugal aperitivo les haga más corta la espera.
Ante el improvisado corro el abuelo refunfuña y se sienta de espaldas, al levantar su saya sus posaderas no muy limpias quedan expuestas, pero no importa mucho porque todos miran fijamente el bulto de color pistacho que ha salido en mitad de ningún lugar concreto de su espalda. Tiene el tamaño de un huevo de paloma y se diría que el verde hace aguas, o es iridescente.
- Es una verruga vulgar, mascullan algunas viejas
- ¿vulvar? Preguntan algunos viejos, con cara circunspecta y voz algo asustada
- No es una verruga señores, no es una verruga en absoluto, sea quizá un designio de algún antiguo dios, un recado de los mongoles, un retrato quizá de la valentía de ese afeminado Gengis Khan, sea lo que sea está en la espalda de mi abuelo y no en otro lugar, atrévanse por un par de monedas a acariciar su perlada superficie, tan tierna como los muslos de una prostituta vieja!
Las gentes se agolpan, tímidamente una virgen voluptuosa se acerca y se sienta en las rodillas del viejo, asoma la cabeza trabajosa tras su hombro y toca con los dedos el bulto color pistacho.
- ¡qué bulto tan extraño!, gime retorciéndose a horcajadas, ¡qué aspecto! ¡y qué tacto!, no he visto anda igual en toda Samarkanda, ¡ni siquiera el glande de aquel emisario mongol!
El viejo no masculla ya, quizá jadea con la boca abierta y el esquelético torso hundido entre los pechos de la virgen.
Los ciudadanos se animan, y alargan, el joven Zerav les anima a probar con la lengua el fantabulérrimo sabor del extraño bulto que para nada es una vulgar verruga.
- ¡sabe como debería saber el vino para que el vino supiera bien! Exclama paladeando un viejo herrero de agrietadas manos
- cierto es, proclama un monje, como si las viñas crecieran en llanuras bajo un solo abrasador, sin montañas que las llenaran de nieve.
- Eso es, eso es, lámanme el pus, ruega el viejo, mientras se jura no volver a arrancarse pelos enquistados antes de ir al burdel.
Los mongoles entran haciendo de las suyas en una ciudad tan atareada con el abuelo del joven Zerav que les desconcierta y aterra, pero entiendan vuesas mercedes que esto ya no es un tema propio de un libro de historia.
para Neschatsnaya svinia
-Vengan todas, viejas y niños, viejos y alegres y descocadas jovencitas, olviden las hordas que hacen el mongol a nuestras puertas, desármense nuestros raquíticos soldados y que sus flacuchos cuerpos vengan a observar esta, la milagrosa espalda de mi vetusto abuelo.
Corre el rumor por la ciudad entera y se vacían los templos, los pozos y algunos burdeles. Colas de improvisados peregrinos se escarban en las orejas para que la cera no les moleste y miran al sol para que les tueste las legañas y el frugal aperitivo les haga más corta la espera.
Ante el improvisado corro el abuelo refunfuña y se sienta de espaldas, al levantar su saya sus posaderas no muy limpias quedan expuestas, pero no importa mucho porque todos miran fijamente el bulto de color pistacho que ha salido en mitad de ningún lugar concreto de su espalda. Tiene el tamaño de un huevo de paloma y se diría que el verde hace aguas, o es iridescente.
- Es una verruga vulgar, mascullan algunas viejas
- ¿vulvar? Preguntan algunos viejos, con cara circunspecta y voz algo asustada
- No es una verruga señores, no es una verruga en absoluto, sea quizá un designio de algún antiguo dios, un recado de los mongoles, un retrato quizá de la valentía de ese afeminado Gengis Khan, sea lo que sea está en la espalda de mi abuelo y no en otro lugar, atrévanse por un par de monedas a acariciar su perlada superficie, tan tierna como los muslos de una prostituta vieja!
Las gentes se agolpan, tímidamente una virgen voluptuosa se acerca y se sienta en las rodillas del viejo, asoma la cabeza trabajosa tras su hombro y toca con los dedos el bulto color pistacho.
- ¡qué bulto tan extraño!, gime retorciéndose a horcajadas, ¡qué aspecto! ¡y qué tacto!, no he visto anda igual en toda Samarkanda, ¡ni siquiera el glande de aquel emisario mongol!
El viejo no masculla ya, quizá jadea con la boca abierta y el esquelético torso hundido entre los pechos de la virgen.
Los ciudadanos se animan, y alargan, el joven Zerav les anima a probar con la lengua el fantabulérrimo sabor del extraño bulto que para nada es una vulgar verruga.
- ¡sabe como debería saber el vino para que el vino supiera bien! Exclama paladeando un viejo herrero de agrietadas manos
- cierto es, proclama un monje, como si las viñas crecieran en llanuras bajo un solo abrasador, sin montañas que las llenaran de nieve.
- Eso es, eso es, lámanme el pus, ruega el viejo, mientras se jura no volver a arrancarse pelos enquistados antes de ir al burdel.
Los mongoles entran haciendo de las suyas en una ciudad tan atareada con el abuelo del joven Zerav que les desconcierta y aterra, pero entiendan vuesas mercedes que esto ya no es un tema propio de un libro de historia.
para Neschatsnaya svinia
Finlandia, S.XII, plateado, barco
Un drakkar fue lo primero que aprendió a dibujar en la ceniza que salía de la lumbre, aunque nunca habia visto uno, ni lo vería. Su bisabuela Ola, que ya apenas sacaba las manos de entre las mantas de su rincón le había hablado de ellos en su oscura y resquebrajada lengua, tan temblorosa que la propia Sif dudaba de si sería capaz de reconocerla en una voz que no fuera de animal moribundo.
Y un drakkar es lo que veía en el horizonte sobre la nieve si guiñaba los ojos, el drakkar que ella se imaginaba cada día, donde viniera el mismo Odín a salvarlas, a Ola apergaminada entre sus mantas y a ella con sus horquillas convertidas en arcos y flechas en miniatura, en los que sólo cabían sus dedos.
La bisabuela Ola había dejado de salir de casa cuando los soldados entraron calmadamente a saquear granjas y altares, robándoles los dioses y los recuerdos. La bisabuela Ola vino huida de una guerra que asoló su tierra y desmembró a sus gentes, y la simple imagen de soldados avanzando a zancadas entre los cerdos bastó para encerrarla para siempre en su rincón, renegando de esta tierra de donde venían sus dos maridos muertos en sendos inviernos, y del marido de su hija, que murió ahogado en su propio vómito, y del marido de su nieta, convenientemente emborrachado cada noche hasta seguir el camino de su suegro.
Sif sólo acepta hablar en la lengua de la bisabuela Ola, y con algo de esfuerzo ha logrado dejar de comprender los gritos de todos los que no sean ella, a fuerza de desaprender lo que aprendió sin darse cuenta. En esa lengua las dos invocan cada noche al viejo Odín, que las rescate del tiempo que todo destroza, que ha traído a los cristianos a las tierras del norte, que ha traído inviernos cada vez menos fríos, guerreros cada vez menos fieros, le rezan para que el tiempo dé la vuelta y Ola pueda volver a su pueblo natal a luchar con aceite hirviendo y flechas de fuego.
Sólo Sif sabe que la bisabuela Ola esconde desde hace años bajo su falda una punta de flecha de plata que su madre le hizo guardar antes del saqueo que la hizo huir. Fúndela cuando sea preciso y al caer en gotas formará las runas que te dirán qué has de hacer para convertirte en la valkiria que has de ser, pequeña Ola, y huye hacia el este, siempre hacia el este. Y recuerda allá donde vayas que no somos hijas de la sucia y sumisa Frigg. Pero nunca se atrevió a fundirla porque las huellas hacia el este de sus antepasados ya habían sido borradas por nieve y hierba del sur, y nunca conoció guerrero alguno que mereciera el valhalla. Guardó esperanzas mientras su piel se arrugaba y ajaba, pero supo que había perdido la guerra por desgaste y sin batallas del olvido y el tiempo, cuando los cristianos llenaron su tierra de adopción de la mediocridad que siempre merecieron sus nativos.
Pronto el invierno se la llevaría aunque nadie regara su pelo con agua mientras dormía para que el frío le royera los huesos como hizo ella con sus maridos, y ese día la pequeña Sif se quedaría la punta de flecha de plata, para fundirla y leer sobre la tierra el que debió ser su camino.
Sólo el mismo Odín, si sigue ahí, sabrá guiarla a un tiempo de guerras salvajes donde la valkiria que ambas escondieron pueda surgir de entre sus cenizas.
Para NEME
Y un drakkar es lo que veía en el horizonte sobre la nieve si guiñaba los ojos, el drakkar que ella se imaginaba cada día, donde viniera el mismo Odín a salvarlas, a Ola apergaminada entre sus mantas y a ella con sus horquillas convertidas en arcos y flechas en miniatura, en los que sólo cabían sus dedos.
La bisabuela Ola había dejado de salir de casa cuando los soldados entraron calmadamente a saquear granjas y altares, robándoles los dioses y los recuerdos. La bisabuela Ola vino huida de una guerra que asoló su tierra y desmembró a sus gentes, y la simple imagen de soldados avanzando a zancadas entre los cerdos bastó para encerrarla para siempre en su rincón, renegando de esta tierra de donde venían sus dos maridos muertos en sendos inviernos, y del marido de su hija, que murió ahogado en su propio vómito, y del marido de su nieta, convenientemente emborrachado cada noche hasta seguir el camino de su suegro.
Sif sólo acepta hablar en la lengua de la bisabuela Ola, y con algo de esfuerzo ha logrado dejar de comprender los gritos de todos los que no sean ella, a fuerza de desaprender lo que aprendió sin darse cuenta. En esa lengua las dos invocan cada noche al viejo Odín, que las rescate del tiempo que todo destroza, que ha traído a los cristianos a las tierras del norte, que ha traído inviernos cada vez menos fríos, guerreros cada vez menos fieros, le rezan para que el tiempo dé la vuelta y Ola pueda volver a su pueblo natal a luchar con aceite hirviendo y flechas de fuego.
Sólo Sif sabe que la bisabuela Ola esconde desde hace años bajo su falda una punta de flecha de plata que su madre le hizo guardar antes del saqueo que la hizo huir. Fúndela cuando sea preciso y al caer en gotas formará las runas que te dirán qué has de hacer para convertirte en la valkiria que has de ser, pequeña Ola, y huye hacia el este, siempre hacia el este. Y recuerda allá donde vayas que no somos hijas de la sucia y sumisa Frigg. Pero nunca se atrevió a fundirla porque las huellas hacia el este de sus antepasados ya habían sido borradas por nieve y hierba del sur, y nunca conoció guerrero alguno que mereciera el valhalla. Guardó esperanzas mientras su piel se arrugaba y ajaba, pero supo que había perdido la guerra por desgaste y sin batallas del olvido y el tiempo, cuando los cristianos llenaron su tierra de adopción de la mediocridad que siempre merecieron sus nativos.
Pronto el invierno se la llevaría aunque nadie regara su pelo con agua mientras dormía para que el frío le royera los huesos como hizo ella con sus maridos, y ese día la pequeña Sif se quedaría la punta de flecha de plata, para fundirla y leer sobre la tierra el que debió ser su camino.
Sólo el mismo Odín, si sigue ahí, sabrá guiarla a un tiempo de guerras salvajes donde la valkiria que ambas escondieron pueda surgir de entre sus cenizas.
Para NEME
martes 2 de diciembre de 2008
universidad de miskatonic, principios del s.XX, el color surgido del espacio, una rara estatuilla de un dios polimórfico
Los dedos de su amigo vacilan temblorosos. La letra de trazo rápido que cubre el parte está rematada en su inferior por la firma capaz de enmudecer a cualquiera, ha sido Halsey nada más y nada menos quien ha examinado a Portia, saltándose al cuerpo de forenses.
...se objetivan lesiones serpiginosas en las paredes, no muy profundas y no sangrantes, se diría que viejas, aunque tampoco de aspecto atrófico. El cérvix conserva su estructura normal, no se muestra doloroso al manejo habiéndose objetivado respuesta estándar al dolor en la paciente pese a su estado obnubilado; se encuentra parcialmente borrado sin que se evidencien signos de gestaciones previas, confirmándose lo referido en su historia, nulípara y nuligesta. Se aprecian lesiones de fondo necrótico y algunas escaras, siendo compatibles con quemaduras de tercer grado...
Stan no comprende nada y su amigo trata de traducirle, a la luz del candil, el informe que ha escrito su decano tras la exploración de Portia. En el silencio de la antesala de los despachos, ocultos por el carro de historias para mecanografiar, ambos tratan de encontrar una explicación a la extraña concatenación de sucesos.
Portia desnuda y regia, cabalgando sobre las caderas de un Stan que se deja llevar aterrorizado mientras le hacen un hombre, una luz difusa en el viejo rincón del campus donde están ocultos, un sonido extraño que brota de las entrañas de Portia, sus ojos que se desorbitan mientras ella se endereza y con su cuerpo en perfecta vertical eleva la faz al cielo. Cuando vuelve a mirarle dentro de su boca no hay aliento, ni lengua ni dientes, sino un brillo oscuro; su cuerpo de diosa griega parece piel tensa envolviendo algo de un color desconocido, venido de lo más hondo del espacio.
Stan no ha conseguido calmar su temblor desde entonces, frases inconexas adoquinan su pensamiento y una se repite sin cesar “has despertado a la bestia, la has despertado, no hay vuelta atrás, has despertado a la bestia”.
No ha vuelto a ver a Portia desde ese día, y ha rehuido la escalinata de la facultad de medicina hasta que el perverso rumor se ha extendido por el campus, hablando de una Portia enferma y bordeando la muerte en la enfermería de su residencia.
Estuporoso y febril no pudo sino alegrarse cuando su amigo corrió a ofrecerle que entraran en esa, su misma facultad, a ver qué demonios había hecho salir al mismísimo Dr. Halsey de sus decanales aposentos y dignarse a explorar a una paciente, más aún siendo una mujer y más aún siendo de moral laxa, por muy estudiante suya que fuera.
Primero la enfermería y después la residencia femenina en pleno se habían clausurado, dejando en cuarentena a aquellas que, tras la enfermedad de Portia, habían comenzado a agarrarse el vientre y con los ojos vidriosos, repetir la machacona letanía de su delirio: “eech phee ehll”. O eso habían escrito en sus notas de aislamiento las enfermeras que se habían quedado al frente de la repentina epidemia.
Stan escucha atontado como su amigo tartamudea, con voz cada vez más crispada, la odiosa jerga de médicos en la que Halsey ha cifrado su informe.
...hallándose un cuerpo extraño que se extrae con extrema dificultad y abundante sangrado sin repercusión hemodinámica, a los intentos de movilización con pinzas y dilatación coadyuvante con tallos de Hegar, el cuerpo uterino responde con contracciones atípicas que no son percibidas como dolorosas por la paciente, aunque durante las mismas presenta desconexion con el medio, reflejo de masticación y movimientos estereotipados compatibles con una crisis epiléptica de ausencia típica; finalmente extraemos el cuerpo cuyo material no identificamos, tras contener el sangrado y devolver el útero a su posición lavamos con suero el objeto que ha sido a todas luces fabricado por manos humanas, de un material liso que nos recuerda a piedra, parece simular una forma remotamente antropomórfica y de un color verde profundo. Cabe destacar que durante la manipulación y extracción el objeto se hallaba extraordinariamente frío, sin hipertermia del cérvix como plausible compensación...
Stan tiembla, su amigo sigue y sigue leyendo formalismos, hasta que da la vuelta al informe. Es sin duda la misma letra del Dr. Halsey, pero caótica, dispuesta en diagonales que cruzan el revés de la última hoja del informe, sin un mensaje conexo.
... hemos despertado a la bestia... se lee entre los histéricos trazos,...dormía eternamente en sus entrañas y lo hemos despertado, Dios y el Conocimiento se apiaden de nosotros....
Su amigo parece súbitamente embelesado leyendo el miedo del a sus ojos todopoderoso Dr. Halsey.
Le sacaron algo de dentro, tío, ¿tú no lo sentiste? Debe ser eso lo que la ha puesto enferma, y debe ser algo gordo porque Halsey está muerto de miedo, tío, tiene que ser algo serio y tú tienes que haberlo visto, tío...
Stan traga saliva y trata de no vomitar mientras todo le da vueltas. No ha querido decírselo a su amigo, pero desde la noche con Portia no se ha atrevido a cambiarse de pantalones, y ha orinado a oscuras, tocándose lo menos posible. No lo había recordado hasta ahora, pero al volver a su dormitorio cuando se limpió los restos, la piel del glande se le había desprendido sin dolor, como quemada.
para malcom
...se objetivan lesiones serpiginosas en las paredes, no muy profundas y no sangrantes, se diría que viejas, aunque tampoco de aspecto atrófico. El cérvix conserva su estructura normal, no se muestra doloroso al manejo habiéndose objetivado respuesta estándar al dolor en la paciente pese a su estado obnubilado; se encuentra parcialmente borrado sin que se evidencien signos de gestaciones previas, confirmándose lo referido en su historia, nulípara y nuligesta. Se aprecian lesiones de fondo necrótico y algunas escaras, siendo compatibles con quemaduras de tercer grado...
Stan no comprende nada y su amigo trata de traducirle, a la luz del candil, el informe que ha escrito su decano tras la exploración de Portia. En el silencio de la antesala de los despachos, ocultos por el carro de historias para mecanografiar, ambos tratan de encontrar una explicación a la extraña concatenación de sucesos.
Portia desnuda y regia, cabalgando sobre las caderas de un Stan que se deja llevar aterrorizado mientras le hacen un hombre, una luz difusa en el viejo rincón del campus donde están ocultos, un sonido extraño que brota de las entrañas de Portia, sus ojos que se desorbitan mientras ella se endereza y con su cuerpo en perfecta vertical eleva la faz al cielo. Cuando vuelve a mirarle dentro de su boca no hay aliento, ni lengua ni dientes, sino un brillo oscuro; su cuerpo de diosa griega parece piel tensa envolviendo algo de un color desconocido, venido de lo más hondo del espacio.
Stan no ha conseguido calmar su temblor desde entonces, frases inconexas adoquinan su pensamiento y una se repite sin cesar “has despertado a la bestia, la has despertado, no hay vuelta atrás, has despertado a la bestia”.
No ha vuelto a ver a Portia desde ese día, y ha rehuido la escalinata de la facultad de medicina hasta que el perverso rumor se ha extendido por el campus, hablando de una Portia enferma y bordeando la muerte en la enfermería de su residencia.
Estuporoso y febril no pudo sino alegrarse cuando su amigo corrió a ofrecerle que entraran en esa, su misma facultad, a ver qué demonios había hecho salir al mismísimo Dr. Halsey de sus decanales aposentos y dignarse a explorar a una paciente, más aún siendo una mujer y más aún siendo de moral laxa, por muy estudiante suya que fuera.
Primero la enfermería y después la residencia femenina en pleno se habían clausurado, dejando en cuarentena a aquellas que, tras la enfermedad de Portia, habían comenzado a agarrarse el vientre y con los ojos vidriosos, repetir la machacona letanía de su delirio: “eech phee ehll”. O eso habían escrito en sus notas de aislamiento las enfermeras que se habían quedado al frente de la repentina epidemia.
Stan escucha atontado como su amigo tartamudea, con voz cada vez más crispada, la odiosa jerga de médicos en la que Halsey ha cifrado su informe.
...hallándose un cuerpo extraño que se extrae con extrema dificultad y abundante sangrado sin repercusión hemodinámica, a los intentos de movilización con pinzas y dilatación coadyuvante con tallos de Hegar, el cuerpo uterino responde con contracciones atípicas que no son percibidas como dolorosas por la paciente, aunque durante las mismas presenta desconexion con el medio, reflejo de masticación y movimientos estereotipados compatibles con una crisis epiléptica de ausencia típica; finalmente extraemos el cuerpo cuyo material no identificamos, tras contener el sangrado y devolver el útero a su posición lavamos con suero el objeto que ha sido a todas luces fabricado por manos humanas, de un material liso que nos recuerda a piedra, parece simular una forma remotamente antropomórfica y de un color verde profundo. Cabe destacar que durante la manipulación y extracción el objeto se hallaba extraordinariamente frío, sin hipertermia del cérvix como plausible compensación...
Stan tiembla, su amigo sigue y sigue leyendo formalismos, hasta que da la vuelta al informe. Es sin duda la misma letra del Dr. Halsey, pero caótica, dispuesta en diagonales que cruzan el revés de la última hoja del informe, sin un mensaje conexo.
... hemos despertado a la bestia... se lee entre los histéricos trazos,...dormía eternamente en sus entrañas y lo hemos despertado, Dios y el Conocimiento se apiaden de nosotros....
Su amigo parece súbitamente embelesado leyendo el miedo del a sus ojos todopoderoso Dr. Halsey.
Le sacaron algo de dentro, tío, ¿tú no lo sentiste? Debe ser eso lo que la ha puesto enferma, y debe ser algo gordo porque Halsey está muerto de miedo, tío, tiene que ser algo serio y tú tienes que haberlo visto, tío...
Stan traga saliva y trata de no vomitar mientras todo le da vueltas. No ha querido decírselo a su amigo, pero desde la noche con Portia no se ha atrevido a cambiarse de pantalones, y ha orinado a oscuras, tocándose lo menos posible. No lo había recordado hasta ahora, pero al volver a su dormitorio cuando se limpió los restos, la piel del glande se le había desprendido sin dolor, como quemada.
para malcom
lunes 24 de noviembre de 2008
un desierto, cualquiera, negro, una carta manuscrita
Cuenta la leyenda Nueva que enredado en asuntos de mujeres, el príncipe cayó al Pozo, y se quedó quieto en el fondo, con las piernas quebradas. No era este Pozo un pozo cualquiera, que los viejos bien saben que todo pozo, anegado o seco, ha tenido agua alguna vez. Y no era el caso.
Era un Pozo seco como el corazón de la tierra, y el sol del mediodía del Desierto calcinaba su fondo desde la noche de los tiempos. Cuenta la leyenda Vieja que lo construyó una tribu de ingenieros nómadas, que habían fabricado con ramas patas más largas para sus paticortos caballos, y habían enseñado a sus camellos a guiarse por las estrellas.
Y que en sus idas y venidas los ingenieros de ojos rasgados habían cavado y cavado allá donde el sol se hendía con más fuerza, convencidos de que la propia tierra sería capaz de engendrar agua, pero no lo consiguieron. Y dice la leyenda Vieja que el más anciano de los nómadas descendió a las profundidades, en expiación de su fallido teorema, para allí yacer por siempre, en el fondo del Desierto de roca; en un punto indefinido entre los hielos del ártico y los mares del sur.
Así pues el príncipe de la leyenda Nueva sólo tenía un modo de volver a la superficie, y es que en cada una de las piedras que contenían las paredes del Pozo para no enmudecerlo había grabada una letra, tantas como la vista alcanzaba.
Dice la leyenda Nueva que las grabó el sabio de la leyenda Vieja; que ordenando esas letras de un único modo posible, se descifraba la clave para flotar sobre el aire caliente, en el momento exacto en el que el sol de mediodía caía en tromba hasta el fondo, e iluminaba todas las letras.
Y algo de verdad debía de haber porque en el fondo del pozo se arremolinaba un polvo ancestral, pero no de los huesos del sabio quien, tras dejar la clave para escapar de su propio destino debió de perderse ante la eternidad andando por el Desierto.
Así que el príncipe de rasgados ojos y piernas quebradas aguardó paciente al sol de mediodía. Según avanzaba el alba las antiquísimas letras grabadas en tinta oscura se iban dejando ver.
Cuando el sol rozaba la vertical exacta ante sus ojos se desenrolló el jeroglífico en inesperado sentido, y entreleyendo de las letras del sabio al cambiarles el orden un auténtico Secreto, harto más importante que cualquier triquiñuela física de los nómadas ingenieros, el príncipe de ojos rasgados y quebradas piernas olvidó por qué quería volver a la faz de la tierra.
Alzó los ojos y dejó que el sol del Desierto los abrasara condenando su única posibilidad de volver a nuestro mundo.
Cuenta la leyenda Nueva que su calavera sonríe mientras se deshace en polvo.
para adacom
"atado al peso de las palabras que nunca dijo, al mirar al sol no hizo sombra"
Era un Pozo seco como el corazón de la tierra, y el sol del mediodía del Desierto calcinaba su fondo desde la noche de los tiempos. Cuenta la leyenda Vieja que lo construyó una tribu de ingenieros nómadas, que habían fabricado con ramas patas más largas para sus paticortos caballos, y habían enseñado a sus camellos a guiarse por las estrellas.
Y que en sus idas y venidas los ingenieros de ojos rasgados habían cavado y cavado allá donde el sol se hendía con más fuerza, convencidos de que la propia tierra sería capaz de engendrar agua, pero no lo consiguieron. Y dice la leyenda Vieja que el más anciano de los nómadas descendió a las profundidades, en expiación de su fallido teorema, para allí yacer por siempre, en el fondo del Desierto de roca; en un punto indefinido entre los hielos del ártico y los mares del sur.
Así pues el príncipe de la leyenda Nueva sólo tenía un modo de volver a la superficie, y es que en cada una de las piedras que contenían las paredes del Pozo para no enmudecerlo había grabada una letra, tantas como la vista alcanzaba.
Dice la leyenda Nueva que las grabó el sabio de la leyenda Vieja; que ordenando esas letras de un único modo posible, se descifraba la clave para flotar sobre el aire caliente, en el momento exacto en el que el sol de mediodía caía en tromba hasta el fondo, e iluminaba todas las letras.
Y algo de verdad debía de haber porque en el fondo del pozo se arremolinaba un polvo ancestral, pero no de los huesos del sabio quien, tras dejar la clave para escapar de su propio destino debió de perderse ante la eternidad andando por el Desierto.
Así que el príncipe de rasgados ojos y piernas quebradas aguardó paciente al sol de mediodía. Según avanzaba el alba las antiquísimas letras grabadas en tinta oscura se iban dejando ver.
Cuando el sol rozaba la vertical exacta ante sus ojos se desenrolló el jeroglífico en inesperado sentido, y entreleyendo de las letras del sabio al cambiarles el orden un auténtico Secreto, harto más importante que cualquier triquiñuela física de los nómadas ingenieros, el príncipe de ojos rasgados y quebradas piernas olvidó por qué quería volver a la faz de la tierra.
Alzó los ojos y dejó que el sol del Desierto los abrasara condenando su única posibilidad de volver a nuestro mundo.
Cuenta la leyenda Nueva que su calavera sonríe mientras se deshace en polvo.
para adacom
"atado al peso de las palabras que nunca dijo, al mirar al sol no hizo sombra"
viernes 14 de noviembre de 2008
un submarino en las profundidades abisales de la fosa de las marianas, año 1960, dorado, una llave
Pero Graciela viene de Martinica y no puede dejar que se vayan así, sin más, al fondo de los abismos, y sabe qué es lo único que puede hacer. Se citan en la tarde de todos los santos en la escalinata del campus viejo, Jacques estará dentro, besando afectuoso a algún viejo conocido de bata polvorienta y laboratorio reluciente. Don apoya la cabeza en una de las columnas, sin encogerse ante el frío, repasando el trayecto al otro lado del mundo. Nieva.
Graciela le alcanza en dos saltos, sin mediar palabra se quita los guantes, desabrocha el abrigo y aferra el huevo de porcelana que pende de su cuello. Don piensa en codornices y en disparos al viento, Graciela abre el huevo desenroscándolo por una línea oculta entre los engarces de la cadena. Del huevo cae un dado octogonal que con un click se abre en dos y descubre una canica de nácar que se desmonta como una magnolia, fina y quebradiza; dentro hay una gasa que Graciela extiende sobre la palma de su mano. En el centro yace un muñequito de cera vertebrado entorno a unas finísimas trenzas de fibra oscura. Del corazón del muñeco surge clavada una minúscula llave dorada.
Don mira hierático a Graciela, que sin apenas despegar los agrietados labios saca de su boca un atadijo. Decidida, arranca la gasa que envuelve un colgante ovalado, prendido a una cadena dorada. Don agarra el colgante y lo observa. Representa un submarino tan tallado que necesitaría un microscopio, o las gafas de orfebre del padre de Graciela, para poder describirlo. Don sabe reconocer el brillo tenue del oro, y pesa tan poco que ha de ser hueco. Graciela, que sostiene en la siniestra las dos partes del huevo, del dado, la canica desplegada, la gasa y el muñeco tendido, agarra con precisión la diminuta llave y la encaja en una cerradura ínfima, semioculta en el casco del submarino. Don cree oír el mecanismo chasqueando y observa la quilla abrirse en dos y mostrar un interior compartimentado, como los tabiques de una nuez. Dentro yace agrupado un muñequito de cera, igual que el que sostiene ella en su palma.
Graciela respira entrecortada, abate la quilla deshojada del submarino, con suave caricia hace girar la llave, la desprende y devuelve al corazón del muñeco, muñeco que vuelve a su mortaja de gasa, y la mortaja a la canica, canica que vuelve al dado que se esconde en el huevo que vuelve a cerrarse y pender de su cuello por una cadena.
Las sienes de americano de Don, aleadas con acero Krupp de batiscafo, desafían el frío; sus ojos de hombre escrutan sin entender demasiado las hogueras de Martinica que arden en Graciela. Sin hacer preguntas cuela la cabeza en la cadena y oculta el submarino tras el cuello de su abrigo y su camisa.
Graciela trata de hablar pero la voz se le ha secado en la garganta, quiere decirle que lo lleve consigo para llevarla consigo al otro lado del mundo, para hundirse en los abismos en un monstruo de metal muy parecido, que si le va a llevar a él también debe de algún modo llevarla a ella. Pero aborta las palabras y sólo se miran en el frío, hasta que Graciela se da la vuelta y corre por la calle hacia el tranvía. A medio camino se da la vuelta y con una voz que no es la suya grita “recuerdos a Piccard”.
Jacques franquea el umbral de la puerta y se encuentra al Don de siempre, que parece no haberle visto nunca. Se marchan paseando mientras Jacques parlotea acerca de calibres y presiones.
para Nemo
Graciela le alcanza en dos saltos, sin mediar palabra se quita los guantes, desabrocha el abrigo y aferra el huevo de porcelana que pende de su cuello. Don piensa en codornices y en disparos al viento, Graciela abre el huevo desenroscándolo por una línea oculta entre los engarces de la cadena. Del huevo cae un dado octogonal que con un click se abre en dos y descubre una canica de nácar que se desmonta como una magnolia, fina y quebradiza; dentro hay una gasa que Graciela extiende sobre la palma de su mano. En el centro yace un muñequito de cera vertebrado entorno a unas finísimas trenzas de fibra oscura. Del corazón del muñeco surge clavada una minúscula llave dorada.
Don mira hierático a Graciela, que sin apenas despegar los agrietados labios saca de su boca un atadijo. Decidida, arranca la gasa que envuelve un colgante ovalado, prendido a una cadena dorada. Don agarra el colgante y lo observa. Representa un submarino tan tallado que necesitaría un microscopio, o las gafas de orfebre del padre de Graciela, para poder describirlo. Don sabe reconocer el brillo tenue del oro, y pesa tan poco que ha de ser hueco. Graciela, que sostiene en la siniestra las dos partes del huevo, del dado, la canica desplegada, la gasa y el muñeco tendido, agarra con precisión la diminuta llave y la encaja en una cerradura ínfima, semioculta en el casco del submarino. Don cree oír el mecanismo chasqueando y observa la quilla abrirse en dos y mostrar un interior compartimentado, como los tabiques de una nuez. Dentro yace agrupado un muñequito de cera, igual que el que sostiene ella en su palma.
Graciela respira entrecortada, abate la quilla deshojada del submarino, con suave caricia hace girar la llave, la desprende y devuelve al corazón del muñeco, muñeco que vuelve a su mortaja de gasa, y la mortaja a la canica, canica que vuelve al dado que se esconde en el huevo que vuelve a cerrarse y pender de su cuello por una cadena.
Las sienes de americano de Don, aleadas con acero Krupp de batiscafo, desafían el frío; sus ojos de hombre escrutan sin entender demasiado las hogueras de Martinica que arden en Graciela. Sin hacer preguntas cuela la cabeza en la cadena y oculta el submarino tras el cuello de su abrigo y su camisa.
Graciela trata de hablar pero la voz se le ha secado en la garganta, quiere decirle que lo lleve consigo para llevarla consigo al otro lado del mundo, para hundirse en los abismos en un monstruo de metal muy parecido, que si le va a llevar a él también debe de algún modo llevarla a ella. Pero aborta las palabras y sólo se miran en el frío, hasta que Graciela se da la vuelta y corre por la calle hacia el tranvía. A medio camino se da la vuelta y con una voz que no es la suya grita “recuerdos a Piccard”.
Jacques franquea el umbral de la puerta y se encuentra al Don de siempre, que parece no haberle visto nunca. Se marchan paseando mientras Jacques parlotea acerca de calibres y presiones.
para Nemo
martes 11 de noviembre de 2008
una playa, primeros 70, gris, un pick up
La espalda volvió a amenazarle ruina al inclinarse para dejar los ojos a la altura de los surcos. Hizo fuerza con los párpados, y las líneas se dibujaron, pegadas, muy pegadas. Había vuelto a imaginarse en la camioneta de Cristóbal, saliendo muy pronto desde Pucón. Entre la niebla se veía el humo rojo del volcán, y era otra vez la primera vez que conseguía verlo. Volvía a haber estado en su camioneta, probablemente desnuda, envuelta en una toalla blanca, en la parte trasera, al raso. La humedad le apelmazaba el pelo y esta vez junto a su cuerpo iba un tocón de árbol con las raíces hundidas en el suelo, los anillos contaban sus años hasta ser talado.
El vinilo quieto ofrecía también sus años a la vista. No había estado este amanecer en Pucón, y no había estado con Cristóbal. Por un segundo olvidó las gomas tensas que le tañían en las rodillas y sin variar la postura, con el disco a la mitad de sus pupilas levantó el tubo de arena. La habían cogido en Temuco, hacía unos años, con el tiempo la arena oscura se había ido volviendo gris. Lo derramó despacio sobre el disco. En el silencio del apartamento la arena cayendo era estrépito, como si de los dedos le brotara una sangre de ceniza o de edificios derrumbados.
Había venido en un tren correo, envuelto en papel de estraza. No había tirado el papel ni visto la película, Images, pero había oído una y mil veces el chirrido de John Williams gimiéndole a una luna de sangre.
Encendió el pick-up y posó la aguja sobre el primer surco, limpio de arena; en algún momento del pasado una orquesta empezó a tocar. Se dejó caer sobre el suelo sintiendo el cráneo sobre la tarima; mirando a algún otro momento del pasado, donde nunca viajó en camioneta envuelta en una toalla, y donde nunca llegó a ver el humo del volcán.
La aguja prorrumpió en chasquidos al atravesar las dunas que tapaban los surcos, la edad del árbol, el momento de la orquesta, el nombre de Cristóbal, el otro lado del mundo.
La ventisca giratoria de arena de playa borró a John Williams y les borró a ellos.
para michaelmyers
El vinilo quieto ofrecía también sus años a la vista. No había estado este amanecer en Pucón, y no había estado con Cristóbal. Por un segundo olvidó las gomas tensas que le tañían en las rodillas y sin variar la postura, con el disco a la mitad de sus pupilas levantó el tubo de arena. La habían cogido en Temuco, hacía unos años, con el tiempo la arena oscura se había ido volviendo gris. Lo derramó despacio sobre el disco. En el silencio del apartamento la arena cayendo era estrépito, como si de los dedos le brotara una sangre de ceniza o de edificios derrumbados.
Había venido en un tren correo, envuelto en papel de estraza. No había tirado el papel ni visto la película, Images, pero había oído una y mil veces el chirrido de John Williams gimiéndole a una luna de sangre.
Encendió el pick-up y posó la aguja sobre el primer surco, limpio de arena; en algún momento del pasado una orquesta empezó a tocar. Se dejó caer sobre el suelo sintiendo el cráneo sobre la tarima; mirando a algún otro momento del pasado, donde nunca viajó en camioneta envuelta en una toalla, y donde nunca llegó a ver el humo del volcán.
La aguja prorrumpió en chasquidos al atravesar las dunas que tapaban los surcos, la edad del árbol, el momento de la orquesta, el nombre de Cristóbal, el otro lado del mundo.
La ventisca giratoria de arena de playa borró a John Williams y les borró a ellos.
para michaelmyers
lunes 10 de noviembre de 2008
Inciso terapéutico
Por todas aquellas veces que él había olido a bacalao, el niño sinnombre esta vez podría salir recubierto de escamas. Y cuando la tía Araceli desparramara en la cocina sus enseres y le sacara al crío de las entrañas podrían dejarlo colgando del techo, como una bola de discoteca, balanceándose con la corriente de la tarde.
A las malas se le escaparía a la tía Araceli como se le escapó el niño Juan, y mírale ahora, con su gorra de la selección, saltando entre las piedras de la orilla, pena que en los embalses nunca se ahogue nadie, ni se pueda uno morir a los nueve años de estar gordo por sólo comer mortadela.
Pena que el padre no se muera de pena de tener un hijo hecho de chopped con gorra de la selección y otro en camino, pasto de la tía Araceli para que encima no venga con escamas; pena que este embalse no sea otro sitio, pena que no sea el mar negro y ella no sea la técnico de limpieza de espada de un húsar. Está claro que si a cualquier húsar le pasa una un tarro de miel, éste le retorcerá la cabeza hasta abrirle la garganta al cielo y se lo volcará para que piense que se ahoga, se ahoga sin remedio, y que sienta al resbalar lenta la miel que cuando se desplome en el suelo le entrará una marabunta de hormigas en los pulmones, mientras el húsar se va paseando, pensando en cómo abrillantarse las botas.
Mira al marido roncando el calor de la tarde en el embalse infecto, sólo se despertará si ella intenta acerarse a apurar el último trago de cerveza que ha dejado, ella en cambio puede comerse la miel, de lo más adecuada en las primeras semanas, y si no mira lo buen mozo que ha salido el niño Juan; y si fuera yo un húsar, piensa, y si le atascara yo a él los pulmones, y si tiñera yo el embalse de negro, llenándolo de sus tripas y de todo lo que sobra de las mías.
A las malas se le escaparía a la tía Araceli como se le escapó el niño Juan, y mírale ahora, con su gorra de la selección, saltando entre las piedras de la orilla, pena que en los embalses nunca se ahogue nadie, ni se pueda uno morir a los nueve años de estar gordo por sólo comer mortadela.
Pena que el padre no se muera de pena de tener un hijo hecho de chopped con gorra de la selección y otro en camino, pasto de la tía Araceli para que encima no venga con escamas; pena que este embalse no sea otro sitio, pena que no sea el mar negro y ella no sea la técnico de limpieza de espada de un húsar. Está claro que si a cualquier húsar le pasa una un tarro de miel, éste le retorcerá la cabeza hasta abrirle la garganta al cielo y se lo volcará para que piense que se ahoga, se ahoga sin remedio, y que sienta al resbalar lenta la miel que cuando se desplome en el suelo le entrará una marabunta de hormigas en los pulmones, mientras el húsar se va paseando, pensando en cómo abrillantarse las botas.
Mira al marido roncando el calor de la tarde en el embalse infecto, sólo se despertará si ella intenta acerarse a apurar el último trago de cerveza que ha dejado, ella en cambio puede comerse la miel, de lo más adecuada en las primeras semanas, y si no mira lo buen mozo que ha salido el niño Juan; y si fuera yo un húsar, piensa, y si le atascara yo a él los pulmones, y si tiñera yo el embalse de negro, llenándolo de sus tripas y de todo lo que sobra de las mías.
viernes 31 de octubre de 2008
Madrid, hoy, rojo, una enorme y moderna mesa de operaciones en un quirófano perfectamente equipado
Nunca se acuerda de que María está preciosa con el gorro y la mascarilla, siempre que pasan por el antequirófano lo piensa y sabe que lo piensa siempre pero no vuelve a ocurrírsele hasta la siguiente vez. Se ha atado mal la suya, piensa en tirarla y coger otra, pero aunque sea de papel le irrita el gasto estúpido, se la ajusta, suplica a las luces cegadoras que no la dejen lavarse justo hoy, que se le cuela la respiración bajo la barbilla. Se huele el aliento y sofoca la ráfaga de vergüenza que le cruza tras la frente. De celadora está la obesa mórbida, que además de oler mal no sabe colocar las piezas de la mesa para subir las piernas de la paciente. La paciente es extranjera, tan arrugada que parece una pasa, un enanito desnudo y raquítico, cubierto por la manta hinchable. Recapitulando, la anestesista gilipollas, el cirujano que se quiere follar a María, por lo que probablemente se lavará ella, la residente sin sangre pero simpática, la enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre aunque nadie se lo crea. Están durmiendo a la enanita arrugada, la zorra de la anestesista no es capaz de ser amable ni aquí, María se le acerca al oído, si nos echa otra vez hoy pagas tú el café; Marta resopla una risa sardónica bajo la mascarilla suelta y van viendo como colocan el campo sobre la paciente. La enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre aunque nadie se lo crea va a estar de circulante, del antequirófano sale con las manos empapadas y en altola estudiante de enfermería, despliega la gasa esteril y empieza a secarse mientras el cirujano y la residente hablan de quién se lió con quién en el congreso de Washington. María habla con la residente sosa, Marta traga saliva y observa embelesada, como si no lo hubiera visto un millar de veces, a la estudiante desplegar la bata estéril sin contaminarla, ponérsela, enfundarse ella sola los guantes, atarse la bata, pide que le ajusten la mascarilla, la enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre le recoloca el gorro; lo lleva desechable, no le pega, seguro que tiene alguno propio, de tela, que seguro que no es de farmacéutica. María le da un codazo a Marta que está volviendo a hablar sola y le dice que babee menos mirándola que es la típica estudiante de enfermería macarrilla, con varios piercings pero la voz de flauta como todas, que dice pis en vez de orina, y lleva un paquetito de galletas en el bolsillo del pijama. Se acercan al campo pero el cirujano las recoloca rápido en segunda línea, ya han aparecido él y la residente, les ponen las batas, les ponen los guantes, hacen muecas para recolocarse las mascarillas. La operación comienza y Marta espabila con el codo de María de nuevo, con los pitidos y la campana del monitor ha cerrado los ojos y se ha adormecido. Se concentra en la estudiante de enfermería otra vez, la enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre pasea por detrás y apenas la corrige, debió ser muy hija de puta con ella al principio. La estudiante de enfermería no las ha mirado en todo el tiempo que llevan allí, es como si fueran transparentes, como para la zorra de la anestesista, pero Marta observa muy fijo a la estudiante, por qué si es estudiante ni siquiera las ha visto a ellas, también estudiantes y ahí apartadas, sin siquiera lavarse, haciendo equilibrios sobre las puntas de los zuecos para ver el fondo del campo. El cirujano que se quiere follar a María despotrica con la nueva genialidad del gerente-decidido-a-acabar-con-el-hospital, cambiar los pijamas y los campos y ponerlos de color carne, que es más moderno y da mejor imagen. La residente sonríe bobalicona sin saber de qué habla y el cirujano tiene un, probablemente irrepetible, arrebato docente, se vuelve hacia María y le pregunta sabéis por qué la ropa de quirófano tiene que ser verde o azul, ¿no? María lo ha oído mil veces pero nunca se acuerda, porque María no se acuerda de ninguna de las chorradas que le cuenta Marta, y Marta piensa si tragar la saliva encallada en la garganta que le ha dejado la estudiante de enfermería metida a instrumentista, piensa en si dejar de mirar lo blanco que es su cuello y como los pómulos le asoman sobre la mascarilla, está a punto de tragar y contar otra vez que los conos de la retina se saturan y dejan de ver el rojo salvo que descansen en azul o verde, y que en una cirugía es importante poder ver siempre el más mínimo rastro de sangre, y que con pijamas, batas y campos de otros colores el ojo se cansa y deja de verlo; pero sabe que si lo dice le temblará la voz, o lo dirá muy bajo, y entonces la estudiante de enfermería metida a instrumentista le echará un vistazo y la lanzará al olvido antes de salir del quirófano. No traga saliva, la luz hiriente sigue sujetándole la frente y el cirujano idiota le cuenta a María la milonga mientras esta se hace de nuevas.
No dan las diez aún, y la están matando los riñones. Suplica a las luces cegadoras que la escoliosis de María la haga estar de acuerdo con inventarse una clase a las doce y bajar a la cafetería...
para magüu
No dan las diez aún, y la están matando los riñones. Suplica a las luces cegadoras que la escoliosis de María la haga estar de acuerdo con inventarse una clase a las doce y bajar a la cafetería...
para magüu
viernes 10 de octubre de 2008
Barcelona, 1173, negro, retorta
Y había sido todo deprisa y corriendo, aprovechando laudes del día anterior al día anterior, y como pájaro de mal agüero por toda la noche y todo el día había llovido a cántaros, como si el cielo mismo dijera que estaba haciendo algo que no debía hacer. Era al amanecer de ese día que iban a ahorcar a Juan y dejarle a secar sin recogerlo, y sin que los mismos monjes fueran a saltar al claustro a bajarle de la soga, porque les habían cortado la lengua, o eso decían, para que callaran no salieran de sus celdas más que para ir al coro, y no debían acercarse al claustro, so pena de excomunión.
Urraca poco sabía, si no es que directamente no sabía nada, pero estaba más muerta que viva cuando saltó la tapia mientras las campanas de laudes tapaban sus pasos y pudo avanzar por la galería a oscuras, palpando con las manos entumecidas que apenas asomaban bajo la capa negra que le robó a la vieja Sol.
En el silencio atronador había recorrido descalza el claustro, tan enorme que hubiera cabido un ejército entero, y donde ya habían levantado el cadalso. Bajo la túnica pardusca saca el ovillo de sedal y rodea con un cabo una de las columnas del patio. La piedra está helada y resbala, se le atontan las rodillas de hacer fuerza para trepar y la capa se le lía y no la deja subir, pero teme que su túnica o su piel amoratada brillen en la oscuridad si la aparta. Consigue alcanzar el capitel de la columna y engancha la vuelta del cabo de la vieja Sol en un saliente romo. Deshace el camino y deja el doble hilo reposar flojo, muy flojo sobre el cadalso; el hilo es tan fino que ni durante la mañana más clara podrá verse, pero debe apartarse del tránsito o descubrirán su juego, y a Juan se lo comerán los buitres, porque estando escondido el provenzal en el monasterio, ni un solo monje desobedecerá órdenes.
Tiene el rey frío en el espinazo, había dicho la vieja Sol, pero Urraca no quería saber más historias de la boca podrida de la vieja, suficiente tenía con los latigazos que se había llevado por servirle como abortera en los días fríos en los que las piernas deformes de la vieja Sol no la dejaban salir de su cueva.
Pero iban a ahorcar a Juan al amanecer próximo no, al siguiente, y la puerta del monasterio sólo se iba a abrir un día para que entraran las sacas de trigo, y ahí tenía que ir Urraca escondida y tenía que salvar a Juan de la horca y estando condenado a muerte sólo la vieja Sol podía tener algo que cambiara las tornas, así que había corrido a la cueva, y había olvidado los latigazos, y se había quitado la túnica y había dejado a la vieja Sol hacer con sus dedos retorcidos todo lo que quisiera con ella.
Y ahora está ahí, con el ovillo de hilo finísimo que le resbala por la piel, dejando un reguero doble de hilo flojo flojísimo para que nadie tropiece con él. Y del otro lado del claustro en el pasillo hay una hornacina en la que nunca entra la luz, le ha dicho la vieja Sol, y ahí se dirige y se esconde bajo la figura de piedra de un santo helado, arrebujada en la capa y respirando flojito, apresando entre los dedos el último extremo que puede agarrar del sedal, si quiere dejarlo suelto como para que lo pisen sin tropezar con él los monjes silenciosos que ya vuelven por la galería, en fila de a dos.
Le había preguntado a la vieja Sol como podía saber tanto del monasterio si nadie que entrara al monasterio volvía a salir salvo los sacos vacíos, y ella se había reído con su risa de espectro, y le había dicho guiñando mucho los ojos si creía que era la primera que iba a entrar entre los sacos. Quita, niña, quita, que no vaya otra como tú escondida en el carro, que los monjes aunque no tengan lengua son hombres, y saben que tú sí la tienes y qué sabes hacer con ella...
Urraca había cerrado los ojos y pensado fuerte en Juan colgando de la horca para no ver a la vieja Sol lamiendo debajo de los hábitos de los monjes, porque no podía imaginarla menos vieja y menos sucia que la vieja Sol de ahora, y hasta después del calabozo y los latigazos era capaz de sentir náuseas al imaginar cosas terribles. Los había cerrado tan fuerte que se había balanceado y casi tiró al suelo una retorta verde en la que hervía algo. Una sonora bofetada le había hecho temblar los dientes y a tirones de pelo la llevó la vieja Sol a un rincón de la cueva donde no rompiera nada. Pero al final el alambique en el que trajinaba la vieja había empezado a escupir algo, de los trozos de bronce que había arrancado Urraca de las lanzas viejas de los soldados que la azotaron, y de los mil mejunjes que tenía guardados la vieja Sol; escupía un hilo finísimo que brillaba a la luz del fogón, y que al enfriarse hizo una madeja que ellas hicieron ovillo. Después la vieja Sol la había dejado vestirse y marchar, con su capa negra bajo la túnica.
Cuando abrió los ojos el sol brillaba con fuerza y hasta en la hornacina había algo de claridad. De tan entumecida creyó que no volvería a moverse y aterrorizada se quedó quieta mientras trataba de volver a sentir sus manos. En sus dedos ateridos seguían prendidos los dos cabos del sedal. No se atrevió a tirar, porque se oían monjes pasando, ni menos a asomar la cabeza. Faltaba aún para tocar a vísperas, la garganta le ardía de sequedad, y la capa olía a las ratas muertas que comía la vieja Sol.
Al tocar maitines y pasar en fila de a dos los mudos monjes, volvió a atreverse a saltar al suelo, desplegar la capa, alisar los pliegues de la túnica que se le habían hincado en la carne, y olvidando el enésimo sacrilegio había bebido de la pila de agua bendita hasta que la garganta se le vació de pez.
Al volver a la hornacina tuvo un momento de miedo, al no encontrar los cabos del sedal. Cuando chirriaban ya las puertas del coro los encontró y volvió a esconderse. Y ahora faltaba poco para que trajeran a Juan.
Dónde estaba Juan es algo que no había pensado, al fin y al cabo el monasterio no se abría más que para que entraran los sacos de trigo, y si los monjes no tenían lengua, Juan si, y no iba a esperar a la muerte sin gritar, pero Urraca no había oído nada. La intranquilidad azotaba, en esto no la había hecho pensar la vieja Sol.
Pasaron los monjes, y pasó laudes, y comenzó a amanecer y chirriaron las puertas que no iban a abrirse y por la galería se oyó un atronar de pasos y voces, del cortejo de militares que traía arrastrado a Juan. Urraca se tensó, y trepó apontocando con los pies en el santo hasta lo alto de la hornacina, tirando fuerte del hilo para que quedara tenso, casi tan alto como el travesaño del que iban a colgar a Juan.
Comenzó el desfile, y la sentencia, la mentira de la gallina robada, el olor a incendio en la casa del conde que atribuyeron a Juan mientras habían corrido a esconder al provenzal, o eso dijo la vieja Sol, le taparon la cabeza con un saco del que cayeron plumas, le siguieron las risas de los soldados, la soga alrededor del cuello, el chasquido, el latigazo de la soga al tensarse, el pataleo de Juan en el aire, el dolor en los labios de Urraca al atravesárselos con los dientes para no llorar. El desfile de soldados con su griterío alejándose y saliendo por ese portón que no iba a abrirse.
Urraca que se ha escondido tras el santo con sólo el brazo extendido vuelve a trepar a lo alto de la hornacina y aferra un cabo con cada mano, como si estuviera cabalgando a lomos del mismo diablo y dependiera de las riendas poder llegar al final. Una está tendida a cada lado de la cuerda, ahora cada cabo, que rodea la columna de enfrente, es mucho más corto, y la parte suelta tras sus manos hace cosquillas en sus tobillos. Acerca a la cuerda su finísimo sedal y comienza a hacer cizalla.
Este hilo está hecho de metal y aceite, le había dicho la vieja Sol. Si haces cizalla con él, romperá cualquier cosa. Cualquier cosa, niña, y cualquier cosa es cualquier cosa.
Juan se balancea en la cuerda, y aún de cuando en cuando patalea, aunque cada vez menos, y más flojo. Urraca prefiere no pensar y se concentra en la cuerda, en vez de recordarse a ella pataleando, primero debajo de Juan, después, y cada noche, encima.
El sedal va hendiéndose en la soga y va rompiendo fibra a fibra, cada vez que salta una, una levísima sacudida anima a Urraca a continuar. Pero la piel de sus manos también acusa la cizalla, el hilo es tan fino que le corta la piel, y va fileteando poco a poco sus palmas. El sol sube en el cielo y arranca algún brillo al sedal, mientras en la penumbra de la hornacina Sol puede ver su sangre resbalándole por las manos y haciendo escurrirse el hilo. Apenas ha cedido un tercio de la cuerda y Juan pende ahí, como un muñeco de paja. Mientras las manos se le van volviendo ampollas y llagas, Urraca no puede parar de pensar en Sancha, la criada de la señora. Sancha no es como Urraca, una sucia campesina metida a abortera. Sancha tiene varias túnicas, y va en el carro con el equipaje de la señora de su casa, y lleva el pelo recogido con un cordel con cuentas. Los dedos les arden y le hielan a la vez y busca espacios de piel sin abrir en el dorso de los dedos, para poder dar fuertes tirones. Y no puede evitar pensar en como Juan mira a Sancha aunque Urraca esté con él, y aunque Sancha jamás fuera a mirar a Juan porque Juan es buen mozo pero huele a porqueriza que es de donde viene y donde quedará. Sancha jamás le miraría, ni segaría con hilo y a costa de sus manos la soga que le ahorca. Urraca siente como las lágrimas le hacen arder aún más las manos, pero no puede evitar pensar en que como él mira a Sancha, jamás la ha mirado a ella.
Con las horas al fin cede la cuerda y cae Juan a plomo. Olvidando a los monjes Urraca corre al centro del claustro, donde no la sorprende nadie, y destapa la cabeza de un Juan abotargado y blando, que aún exhala un hálito débil. La raquítica Urraca lo envuelve en la capa y tira de él, sin que nadie les descubra. Va a escurrirse con su fardo por las galerías hasta llegar al ventanuco sobre el río por el que le ha dicho la vieja Sol que deben saltar, pero aún le da tiempo a mirar hacia atrás. Aunque no se ha preocupado de no hacer ruido no aparece nadie detrás de ellos. Siente un escalofrío y vuelve a escoger no pensar.
para chemawalkison
Urraca poco sabía, si no es que directamente no sabía nada, pero estaba más muerta que viva cuando saltó la tapia mientras las campanas de laudes tapaban sus pasos y pudo avanzar por la galería a oscuras, palpando con las manos entumecidas que apenas asomaban bajo la capa negra que le robó a la vieja Sol.
En el silencio atronador había recorrido descalza el claustro, tan enorme que hubiera cabido un ejército entero, y donde ya habían levantado el cadalso. Bajo la túnica pardusca saca el ovillo de sedal y rodea con un cabo una de las columnas del patio. La piedra está helada y resbala, se le atontan las rodillas de hacer fuerza para trepar y la capa se le lía y no la deja subir, pero teme que su túnica o su piel amoratada brillen en la oscuridad si la aparta. Consigue alcanzar el capitel de la columna y engancha la vuelta del cabo de la vieja Sol en un saliente romo. Deshace el camino y deja el doble hilo reposar flojo, muy flojo sobre el cadalso; el hilo es tan fino que ni durante la mañana más clara podrá verse, pero debe apartarse del tránsito o descubrirán su juego, y a Juan se lo comerán los buitres, porque estando escondido el provenzal en el monasterio, ni un solo monje desobedecerá órdenes.
Tiene el rey frío en el espinazo, había dicho la vieja Sol, pero Urraca no quería saber más historias de la boca podrida de la vieja, suficiente tenía con los latigazos que se había llevado por servirle como abortera en los días fríos en los que las piernas deformes de la vieja Sol no la dejaban salir de su cueva.
Pero iban a ahorcar a Juan al amanecer próximo no, al siguiente, y la puerta del monasterio sólo se iba a abrir un día para que entraran las sacas de trigo, y ahí tenía que ir Urraca escondida y tenía que salvar a Juan de la horca y estando condenado a muerte sólo la vieja Sol podía tener algo que cambiara las tornas, así que había corrido a la cueva, y había olvidado los latigazos, y se había quitado la túnica y había dejado a la vieja Sol hacer con sus dedos retorcidos todo lo que quisiera con ella.
Y ahora está ahí, con el ovillo de hilo finísimo que le resbala por la piel, dejando un reguero doble de hilo flojo flojísimo para que nadie tropiece con él. Y del otro lado del claustro en el pasillo hay una hornacina en la que nunca entra la luz, le ha dicho la vieja Sol, y ahí se dirige y se esconde bajo la figura de piedra de un santo helado, arrebujada en la capa y respirando flojito, apresando entre los dedos el último extremo que puede agarrar del sedal, si quiere dejarlo suelto como para que lo pisen sin tropezar con él los monjes silenciosos que ya vuelven por la galería, en fila de a dos.
Le había preguntado a la vieja Sol como podía saber tanto del monasterio si nadie que entrara al monasterio volvía a salir salvo los sacos vacíos, y ella se había reído con su risa de espectro, y le había dicho guiñando mucho los ojos si creía que era la primera que iba a entrar entre los sacos. Quita, niña, quita, que no vaya otra como tú escondida en el carro, que los monjes aunque no tengan lengua son hombres, y saben que tú sí la tienes y qué sabes hacer con ella...
Urraca había cerrado los ojos y pensado fuerte en Juan colgando de la horca para no ver a la vieja Sol lamiendo debajo de los hábitos de los monjes, porque no podía imaginarla menos vieja y menos sucia que la vieja Sol de ahora, y hasta después del calabozo y los latigazos era capaz de sentir náuseas al imaginar cosas terribles. Los había cerrado tan fuerte que se había balanceado y casi tiró al suelo una retorta verde en la que hervía algo. Una sonora bofetada le había hecho temblar los dientes y a tirones de pelo la llevó la vieja Sol a un rincón de la cueva donde no rompiera nada. Pero al final el alambique en el que trajinaba la vieja había empezado a escupir algo, de los trozos de bronce que había arrancado Urraca de las lanzas viejas de los soldados que la azotaron, y de los mil mejunjes que tenía guardados la vieja Sol; escupía un hilo finísimo que brillaba a la luz del fogón, y que al enfriarse hizo una madeja que ellas hicieron ovillo. Después la vieja Sol la había dejado vestirse y marchar, con su capa negra bajo la túnica.
Cuando abrió los ojos el sol brillaba con fuerza y hasta en la hornacina había algo de claridad. De tan entumecida creyó que no volvería a moverse y aterrorizada se quedó quieta mientras trataba de volver a sentir sus manos. En sus dedos ateridos seguían prendidos los dos cabos del sedal. No se atrevió a tirar, porque se oían monjes pasando, ni menos a asomar la cabeza. Faltaba aún para tocar a vísperas, la garganta le ardía de sequedad, y la capa olía a las ratas muertas que comía la vieja Sol.
Al tocar maitines y pasar en fila de a dos los mudos monjes, volvió a atreverse a saltar al suelo, desplegar la capa, alisar los pliegues de la túnica que se le habían hincado en la carne, y olvidando el enésimo sacrilegio había bebido de la pila de agua bendita hasta que la garganta se le vació de pez.
Al volver a la hornacina tuvo un momento de miedo, al no encontrar los cabos del sedal. Cuando chirriaban ya las puertas del coro los encontró y volvió a esconderse. Y ahora faltaba poco para que trajeran a Juan.
Dónde estaba Juan es algo que no había pensado, al fin y al cabo el monasterio no se abría más que para que entraran los sacos de trigo, y si los monjes no tenían lengua, Juan si, y no iba a esperar a la muerte sin gritar, pero Urraca no había oído nada. La intranquilidad azotaba, en esto no la había hecho pensar la vieja Sol.
Pasaron los monjes, y pasó laudes, y comenzó a amanecer y chirriaron las puertas que no iban a abrirse y por la galería se oyó un atronar de pasos y voces, del cortejo de militares que traía arrastrado a Juan. Urraca se tensó, y trepó apontocando con los pies en el santo hasta lo alto de la hornacina, tirando fuerte del hilo para que quedara tenso, casi tan alto como el travesaño del que iban a colgar a Juan.
Comenzó el desfile, y la sentencia, la mentira de la gallina robada, el olor a incendio en la casa del conde que atribuyeron a Juan mientras habían corrido a esconder al provenzal, o eso dijo la vieja Sol, le taparon la cabeza con un saco del que cayeron plumas, le siguieron las risas de los soldados, la soga alrededor del cuello, el chasquido, el latigazo de la soga al tensarse, el pataleo de Juan en el aire, el dolor en los labios de Urraca al atravesárselos con los dientes para no llorar. El desfile de soldados con su griterío alejándose y saliendo por ese portón que no iba a abrirse.
Urraca que se ha escondido tras el santo con sólo el brazo extendido vuelve a trepar a lo alto de la hornacina y aferra un cabo con cada mano, como si estuviera cabalgando a lomos del mismo diablo y dependiera de las riendas poder llegar al final. Una está tendida a cada lado de la cuerda, ahora cada cabo, que rodea la columna de enfrente, es mucho más corto, y la parte suelta tras sus manos hace cosquillas en sus tobillos. Acerca a la cuerda su finísimo sedal y comienza a hacer cizalla.
Este hilo está hecho de metal y aceite, le había dicho la vieja Sol. Si haces cizalla con él, romperá cualquier cosa. Cualquier cosa, niña, y cualquier cosa es cualquier cosa.
Juan se balancea en la cuerda, y aún de cuando en cuando patalea, aunque cada vez menos, y más flojo. Urraca prefiere no pensar y se concentra en la cuerda, en vez de recordarse a ella pataleando, primero debajo de Juan, después, y cada noche, encima.
El sedal va hendiéndose en la soga y va rompiendo fibra a fibra, cada vez que salta una, una levísima sacudida anima a Urraca a continuar. Pero la piel de sus manos también acusa la cizalla, el hilo es tan fino que le corta la piel, y va fileteando poco a poco sus palmas. El sol sube en el cielo y arranca algún brillo al sedal, mientras en la penumbra de la hornacina Sol puede ver su sangre resbalándole por las manos y haciendo escurrirse el hilo. Apenas ha cedido un tercio de la cuerda y Juan pende ahí, como un muñeco de paja. Mientras las manos se le van volviendo ampollas y llagas, Urraca no puede parar de pensar en Sancha, la criada de la señora. Sancha no es como Urraca, una sucia campesina metida a abortera. Sancha tiene varias túnicas, y va en el carro con el equipaje de la señora de su casa, y lleva el pelo recogido con un cordel con cuentas. Los dedos les arden y le hielan a la vez y busca espacios de piel sin abrir en el dorso de los dedos, para poder dar fuertes tirones. Y no puede evitar pensar en como Juan mira a Sancha aunque Urraca esté con él, y aunque Sancha jamás fuera a mirar a Juan porque Juan es buen mozo pero huele a porqueriza que es de donde viene y donde quedará. Sancha jamás le miraría, ni segaría con hilo y a costa de sus manos la soga que le ahorca. Urraca siente como las lágrimas le hacen arder aún más las manos, pero no puede evitar pensar en que como él mira a Sancha, jamás la ha mirado a ella.
Con las horas al fin cede la cuerda y cae Juan a plomo. Olvidando a los monjes Urraca corre al centro del claustro, donde no la sorprende nadie, y destapa la cabeza de un Juan abotargado y blando, que aún exhala un hálito débil. La raquítica Urraca lo envuelve en la capa y tira de él, sin que nadie les descubra. Va a escurrirse con su fardo por las galerías hasta llegar al ventanuco sobre el río por el que le ha dicho la vieja Sol que deben saltar, pero aún le da tiempo a mirar hacia atrás. Aunque no se ha preocupado de no hacer ruido no aparece nadie detrás de ellos. Siente un escalofrío y vuelve a escoger no pensar.
para chemawalkison
domingo 5 de octubre de 2008
Los Sundarbans, 1998, un color brillante, un móvil apagado
Son las 5, aún puede dormir más, pero está demasiado despierto. (además... ¿qué?). Al final identifica el olor a tabaco rancio, viene del poncho de Sara, sobre la silla. Es de lo más absurdo que alguien se deje el poncho, cuando se ha ido ya refrescaba. (sí, pero... ¿qué?), es como dejarse los zapatos, nadie se olvida los zapatos. Se ha ido fumadísima, con los ojos enramados, como la hora el despertador. Rojo brillante. Algo no termina de encajarle pero se escapa de su cabeza. Es algo de lo que ha soñado y por lo que está destemplado todavía. (va a escurrirse si no lo recuerdas pronto... ¿qué?). Descartado dormir más, se levanta arrastrando los pies por las baldosas hasta la cocina. Mecánico se hace un café, sin pensar en nada concreto (pero además... ¿qué?) y vuelve a la cama, enciende la televisión. En la 1 hay un resumen de las noticias. Otra vez las mismas imágenes. (eso es, verde, verde brillante, ese verde). De pronto sí se acuerda del sueño. Apoyaba la cabeza en Sara (y ya va otra vez sueña con ella) y le han zumbado los oídos, no recuerda haber oído nunca tan nítidamente en un sueño. Es como si el aire se hubiera vuelto agua y sonara constante. Suena como suena la selva en las películas, agobiante, envolvente. Como si sólo un poco más allá de donde ya no alcanzas a oír, estuviera sonando un alarido. La voz del comentarista de la CNN zumba una vez más. Ayer lo decía Sara, siendo el horror que son, se harta uno demasiado pronto de verlas. Quizá es porque sólo son unos segundos de bombardeo en visión nocturna, verde brillante. Verde brillante como en el sueño. Mientras el café oscila peligrosamente en la taza, enciende el móvil. Airtel le da la bienvenida desde un verde brillante también. A lo mejor Mini ha vuelto a llamarle por españa directo, a contarle qué tal. No termina de entender que ahora la factura la paga él y que le va a dejar temblando a final de mes. Aún hablan de los bombardeos en las noticias. Mini también se lo dijo ayer, cuando le llamó por la tarde, llorosa. Que el viaje no le gustaba nada, Curro, que habían estado en los manglares, que había muchísimos mosquitos, que los indios no hablan nada de inglés, ay Curro, y si cierran las fronteras por la operación zorro del desierto. Había tardado un rato en caer en de qué estaba hablando. Pero si estás a 5000 kilómetros por lo menos, Mini. Poco más lejos están las cosas igual o peor en África y ya lo sabías antes de irte de viaje. Es verdad, Curro, pobres negritos, si tienes razón, pero es que he visto las imágenes de los bombardeos, y entre eso y los niños pobres de aquí, me estoy amargando el viaje. Y los mosquitos ni te cuento, de verdad, el manglar es ho-rri-ble, Curro.
Pensó en contárselo a Sara mientras hacían la cola en el cine, pero se calló. Cuando le dijo que María (sólo la había llamado Mini una vez delante de Sara y decidió que era mejor no volver a hacerlo si quería seguir llamándola así) estaba en la India de viaje, Sara había soltado una perorata que no terminó de entender demasiado. Pero después había decidido llamarla para ir al cine, y había apagado el móvil. Para evitar más llamadas a cobro revertido, quiso pensar.
Pensó que soñaría con la película, a la salida del cine, porque le dejó una sensación de lo más extraña, pero soñó con ese verde bombardeo y ese sonido de selva de agua. De todas formas le había gustado, aunque fuera rara. Sara había salido encantada, hablando de números primos, cubos, y autistas. Había entendido esa perorata menos aún que la anterior. Pero había propuesto él ir a cenar a su casa, porque tenía ganas de seguir escuchando.
para chemari
Pensó en contárselo a Sara mientras hacían la cola en el cine, pero se calló. Cuando le dijo que María (sólo la había llamado Mini una vez delante de Sara y decidió que era mejor no volver a hacerlo si quería seguir llamándola así) estaba en la India de viaje, Sara había soltado una perorata que no terminó de entender demasiado. Pero después había decidido llamarla para ir al cine, y había apagado el móvil. Para evitar más llamadas a cobro revertido, quiso pensar.
Pensó que soñaría con la película, a la salida del cine, porque le dejó una sensación de lo más extraña, pero soñó con ese verde bombardeo y ese sonido de selva de agua. De todas formas le había gustado, aunque fuera rara. Sara había salido encantada, hablando de números primos, cubos, y autistas. Había entendido esa perorata menos aún que la anterior. Pero había propuesto él ir a cenar a su casa, porque tenía ganas de seguir escuchando.
para chemari
viernes 3 de octubre de 2008
Inciso (con(t·f)usa).
De mis dos hijas la mediana se llama Disentería, es por eso que en los pueblos la miran con terror. Su madre se llamaba Hernia, murió hacia los 9 años, aquejada de espondilitis viridificante, a puntito de hacer clack como un cristal, porque se le estaban convirtiendo las vértebras en esmeraldas. Lo cierto es que fue complejo evitar el saqueo de la tumba, de modo que acabamos trasladándola a la sala de estar, la leñera era un constante ir y venir de desenterradores aficionados.
La cuestión es que Disentería debió ser concebida por algún necrófilo que le cogió gusto a los ojos de Hernia, y es que ni en los libros más antiguos se entiende qué le hacen los jugos de embalsamar a las células, así que algo agarró ahí, donde su ojo, y empezó a crecer; los gatos no dejaban de chillar mientras se le iba resquebrajando el cráneo para dejar sitio, que yo no entiendo por qué sonó tanto tiempo, que tampoco hay tanto caráneo para hacer añicos, digo yo.
La cuestión es que Disentería debió ser concebida por algún necrófilo que le cogió gusto a los ojos de Hernia, y es que ni en los libros más antiguos se entiende qué le hacen los jugos de embalsamar a las células, así que algo agarró ahí, donde su ojo, y empezó a crecer; los gatos no dejaban de chillar mientras se le iba resquebrajando el cráneo para dejar sitio, que yo no entiendo por qué sonó tanto tiempo, que tampoco hay tanto caráneo para hacer añicos, digo yo.
miércoles 1 de octubre de 2008
Playa de Binigaus, septiembre de 2020, verde, guitarra
Caléndula y Sálica juegan en la arena y cloquean cada vez que encuentran un bicho escurriéndoseles entre los dedos. Caléndula se hiergue todo lo que puede y apoyada sólo en las rodillas se enfrenta al viento como un mascarón de proa, de espaldas al mar. Los ojos se le extravían por las matas y entre las ráfagas asoma esa expresión desquiciada que hiela a todos los que las miran. Sálica ha dejado de revolver la arena y tira de la mano de Caléndula hasta llegar a los pies de Isabel, que agarra un poco más fuerte la guitarra, y se vuelve a sentir algo de sobra, con su ropa de colores dulces, sus bocadillos en papel albal, su colorete, sus mechas; todo tan descombinado con las dos criaturas atemporales que la miran fijo.
- ¿y por qué el verde es bonito en los ojos y no en los dientes?
- ¿y por qué tú quieres verde en los ojos pero no en los dientes?
Héctor hace como que duerme, como siempre que Isabel se siente de sobra en una escena de la que no tiene el guión; hace tiempo que se le casca la sonrisa cuando trata de recibir con entusiasmo los fogonazos del bestiario imaginario de las niñas.
- Nosotras de mayores vamos a tener los dientes verdes, y la piel llena de polvo.
- Y nosotras de mayores vamos a tener el pelo enredado y con bichos y va a ser como esta playa
- Pero no va a entrar nadie en nuestro pelo que no tenga los dientes verdes y con gusanos.
Hace tiempo ya que no tiene sentido enseñarles canciones, ni recordar juegos de antes, y que es mejor no acordarse de que no era eso lo que imaginaba que sería tener a sus dos niñas. Le sostienen la mirada con ese aire desquiciado, e Isabel recorre el verde de las matas con sus ojos, en busca de un mísero rastro de entrada a ese reino que no es de este mundo.
Caléndula y Sálica vuelven a la orilla y miran en silencio al horizonte, señalando una dirección en la que Isabel no alcanza a ver nada. Héctor sin abrir los ojos masculla la letanía de siempre,
- si se hubieran llamado Gloria y Pilar, jugarían con muñecas.
para Aglae
- ¿y por qué el verde es bonito en los ojos y no en los dientes?
- ¿y por qué tú quieres verde en los ojos pero no en los dientes?
Héctor hace como que duerme, como siempre que Isabel se siente de sobra en una escena de la que no tiene el guión; hace tiempo que se le casca la sonrisa cuando trata de recibir con entusiasmo los fogonazos del bestiario imaginario de las niñas.
- Nosotras de mayores vamos a tener los dientes verdes, y la piel llena de polvo.
- Y nosotras de mayores vamos a tener el pelo enredado y con bichos y va a ser como esta playa
- Pero no va a entrar nadie en nuestro pelo que no tenga los dientes verdes y con gusanos.
Hace tiempo ya que no tiene sentido enseñarles canciones, ni recordar juegos de antes, y que es mejor no acordarse de que no era eso lo que imaginaba que sería tener a sus dos niñas. Le sostienen la mirada con ese aire desquiciado, e Isabel recorre el verde de las matas con sus ojos, en busca de un mísero rastro de entrada a ese reino que no es de este mundo.
Caléndula y Sálica vuelven a la orilla y miran en silencio al horizonte, señalando una dirección en la que Isabel no alcanza a ver nada. Héctor sin abrir los ojos masculla la letanía de siempre,
- si se hubieran llamado Gloria y Pilar, jugarían con muñecas.
para Aglae
martes 30 de septiembre de 2008
El Maestrazgo, 1838, sello de lacrar, blanco
Y no va y gime algo de la gran cruz, entre dientes, antes de irse, se creerá el inocentón que no sabemos dónde va, que mira que yo a Don Ramiro le respeto mucho, ¿eh? pero es que cuando vuelve retorciéndose el bigote para olerse los dedos con disimulo tiene pinta de inocentón, nena, que llevo en esta casa muchos años, muchos. Es lo que no entiendo yo de esta casa, nena, tanto lacre en cada sobre para que nadie lea los papelajos y luego no tienen otro sitio donde ir la señora y él, que dime tú si no hay otro sitio que el patio condenado detrás de la carbonera, que a veces me pregunto si no lo construiría así el padre de Don Ramiro para lo mismo, que en esta familia ha habido siempre mucho vicio, nena, que son unos señores de lo más respetable pero en esta casa ha habido mucho vicio siempre, o a ver si te crees que es que los bebés como tú brotáis en el campo como una lechuga, hija, no llores, que parece que me estás entendiendo, y lo que me faltaba ya, que bajara la señora diciendo que no te atiendo justo hoy que le duele la cabeza y está mareada, sí, ya, mareada, si siempre dice lo mismo, ella viene sofocada y ahogándose tapándose la boca con el pañuelo y él al cabo de un rato, como si viniera de paseo, con el bastón sin mota de polvo eso sí, y retorciéndose el bigote. De la gran cruz ya no dice nada, claro, eso sólo lo dice antes de ir, que vaya usted a saber por qué lo dice, pero es que siempre es igual, y es como si no pasara nada ¿eh?, primero baja la señora, tan emperifollada y tan seria como siempre, con ese aire en la boca que como sople corriente se le va a quedar así de torcida, tan seca y tan rancia, que esta es una familia de abolengo, dice y baja toda digna y desaparece por la puerta principal, que di tú qué tontería, si luego se la ve entrando al patio trasero por las ventanas de la galería, y él entonces es cuando él dice entre dientes noséqué de la gran cruz y se va por la parte de atrás, si se pensarán que somos tontos, que así pasó que un día les siguió el Tomás, que será todo lo bobo que tú quieras, pero bien que les pilló, que casi se cae encima del señor Don Ramiro, que estaba ahí, como un pasmarote sujetando de medio lado el pistolón que lleva colgando del cinto a todas horas, de esos de chispa de los de siempre, y estaba la señora que parecía otra, que dice el Tomás que no la reconocía, que se quedó escondido en la carbonera mirándoles y ella estaba en el patinillo en la sombra y se había arrancado el vestido y se estaba quitando el corsé y las enaguas ella sola, que di tú que la señora como no es rancia ni nada, cualquiera diría que lleva todas las enaguas de la casa a la vez, que parece que lleva claras de huevo debajo de la falda, y ahí estaba, quitándoselo todo ella sola, deprisa y aturullada, mirándole como si estuviera loca, y él se le acercó y sin quitarse la ropa ni nada se lo hizo contra la pared, ahí mismo y sin miramientos, como el Tomás y yo, vamos, que la señora ponía los ojos en blanco, decía el Tomás, que digo yo que como lo vería si tan oscuro estaba, a ver ¿eh? cómo sabía que la señora temblaba del gusto mientras Don Ramiro gruñía, que yo creo que al Tomás le gustó mirar y se lo imagina para recrearse hija, que los hombres son así de puercos, que menos mal que no me entiendes porque te iban a dar ganas de no crecer, y ahí estaban, los dos, y dice el Tomás que la señora le decía algo en portugués, porque esa es otra, la señora será muy francesa pero esto empieza siempre igual, la señora y Don Ramiro ni se dirigen la palabra en casa, como siempre, y de pronto ella canta un fado o lo silba él, y ella se va por la puerta principal y él hacia la carbonera, y se creerán que no lo notamos, que digo yo que si a lo que van es a fornicar para qué tendrá la señora tanto celo en que la cortina entre sus camas esté cerrada siempre, que ya ves tú, pues eso, ella le decía algo en portugués mientras él la embestía y no contestaba, que al parecer siempre es igual, se van a escondidas, que se pensarán que no lo sabemos, al patio condenado que ni entra la luz, y ahí se ponen a montarse como animales, que lo que no entiendo es como tienes solo tres hermanos, nena, si van día sí día también, eso sí, en casa ni se hablan salvo para lanzarse reproches mientras la señora dice que qué asco le damos los españoles y que qué feliz estaba ella en Francia, que no sé yo dónde de Francia se hablará portugués, nena, que no tiene sentido ninguno, tanta manía con fornicar cuando ella canta fados, que debe ser que se pone fiero él cuando le habla en portugués ella, que para eso di tú que se podía haber casado con una portuguesa, o tener a una portuguesita de criada, como haría todo el mundo, y no andar ahí haciendo sudar a la señora, con lo rancia que es, pero mira, ahí baja, que ya se le ha pasado el mareo, pues menos mal que hoy no me ha hecho sufrir, porque hay que ver la gracia cuando vuelve toda sofocada y dice que se encuentra mal y hace como que tose, y subo con ella y se tumba bocabajo en la cama hasta que se le pasan los calores, y me dice que le suba la comida que está mareada y no se puede sentar a la mesa, que se lo dije al Tomás y se rió a carcajadas que claro que no se podía sentar, pero es que eso yo ya no me lo creo, porque que le guste al Tomás que es un borrico, pues mira, pero al señor Don Ramiro, no, no, no, no me lo creo, que es un señor con clase, y en el vicio se le ve con gusto pero inocentón, que yo creo nena que el Tomás me dice a mí eso para que lo haga yo también, pero es que ni loca, porque dime tú si ves a la señora, bueno, tú qué vas a ver, si estás todo el día durmiendo, di tú si te imaginas a Don Ramiro poniéndole la pistola en salva sea la parte a la señora y a ella gimiendo de gusto, que es lo que decía el Tomás, que le hacía gemir de gusto y luego le daba la vuelta y le entraba por detrás bien fuerte, que mira que no, que no me lo creo, que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, que no, que son tonterías del Tomás, y si la señora se tumba bocabajo es para que la Amparo y yo no veamos que trae el vestido mal puesto encima de un revoltijo de ropas que como se nota que no se las alisa ella ¿eh? para luego no darnos ni las gracias, que nos tiene ahí de enfermeras con los criados sin gobierno ninguno, y todo porque viene como quien viene de la era, que será muy señora, pero al patinillo va a lo que va, que no me digan, mira, ahora sí que viene, tú sigue durmiendo y no molestes, que ahora te cuento más.
para Ramires
para Ramires
martes 16 de septiembre de 2008
París, 1932, color albero, carnet del PC
Parece mentira que estén todavía en París, porque esas calles torcidas tienen aún la sombra de hace décadas. Por el suelo indefinible, por el que asoman restos de algún intento de empedrado mezclados con tierra sucia, muy sucia, caminan los dos en silencio. Las casas desvencijadas parecen no recordar que han de tener suelo, paredes y techo, y parecen simples masas informes de piedras, madera y ladrillo, todo tapado por un color albero imbricado con el polvo. Cuesta imaginar que aunque hayan andado largas horas, sigan en la ciudad de la luz. Cuesta.
El telegrama llegó a Sevilla en el peor momento. Cuando más ganas tenía de quedarse, cuanto más tenía por hacer, cuando Ágata se había decidido a unirse a ellos sin condiciones. “Cuando mi gente me necesita es mi familia la que me llama”, se reconcomía. Tardó varios días en llegar a París, aunque una vez demasiado tarde, los días se desdibujan y su importancia mengua.
En una esquina sin intersección de calles Bernard se detuvo, en silencio. “Es allí enfrente”. Gélido, temblaba. Los ojos llevaban extraviados desde que entraran en la barriada. “La tía está ahí. O eso dicen”. En las puertas hay sentados unos niños harapientos, y otros niños que quizá sean sus padres. Miran ausentes, como si los pensamientos se les hubieran ido colando por un sumidero escondido entre las vértebras.
La casa retorcida resulta tenebrosa a pleno sol, y saben que deben esperar a la noche. No saben por qué, y les aterra la idea, pero ambos entienden que deben hacerlo. René se sienta en algo que alguna vez pudo ser un tocón de árbol, y fuma. Pasan las horas.
Al caer la noche el espanto crece. Tras la cortina que hace de puerta se esconde una oscuridad tan sólida que resuena en sus oídos un chirrido crispante, agotador. No median palabra, se levantan, y un orgullo ancestral les obliga a enfrentarse a la matriarca. Corre abril de 1932 y hace frío, un frío sin agua, húmedo de muerte y desdicha.
Cuando franquean la puerta un pasillo torcido les obliga a andar, mientras sus hombros huyen con repugnancia de las paredes y su olor a moho. Al final se abre una habitación, o algo que pretendió serlo, apenas iluminado por la luz que se cuela por los agujeros del techo. Al avanzar sus pies se van enterrando en un pestilente mar de restos de comida, rescoldos de carbón y ceniza de brasero. Ya han llegado. Se estremecen a la par, agarrotados.
Al llegar a París la cara de Bernard justificó todo el viaje. Algún día pasaría algo terrible, era muy obvio, lo sabía la familia, lo sabían ellos mismos, lo sabían los vecinos que huyeron y los que ni siquiera tenía sentido que lo hicieran. Pero era algo indefinido, invisible. La matriarca había desaparecido en la casucha putrefacta de la que saliera y allí estaba. Hasta que comenzaron los gritos. Y las muertes.
Bernard ha recorrido París tocando nervioso su crucifijo, atado con un cordel. Ahora lo aferra mientras parpadea para escudriñar entre las tinieblas. René, instintivo, busca algo que aferrar como se agarra esa repulsiva cruz. Bajo la camisa, en una bolsa de tela lleva guardado el carnet del partido, desde que salió de Sevilla. Lo toca con la punta de los dedos y por un momento está allí otra vez.
“Renato cabrón, esto funciona, ¿lo ves como funciona?” decía Delicado. Él mismo le rellenó el carnet, tecleando despacio mientras fumaban. “Es el principio de todo”, había bramado, y todos habían bramado con él. Con la voz de Delicado en el corazón no podía tener miedo aunque ahora fuera René, no Renato. Aunque supiera que a todos les acechaba y un buen día sin más despertarían sin ser ellos, convertidos en bestias convulsivantes. Pero la matriarca parecía intocable a su edad imposible y con su mirada Dura, por encima de maldiciones y enfermedades. Y sin embargo al alcanzarla las fiebres de la locura que castigan a la familia se ha vuelto la más despiadada y sanguinaria de quienes se recuerdan. Hablan de ella los periódicos y la han visto volver renqueando a su ruinosa casa. Tambaleándose y masticando vísceras humanas, que iban regando su paso.
Renato no debería estar allí, sino en Sevilla, agitando de fábrica en fábrica. Pero René está ahí, descubriendo aterrado que la matriarca está de pie, junto a ellos, tan pegada a sus rostros que es su aliento el hedor que respiran.
No van a atreverse a matarla, y lo saben.
para Ziggy Pop
El telegrama llegó a Sevilla en el peor momento. Cuando más ganas tenía de quedarse, cuanto más tenía por hacer, cuando Ágata se había decidido a unirse a ellos sin condiciones. “Cuando mi gente me necesita es mi familia la que me llama”, se reconcomía. Tardó varios días en llegar a París, aunque una vez demasiado tarde, los días se desdibujan y su importancia mengua.
En una esquina sin intersección de calles Bernard se detuvo, en silencio. “Es allí enfrente”. Gélido, temblaba. Los ojos llevaban extraviados desde que entraran en la barriada. “La tía está ahí. O eso dicen”. En las puertas hay sentados unos niños harapientos, y otros niños que quizá sean sus padres. Miran ausentes, como si los pensamientos se les hubieran ido colando por un sumidero escondido entre las vértebras.
La casa retorcida resulta tenebrosa a pleno sol, y saben que deben esperar a la noche. No saben por qué, y les aterra la idea, pero ambos entienden que deben hacerlo. René se sienta en algo que alguna vez pudo ser un tocón de árbol, y fuma. Pasan las horas.
Al caer la noche el espanto crece. Tras la cortina que hace de puerta se esconde una oscuridad tan sólida que resuena en sus oídos un chirrido crispante, agotador. No median palabra, se levantan, y un orgullo ancestral les obliga a enfrentarse a la matriarca. Corre abril de 1932 y hace frío, un frío sin agua, húmedo de muerte y desdicha.
Cuando franquean la puerta un pasillo torcido les obliga a andar, mientras sus hombros huyen con repugnancia de las paredes y su olor a moho. Al final se abre una habitación, o algo que pretendió serlo, apenas iluminado por la luz que se cuela por los agujeros del techo. Al avanzar sus pies se van enterrando en un pestilente mar de restos de comida, rescoldos de carbón y ceniza de brasero. Ya han llegado. Se estremecen a la par, agarrotados.
Al llegar a París la cara de Bernard justificó todo el viaje. Algún día pasaría algo terrible, era muy obvio, lo sabía la familia, lo sabían ellos mismos, lo sabían los vecinos que huyeron y los que ni siquiera tenía sentido que lo hicieran. Pero era algo indefinido, invisible. La matriarca había desaparecido en la casucha putrefacta de la que saliera y allí estaba. Hasta que comenzaron los gritos. Y las muertes.
Bernard ha recorrido París tocando nervioso su crucifijo, atado con un cordel. Ahora lo aferra mientras parpadea para escudriñar entre las tinieblas. René, instintivo, busca algo que aferrar como se agarra esa repulsiva cruz. Bajo la camisa, en una bolsa de tela lleva guardado el carnet del partido, desde que salió de Sevilla. Lo toca con la punta de los dedos y por un momento está allí otra vez.
“Renato cabrón, esto funciona, ¿lo ves como funciona?” decía Delicado. Él mismo le rellenó el carnet, tecleando despacio mientras fumaban. “Es el principio de todo”, había bramado, y todos habían bramado con él. Con la voz de Delicado en el corazón no podía tener miedo aunque ahora fuera René, no Renato. Aunque supiera que a todos les acechaba y un buen día sin más despertarían sin ser ellos, convertidos en bestias convulsivantes. Pero la matriarca parecía intocable a su edad imposible y con su mirada Dura, por encima de maldiciones y enfermedades. Y sin embargo al alcanzarla las fiebres de la locura que castigan a la familia se ha vuelto la más despiadada y sanguinaria de quienes se recuerdan. Hablan de ella los periódicos y la han visto volver renqueando a su ruinosa casa. Tambaleándose y masticando vísceras humanas, que iban regando su paso.
Renato no debería estar allí, sino en Sevilla, agitando de fábrica en fábrica. Pero René está ahí, descubriendo aterrado que la matriarca está de pie, junto a ellos, tan pegada a sus rostros que es su aliento el hedor que respiran.
No van a atreverse a matarla, y lo saben.
para Ziggy Pop
viernes 12 de septiembre de 2008
Indochina, 1950, sombrero, amarillo
Aurélie-Trie-Thi espera sentada al fondo, mientras el ventilador de techo gira pesadamente. Distraída, coloca el cigarrillo prendido por el camarero en la boquilla blanca y la engarza entre los dedos, enfundados en guantes de verano.
Aâa franqueará pronto la puerta, pues verá tras el cristal el abrigo de verano de Aurélie-Trie-Thi, colgado en el perchero como una Jolly Roger vaporosa.
El cigarrillo se consume lentamente en al boquilla tallada con centauros y elefantes.
Hace calor.
Cuarenta años antes también hace calor, y efluvios de rata muerta trazan vetas en el aire sofocante del verano a orillas del Mekong.
Es imposible olvidar ese mediodía atestado de chillidos en Kâmpóng Chang. Aurélie-Trie-Thi es entonces una joven transportada en litera por los criados de su padre, aunque en Phnom Peng ya nadie quiera ir en litera. Provincias es provincias.
Esa mañana se ha vestido con perfumes del norte y se ha cubierto de muselina verde, tan clara como la espuma del río, salpicada de leves costuras que ocultan su piel.
Recostada en la litera bajo el dosel no siente desprenderse el broche de su tocado y su cabellera castaña se desparrama entre los velos.
Escucha risas bravuconas a su paso y detiene contrariada la litera, mientras sujeta con la mano su cabello, del color de la madera.
Aâa cruza la calle sin mirar, como siempre, pendiente del cuenco de agua que transporta hasta el puesto de su padre.
Aâa debe ser la única mujer de Kâmpóng Chang que no sabe quién es Aurélie-Trie-Thi, pero esto cambia para siempre cuando tropieza con uno de los lacayos apoyados en la litera. Aurélie-Trie-Thi, sentada en el borde mientras trata de encontrar una cinta con la que atarse el pelo chilla asustada ante la súbita aparición de Aâa.
Al retraerse refleja, sus pies quedan fuera del amparo de la muselina y el agua se derrama sobre ellos mientras el sol los apuñala. Arde el cielo estival.
Hemos de detenernos en este punto, para hacer comprensible la sensación de Aâa. Aurélie-Trie-Thi es la hija del coronel a cargo de Kâmpóng Chang, uno de esos franceses sin una gota de sangre francesa. La madre de Aurélie-Trie-Thi también era europea, pero del norte, muy del norte. De un lugar donde los ojos son azules, las palabras bramidos y el arte es la guerra. Murió hace mucho tiempo con el hermano de Aurélie-Trie-Thi atravesado en el vientre, dejándola sin nadie que entendiera la lengua en la que ambas aprendieron a hablar y sólo hablaban a oscuras.
Es esa la lengua incomprensible que brota de los labios de Aurélie-Trie-Thi, en un instante gélido que se engasta para siempre en sus memorias.
La sirena exigua de un buque del Mekong devuelve el tiempo a su bastidor y con un grito quebrado la azorada Aurélie-Trie-Thi pone en marcha la litera mientras corre el dosel sin dejar de sujetarse el pelo. En mitad de la calle polvorienta y de las risas de los hombres que empiezan a disiparse Aâa se queda quieta, transfigurada.
Aâa irrumpe en el café de forma estrepitosa, como siempre. A zancadas renqueantes llega a la mesa y se sienta resoplando. Aurélie-Trie-Thi enciende otro cigarrillo y sonríe mientras se deleita en la vieja sensación. Aâa lleva sus pantalones de color indefinido, su eterna camisa azul marino que renueva cada diez años, el pelo ya gris cortado con navaja cayendo a churretones por la frente como siempre, y los ojos malhumorados que la abanderan.
Los gritos de su padre desde la esquina devuelven al mundo a Aâa, que vuelve al caño de la fuente con trote torpe mientras trata de recomponerse. Esa piel blanca no es la piel color carne de pollo hervido que asoma en los tobillos de las francesas que se pavonean por Phnom Peng. Es de un blanco refulgente que no es humano. Esa faz ovalada no es de este mundo, ni del mundo lejano y odioso del que vienen los franceses.
Aâa apura el vaso de licor con hielo que le ha pedido Aurélie-Trie-Thi y ambas se levantan mientras Aâa parlotea enfurruñada y Aurélie-Trie-Thi la mira divertida. Las dos mujeres salen del café y Aurélie-Trie-Thi despliega su sombrilla mientras Aâa hace visera con la mano. Por la avenida las dos ancianas se alejan hasta el muelle viejo del Mekong.
Cuarenta años es mucho tiempo. En cuarenta años hay muchos primeros meses, muchas rachas distendidas, muchos finales y mucho olvido.
Cuarenta años son tiempo suficiente para que la hija de un campesino ponga todo su empeño en buscar a la hija del coronel y enviarle a su casa un paquete que encierre un sombrero en el que encerrar ese pelo del color de la madera. Un sombrero amarillo, de raso gastado en el que alguna vez se dibujaron flores, acompañado de una nota mal escrita.
Hay tiempo suficiente para robar un sombrero a una francesa vieja, y para buscar un criado que sepa convertir en letras el sonido incomprensible de una boca extranjera, a cambio de las pocas monedas que pueda llevar Aâa.
Da tiempo a despedirse de sus hermanos y a escondidas de sus padres huir al norte, sin más destino que un norte má al norte de la lejana y odiosa Europa.
Da tiempo a surcar dos continentes y pensarse si cruzar un océano para llegar al tercero, y finalmente desistir pues dicen que quien va ya nunca desea volver.
Da tiempo a aprender a leer y a escribir torpemente.
Da tiempo a recorrer tierras de mezquitas hasta llegar a tierras de iglesias doradas para por fin llegar a la odiosa tierra de empedrados grises y catedrales con olor a muerte.
Da tiempo a preguntar en cada tasca de cada nación si esos sonidos incomprensibles guardan algún sentido.
Da tiempo a que “eso tiene que venir del norte, de más al norte” pierda el sentido como algo más que la orden al cuerpo de volver a partir.
Da tiempo a que la piel bronceada de campesina se estríe para recordar cada camino transitado.
Da tiempo a que una noche de tormenta, a la luz del vino en una tasca en los países ganados al mar, una risa estruendosa responda por fin a su incesante pregunta.
“Eso digo yo, quién eres tú” ríe el gigante albino de nariz partida. “Quién eres tú, significan tus palabras. Es eso lo que estás buscando”.
Da tiempo a coger un último barco de ida, con el corazón congelado, a conquistar la tierra del lejano norte.
Da tiempo a colarte entre sus calles y gentes.
Da tiempo a comenzar el largo viaje de vuelta la noche en que despierta de un sueño soñado en esos sonidos, que una vez sintió incomprensibles.
Cuarenta años son tiempo suficiente para que aunque una guerra te detenga a la ida, otra ya no sepa detenerte a la vuelta.
Es tiempo de sobra para rezar al pasar delante de cada iglesia gris, de cada iglesia dorada, de cada mezquita y de cada templo; rezar por que las guerras no hayan jugado al ajedrez con los coroneles franceses. Ni con sus hijas.
Hay tiempo suficiente para volver a un Kâmpóng Chang distinto y encontrar la misma casa, forrada en negro tras la llegada de un telegrama.
Da tiempo hasta para que Aurélie-Trie-Thi, de estricto luto por la noticia del fatal destino su marido, abra la puerta. Para que la abra ella misma, tras el declive de la familia que sobrevino tras la muerte de su padre.
Da tiempo a meterse en la cama de la vieja huérfana y la reciente viuda para, por fin, contestar a su pregunta, con palabras y con piel.
Da tiempo a recorrer su aún algo refulgente piel hasta hacerla gemir tu nombre, cerrando el instante abierto tantos años atrás.
Aurélie-Trie-Thi descansa la cabeza sobre el hombro de Aâa, asomadas a la baranda del muelle. Más calmada, Aâa vuelve a contarle historias de los barcos de la odiosa Europa. En su lengua bárbara, aunque haya luz.
para cigarra_panameña
Aâa franqueará pronto la puerta, pues verá tras el cristal el abrigo de verano de Aurélie-Trie-Thi, colgado en el perchero como una Jolly Roger vaporosa.
El cigarrillo se consume lentamente en al boquilla tallada con centauros y elefantes.
Hace calor.
Cuarenta años antes también hace calor, y efluvios de rata muerta trazan vetas en el aire sofocante del verano a orillas del Mekong.
Es imposible olvidar ese mediodía atestado de chillidos en Kâmpóng Chang. Aurélie-Trie-Thi es entonces una joven transportada en litera por los criados de su padre, aunque en Phnom Peng ya nadie quiera ir en litera. Provincias es provincias.
Esa mañana se ha vestido con perfumes del norte y se ha cubierto de muselina verde, tan clara como la espuma del río, salpicada de leves costuras que ocultan su piel.
Recostada en la litera bajo el dosel no siente desprenderse el broche de su tocado y su cabellera castaña se desparrama entre los velos.
Escucha risas bravuconas a su paso y detiene contrariada la litera, mientras sujeta con la mano su cabello, del color de la madera.
Aâa cruza la calle sin mirar, como siempre, pendiente del cuenco de agua que transporta hasta el puesto de su padre.
Aâa debe ser la única mujer de Kâmpóng Chang que no sabe quién es Aurélie-Trie-Thi, pero esto cambia para siempre cuando tropieza con uno de los lacayos apoyados en la litera. Aurélie-Trie-Thi, sentada en el borde mientras trata de encontrar una cinta con la que atarse el pelo chilla asustada ante la súbita aparición de Aâa.
Al retraerse refleja, sus pies quedan fuera del amparo de la muselina y el agua se derrama sobre ellos mientras el sol los apuñala. Arde el cielo estival.
Hemos de detenernos en este punto, para hacer comprensible la sensación de Aâa. Aurélie-Trie-Thi es la hija del coronel a cargo de Kâmpóng Chang, uno de esos franceses sin una gota de sangre francesa. La madre de Aurélie-Trie-Thi también era europea, pero del norte, muy del norte. De un lugar donde los ojos son azules, las palabras bramidos y el arte es la guerra. Murió hace mucho tiempo con el hermano de Aurélie-Trie-Thi atravesado en el vientre, dejándola sin nadie que entendiera la lengua en la que ambas aprendieron a hablar y sólo hablaban a oscuras.
Es esa la lengua incomprensible que brota de los labios de Aurélie-Trie-Thi, en un instante gélido que se engasta para siempre en sus memorias.
La sirena exigua de un buque del Mekong devuelve el tiempo a su bastidor y con un grito quebrado la azorada Aurélie-Trie-Thi pone en marcha la litera mientras corre el dosel sin dejar de sujetarse el pelo. En mitad de la calle polvorienta y de las risas de los hombres que empiezan a disiparse Aâa se queda quieta, transfigurada.
Aâa irrumpe en el café de forma estrepitosa, como siempre. A zancadas renqueantes llega a la mesa y se sienta resoplando. Aurélie-Trie-Thi enciende otro cigarrillo y sonríe mientras se deleita en la vieja sensación. Aâa lleva sus pantalones de color indefinido, su eterna camisa azul marino que renueva cada diez años, el pelo ya gris cortado con navaja cayendo a churretones por la frente como siempre, y los ojos malhumorados que la abanderan.
Los gritos de su padre desde la esquina devuelven al mundo a Aâa, que vuelve al caño de la fuente con trote torpe mientras trata de recomponerse. Esa piel blanca no es la piel color carne de pollo hervido que asoma en los tobillos de las francesas que se pavonean por Phnom Peng. Es de un blanco refulgente que no es humano. Esa faz ovalada no es de este mundo, ni del mundo lejano y odioso del que vienen los franceses.
Aâa apura el vaso de licor con hielo que le ha pedido Aurélie-Trie-Thi y ambas se levantan mientras Aâa parlotea enfurruñada y Aurélie-Trie-Thi la mira divertida. Las dos mujeres salen del café y Aurélie-Trie-Thi despliega su sombrilla mientras Aâa hace visera con la mano. Por la avenida las dos ancianas se alejan hasta el muelle viejo del Mekong.
Cuarenta años es mucho tiempo. En cuarenta años hay muchos primeros meses, muchas rachas distendidas, muchos finales y mucho olvido.
Cuarenta años son tiempo suficiente para que la hija de un campesino ponga todo su empeño en buscar a la hija del coronel y enviarle a su casa un paquete que encierre un sombrero en el que encerrar ese pelo del color de la madera. Un sombrero amarillo, de raso gastado en el que alguna vez se dibujaron flores, acompañado de una nota mal escrita.
Hay tiempo suficiente para robar un sombrero a una francesa vieja, y para buscar un criado que sepa convertir en letras el sonido incomprensible de una boca extranjera, a cambio de las pocas monedas que pueda llevar Aâa.
Da tiempo a despedirse de sus hermanos y a escondidas de sus padres huir al norte, sin más destino que un norte má al norte de la lejana y odiosa Europa.
Da tiempo a surcar dos continentes y pensarse si cruzar un océano para llegar al tercero, y finalmente desistir pues dicen que quien va ya nunca desea volver.
Da tiempo a aprender a leer y a escribir torpemente.
Da tiempo a recorrer tierras de mezquitas hasta llegar a tierras de iglesias doradas para por fin llegar a la odiosa tierra de empedrados grises y catedrales con olor a muerte.
Da tiempo a preguntar en cada tasca de cada nación si esos sonidos incomprensibles guardan algún sentido.
Da tiempo a que “eso tiene que venir del norte, de más al norte” pierda el sentido como algo más que la orden al cuerpo de volver a partir.
Da tiempo a que la piel bronceada de campesina se estríe para recordar cada camino transitado.
Da tiempo a que una noche de tormenta, a la luz del vino en una tasca en los países ganados al mar, una risa estruendosa responda por fin a su incesante pregunta.
“Eso digo yo, quién eres tú” ríe el gigante albino de nariz partida. “Quién eres tú, significan tus palabras. Es eso lo que estás buscando”.
Da tiempo a coger un último barco de ida, con el corazón congelado, a conquistar la tierra del lejano norte.
Da tiempo a colarte entre sus calles y gentes.
Da tiempo a comenzar el largo viaje de vuelta la noche en que despierta de un sueño soñado en esos sonidos, que una vez sintió incomprensibles.
Cuarenta años son tiempo suficiente para que aunque una guerra te detenga a la ida, otra ya no sepa detenerte a la vuelta.
Es tiempo de sobra para rezar al pasar delante de cada iglesia gris, de cada iglesia dorada, de cada mezquita y de cada templo; rezar por que las guerras no hayan jugado al ajedrez con los coroneles franceses. Ni con sus hijas.
Hay tiempo suficiente para volver a un Kâmpóng Chang distinto y encontrar la misma casa, forrada en negro tras la llegada de un telegrama.
Da tiempo hasta para que Aurélie-Trie-Thi, de estricto luto por la noticia del fatal destino su marido, abra la puerta. Para que la abra ella misma, tras el declive de la familia que sobrevino tras la muerte de su padre.
Da tiempo a meterse en la cama de la vieja huérfana y la reciente viuda para, por fin, contestar a su pregunta, con palabras y con piel.
Da tiempo a recorrer su aún algo refulgente piel hasta hacerla gemir tu nombre, cerrando el instante abierto tantos años atrás.
Aurélie-Trie-Thi descansa la cabeza sobre el hombro de Aâa, asomadas a la baranda del muelle. Más calmada, Aâa vuelve a contarle historias de los barcos de la odiosa Europa. En su lengua bárbara, aunque haya luz.
para cigarra_panameña
jueves 11 de septiembre de 2008
Londres, 2008, tarjeta de crédito con 3000 €, color de la confusión de miles de corazones pútridos a toda prisa
Lo pensó en la calle alcantarillada más estrecha de Europa, mientras se refugiaba del viento sur. Leyó hace tiempo que el viento sur vuelve loca a la gente, o quizá se lo inventó, porque le gusta demasiado como suena. O quizá el viento sur le estaba volviendo loco haciéndole inventarse una verdad. Eso estaría bien.
Es el viento cálido, que le ha recordado a esa semana en Tarifa y ese pensamiento le ha vuelto otra vez, como cuando se quedó en equilibrio con un pie sobre la alcantarilla, en la calle alcantarillada más estrecha de Europa. Soplaba viento sur.
En realidad ahora no hay casi viento y el sol no deslumbra. Huele raro en Seven Sisters, lo piensa siempre que va. Huele a secador de pelo, o a enchufe. Huele al interior de las habitaciones de las casas, pero no a comida, o a basura. Esos son los olores que uno se encuentra en la calle, pero no. En Seven Sisters huele distinto, hasta bordeando el parque. Es un parque que no huele a parque. Se recuerda a sí mismo de nuevo, con la pierna encogida, como un flamenco. Posado sobre una alcantarilla, en esa calle tan estrecha. Más estrecha que ninguna.
Cien números más adelante, pasado el parque, está la casa de Clara, con su cocina con ratones porque la pareja de catalanes no friega sus platos. Con un vaso de zumo de brick blanco, como la leche. Con la escalera de peldaños tan pequeños que hay que bajarla de lado. Como el día que se cayó Hildegarde. Clara y él agarrados a la reja de la puerta, pegándose lo más posible para que el dintel les protegiera de la lluvia. Se había ido la luz de la manzana, y no funcionaba el timbre. Hildegarde se había despertado con los gritos, se había asomado a la ventana, sonriente, con el agua escurriéndole por el pelo. Hildegarde tenía un candelabro, nadie tiene un candelabro en un piso compartido, pero Hildegarde lo tenía y a través del cristal esmerilado vieron una luz difusa coronando la escalera. Baja con el candelabro, rió Clara. A través de la lluvia que ensuciaba sus oídos oyeron un estrépito y la luz bajó de golpe, hasta cerca de la puerta. Las llamas debieron lamer la moqueta y poco a poco se apagaron. Lo demás vino seguido. Hollie y Kerrin, del otro lado de la casa no les oyeron en la puerta pero sí a Hildegarde rodando por la escalera, arañando las paredes y exhalando terror. Kerrin les abrió la puerta. Al sacudir a Hildegarde la línea de su boca parecía vibrar a punto de desdibujarse en algo.
Quiero ir donde está Hildegarde, pensó. Quiero ir donde está Hildegarde ahora.
Volvió al cabo de un rato, no aturdida, taciturna. Sólo un poco más que siempre.
Lo pensó sobre la alcantarilla, con una pierna encogida, mientras soplaba viento sur. Quiero ir donde fue Hildegarde aquel rato. La luz blanca le cegaba y recordó la oscuridad donde la sombra de Hildegarde estaba tan quieta, y Hollie, y Kerrin y Clara tan estridentes.
Va terminando el parque, sólo quedan cien números. Para la escalera iluminada con bombillas, la cocina con ratones, la puerta de Hildegarde siempre cerrada.
Clara quiere irse de esa casa, que ya no encaja con su trabajo nuevo, con dietas, y con viajes. Tarjeta a cargo de la empresa y vacaciones en Tarifa.
Pensó en la sombra quieta de Hildegarde transparentándose a través de la puerta cerrada. La pensó haciendo equilibrios en la calle alcantarillada más estrecha del mundo. Faltan ochenta números y lo piensa ahora.
A Londres también llega el viento sur.
para refuse musick!
Es el viento cálido, que le ha recordado a esa semana en Tarifa y ese pensamiento le ha vuelto otra vez, como cuando se quedó en equilibrio con un pie sobre la alcantarilla, en la calle alcantarillada más estrecha de Europa. Soplaba viento sur.
En realidad ahora no hay casi viento y el sol no deslumbra. Huele raro en Seven Sisters, lo piensa siempre que va. Huele a secador de pelo, o a enchufe. Huele al interior de las habitaciones de las casas, pero no a comida, o a basura. Esos son los olores que uno se encuentra en la calle, pero no. En Seven Sisters huele distinto, hasta bordeando el parque. Es un parque que no huele a parque. Se recuerda a sí mismo de nuevo, con la pierna encogida, como un flamenco. Posado sobre una alcantarilla, en esa calle tan estrecha. Más estrecha que ninguna.
Cien números más adelante, pasado el parque, está la casa de Clara, con su cocina con ratones porque la pareja de catalanes no friega sus platos. Con un vaso de zumo de brick blanco, como la leche. Con la escalera de peldaños tan pequeños que hay que bajarla de lado. Como el día que se cayó Hildegarde. Clara y él agarrados a la reja de la puerta, pegándose lo más posible para que el dintel les protegiera de la lluvia. Se había ido la luz de la manzana, y no funcionaba el timbre. Hildegarde se había despertado con los gritos, se había asomado a la ventana, sonriente, con el agua escurriéndole por el pelo. Hildegarde tenía un candelabro, nadie tiene un candelabro en un piso compartido, pero Hildegarde lo tenía y a través del cristal esmerilado vieron una luz difusa coronando la escalera. Baja con el candelabro, rió Clara. A través de la lluvia que ensuciaba sus oídos oyeron un estrépito y la luz bajó de golpe, hasta cerca de la puerta. Las llamas debieron lamer la moqueta y poco a poco se apagaron. Lo demás vino seguido. Hollie y Kerrin, del otro lado de la casa no les oyeron en la puerta pero sí a Hildegarde rodando por la escalera, arañando las paredes y exhalando terror. Kerrin les abrió la puerta. Al sacudir a Hildegarde la línea de su boca parecía vibrar a punto de desdibujarse en algo.
Quiero ir donde está Hildegarde, pensó. Quiero ir donde está Hildegarde ahora.
Volvió al cabo de un rato, no aturdida, taciturna. Sólo un poco más que siempre.
Lo pensó sobre la alcantarilla, con una pierna encogida, mientras soplaba viento sur. Quiero ir donde fue Hildegarde aquel rato. La luz blanca le cegaba y recordó la oscuridad donde la sombra de Hildegarde estaba tan quieta, y Hollie, y Kerrin y Clara tan estridentes.
Va terminando el parque, sólo quedan cien números. Para la escalera iluminada con bombillas, la cocina con ratones, la puerta de Hildegarde siempre cerrada.
Clara quiere irse de esa casa, que ya no encaja con su trabajo nuevo, con dietas, y con viajes. Tarjeta a cargo de la empresa y vacaciones en Tarifa.
Pensó en la sombra quieta de Hildegarde transparentándose a través de la puerta cerrada. La pensó haciendo equilibrios en la calle alcantarillada más estrecha del mundo. Faltan ochenta números y lo piensa ahora.
A Londres también llega el viento sur.
para refuse musick!
domingo 7 de septiembre de 2008
castilla, 1932, blanco, un saco
El viento ulula fuera, como siempre y no sabe tan arrullador como otras veces. Sabe que si se levanta del camastro y mira entre las rendijas verá la calle a oscuras; empiezan a cantar los gallos. Se queda tumbado sin moverse, con los ojos abiertos para no dormirse. La imagen del sueño le escalofría. Ha visto un hombre que es él, renqueando con un saco al hombro. El saco está lleno, y de uno de los bordes mal cerrados cae polvo blanco. Polvo de muertos.
Damián se gira buscando a su mujer, que duerme casi tiritando bajo la manta. Enero ha venido frío, tan frío como se recuerdan pocos. La casa entera cruje pero esta noche eso no adormece a Damián. Los gallos cantan, la oscuridad de la calle se va destiñendo. Pero aún hay tiempo para dormirse una vez más y que la imagen vuelva. Un hombre que es él, avanzando por un camino solitario y frío. Y un saco al hombro, de cuyo borde mal cerrado cae polvo blanco. Polvo de muertos.
El patrón lo dijo ayer, les enseñó el periódico. Ahí pone que vamos a empezar a quemar a nuestros muertos, lo han dicho el señor presidente y los jueces en una señora ley, decía.
Hace frío y Sagrario está dormida, tan dormida que parece muerta. Damián se agarrota entre un sueño aterrador y una vigilia de imágenes tenebrosas. Su pensamiento se empapa de sueño otra vez, y vuelve a verse en ese desierto camino, a las afueras de cualquier lugar. Es él quien camina algo más adelante, cargando un saco lleno de polvo blanco, que se cae por el borde mal cerrado. Polvo de muertos.
Los muertos se vuelven polvo en sus tumbas, decía el Gerardo ayer. Es sólo hacerlo más rápido. En la duermevela Damián se estremece acogotado. Pudo cargar el ataúd de su padre muerto sin temblarle el pulso. Pero no consigue pensar sin congelarse en cargar y derramar su polvo. Polvo de muerto.
para the white trash caravan
Damián se gira buscando a su mujer, que duerme casi tiritando bajo la manta. Enero ha venido frío, tan frío como se recuerdan pocos. La casa entera cruje pero esta noche eso no adormece a Damián. Los gallos cantan, la oscuridad de la calle se va destiñendo. Pero aún hay tiempo para dormirse una vez más y que la imagen vuelva. Un hombre que es él, avanzando por un camino solitario y frío. Y un saco al hombro, de cuyo borde mal cerrado cae polvo blanco. Polvo de muertos.
El patrón lo dijo ayer, les enseñó el periódico. Ahí pone que vamos a empezar a quemar a nuestros muertos, lo han dicho el señor presidente y los jueces en una señora ley, decía.
Hace frío y Sagrario está dormida, tan dormida que parece muerta. Damián se agarrota entre un sueño aterrador y una vigilia de imágenes tenebrosas. Su pensamiento se empapa de sueño otra vez, y vuelve a verse en ese desierto camino, a las afueras de cualquier lugar. Es él quien camina algo más adelante, cargando un saco lleno de polvo blanco, que se cae por el borde mal cerrado. Polvo de muertos.
Los muertos se vuelven polvo en sus tumbas, decía el Gerardo ayer. Es sólo hacerlo más rápido. En la duermevela Damián se estremece acogotado. Pudo cargar el ataúd de su padre muerto sin temblarle el pulso. Pero no consigue pensar sin congelarse en cargar y derramar su polvo. Polvo de muerto.
para the white trash caravan
sábado 6 de septiembre de 2008
Los Ángeles, 1968, Rojo, Cigarro.
Necesito más aire frío en las sienes, por qué no se puede tirar del aire, necesito que me sujete la frente o me empezará a latir la cabeza; es lo mismo de siempre, el entumecimiento, la sensación de inseguridad en el estómago, el dolor difuso que me recorre las vértebras. Aire frío en las sienes. Es capaz de apagarlo todo. Con un cigarro sería feliz, pero tendría que desenterrar la cabeza de entre los hombros, tendría que enderezarme y la espalda se me haría añicos, tendría que meter el tronco en la habitación, el aire dejaría de limpiarme la cara. El humo de los coches casi me llega, sólo tengo que respirar más fuerte, pero la cabeza puede matarme si lo hago. Llevan las luces encendidas, el cielo está sucio, el aire frío crece un poco, sólo un poco, ya es de noche otra vez, aunque no recuerdo qué ha sido del día. Otro día perdido más. Si me muevo me reventará la cabeza, pero debería apartarme de la ventana, se me han dormido los codos, pero si me muevo tendré cristales rotos en vez de ojos. Necesito aire frío. No recuerdo cuando me puse esta camiseta, está tan raída que se bambolea con el aire sin pegarse a mi sudor. Se encienden las farolas. Las luces destellan pero no cambian de forma, ni de color. Anoche lo hacían, pero no recuerdo cómo. Necesito frío, mucho más frío para poder moverme, necesito que una mano de aire me saque de la garganta esta modorra caliente. Voy fijando mejor la vista, empiezo a ver bien a la gente por la calle. En la acera de enfrente hay un viejo. No quiero mirarle a la cara, está muy lejos, pero anoche también estaban lejos las caras y me daba miedo mirarlas. Hay algo terrible detrás de las caras, pensaba ayer, sé que pensé eso, no recuerdo cuando. Ayer Stan se reía, no recuerdo de qué. Sólo recuerdo la camisa de Stan, verde oscuro, había algo dibujado, en su camisa, sí, no me acuerdo bien de qué era.
El viejo vende globos, no debe ser tan viejo, no quiero mirarle la cara. Los tiene atados a un manillar, son muy pocos globos, y empiezan a deshincharse, o deben empezar, porque no tiran de las cuerdas. Flotan a medio gas, como yo. Entra más frío en la habitación, ahora puedo intentar moverme, cerrar los ojos, desencajar la postura, desentumecerme sin sentir un latigazo en el cráneo, trastabillar hasta la mesilla, coger el tabaco y las cerillas. Necesito volver a la ventana. Me siento de lado, con una pierna sobre el alféizar. Joder, llevo vaqueros, y no me he dado cuenta hasta ahora. Está desabrochados y debajo no llevo nada. Y en casa no hay nadie más. Qué coño haría anoche al acostarme. La calle está muy vacía, gente que pasea despacio y no hace ruido. Ruido. Anoche había ruido en el centro, Stan y yo buscábamos el ruido. Stan sangraba y su sangre no parecía roja, no sé por qué sangraba Stan. Las luces cambiaban de color, y recuerdo a Stan moviéndose despacio, con la sangre manándole por la cara y sonriente. Es verdad, Stan es un dios, pensé anoche, no sé por qué. Stan es un dios, me he dormido pensando en Stan. Stan brillando a la luz de las farolas y de los gritos, como un rayo en mitad de una explosión. Hay poca gente, una niña se acerca al viejo de los globos, que no es nada viejo, es verdad. La niña es pequeña, desde aquí apenas la veo. Pero sé que si la miro no cambiará de forma. Me duele la cabeza, pero ya me puedo fiar de mis ojos, el aire frío me los ha devuelto. El hombre de los globos desata uno y se lo da. La madre habla con el hombre, y la niña empuja su globo hacía arriba, pero el aire no lo sostiene y flaquea, sin caer del todo. Es un globo metálico, por el otro lado debe estar pintado, como los demás. El lado que veo tiene reflejos rojos, como Stan. Anoche Stan era un dios, no sé por qué pensé eso. Pero era un dios. La ceniza me cae sobre el pantalón, se me había olvidado que había encendido el cigarro. Cierro los ojos mientras lo envuelvo con la boca y aspiro con todas mis fuerzas, lento, muy lento. El humo me devuelve la forma y entra en tromba en mi cabeza mientras me adormezco. Me imagino cerca del globo de la niña, acercando la brasa, apoyándola y viendo como el papel metálico se ennegrece y abre, dejando escapar el aire. Apoyarme la brasa en la piel, abrir y ennegrecer, exhalar el aire que llevo dentro. La imagen me gusta. La desenrollo en mi cabeza una y otra vez. En el globo hay reflejos rojos, como Stan. Anoche Stan era un dios. Yo era la brasa de un cigarro.
para Apocalipsis_darko
El viejo vende globos, no debe ser tan viejo, no quiero mirarle la cara. Los tiene atados a un manillar, son muy pocos globos, y empiezan a deshincharse, o deben empezar, porque no tiran de las cuerdas. Flotan a medio gas, como yo. Entra más frío en la habitación, ahora puedo intentar moverme, cerrar los ojos, desencajar la postura, desentumecerme sin sentir un latigazo en el cráneo, trastabillar hasta la mesilla, coger el tabaco y las cerillas. Necesito volver a la ventana. Me siento de lado, con una pierna sobre el alféizar. Joder, llevo vaqueros, y no me he dado cuenta hasta ahora. Está desabrochados y debajo no llevo nada. Y en casa no hay nadie más. Qué coño haría anoche al acostarme. La calle está muy vacía, gente que pasea despacio y no hace ruido. Ruido. Anoche había ruido en el centro, Stan y yo buscábamos el ruido. Stan sangraba y su sangre no parecía roja, no sé por qué sangraba Stan. Las luces cambiaban de color, y recuerdo a Stan moviéndose despacio, con la sangre manándole por la cara y sonriente. Es verdad, Stan es un dios, pensé anoche, no sé por qué. Stan es un dios, me he dormido pensando en Stan. Stan brillando a la luz de las farolas y de los gritos, como un rayo en mitad de una explosión. Hay poca gente, una niña se acerca al viejo de los globos, que no es nada viejo, es verdad. La niña es pequeña, desde aquí apenas la veo. Pero sé que si la miro no cambiará de forma. Me duele la cabeza, pero ya me puedo fiar de mis ojos, el aire frío me los ha devuelto. El hombre de los globos desata uno y se lo da. La madre habla con el hombre, y la niña empuja su globo hacía arriba, pero el aire no lo sostiene y flaquea, sin caer del todo. Es un globo metálico, por el otro lado debe estar pintado, como los demás. El lado que veo tiene reflejos rojos, como Stan. Anoche Stan era un dios, no sé por qué pensé eso. Pero era un dios. La ceniza me cae sobre el pantalón, se me había olvidado que había encendido el cigarro. Cierro los ojos mientras lo envuelvo con la boca y aspiro con todas mis fuerzas, lento, muy lento. El humo me devuelve la forma y entra en tromba en mi cabeza mientras me adormezco. Me imagino cerca del globo de la niña, acercando la brasa, apoyándola y viendo como el papel metálico se ennegrece y abre, dejando escapar el aire. Apoyarme la brasa en la piel, abrir y ennegrecer, exhalar el aire que llevo dentro. La imagen me gusta. La desenrollo en mi cabeza una y otra vez. En el globo hay reflejos rojos, como Stan. Anoche Stan era un dios. Yo era la brasa de un cigarro.
para Apocalipsis_darko
tokyo, 1954, godzilla, el color que se le queda al cielo cuando ha caído una bomba atómica
Nada me gusta más que hacerla gemir. A ella le gusta ir despacio y a mí ir deprisa, no puedo evitar el querer arrancarle la ropa con los dientes, querer arrancarle la piel con los dientes, querer removerle los dientes en la boca, quiero deshacerla y dibujarla entera otra vez. Adoro el olor que desprende cuando la toco, y es una tortura adaptarme a su ritmo, que contenga mis manos, que cierre las piernas mientras me besa despacio, en ese instante me vuelve loca y la odio con todas mis fuerzas. Cuando nos revolcamos se le encrespa el pelo y parece un halo en el que se le difumina la cara. Tiene la piel de nieve y sabe igual de fría, quiero calentarla, desnudarla, quisiera tentáculos para poder abarcar más piel suya, para entrarle dentro y revolverle las entrañas, quiero que al lamer sus pechos sus pulmones se estremezcan, quiero hacer castillos de arena con sus costillas, quiero que sus vértebras se arrollen en mi cintura, quiero sentirla arquearse, gritar, ¡convulsionar! de todo lo que siente cuando toco donde anhela.
Consigo empezar a desvestirla, me exaspera que su ropa se arrolle y enganche, ella se ríe al verme desesperar. Siempre viste con cintas que tengo que desatar, lazadas que tengo que deshacer, con broches que tengo que abrir, me tortura y siempre me siento mal si comienzo a desvestirme yo antes que ella. Además me gusta sentarla desnuda en mi regazo, al borde de la cama, izarla, dejar que su peso bascule sobre mí, tendernos en la cama y ahí sí, es el único momento en que quiero ir despacio, al recorrerla con los dedos hasta que escalofría; siempre guarda silencio y cierra los ojos con fuerza, cuando la vuelco sobre el colchón abre los ojos y sus ojos tienen el color del cielo cuando ha caído una bomba atómica. Me desvisto en dos zarpazos, y me tiendo sobre ella. Bajo mi cuerpo se da la vuelta y mi boca recorre su espalda, es tan de cristal que le echo vaho, no me atrevo a tocarla con la lengua, quisiera ser sólo aire húmedo que la levantara, quisiera que estuviéramos bajo el agua y toda yo fuera burbujas que estallan al contacto con su piel mientras ella flota y su cuerpo entero se concentra entre sus piernas. Me arrodillo al pie de la cama, sus piernas estiradas apenas sobresalen, tiro de ellas, acercándola a mí.
Es silenciosa, agónicamente silenciosa, y a mí nada me gusta más que hacerla sollozar complacida, y rabiosa porque no la dejo estremecerse en silencio. Sujeto sus rodillas en el aire y las separo, respira fuerte, sabe lo que voy a hacer. Se pega tanto al colchón que apenas veo su espalda, su cabeza está oculta bajo el pelo, lucha en contra de sí misma para no hacerse sentir. De rodillas en el suelo inclino la cabeza hasta alcanzar una de sus corvas, de nuevo la caliento sin querer que mi lengua la moje y rompa la tensión de su piel empañada, siento mis labios insultantemente secos, los muerdo y sin dejar de exhalar mi aliento asciendo por su muslo mientras consuelo al otro hundiendo el dedo entre los músculos que tiemblan, se tensan; sabe lo que se acerca, y sabe que va a gritar. Estira las piernas y las apoya en el suelo mientras sujeto sus caderas, me suelto el pelo y lo hago caer sobre su espalda, resbala hacia los lados, oculta mi cabeza sobre sus nalgas. La siento arquearse, sé que mira hacia mí y no puede verme. Exhalo aire caliente una vez más y sus tensos músculos se rinden, su piel resbaladiza no opone resistencia, separo su carne fresca y hundo la lengua que me abrasa mientras ella sofoca un chillido que le brota desde abajo, muy abajo.
- Enciéndemelo, se ha apagado.
- Tienes tú las cerillas.
- ¿vamos a ir al cine, entonces?
- No sé, ¿tienes ganas?
- Sí, ponen esa peli del monstruo de la que habla todo el mundo.
- Ya, sí, pero la estrenan hoy, estará lleno.
- No, no, la estrenaron ayer, creo que tendremos sitio.
- No sé, como quieras.
- ¿no te apetece?
- Sí, sí, cuando te acabes el cigarrillo nos vestimos.
para malcom
Consigo empezar a desvestirla, me exaspera que su ropa se arrolle y enganche, ella se ríe al verme desesperar. Siempre viste con cintas que tengo que desatar, lazadas que tengo que deshacer, con broches que tengo que abrir, me tortura y siempre me siento mal si comienzo a desvestirme yo antes que ella. Además me gusta sentarla desnuda en mi regazo, al borde de la cama, izarla, dejar que su peso bascule sobre mí, tendernos en la cama y ahí sí, es el único momento en que quiero ir despacio, al recorrerla con los dedos hasta que escalofría; siempre guarda silencio y cierra los ojos con fuerza, cuando la vuelco sobre el colchón abre los ojos y sus ojos tienen el color del cielo cuando ha caído una bomba atómica. Me desvisto en dos zarpazos, y me tiendo sobre ella. Bajo mi cuerpo se da la vuelta y mi boca recorre su espalda, es tan de cristal que le echo vaho, no me atrevo a tocarla con la lengua, quisiera ser sólo aire húmedo que la levantara, quisiera que estuviéramos bajo el agua y toda yo fuera burbujas que estallan al contacto con su piel mientras ella flota y su cuerpo entero se concentra entre sus piernas. Me arrodillo al pie de la cama, sus piernas estiradas apenas sobresalen, tiro de ellas, acercándola a mí.
Es silenciosa, agónicamente silenciosa, y a mí nada me gusta más que hacerla sollozar complacida, y rabiosa porque no la dejo estremecerse en silencio. Sujeto sus rodillas en el aire y las separo, respira fuerte, sabe lo que voy a hacer. Se pega tanto al colchón que apenas veo su espalda, su cabeza está oculta bajo el pelo, lucha en contra de sí misma para no hacerse sentir. De rodillas en el suelo inclino la cabeza hasta alcanzar una de sus corvas, de nuevo la caliento sin querer que mi lengua la moje y rompa la tensión de su piel empañada, siento mis labios insultantemente secos, los muerdo y sin dejar de exhalar mi aliento asciendo por su muslo mientras consuelo al otro hundiendo el dedo entre los músculos que tiemblan, se tensan; sabe lo que se acerca, y sabe que va a gritar. Estira las piernas y las apoya en el suelo mientras sujeto sus caderas, me suelto el pelo y lo hago caer sobre su espalda, resbala hacia los lados, oculta mi cabeza sobre sus nalgas. La siento arquearse, sé que mira hacia mí y no puede verme. Exhalo aire caliente una vez más y sus tensos músculos se rinden, su piel resbaladiza no opone resistencia, separo su carne fresca y hundo la lengua que me abrasa mientras ella sofoca un chillido que le brota desde abajo, muy abajo.
- Enciéndemelo, se ha apagado.
- Tienes tú las cerillas.
- ¿vamos a ir al cine, entonces?
- No sé, ¿tienes ganas?
- Sí, ponen esa peli del monstruo de la que habla todo el mundo.
- Ya, sí, pero la estrenan hoy, estará lleno.
- No, no, la estrenaron ayer, creo que tendremos sitio.
- No sé, como quieras.
- ¿no te apetece?
- Sí, sí, cuando te acabes el cigarrillo nos vestimos.
para malcom
Saigon, 1968, verde, tocadiscos.
Hoai se refleja en el espejo. Está cascado y se empina sobre los zapatos de tacón para verse en el fragmento de arriba. La imagen está rota pero es hermosa. Porque hoy, él es hermoso. A la luz mortecina de la lámpara el vestido de satén verde lanza agónicos brillos al adherirse a su cuerpo. Es tan fino que parece una capa de agua a la que hubieran quitado el brillo, parece hecho de bruma a punto de disiparse. Con él se siente ligero, extremadamente liviano. Bajo el borde apenas asoman sus rodillas y sus piernas, finas, de mujer. Los zapatos, amarillos, están gastados, muy gastados. Es difícil encontrar unos zapatos tan hermosos, y más aún desde que empezó la guerra. Además los siente tan suyos que se resiste a cambiarlos. Sobre ese amarillo pálido ha sido feliz, extraordinariamente feliz. Camina suave hasta el tocadiscos y coloca la aguja otra vez sobre el surco tan gastado como sus zapatos. La voz suave y clarísima se extiende por la habitación. Suena bajo, muy bajo, porque la casera prohíbe la música a esas horas. Pero necesita escucharla. Es la voz que él querría tener. La voz que escaparía de su cuello a través de su boca, pintada de rojo oscuro, y se extendería por sus mejillas, blancas, coronadas por sombra rosada. Si tuviera esa voz podría hacer amanecer su cara, sería cada noche el Ser hermoso que quiere ser. Su pelo peligrosamente largo para su vida de día se arremolina brillante y ondulado bajo el broche de plumas que corona su cabeza. Plumas pequeñas, suaves, casi plumón, incorregiblemente polvorientas porque son viejas, como la canción que le invade y le permite ser otra cuando franquea el dintel, viejas como su ropa, viejas como la madera que le sostiene. Se acerca al espejo cascado y se mira a los ojos, profundos, y traicioneros. Son los ojos los que le delatan. Bajo las pestañas postizas hay una mirada triste, muy triste. Nadie quiere mirar esos ojos que sólo traen congoja. Cuando baje a la calle a buscar a las demás sabrá cuando tiene que cerrarlos, para que el mundo entero vea lo que cree ver y no lo que lleva dentro.
Baja por la escalera desvencijada y atraviesa el portal. Se siente extraño una vez más, al repetir el gesto de siempre, empujando de forma ruda la puerta para desencajarla. No sabe ser rudo de noche, aunque lo sea cuando el sol abrasa.
Camina pegado a las paredes, ocultando su belleza entre las sombras, hasta llegar a las calles del otro lado. Allí comienza a asomarse al bullicio; bajo las luces de los farolillos Saigón parece arder, como siempre, pero su centro está congelado, como siempre. Hoai endereza su espalda encogida, sus pequeños pasos parecen zancadas, siente como se despliegan las alas que no tiene, se deleita en el ruido de la falda suavísima, encerrando sus caderas. Desciende las escaleras de cada noche y entra en el fragmento que le falta a su espejo, a la luz que no le baña en casa, al volumen al que no puede oírse en su voz ansiada. Apenas hay gente, Tuan sonríe desde la barra. Cuando avanza, el suelo parece deslizarse bajo sus pies mientras él flota, convertido de pleno en la Belleza pura, sin nombre, sin palabras, sin sexo, que desea ser.
para tank brother
Baja por la escalera desvencijada y atraviesa el portal. Se siente extraño una vez más, al repetir el gesto de siempre, empujando de forma ruda la puerta para desencajarla. No sabe ser rudo de noche, aunque lo sea cuando el sol abrasa.
Camina pegado a las paredes, ocultando su belleza entre las sombras, hasta llegar a las calles del otro lado. Allí comienza a asomarse al bullicio; bajo las luces de los farolillos Saigón parece arder, como siempre, pero su centro está congelado, como siempre. Hoai endereza su espalda encogida, sus pequeños pasos parecen zancadas, siente como se despliegan las alas que no tiene, se deleita en el ruido de la falda suavísima, encerrando sus caderas. Desciende las escaleras de cada noche y entra en el fragmento que le falta a su espejo, a la luz que no le baña en casa, al volumen al que no puede oírse en su voz ansiada. Apenas hay gente, Tuan sonríe desde la barra. Cuando avanza, el suelo parece deslizarse bajo sus pies mientras él flota, convertido de pleno en la Belleza pura, sin nombre, sin palabras, sin sexo, que desea ser.
para tank brother
Frisco, 1995, gris, bicicletas.
Su vida entera es como de piedra. Si pasa a la historia será como un hueco hollado en un escalón, a fuerza de subir tanto por la escalera. Parece raro que un pie descalzo pueda marcar un escalón de piedra, pero lo hace, el profesor se lo enseñó en las diapositivas de Francia. Vlad es igual. Parece que no está, y nadie fuera del barrio le conoce, pero ha dejado arañazos en la realidad, arañazos que nadie ve pero están. Liz lo sabe, Vlad tiene algo mágico.
Vlad tiene por lo menos doce, o trece años, es difícil de decir. Y está hecho de piedras, que cambian. Sus piernas son un adoquinado cualquiera, duro, resquebrajado, por el que el agua hace surcos, pero no cala. Su cabeza está llena de grava, y al moverla hace un ruido que sólo entiende él: su pensamiento suena parecido al lecho de un río. Seguro que sí. Sus manos parecen las fauces de un león de piedra, de un león pequeño. Pretenden ser duras y lo son, pero no como él cree. Seguro que no.
Liz mira por la cristalera de la cocina. A través del cristal mugriento ve a Vlad dar vueltas a la manzana sobre el asfalto, con una bicicleta más grande que él, que chirría y parece a punto de desvencijarse, como todo Vlad. El cielo amenaza lluvia, y Liz sabe que Theresa no saldrá a saltar a la comba con ella si el cielo amenaza lluvia. Y si no sale, hoy tampoco saludará a Vlad. Y a este paso Vlad nunca va a contestarla.
El tazón de Liz no quiere acabarse, y se entretiene desmigajando los cereales mientras espera a que Vlad pase otra vez. Cuando cruza delante de su ventana Liz imagina que alarga la mano, mucho, volviéndose fina, muy fina, y agarra los radios de sus ruedas y los retuerce, mientras Vlad pedalea, flotando en el aire. Y no llueve, y no necesita que Theresa la acompañe con su maldita radio, y habla con Vlad y Vlad la mira fijamente, y no aparta la cara cuando le toca hablar.
Vlad tiene el pelo pajizo, y es tan delgado que sus brazos parecen varillas de hormigón haciéndose. Viste un chándal viejo, de sábado por la mañana, y su piel parece cubierta de una capa fina, muy fina, de polvo de cemento. Liz a veces siente que si se acercara a Vlad y respirara fuerte, Vlad se desharía en un polvo gris que le entraría por la nariz y le forraría la garganta, y podría llevar siempre a Vlad consigo. Le sentiría al respirar, y no tendría que contárselo a nadie. Ella sentiría la grava de sus pensamientos rodando y repicando dentro de sus costillas, sería como llevar dentro el mar. Quizá carraspearía alguna vez, cuando el pelo descolorido le taponara la boca, pero nadie se enteraría, y ella podría cerrar los ojos y taparse los oídos y sentirle rodando dentro.
Liz canturrea mientras lucha contra la inacabable leche, musita en voz baja sus pensamientos, mientras Theresa inunda la cocina, con su cuerpo enorme y su voz altísima, pero Liz sigue ensimismada. La cara de Vlad es tan rara como Vlad. Dicen Theresa y su madre que de pequeño era un niño guapísimo, con la mirada perdida, y la cara perfectamente simétrica. Liz ha mirado la suya mil veces en el espejo del cuarto, buscando si también es simétrica o no, pero no lo ve si no hace muecas, y no cree que su madre y Theresa hayan visto nunca a Vlad hacer muecas.
Nunca ha oído la voz de Vlad, aunque Theresa dice que una vez le oyó gritando y tenía una voz metálica, como hueca. Tiene voz de chimenea de piedra, pensó Liz, pero no se lo dijo a Theresa porque Theresa no lo entendería, Theresa piensa que Vlad es tonto porque nunca habla y nunca mira a nadie, pero la tonta es Theresa, porque no sabe que Vlad es todo piedra y polvo y adoquines, y lluvia, y mar. Vlad tiene algo mágico, y Liz lo sabe.
para JohnnyChains
Vlad tiene por lo menos doce, o trece años, es difícil de decir. Y está hecho de piedras, que cambian. Sus piernas son un adoquinado cualquiera, duro, resquebrajado, por el que el agua hace surcos, pero no cala. Su cabeza está llena de grava, y al moverla hace un ruido que sólo entiende él: su pensamiento suena parecido al lecho de un río. Seguro que sí. Sus manos parecen las fauces de un león de piedra, de un león pequeño. Pretenden ser duras y lo son, pero no como él cree. Seguro que no.
Liz mira por la cristalera de la cocina. A través del cristal mugriento ve a Vlad dar vueltas a la manzana sobre el asfalto, con una bicicleta más grande que él, que chirría y parece a punto de desvencijarse, como todo Vlad. El cielo amenaza lluvia, y Liz sabe que Theresa no saldrá a saltar a la comba con ella si el cielo amenaza lluvia. Y si no sale, hoy tampoco saludará a Vlad. Y a este paso Vlad nunca va a contestarla.
El tazón de Liz no quiere acabarse, y se entretiene desmigajando los cereales mientras espera a que Vlad pase otra vez. Cuando cruza delante de su ventana Liz imagina que alarga la mano, mucho, volviéndose fina, muy fina, y agarra los radios de sus ruedas y los retuerce, mientras Vlad pedalea, flotando en el aire. Y no llueve, y no necesita que Theresa la acompañe con su maldita radio, y habla con Vlad y Vlad la mira fijamente, y no aparta la cara cuando le toca hablar.
Vlad tiene el pelo pajizo, y es tan delgado que sus brazos parecen varillas de hormigón haciéndose. Viste un chándal viejo, de sábado por la mañana, y su piel parece cubierta de una capa fina, muy fina, de polvo de cemento. Liz a veces siente que si se acercara a Vlad y respirara fuerte, Vlad se desharía en un polvo gris que le entraría por la nariz y le forraría la garganta, y podría llevar siempre a Vlad consigo. Le sentiría al respirar, y no tendría que contárselo a nadie. Ella sentiría la grava de sus pensamientos rodando y repicando dentro de sus costillas, sería como llevar dentro el mar. Quizá carraspearía alguna vez, cuando el pelo descolorido le taponara la boca, pero nadie se enteraría, y ella podría cerrar los ojos y taparse los oídos y sentirle rodando dentro.
Liz canturrea mientras lucha contra la inacabable leche, musita en voz baja sus pensamientos, mientras Theresa inunda la cocina, con su cuerpo enorme y su voz altísima, pero Liz sigue ensimismada. La cara de Vlad es tan rara como Vlad. Dicen Theresa y su madre que de pequeño era un niño guapísimo, con la mirada perdida, y la cara perfectamente simétrica. Liz ha mirado la suya mil veces en el espejo del cuarto, buscando si también es simétrica o no, pero no lo ve si no hace muecas, y no cree que su madre y Theresa hayan visto nunca a Vlad hacer muecas.
Nunca ha oído la voz de Vlad, aunque Theresa dice que una vez le oyó gritando y tenía una voz metálica, como hueca. Tiene voz de chimenea de piedra, pensó Liz, pero no se lo dijo a Theresa porque Theresa no lo entendería, Theresa piensa que Vlad es tonto porque nunca habla y nunca mira a nadie, pero la tonta es Theresa, porque no sabe que Vlad es todo piedra y polvo y adoquines, y lluvia, y mar. Vlad tiene algo mágico, y Liz lo sabe.
para JohnnyChains
Roma, siglo I, ocre, sandalia y/o pergamino
Bajo el agua tiene un cuerpo Perfecto. Fuera de la piscina, desnuda o con túnica tiene un cuerpo bonito, muy bonito, pero dentro del agua es Perfecto. Cuando se sienta en el escalón, mientras Nívea y Afra preparan los aceites para después del baño, se siente tan bella como cualquier delirio de un dios. Le encanta bañarse sin quitarse los collares y el cinturón de cadenas de plata. Bajo el agua tintinean y relumbran perezosos, siguiendo la luz que deja pasar la claraboya. Las esclavas esperan, es su ritual. Abandona el escalón y se sumerge por completo, se tiende sobre las baldosas del fondo. Se despereza sumergida sintiendo el agua arremolinándose entre sus piernas. Es su momento favorito. Vuelve a sentarse y echa más sales. Sabe que el olor se hace demasiado dulzón, pero no puede evitarlo. Ver su cuerpo perfecto con filtros de diferentes colores. La vida es hermosa cuando no tienes otra cosa que hacer que contemplarte. Pasea su mirada sobre la sala de baño, mientras acaricia su vientre, estrechado por los corsés que Nívea le obliga a ponerse. Hasta los eunucos la miran arrobados desde la puerta. Le encanta que la miren los eunucos, le encanta acercarse a ellos, acariciarlos, sentir como la miran, doloridos. Pero no hoy, con Afra y Nívea molestando.
Se decide a salir del agua, y brota erguida, magnífica, reluciente. Afra seca su pelo y lo ensortija alrededor de un cordón ocre, con esmeraldas engarzadas. Nívea la cubre de su aceite favorito y cuando está casi seca coloca el armazón que la comprime. Aura escoge una túnica blanca, con un fajín ocre, como el cordón. El azogue le devuelve algo que sabe, hoy volverá a conseguir lo que quiera de quien quiera. Nívea le acerca unas sandalias, pero las rechaza, y se va sin mediar palabra. Afra recoge los enseres de baño mientras Nívea piensa una vez más que ella se hace vieja sólo un poco más deprisa de lo que Aura se hace idiota.
Aura camina por los pasillos, de puntillas, sin hacer ruido. Es la única manía infantil que conserva, para desesperación de Nívea. Al bajar la escalinata entra sigilosa en el despacho de su tutor, a tiempo de verle lacrar un pergamino.
Suspira para hacerse notar. Su tío trata de mostrar cólera pero se rinde ante el espectáculo que ven sus ojos. Sonríe abiertamente, canturrea alguna intrascendencia. Aura se tiende en un diván, dejando su voz trinar sin más sentido que embriagar los sentidos de su tío. La túnica se entreabre en los lugares perfectos, incluso en el sombrío despacho su piel refulge insolente.
Desde la puerta un esclavo etíope, joven y tallado en basalto, contiene una sonrisa que escapa traicionera. Nadie parece darse cuenta, la heredera de las tierras está ocupada en cambiar el diván por las rodillas de su tío, se contonea despacio, buscando desbocarle mientras parpadea con candidez.
La estratagema es burda y evidente desde hace mucho tiempo, pero todos le siguen el juego, para que lo crea intriga suya. Al fin y al cabo cualquier esclavo sabe que su señor se casará con ella, porque ambos lo precisan. Lo que este esclavo sabe y ella no, es que las fiebres nocturnas de Aura tendrán que saciarse con baños y eunucos, porque donde un esclavo etíope manda, no manda patricia ninguna, por hermosa que sea. Consigue contener la risa. Mientras Aura oculta la cabeza en el hombro de su tío y ronronea, éste lanza una mirada al mejor de sus esclavos. Se sonríen. Aura se marcha, cimbreando la cintura, abanderando una victoria de humo.
para tacitus
Se decide a salir del agua, y brota erguida, magnífica, reluciente. Afra seca su pelo y lo ensortija alrededor de un cordón ocre, con esmeraldas engarzadas. Nívea la cubre de su aceite favorito y cuando está casi seca coloca el armazón que la comprime. Aura escoge una túnica blanca, con un fajín ocre, como el cordón. El azogue le devuelve algo que sabe, hoy volverá a conseguir lo que quiera de quien quiera. Nívea le acerca unas sandalias, pero las rechaza, y se va sin mediar palabra. Afra recoge los enseres de baño mientras Nívea piensa una vez más que ella se hace vieja sólo un poco más deprisa de lo que Aura se hace idiota.
Aura camina por los pasillos, de puntillas, sin hacer ruido. Es la única manía infantil que conserva, para desesperación de Nívea. Al bajar la escalinata entra sigilosa en el despacho de su tutor, a tiempo de verle lacrar un pergamino.
Suspira para hacerse notar. Su tío trata de mostrar cólera pero se rinde ante el espectáculo que ven sus ojos. Sonríe abiertamente, canturrea alguna intrascendencia. Aura se tiende en un diván, dejando su voz trinar sin más sentido que embriagar los sentidos de su tío. La túnica se entreabre en los lugares perfectos, incluso en el sombrío despacho su piel refulge insolente.
Desde la puerta un esclavo etíope, joven y tallado en basalto, contiene una sonrisa que escapa traicionera. Nadie parece darse cuenta, la heredera de las tierras está ocupada en cambiar el diván por las rodillas de su tío, se contonea despacio, buscando desbocarle mientras parpadea con candidez.
La estratagema es burda y evidente desde hace mucho tiempo, pero todos le siguen el juego, para que lo crea intriga suya. Al fin y al cabo cualquier esclavo sabe que su señor se casará con ella, porque ambos lo precisan. Lo que este esclavo sabe y ella no, es que las fiebres nocturnas de Aura tendrán que saciarse con baños y eunucos, porque donde un esclavo etíope manda, no manda patricia ninguna, por hermosa que sea. Consigue contener la risa. Mientras Aura oculta la cabeza en el hombro de su tío y ronronea, éste lanza una mirada al mejor de sus esclavos. Se sonríen. Aura se marcha, cimbreando la cintura, abanderando una victoria de humo.
para tacitus
Ouagadougou (Burkina Faso), 2112, Naranja fosforito, Cabeza de jabalí.
-¿colecciona, sabes? Libros, que debemos tener unos doscientos, y objetos de escritura antigua. Tiene una pluma larguísima, con un tintero de cristal. Tiene un papiro enrollado, que en teoría es egipcio de verdad, del Egipto antiguo, flipa. Tiene una máquina de escribir de mediados del siglo XX, que hace un ruido infame. Esa es su favorita
- ¿y donde lo guarda?
- eso es lo mejor de todo. Como el papel se estropea con la humedad de los aires acondicionados, hay que guardarlo en compartimentos herméticos, porque si no pueden salir hasta insectos.
- ¿insectos en el papel? ¿¿los insectos comen papel??
- sí, si te interesa el tema pregúntale a ella, puede hablar durante horas de libros, de papel, de bibliotecas antiguas… eso sí, puedes acabar odiando todo lo relacionado con eso. O chiflándote como ella. Dice que quiere ir a la única universidad, europea, como todo lo bonito pero inútil, que tiene un curso sobre tipografías antiguas.
- pero ¿no son iguales que las electrónicas?.
- que va, qué dices. Ni el diseñador más loco se inventa eso. Me ha enseñado algunas de la edad media en .ptv que flipas.
- ¿es eso que copiaban los monjes, no?
- sí, ese rollo. Yo creo que Kafú sería Feliz si viviera en un monasterio medieval en yoquesé, Alemania. Toda la vida rodeada de papeles y copiando con pluma.
- bueno tío, leer es bueno.
- pero eso es lo mejor, joder, que no lee, yo le bajo libros de la biblioshare municipal y no se los lee, tiene que tocarlos, tiene que estar impreso. Si no, no le gusta. Se agobia, dice.
- joder, pues se debe dejar una pasta
- ya te digo, como vicio es bien caro. Todos hay que importarlos de Europa central, que es el único sitio donde se autoabastecen de celulosa para seguir imprimiendo libros. Encima antiguamente había imprentas pero ahora como son ediciones para coleccionista los hacen uno a uno, con lo que son más caros aún. Encima los mandan en paquetes superherméticos en los que va protegidísimo el libro, y para que el servicio de compras y transporte los reconozca como frágiles van en un estuche de poliespán naranja fosforito, espantosos, de verdad, duelen a los ojos, y tenemos la casa llena, porque le da pena tirarlos.
- jajajaa, con la tontería tú estás hecho un experto
- ya, cuando digo que conocí a Kafú en la facultad de teleco la gente se descojona, parece que vivió hace tres siglos, o algo. Con decirte que en casa tenemos teléfono con pantalla táctil todavía…
- joder, ¿pero queda alguno?
- sí, pero catalogados como antigüedad, por lo que te clavan unos impuestos que flipas. Ya ves la gracia de la niña, podría darle por coleccionar tarjetas de sonido, pero no, hale, papel.
- joder, ¿y Kafú no está en ninguna sociedad de anticuarios, o algo?
- estuvo mucho tiempo, de hecho organizó un par de congresos panafricanos de arte antiguo, sólo por ver qué colecciones de libros traían, pero acabó harta de figuritas de porcelana, cabezas de jabalí y ese tipo de mierdas. Ahora los anticuarios la llaman a ella cuando quieren ver si traen alguna colección de algún sitio, con la tontería y sin estudiarlo oficialmente se ha convertido en una experta. Cada dos por tres hay conferencia en el salón con algún país de a tomar por culo.
- joder, pues vaya. ¿y no va a congresos ya?
- sí, de vez en cuando, como no es profesional tiene que ahorrar pasta para ir. Hace poco estuvo en casa una amiga suya que conoció en un congreso, Thiothixene, togolesa, que es igual que ella pero con las ilustraciones. Mira que no hay programas para pintar lo que te salga de los huevos, pues nada, esta tía tiene que pintar a mano. Flipas. Son amiguísimas, claro.
- joder, ¿y cómo consigue el material?
- pues pasándolas aún más putas que Kafú, la tía usa unas movidas que se llaman acuarelas, que sólo las hacen en Centroeuropa y en algunos sitios de Asia. El tema es que antes había en todas partes, pero tanto aquí, como en América como en Australia se sustituyeron las fábricas papeleras con la ley de protección climática después de la Inundación, y a tomar por culo todo lo que tenía que ver, y claro, los libros quieras que no se seguían usando, pero las pinturitas…
- joder, es que vaya frikada. Es como si tu mayor pasión es coleccionar dientes de hombres prehistóricos. Pues lo llevas jodido.
- ya ves. La thiothixene esta quería usar una movida que se llama óleos, que era como pintura grasosa, ¿la de los cuadros antiguos? Pues eso, pero es materialmente imposible de conseguir desde hace 30 años. La movida es que había mercado negro, y pagando pastizales se podían encontrar algunos del siglo pasado, antes de la ley, pero claro, con el tiempo se han ido secando, y aunque queden algunos ya no se pueden usar, porque se han desnaturalizado.
- joder qué putada, ¿no?
- pues no te creas, esta tía dice que le jode, pero que casi ha sido mejor porque ese tipo de arte se había convertido en algo muy muy turbio, y había que meterse en historias muy chungas para conseguir material… Kafú dice que teme que ella llegue a ver el momento en que comience a pasar eso con el papel.
- joder, vaya historias. Coño, esto ha cargado ya, vámonos.
para wtbe
- ¿y donde lo guarda?
- eso es lo mejor de todo. Como el papel se estropea con la humedad de los aires acondicionados, hay que guardarlo en compartimentos herméticos, porque si no pueden salir hasta insectos.
- ¿insectos en el papel? ¿¿los insectos comen papel??
- sí, si te interesa el tema pregúntale a ella, puede hablar durante horas de libros, de papel, de bibliotecas antiguas… eso sí, puedes acabar odiando todo lo relacionado con eso. O chiflándote como ella. Dice que quiere ir a la única universidad, europea, como todo lo bonito pero inútil, que tiene un curso sobre tipografías antiguas.
- pero ¿no son iguales que las electrónicas?.
- que va, qué dices. Ni el diseñador más loco se inventa eso. Me ha enseñado algunas de la edad media en .ptv que flipas.
- ¿es eso que copiaban los monjes, no?
- sí, ese rollo. Yo creo que Kafú sería Feliz si viviera en un monasterio medieval en yoquesé, Alemania. Toda la vida rodeada de papeles y copiando con pluma.
- bueno tío, leer es bueno.
- pero eso es lo mejor, joder, que no lee, yo le bajo libros de la biblioshare municipal y no se los lee, tiene que tocarlos, tiene que estar impreso. Si no, no le gusta. Se agobia, dice.
- joder, pues se debe dejar una pasta
- ya te digo, como vicio es bien caro. Todos hay que importarlos de Europa central, que es el único sitio donde se autoabastecen de celulosa para seguir imprimiendo libros. Encima antiguamente había imprentas pero ahora como son ediciones para coleccionista los hacen uno a uno, con lo que son más caros aún. Encima los mandan en paquetes superherméticos en los que va protegidísimo el libro, y para que el servicio de compras y transporte los reconozca como frágiles van en un estuche de poliespán naranja fosforito, espantosos, de verdad, duelen a los ojos, y tenemos la casa llena, porque le da pena tirarlos.
- jajajaa, con la tontería tú estás hecho un experto
- ya, cuando digo que conocí a Kafú en la facultad de teleco la gente se descojona, parece que vivió hace tres siglos, o algo. Con decirte que en casa tenemos teléfono con pantalla táctil todavía…
- joder, ¿pero queda alguno?
- sí, pero catalogados como antigüedad, por lo que te clavan unos impuestos que flipas. Ya ves la gracia de la niña, podría darle por coleccionar tarjetas de sonido, pero no, hale, papel.
- joder, ¿y Kafú no está en ninguna sociedad de anticuarios, o algo?
- estuvo mucho tiempo, de hecho organizó un par de congresos panafricanos de arte antiguo, sólo por ver qué colecciones de libros traían, pero acabó harta de figuritas de porcelana, cabezas de jabalí y ese tipo de mierdas. Ahora los anticuarios la llaman a ella cuando quieren ver si traen alguna colección de algún sitio, con la tontería y sin estudiarlo oficialmente se ha convertido en una experta. Cada dos por tres hay conferencia en el salón con algún país de a tomar por culo.
- joder, pues vaya. ¿y no va a congresos ya?
- sí, de vez en cuando, como no es profesional tiene que ahorrar pasta para ir. Hace poco estuvo en casa una amiga suya que conoció en un congreso, Thiothixene, togolesa, que es igual que ella pero con las ilustraciones. Mira que no hay programas para pintar lo que te salga de los huevos, pues nada, esta tía tiene que pintar a mano. Flipas. Son amiguísimas, claro.
- joder, ¿y cómo consigue el material?
- pues pasándolas aún más putas que Kafú, la tía usa unas movidas que se llaman acuarelas, que sólo las hacen en Centroeuropa y en algunos sitios de Asia. El tema es que antes había en todas partes, pero tanto aquí, como en América como en Australia se sustituyeron las fábricas papeleras con la ley de protección climática después de la Inundación, y a tomar por culo todo lo que tenía que ver, y claro, los libros quieras que no se seguían usando, pero las pinturitas…
- joder, es que vaya frikada. Es como si tu mayor pasión es coleccionar dientes de hombres prehistóricos. Pues lo llevas jodido.
- ya ves. La thiothixene esta quería usar una movida que se llama óleos, que era como pintura grasosa, ¿la de los cuadros antiguos? Pues eso, pero es materialmente imposible de conseguir desde hace 30 años. La movida es que había mercado negro, y pagando pastizales se podían encontrar algunos del siglo pasado, antes de la ley, pero claro, con el tiempo se han ido secando, y aunque queden algunos ya no se pueden usar, porque se han desnaturalizado.
- joder qué putada, ¿no?
- pues no te creas, esta tía dice que le jode, pero que casi ha sido mejor porque ese tipo de arte se había convertido en algo muy muy turbio, y había que meterse en historias muy chungas para conseguir material… Kafú dice que teme que ella llegue a ver el momento en que comience a pasar eso con el papel.
- joder, vaya historias. Coño, esto ha cargado ya, vámonos.
para wtbe
las profundidades marinas, hace 200 años, negro, pirámide
La obediencia de vida no se jura en vano. Y si Ella quiere que él vuelva, se le hará volver.
Se acercan las diez horas de su muerte, sus cadenas en el infierno deben estar comenzando a endurecerse, si no se le rescata ahora ya no se le rescatará nunca. Pero Ella quiere que se salve, y las órdenes de Lisboa se cumplen sin dilación.
Desgarrador el destino de Ella, por otra parte, comandante en jefe de todos los ejércitos ocultos, su misión en la tierra es en exceso crucial como para abandonarla. Y el cadáver de Jarvis comienza a parecerse a un cadáver y no a Jarvis. Queda poco tiempo.
Loella fija al suelo un arpón, casi casi vertical, clavado entre dos baldosas de piedra, en tercer sótano del cuartel general. La punta brilla desafiante en el aire. Del revés de su uniforme saca una cadena finísima, con una argolla engarzada. Apenas hace unos años que este metal se conoce pero la mejor de las ninjas ha sabido conseguir el suyo. El material más pesado que existe, del que ella se sabe forrada. Sus encías han de ser de iridio, por eso resiste a los golpes, su cráneo tiene que ser de iridio y por eso no conoce el miedo, sus huesos sólo pueden ser filigrana de iridio, por eso es ligera y contundente a la vez. Y ahora su cuello está envuelto en un iridio que pesa más, sólo un poco más, que todo el aire que le corre dentro.
Loella se coloca a dos pasos del arpón. Sin ceremonias ni titubeos se deja caer hacia atrás; el arpón chapotea al hundirse en su nuca. No existe camino más rápido para llegar al infierno.
Jarvis era, o es, un hombre bueno, pero hay veces en las que eso no basta. Fue su alma y no otra la que exigió el mismo diablo cuando ganó esa partida, y no titubeó en cobrársela. Toda señora de la luz oscura tiene un punto débil y Jarvis era el de Lisboa, hasta el mismo diablo lo sabía.
Loella se siente cayendo, cayendo despacio, mucho más allá del arpón, del suelo. Ha sentido sus pulmones arder mientras moría y ahora los nota luchando contra ella como si quisieran volver. La argolla de su cuello descansa sobre su piel y contrarresta el esfuerzo de los pulmones. Cae despacio pero sin detenerse, por fin su piel entiende que está en agua, al Estigia no se llega por la tierra que habitamos.
El cadáver de Jarvis comienza a tensarse, como siempre supo sin saber, hasta más allá de la muerte es la más terrible cuerda que un arco puede tensar. Loella alcanza el limo del fondo. Va a hundirse en él pero se zafa de ropa y piel, conservando la cadena y consigue avanzar de rodillas, dentro del agua profunda a la que jamás ha llegado luz solar. El légamo empieza a deshacerse, y Loella alcanza el borde de una sima de cuyo fondo brota calor, mucho calor. Desprende la cadena de su cuello y la aprieta dentro de su mano. Bajo la lengua guarda una sola gota de reactante y la saca con cuidado, para que el agua no se la lleve. Junta cadena y gota y las lanza a lo hondo. Por un instante el iridio estalla e ilumina la sima. Es sin duda alguna la entrada al Infierno, en forma de pirámide invertida. En el instante de vuelta de la oscuridad sus pies descarnados por el ácido cieno, topan con una esfera que gira vertiginosa. Al desenterrarla golpea sus ojos, al tiempo que lamenta haber quemado la cadena da gracias a todos los seres por su suerte, hay pocas cosas mejores que encontrar un fuego fatuo a la entrada del infierno.
Lo aferra con la mano y éste se ensambla con sus huesos esmaltando de verde la negra oscuridad del abismo y comienza el descenso. No han pasado tantos años como para que hayan dejado de ser siete, piensa.
No puede ser complicado. En un tiempo que no discurre puede descender hasta el vértice de la pirámide y atravesar cuantas simas hagan falta. Y ahora el tiempo no corre, la eternidad es un instante al que no sigue otro.
En alcanzando el Tribunal de los Impíos ni el mismo diablo podrá resistirse a canjear a Jarvis por la veta de hafnio que recorre la cordura de Loella.
Sin hafnio ni el mismo diablo logra infundir maldad. Sin hafnio el poder del mal se merma hasta quedar reducido a su propia leyenda. La veta de Loella es estable y siempre ha logrado domarla pero al recibirla entera serán ejércitos enteros los que recobre el dueño y señor de las profundidades. La partida está ganada desde antes de empezar, pero pondrá en peligro el tablero entero.
Allá en la superficie con tiempo lineal la sangre de Lisboa hierve tranquila. Sabe que la mejor de sus alfiles va a devolverle a Jarvis, aunque eso cueste muchas futuras bajas a manos del renaciente mal. Quizá mucho más que las próximas partidas.
Pero no se escoge en vano quién te debe obediencia de vida.
para trece
Se acercan las diez horas de su muerte, sus cadenas en el infierno deben estar comenzando a endurecerse, si no se le rescata ahora ya no se le rescatará nunca. Pero Ella quiere que se salve, y las órdenes de Lisboa se cumplen sin dilación.
Desgarrador el destino de Ella, por otra parte, comandante en jefe de todos los ejércitos ocultos, su misión en la tierra es en exceso crucial como para abandonarla. Y el cadáver de Jarvis comienza a parecerse a un cadáver y no a Jarvis. Queda poco tiempo.
Loella fija al suelo un arpón, casi casi vertical, clavado entre dos baldosas de piedra, en tercer sótano del cuartel general. La punta brilla desafiante en el aire. Del revés de su uniforme saca una cadena finísima, con una argolla engarzada. Apenas hace unos años que este metal se conoce pero la mejor de las ninjas ha sabido conseguir el suyo. El material más pesado que existe, del que ella se sabe forrada. Sus encías han de ser de iridio, por eso resiste a los golpes, su cráneo tiene que ser de iridio y por eso no conoce el miedo, sus huesos sólo pueden ser filigrana de iridio, por eso es ligera y contundente a la vez. Y ahora su cuello está envuelto en un iridio que pesa más, sólo un poco más, que todo el aire que le corre dentro.
Loella se coloca a dos pasos del arpón. Sin ceremonias ni titubeos se deja caer hacia atrás; el arpón chapotea al hundirse en su nuca. No existe camino más rápido para llegar al infierno.
Jarvis era, o es, un hombre bueno, pero hay veces en las que eso no basta. Fue su alma y no otra la que exigió el mismo diablo cuando ganó esa partida, y no titubeó en cobrársela. Toda señora de la luz oscura tiene un punto débil y Jarvis era el de Lisboa, hasta el mismo diablo lo sabía.
Loella se siente cayendo, cayendo despacio, mucho más allá del arpón, del suelo. Ha sentido sus pulmones arder mientras moría y ahora los nota luchando contra ella como si quisieran volver. La argolla de su cuello descansa sobre su piel y contrarresta el esfuerzo de los pulmones. Cae despacio pero sin detenerse, por fin su piel entiende que está en agua, al Estigia no se llega por la tierra que habitamos.
El cadáver de Jarvis comienza a tensarse, como siempre supo sin saber, hasta más allá de la muerte es la más terrible cuerda que un arco puede tensar. Loella alcanza el limo del fondo. Va a hundirse en él pero se zafa de ropa y piel, conservando la cadena y consigue avanzar de rodillas, dentro del agua profunda a la que jamás ha llegado luz solar. El légamo empieza a deshacerse, y Loella alcanza el borde de una sima de cuyo fondo brota calor, mucho calor. Desprende la cadena de su cuello y la aprieta dentro de su mano. Bajo la lengua guarda una sola gota de reactante y la saca con cuidado, para que el agua no se la lleve. Junta cadena y gota y las lanza a lo hondo. Por un instante el iridio estalla e ilumina la sima. Es sin duda alguna la entrada al Infierno, en forma de pirámide invertida. En el instante de vuelta de la oscuridad sus pies descarnados por el ácido cieno, topan con una esfera que gira vertiginosa. Al desenterrarla golpea sus ojos, al tiempo que lamenta haber quemado la cadena da gracias a todos los seres por su suerte, hay pocas cosas mejores que encontrar un fuego fatuo a la entrada del infierno.
Lo aferra con la mano y éste se ensambla con sus huesos esmaltando de verde la negra oscuridad del abismo y comienza el descenso. No han pasado tantos años como para que hayan dejado de ser siete, piensa.
No puede ser complicado. En un tiempo que no discurre puede descender hasta el vértice de la pirámide y atravesar cuantas simas hagan falta. Y ahora el tiempo no corre, la eternidad es un instante al que no sigue otro.
En alcanzando el Tribunal de los Impíos ni el mismo diablo podrá resistirse a canjear a Jarvis por la veta de hafnio que recorre la cordura de Loella.
Sin hafnio ni el mismo diablo logra infundir maldad. Sin hafnio el poder del mal se merma hasta quedar reducido a su propia leyenda. La veta de Loella es estable y siempre ha logrado domarla pero al recibirla entera serán ejércitos enteros los que recobre el dueño y señor de las profundidades. La partida está ganada desde antes de empezar, pero pondrá en peligro el tablero entero.
Allá en la superficie con tiempo lineal la sangre de Lisboa hierve tranquila. Sabe que la mejor de sus alfiles va a devolverle a Jarvis, aunque eso cueste muchas futuras bajas a manos del renaciente mal. Quizá mucho más que las próximas partidas.
Pero no se escoge en vano quién te debe obediencia de vida.
para trece
LA HABANA, HACE UN TIEMPO, MUY NEGRA, UN BOTE DE POPER...
- No se preocupe Emerenciana, vamos a ayudarla.
Hay que joderse. En el mismo día te enteras de que te han concedido la rotación libre en la Habana y a finales de año te irás para pasar seis meses allí, como llevas toda la residencia peleando; y te toca un puro en la urgencia, como si fueras un R1. Esto no se le hace a un R4, joder.
- a ver Emerenciana, póngase de lado y relájese, que no le va a doler nada.
Ni puñetero caso. Si es que debe tener doscientos años, lo menos, y tiene tantas enfermedades que parece el señor Burns, ¿cómo pretenden que la mujer se acuerde de ir al baño?
El enfermero acerca el bote de vaselina.
- ¿no quieres hacerlo tú? Viene bien coger práctica
- Jajajaa, no cuela tío, toda tuya
Separa las flácidas nalgas y pringa de vaselina el ano.
- Tranquila Emerenciana, que va a notar algo frío.
La buena señora se revuelve y gimotea, el enfermero la sujeta de lado.
El dedo entra más o menos limpiamente y toca el fecaloma, es grande y está hondo, va a costar sacarlo. Mira al enfermero que le sonríe comprensivo.
Pelea hasta que empieza a darle calambres en el dedo, Emerenciana se acostumbra y se adormila, el enfermero suspira hastiado. De la próxima me traigo un bote de poper y me da igual lo que piensen los que lo vean, en este rato podría haber dado tres altas y estaria durmiendo en vez de con el dedo hundido en el culo de una vieja.
El fecaloma empieza asomar, negro profundo, y sale de golpe, haciendo un ruido extraño, Emerenciana se despierta y llora.
El auxiliar le coloca un pañal.
Se quita los guantes, y aunque tenga las manos limpias se las lava con el triple de esterilizante.
Hay cosas a las que no te acostumbras.
para cigarro puro
Hay que joderse. En el mismo día te enteras de que te han concedido la rotación libre en la Habana y a finales de año te irás para pasar seis meses allí, como llevas toda la residencia peleando; y te toca un puro en la urgencia, como si fueras un R1. Esto no se le hace a un R4, joder.
- a ver Emerenciana, póngase de lado y relájese, que no le va a doler nada.
Ni puñetero caso. Si es que debe tener doscientos años, lo menos, y tiene tantas enfermedades que parece el señor Burns, ¿cómo pretenden que la mujer se acuerde de ir al baño?
El enfermero acerca el bote de vaselina.
- ¿no quieres hacerlo tú? Viene bien coger práctica
- Jajajaa, no cuela tío, toda tuya
Separa las flácidas nalgas y pringa de vaselina el ano.
- Tranquila Emerenciana, que va a notar algo frío.
La buena señora se revuelve y gimotea, el enfermero la sujeta de lado.
El dedo entra más o menos limpiamente y toca el fecaloma, es grande y está hondo, va a costar sacarlo. Mira al enfermero que le sonríe comprensivo.
Pelea hasta que empieza a darle calambres en el dedo, Emerenciana se acostumbra y se adormila, el enfermero suspira hastiado. De la próxima me traigo un bote de poper y me da igual lo que piensen los que lo vean, en este rato podría haber dado tres altas y estaria durmiendo en vez de con el dedo hundido en el culo de una vieja.
El fecaloma empieza asomar, negro profundo, y sale de golpe, haciendo un ruido extraño, Emerenciana se despierta y llora.
El auxiliar le coloca un pañal.
Se quita los guantes, y aunque tenga las manos limpias se las lava con el triple de esterilizante.
Hay cosas a las que no te acostumbras.
para cigarro puro
Cercanías del primer planeta extrasolar habitable por el ser humano, Año 5001, Verde, Mapa celeste del Universo conocido
- La cuestión es que hay siete capítulos más, llamados capítulos apócrifos, en los que el crustáceo se hace con el control del universo conocido y de parte del universo paralelo.
- ¿Y los hicieron los ubuntuitas?
- Esa es la cuestión. Se cree que sí, ya que en su momento eran la civilización más avanzada, además la primera civilización deslocalizada y asociada a un lenguaje de programación.
- Pero yo he oído que los ubuntuitas eran africanos.
- No, es que había unos africanos que hacían algo llamado ubuntu, pero no tiene nada que ver, simplemente los ubuntuitas cogieron el nombre.
-¿Y en esos capítulos apócrifos se desvelan las intrigas geopolíticas de la época? Tengo entendido que la cíclope de pelo morado es una representación en clave de los planes de los aliados en la segunda guerra mundial, utilizados para despistar al enemigo, que al despreciar a los cíclopes no prestaba atención al personaje.
- Eso no lo tengo demasiado claro, a mí me suena que futurama es algo posterior a la segunda guerra mundial, pero claro, es lo típico, según la base de datos que mires te dice una cosa u otra.
- Y como que no dan muchas ganas de indagar, después de la última ofensiva militar durante la discusión de un artículo de polémica nivel medio en la wikipedia 3.0, como para ponerse a discutir.
- Perdona, viene el jefe, ahora seguimos.
- Srta Europa, ¿se puede saber qué está haciendo? Ha habido cinco segundos sin comunicación alguna con la Hermelios VI
- Disculpe señor, enseguida se ha recuperado el contacto
- No estaría utilizando el sistema operativo de navegación para fines lúdicos, ¿no?
- N-no, claro que no, estaba consultando una duda a un cartografista especialista en sombras estelares, de verdad, puede preguntarle al profesor Inclitum, tenemos dudas con la superficie atmosférica de Estigia, no parece esférica.
- No quiero ni una sola estupidez más, o pasará sus próximos seis meses de servicio en la estación de la Antártida. Sin tonterías.
- Sí, señor.
Vaya pillada, suspira Europa. Una no se ha hecho experta en historia audiovisual antigua en sus ratos libres para nada. Con lo que cuesta follar en estos tiempos.
- La tierra llamando a Hermelios, ¿algún problema?
(pausa)
- No, perdona Europa, una cucaracha se escapó del vivero y hemos ido a ver si la cazábamos. Por lo demás sin incidencias.
Una cucaracha, tu puta madre, gruñe a transmisor cerrado.
- ¿Sigues ahí? (no jodas, piensa, hablar de los ubuntuitas nunca falla)
- Hola, perdona, estaba en el baño.
Gracias por los detalles, piensa.
- Tienes el escaneo apagado, sólo me llega texto, es raro.
- Estoy en el trabajo, puedo puentear el sistema de seguridad con texto utilizando un programa antiguo, pero la imagen no.
- No jodas tía, no será un programa ubuntuita, ¿¿no??
- Creo que es incluso anterior a los ubuntuitas. Durante un par de siglos hizo furor en los adolescentes. Ahora sirve para escaquearse del trabajo.
- Jajaja. ¿qué llevas puesto?
- ¿cómo?
- Sí, bueno, no te molesta que te lo pregunte, no? ¡es que no estoy acostumbrado a “leer” a la gente!
- Pues, el uniforme de la compañía, una especie de blusón verde con pantalón líquido.
- Odio los pantalones líquidos. Prefiero ir al baño como toda la vida.
Más detalles innecesarios.
- Hermelios llamando a tierra, ¿pasa algo si echamos insecticida debajo del cuadro de mandos?
- Oye, tengo que dejarte. ¿hablamos luego?
- Claro
para BossHog
- ¿Y los hicieron los ubuntuitas?
- Esa es la cuestión. Se cree que sí, ya que en su momento eran la civilización más avanzada, además la primera civilización deslocalizada y asociada a un lenguaje de programación.
- Pero yo he oído que los ubuntuitas eran africanos.
- No, es que había unos africanos que hacían algo llamado ubuntu, pero no tiene nada que ver, simplemente los ubuntuitas cogieron el nombre.
-¿Y en esos capítulos apócrifos se desvelan las intrigas geopolíticas de la época? Tengo entendido que la cíclope de pelo morado es una representación en clave de los planes de los aliados en la segunda guerra mundial, utilizados para despistar al enemigo, que al despreciar a los cíclopes no prestaba atención al personaje.
- Eso no lo tengo demasiado claro, a mí me suena que futurama es algo posterior a la segunda guerra mundial, pero claro, es lo típico, según la base de datos que mires te dice una cosa u otra.
- Y como que no dan muchas ganas de indagar, después de la última ofensiva militar durante la discusión de un artículo de polémica nivel medio en la wikipedia 3.0, como para ponerse a discutir.
- Perdona, viene el jefe, ahora seguimos.
- Srta Europa, ¿se puede saber qué está haciendo? Ha habido cinco segundos sin comunicación alguna con la Hermelios VI
- Disculpe señor, enseguida se ha recuperado el contacto
- No estaría utilizando el sistema operativo de navegación para fines lúdicos, ¿no?
- N-no, claro que no, estaba consultando una duda a un cartografista especialista en sombras estelares, de verdad, puede preguntarle al profesor Inclitum, tenemos dudas con la superficie atmosférica de Estigia, no parece esférica.
- No quiero ni una sola estupidez más, o pasará sus próximos seis meses de servicio en la estación de la Antártida. Sin tonterías.
- Sí, señor.
Vaya pillada, suspira Europa. Una no se ha hecho experta en historia audiovisual antigua en sus ratos libres para nada. Con lo que cuesta follar en estos tiempos.
- La tierra llamando a Hermelios, ¿algún problema?
(pausa)
- No, perdona Europa, una cucaracha se escapó del vivero y hemos ido a ver si la cazábamos. Por lo demás sin incidencias.
Una cucaracha, tu puta madre, gruñe a transmisor cerrado.
- ¿Sigues ahí? (no jodas, piensa, hablar de los ubuntuitas nunca falla)
- Hola, perdona, estaba en el baño.
Gracias por los detalles, piensa.
- Tienes el escaneo apagado, sólo me llega texto, es raro.
- Estoy en el trabajo, puedo puentear el sistema de seguridad con texto utilizando un programa antiguo, pero la imagen no.
- No jodas tía, no será un programa ubuntuita, ¿¿no??
- Creo que es incluso anterior a los ubuntuitas. Durante un par de siglos hizo furor en los adolescentes. Ahora sirve para escaquearse del trabajo.
- Jajaja. ¿qué llevas puesto?
- ¿cómo?
- Sí, bueno, no te molesta que te lo pregunte, no? ¡es que no estoy acostumbrado a “leer” a la gente!
- Pues, el uniforme de la compañía, una especie de blusón verde con pantalón líquido.
- Odio los pantalones líquidos. Prefiero ir al baño como toda la vida.
Más detalles innecesarios.
- Hermelios llamando a tierra, ¿pasa algo si echamos insecticida debajo del cuadro de mandos?
- Oye, tengo que dejarte. ¿hablamos luego?
- Claro
para BossHog
1961, negro, vestido givenchy haute couture, nyc.
Sólo puedes aferrarte a un número, un orden, unas instrucciones exactas. Llegas a sentirte muy idiota, pero sólo tienes que esperar en bambalinas a tu turno, lanzarte a la pasarela, recuperar el control de las piernas que de pronto te han fallado, caminar como has automatizado porque ante los zarpazos de luz ya no recuerdas como se hace. Confías en que tu cuerpo haya retenido lo que has ensayado hasta sangrar.
Cada instante es terrorífico, temes que tu pelo se desmorone, que se evapore el aroma con que te han decorado, que surja tu propio olor, tus propios brillos, que tu piel se vuelva correosa donde sabes que es correosa, y deslustrada donde menos debe. Pavor a que surja la bestia que sólo tú sabes que eres.
El vestido Siempre es más estrecho que tú, no importa cuanto te reduzcas, no importa que en vez de carne seas filigrana, siempre es estrecho, los alfileres de última hora siempre te espolean, los sientes arañándote las vértebras, las caderas, eso sí, en vez de hacerte llorar te convierten en algo refulgente. Y el peor temor de todos, que las costuras salten, que la tela se nazca de un plumazo, que la cremallera se atasque en el segundo sin retorno. Sabes que puede suceder en cualquier momento.
Y cuando consigas lidiar con todo ello y el milagro brote ante todos nadie se acordará de ti, porque te queda mucho para ser una estrella.
Esther se mueve delicadamente ante el único espejo libre que ha encontrado. Hace un rato la redactora de Vogue ha venido a comentarle lo que opina de su artículo, “vamos a marcar un antes y un después, querida, “la moda vista desde dentro” por una modelo que además de belleza tiene una pluma tan ágil como las nuestras, es una bomba, querida, confía en mí”.
Las nanas son agradables, hasta cuando las canta una hiena que recuerda tu nombre sólo porque lo lleva apuntado, y es capaz de venderte en cualquier momento a cambio de un artículo a página completa.
El desfile anterior está mediado, y las primeras del suyo se agolpan tras la entrada a escena. “La moda vista desde dentro”, un artículo revolucionario, sí, pero del todo incomprensible para cualquiera que no esté dentro del vestido Perfecto que para convertirla en una diosa tiene que recordarle a cada instante lo humana e imperfecta que es.
Nadie entiende hasta qué punto se ve la guadaña del tiempo amenazando detrás de cada modelo, augurando que en no tantos años dejarán de ser las deidades que son para pasar a engrosar las filas de las asistentes a los desfiles, toscas mujeronas embutidas en pieles, ensartadas en joyas y desbordantes de ganas de despilfarrar más dinero del que Esther puede imaginar en una ropa etérea que se volverá trapos a su solo contacto.
Las modelos son gusanitos de colores, tras envolverse en seda por un tiempo se acabarán convirtiendo en frívolos cocodrilos emperifollados o en las hienas que amamantan de carnaza a los cocodrilos.
Sumida en su másquemanida tormenta interior, Esther se da cuenta de que hay alguien detrás de ella desde hace un rato, contemplándola semiausente. Esther enmudece, por dentro y por fuera. Y es que Iliana Tzank suele provocar ese efecto. Capaz de cortar el aliento de cualquiera, al mismo tiempo pasa desapercibida entre la multitud. Desde su edad indefinida y estatura imponente, su rostro arroja una combinación genética imposible, que paraliza al observarla. Si alguien quisiera ser sincero la describiría como un chorro de metal candente, envuelto en un traje gris tallado sobre su piel, coronada por el pelo que siempre quiso fotografiar Man Ray. Su belleza ensordece, insultante y serena al mismo tiempo. Su rostro no es de este mundo, y su estilo debiera ser escandalosamente anacrónico, pero en lugar de ello resulta Perturbador. Esther trata de boquear un formalismo, pero Ileana aparta la mirada y se dispone a sacar algo de su bolso.
En ese instante suceden varias cosas. Comienza el desfile de Esther y el consiguiente bullicio, ésta advierte que sus guantes negros se han descosido a la altura del codo, probablemente al engancharse con el broche de Aurelie cuando se cruzaron rato ha; el hilo guía ha abierto la costura al menos un palmo y el camerino está cerrado, el regidor la llama susurrando a gritos, y Esther se hace cargo de qué le hará el diseñador si sale así, (un dos tres, zís-zás de vuelta al glorioso mundo de la mecanografía).
Ileana Tzank alarga las manos y de un tirón le arranca los guantes. De su bolso penden unos guantes gris-perlado, aún más largos, que le enfunda mientras Esther parpadea atónita. Cuando reacciona no le queda otra que correr al acceso a la pasarela y apenas puede mirar atrás.
Ambas parten, idéntica dirección, sentidos opuestos, mundos que apenas si llega(rá)n a tocarse. Esther camina erguida y armónica tratando (infructuosa) de mostrar a la fauna disfrazada qué es aquello que hace Hermosa a Ileana Tzank.
Algo escorados, hienas y búhos anotan aplicados que son tendencia los complementos de la gama gris-terciopelo.
para emma
Cada instante es terrorífico, temes que tu pelo se desmorone, que se evapore el aroma con que te han decorado, que surja tu propio olor, tus propios brillos, que tu piel se vuelva correosa donde sabes que es correosa, y deslustrada donde menos debe. Pavor a que surja la bestia que sólo tú sabes que eres.
El vestido Siempre es más estrecho que tú, no importa cuanto te reduzcas, no importa que en vez de carne seas filigrana, siempre es estrecho, los alfileres de última hora siempre te espolean, los sientes arañándote las vértebras, las caderas, eso sí, en vez de hacerte llorar te convierten en algo refulgente. Y el peor temor de todos, que las costuras salten, que la tela se nazca de un plumazo, que la cremallera se atasque en el segundo sin retorno. Sabes que puede suceder en cualquier momento.
Y cuando consigas lidiar con todo ello y el milagro brote ante todos nadie se acordará de ti, porque te queda mucho para ser una estrella.
Esther se mueve delicadamente ante el único espejo libre que ha encontrado. Hace un rato la redactora de Vogue ha venido a comentarle lo que opina de su artículo, “vamos a marcar un antes y un después, querida, “la moda vista desde dentro” por una modelo que además de belleza tiene una pluma tan ágil como las nuestras, es una bomba, querida, confía en mí”.
Las nanas son agradables, hasta cuando las canta una hiena que recuerda tu nombre sólo porque lo lleva apuntado, y es capaz de venderte en cualquier momento a cambio de un artículo a página completa.
El desfile anterior está mediado, y las primeras del suyo se agolpan tras la entrada a escena. “La moda vista desde dentro”, un artículo revolucionario, sí, pero del todo incomprensible para cualquiera que no esté dentro del vestido Perfecto que para convertirla en una diosa tiene que recordarle a cada instante lo humana e imperfecta que es.
Nadie entiende hasta qué punto se ve la guadaña del tiempo amenazando detrás de cada modelo, augurando que en no tantos años dejarán de ser las deidades que son para pasar a engrosar las filas de las asistentes a los desfiles, toscas mujeronas embutidas en pieles, ensartadas en joyas y desbordantes de ganas de despilfarrar más dinero del que Esther puede imaginar en una ropa etérea que se volverá trapos a su solo contacto.
Las modelos son gusanitos de colores, tras envolverse en seda por un tiempo se acabarán convirtiendo en frívolos cocodrilos emperifollados o en las hienas que amamantan de carnaza a los cocodrilos.
Sumida en su másquemanida tormenta interior, Esther se da cuenta de que hay alguien detrás de ella desde hace un rato, contemplándola semiausente. Esther enmudece, por dentro y por fuera. Y es que Iliana Tzank suele provocar ese efecto. Capaz de cortar el aliento de cualquiera, al mismo tiempo pasa desapercibida entre la multitud. Desde su edad indefinida y estatura imponente, su rostro arroja una combinación genética imposible, que paraliza al observarla. Si alguien quisiera ser sincero la describiría como un chorro de metal candente, envuelto en un traje gris tallado sobre su piel, coronada por el pelo que siempre quiso fotografiar Man Ray. Su belleza ensordece, insultante y serena al mismo tiempo. Su rostro no es de este mundo, y su estilo debiera ser escandalosamente anacrónico, pero en lugar de ello resulta Perturbador. Esther trata de boquear un formalismo, pero Ileana aparta la mirada y se dispone a sacar algo de su bolso.
En ese instante suceden varias cosas. Comienza el desfile de Esther y el consiguiente bullicio, ésta advierte que sus guantes negros se han descosido a la altura del codo, probablemente al engancharse con el broche de Aurelie cuando se cruzaron rato ha; el hilo guía ha abierto la costura al menos un palmo y el camerino está cerrado, el regidor la llama susurrando a gritos, y Esther se hace cargo de qué le hará el diseñador si sale así, (un dos tres, zís-zás de vuelta al glorioso mundo de la mecanografía).
Ileana Tzank alarga las manos y de un tirón le arranca los guantes. De su bolso penden unos guantes gris-perlado, aún más largos, que le enfunda mientras Esther parpadea atónita. Cuando reacciona no le queda otra que correr al acceso a la pasarela y apenas puede mirar atrás.
Ambas parten, idéntica dirección, sentidos opuestos, mundos que apenas si llega(rá)n a tocarse. Esther camina erguida y armónica tratando (infructuosa) de mostrar a la fauna disfrazada qué es aquello que hace Hermosa a Ileana Tzank.
Algo escorados, hienas y búhos anotan aplicados que son tendencia los complementos de la gama gris-terciopelo.
para emma
Al-Andalus, Al-Yazirat Al-Hadra (Algeciras), blanco, Bote de Zamora
No debería tenerle miedo a Aziz, pero se lo tengo. Si nos casamos mañana estaré encarcelada por siempre, soñando con huir. Si nos casamos cada día será igual, cada noche vendrá a gruñir sobre mi cuerpo hasta preñarme una y otra vez, mientras yo sonrío y doy gracias por mi fortuna.
Rezar, bordar mientras las criadas pululan, sofocar sus gruñidos, parir. Esa será mi vida hasta el día que me muera, tan vieja como él. Aunque muera, detrás de Aziz Ibn Zalá vendrá Ahmed Ibn Zalá, y después Mohammed Ibn Zalá y detrás Khamal Ibn Zalá, a gobernar esta casa, gruñir sobre mí, preñarme y rezar.
No podré ir con Bacha a sentarme en su mirador al puerto, a escuchar a los poetas que la siguen por doquier, no habrá más bailarinas en sus veladas, seremos señoras respetables, casadas, adiós al mecenazgo aquí tan al sur.
Siempre nos quedará Córdoba, dice Bacha, pero ella es diferente, sus padres son diferentes, saben que su hija vale más que rezos, bordados y partos. Por eso miran así a mis padres y por eso mis padres les miran así.
Kauzar me regaló su libertad encerrada en un bote la víspera de su boda, porque sabía que no volvería a verme, que en adelante sólo vería las paredes de su prisión. Dentro dejó su perfume, lo único que me queda de ella. Hoy le he dado el bote a Bacha para que me recuerde ella, aunque no seamos hermanas. Le ha gustado, es hermoso. No entiendo por qué unos padres le regalan a su hija la mayor un bote como el de la reina Radhia según dicen los mercaderes, y después la condenan a una vida tan distinta a la de una reina. Pero he de estar feliz, dicen. No he vuelto a ver a mi hermana pero debo ser feliz porque ha tenido muchos partos y muy buenos (¿qué es un parto bueno? ¿lo sentirá Kauzar así?).
Ojalá mis criadas pudieran volverme espuma blanca y guardarme en un bote para presidir siempre el dormitorio de Bacha y empaparme nada más que de arte y libertad por siempre…
Pero el amanecer está cerca y no me vuelvo espuma…
para Benavente
Rezar, bordar mientras las criadas pululan, sofocar sus gruñidos, parir. Esa será mi vida hasta el día que me muera, tan vieja como él. Aunque muera, detrás de Aziz Ibn Zalá vendrá Ahmed Ibn Zalá, y después Mohammed Ibn Zalá y detrás Khamal Ibn Zalá, a gobernar esta casa, gruñir sobre mí, preñarme y rezar.
No podré ir con Bacha a sentarme en su mirador al puerto, a escuchar a los poetas que la siguen por doquier, no habrá más bailarinas en sus veladas, seremos señoras respetables, casadas, adiós al mecenazgo aquí tan al sur.
Siempre nos quedará Córdoba, dice Bacha, pero ella es diferente, sus padres son diferentes, saben que su hija vale más que rezos, bordados y partos. Por eso miran así a mis padres y por eso mis padres les miran así.
Kauzar me regaló su libertad encerrada en un bote la víspera de su boda, porque sabía que no volvería a verme, que en adelante sólo vería las paredes de su prisión. Dentro dejó su perfume, lo único que me queda de ella. Hoy le he dado el bote a Bacha para que me recuerde ella, aunque no seamos hermanas. Le ha gustado, es hermoso. No entiendo por qué unos padres le regalan a su hija la mayor un bote como el de la reina Radhia según dicen los mercaderes, y después la condenan a una vida tan distinta a la de una reina. Pero he de estar feliz, dicen. No he vuelto a ver a mi hermana pero debo ser feliz porque ha tenido muchos partos y muy buenos (¿qué es un parto bueno? ¿lo sentirá Kauzar así?).
Ojalá mis criadas pudieran volverme espuma blanca y guardarme en un bote para presidir siempre el dormitorio de Bacha y empaparme nada más que de arte y libertad por siempre…
Pero el amanecer está cerca y no me vuelvo espuma…
para Benavente
Londres, swinging 60's, blanco, una fotografía
- Van como locos, si es que van como locos, masculla la vieja subiendo los escalones del portal.
- No sé para qué quieren esas motos tan pintonas si luego van dándoles sustos a pobres viejas. A ver con el pulso que me ha dejado ese loco como termino de coserle yo el vestido a Jane Marie.
La vieja Elvira renquea hasta la cocina dejando las bolsas de la compra, coloca todo en las alacenas mientras musita incongruencias sobre los jóvenes, y arrastra los ajadísimos pies hasta el sillón donde tiene el vestido de Jane Marie pespunteado.
Las gafas de leer le resbalan por la nariz, y sobre la tela tan clara le es difícil distinguir el hilo blanco.
- Debí pespuntear en negro, gruñe.
Jane Marie entra en la casa pegando un portazo, que hace vibrar los cristales del salón. Elvira mira su foto sobre el aparador. Eso sí eran fiestas, piensa. Pero cuéntale eso a una adolescente rendida a la modernidad.
- ¡abuela Elvira, abuela Elvira, mira qué pelo tan maravilloso me han dejado en el salón de belleza!
Qué manía con el rubio pollo, piensa.
- Muy guapa hija, muy guapa, pero ¿vas a llevar a la fiesta un vestido del mismo color que el pelo?
- Claro que sí, abuela, ¡la moda es nueva!, tú no lo entiendes.
Jane Marie corre escaleras arriba para darse un baño mientras Elvira sigue cosiendo. De tanto en tanto mira de soslayo su foto. Apenas amarillea, no como Jane Marie, piensa, el fondo está difuminado, se ve gente bailando alrededor. El pelo a lo garçon cae sobre su frente, y las piernas salen movidas, gajes de aquellos años. Recuerda Tan bien el momento en que Roger disparó esa fotografía, a la antigua, prendiendo magnesio. Eran el culmen de la noche, los fogonazos de Roger mientras ellos bailaban charlestón. ¿la moda es nueva? No niña, cuando la moda nos trae algo hermoso viene una guerra y se lo lleva.
El vestido está casi acabado, una de esas motos, van como locos, llegará a la puerta en cualquier momento. Jane Marie lleva su media melena rubia clarísima perfectamente peinada, tan recta y tan suelta que parece un casco, y su vestido amarillo claro. Parece un bizcocho de limón, pero a estas alturas no se le puede a decir.
- Qué faldas lleváis hoy en día, hija mía.
- ¡No seas antigua, abuela! ¡la moda es nueva!
Si supieras las faldas que llevaba yo hace cuarenta años, hija mía, te caerías de culo. Pero no te lo voy a decir que esta es tu noche. Espero que haya algún Roger capturando la juventud por ahí.
- Pásalo bien, niña, y ten cuidado, que vais como locos.
para GloryBe
- No sé para qué quieren esas motos tan pintonas si luego van dándoles sustos a pobres viejas. A ver con el pulso que me ha dejado ese loco como termino de coserle yo el vestido a Jane Marie.
La vieja Elvira renquea hasta la cocina dejando las bolsas de la compra, coloca todo en las alacenas mientras musita incongruencias sobre los jóvenes, y arrastra los ajadísimos pies hasta el sillón donde tiene el vestido de Jane Marie pespunteado.
Las gafas de leer le resbalan por la nariz, y sobre la tela tan clara le es difícil distinguir el hilo blanco.
- Debí pespuntear en negro, gruñe.
Jane Marie entra en la casa pegando un portazo, que hace vibrar los cristales del salón. Elvira mira su foto sobre el aparador. Eso sí eran fiestas, piensa. Pero cuéntale eso a una adolescente rendida a la modernidad.
- ¡abuela Elvira, abuela Elvira, mira qué pelo tan maravilloso me han dejado en el salón de belleza!
Qué manía con el rubio pollo, piensa.
- Muy guapa hija, muy guapa, pero ¿vas a llevar a la fiesta un vestido del mismo color que el pelo?
- Claro que sí, abuela, ¡la moda es nueva!, tú no lo entiendes.
Jane Marie corre escaleras arriba para darse un baño mientras Elvira sigue cosiendo. De tanto en tanto mira de soslayo su foto. Apenas amarillea, no como Jane Marie, piensa, el fondo está difuminado, se ve gente bailando alrededor. El pelo a lo garçon cae sobre su frente, y las piernas salen movidas, gajes de aquellos años. Recuerda Tan bien el momento en que Roger disparó esa fotografía, a la antigua, prendiendo magnesio. Eran el culmen de la noche, los fogonazos de Roger mientras ellos bailaban charlestón. ¿la moda es nueva? No niña, cuando la moda nos trae algo hermoso viene una guerra y se lo lleva.
El vestido está casi acabado, una de esas motos, van como locos, llegará a la puerta en cualquier momento. Jane Marie lleva su media melena rubia clarísima perfectamente peinada, tan recta y tan suelta que parece un casco, y su vestido amarillo claro. Parece un bizcocho de limón, pero a estas alturas no se le puede a decir.
- Qué faldas lleváis hoy en día, hija mía.
- ¡No seas antigua, abuela! ¡la moda es nueva!
Si supieras las faldas que llevaba yo hace cuarenta años, hija mía, te caerías de culo. Pero no te lo voy a decir que esta es tu noche. Espero que haya algún Roger capturando la juventud por ahí.
- Pásalo bien, niña, y ten cuidado, que vais como locos.
para GloryBe
7587 D.C.
Una estrella oculta de la Constelación de Ptolomeo
7587 D.C.
Una especie de cobalto oscuro con una longitud de onda no perceptible por la visión humana
Moldeador-Anulador de voluntad
- claaro, nada, ningún problema, yo me pongo a triangular a mano, si te parece bien, o mejor aún, saco la cabeza fuera y calculo a ojo por dónde hay que tirar. Muy lógico todo. Bienvenidos a la era neardenthal.
- Se dice neanderthal, gilipollas.
- Sí, porque tú lo digas, payasa.
El fisiobarniz de Tor está empezando a desconcharse, en el momento perfecto. Cortos de gluones y en hora punta, o pasa rozándoles otro transportador o van a quedarse con el navegador jodido varias horas. Y contactar con tierra ahora mismo debe ser materialmente imposible, las rebajas son las rebajas; no todos los días se accede a la universidad aristotélicohawkingiana aprobando sólo dos exámenes, y la mitad de los ptolomeicos se dirigen a probar suerte. Ptolometontos, piensa Tor.
- me cago en los nuevos planes de estudio, Sila, me cago en ellos. Yo tuve que hacer cosas bastante más complicadas para graduarme, y tú también.
- y ninguna comparada con aguantarte, deshecho lipídico.
- ¿qué coño te pasa, tienes la regla?
- La regla de higgins que te voy a meter por el culo, imbécil. Tengo el fisiobarniz hecho grumos, y me da que más allá no debe hacer precisamente calor. A ver qué coño hacemos si nos quedamos aquí atascados, y tú dispuesto a contarme por n^gúgol como brillantemente pasaste el test del espectrofotómetro analógico casero, que sí, que eres el más listo.
- También te dije que ese era el azul que deben tener tus ojos aunque no sea visible, ¿sabes? Podías acordarte de eso en vez de venirme con basura.
- Mira Tor, no me jodas, si tienes razón, pero igual podemos hablar de esto cuando lleguemos a la estación y buscar una solución ahora, ¿vale?
- No, si te pensarás que voy a sacar la cabeza de verdad a ver si pasa alguien cerca. Esta tía es gilipollas. Seguro que el color no visible de tus ojos es el que tiene la mierda de los gatos, no me digas más.
Sila salta al piso de abajo del transportador, y echa un ojo al indicador de energía. La manía de Tor de atajar por espacio no señalizado y apurar el consumo de gluones al máximo no son buena combinación. A veces se pregunta por qué no utiliza el anulador de voluntad que le regaló su padre. Oculto en el anillo subcutáneo sólo le da problemas al dar puñetazos en el gimnasio y al conducir. Pero no deja de saberle mal. El anulador de voluntad te da la felicidad instantánea, pero a la larga no trae nada bueno. En el fondo le hace ilusión dárselo a alguien sin usar. Alguna solución encontrarán, total, hay mucho listillo como Tor al que le da por atajar camino de la base, y podrán ir a rémora.
Sólo tiene que aguantar a Tor un rato más, y al volver a casa le querrá como siempre.
Ciertamente le da tiempo a girarse y ver a Tor detrás suyo, accionando algo oculto bajo uno de sus anillos subcutáneos.
para Shockabilly
7587 D.C.
Una especie de cobalto oscuro con una longitud de onda no perceptible por la visión humana
Moldeador-Anulador de voluntad
- claaro, nada, ningún problema, yo me pongo a triangular a mano, si te parece bien, o mejor aún, saco la cabeza fuera y calculo a ojo por dónde hay que tirar. Muy lógico todo. Bienvenidos a la era neardenthal.
- Se dice neanderthal, gilipollas.
- Sí, porque tú lo digas, payasa.
El fisiobarniz de Tor está empezando a desconcharse, en el momento perfecto. Cortos de gluones y en hora punta, o pasa rozándoles otro transportador o van a quedarse con el navegador jodido varias horas. Y contactar con tierra ahora mismo debe ser materialmente imposible, las rebajas son las rebajas; no todos los días se accede a la universidad aristotélicohawkingiana aprobando sólo dos exámenes, y la mitad de los ptolomeicos se dirigen a probar suerte. Ptolometontos, piensa Tor.
- me cago en los nuevos planes de estudio, Sila, me cago en ellos. Yo tuve que hacer cosas bastante más complicadas para graduarme, y tú también.
- y ninguna comparada con aguantarte, deshecho lipídico.
- ¿qué coño te pasa, tienes la regla?
- La regla de higgins que te voy a meter por el culo, imbécil. Tengo el fisiobarniz hecho grumos, y me da que más allá no debe hacer precisamente calor. A ver qué coño hacemos si nos quedamos aquí atascados, y tú dispuesto a contarme por n^gúgol como brillantemente pasaste el test del espectrofotómetro analógico casero, que sí, que eres el más listo.
- También te dije que ese era el azul que deben tener tus ojos aunque no sea visible, ¿sabes? Podías acordarte de eso en vez de venirme con basura.
- Mira Tor, no me jodas, si tienes razón, pero igual podemos hablar de esto cuando lleguemos a la estación y buscar una solución ahora, ¿vale?
- No, si te pensarás que voy a sacar la cabeza de verdad a ver si pasa alguien cerca. Esta tía es gilipollas. Seguro que el color no visible de tus ojos es el que tiene la mierda de los gatos, no me digas más.
Sila salta al piso de abajo del transportador, y echa un ojo al indicador de energía. La manía de Tor de atajar por espacio no señalizado y apurar el consumo de gluones al máximo no son buena combinación. A veces se pregunta por qué no utiliza el anulador de voluntad que le regaló su padre. Oculto en el anillo subcutáneo sólo le da problemas al dar puñetazos en el gimnasio y al conducir. Pero no deja de saberle mal. El anulador de voluntad te da la felicidad instantánea, pero a la larga no trae nada bueno. En el fondo le hace ilusión dárselo a alguien sin usar. Alguna solución encontrarán, total, hay mucho listillo como Tor al que le da por atajar camino de la base, y podrán ir a rémora.
Sólo tiene que aguantar a Tor un rato más, y al volver a casa le querrá como siempre.
Ciertamente le da tiempo a girarse y ver a Tor detrás suyo, accionando algo oculto bajo uno de sus anillos subcutáneos.
para Shockabilly
Reus, época actual, negro y un molde de mi falo.
Dicen las viejas que no es bueno andarse entre peleas de mujeres, y es verdad.
Pero esta chica es diferente. Hace esculturas, con las manos y con el cuerpo, pretende abrir los ojos, encharcar los coños, izar los miembros y estremecer de placer alma y piel de quienes contemplan sus obras.
Se llama Altea y es casi albina, aunque todos la recuerdan morena.
Sobre la mesa del salón se despliega el maletín; adviertan que si irrumpiera un puritano en la casa no acertaría a ver nada de sexual en la arcilla, la cera y la escayola que convierten la casa en un taller. Pero todo lo que toca Altea es sexual, no debéis llevaros a engaño.
“el davi” está sentado en el sofá, los vaqueros enrollados en los tobillos, se acaricia mientras mira al ventilador del techo, con sopor.
Altea no ve muy factible que quede bien un molde desdeñoso, así que invoca la dureza de una fragua con la boca, el resultado es rápido, Altea nunca falla.
“el davi” mira embotado la rubia cabeza que repasa su miembro.
- voy a contarte una historia, dice con voz ronca
Altea se pregunta si habrá algún estudio que relacione inequívocamente erección, borrachera y charla infame.
- hace muchos años mi madre estaba embarazada de mí, y se tropezó con una negra
- ¿se tropezó?
- Sí, al bajar del autobús mi madre la empujó sin querer
- Ahá, masculla Altea
- Y la negra le dijo que le iba a hacer vudú
Altea levanta la ceja, y duda si seguir endureciendo la carne o empezar a ablandar la arcilla. Qué dialéctica es la vida de la escultora pornógrafa.
- le dijo que le iba a hacer vudú para que yo saliera negro y mi padre la abandonara
Oh, una lisérgica explicación a un cisma familiar. Las cenas en esta familia deben ser curiosas.
- pero la negra debía ser nueva, porque no le salió bien el vudú, ¿sabes?
- Ya, muy negro no pareces.
Decide volver a chupar. Esta arcilla es muy blanda y tiene un contacto grimoso. Hay que armarse de valor.
- ella quería que yo fuera entero negro, pero sólo se me hizo de negro la polla, ¿la ves?
La blande dentro de la boca de Altea, sujetándole la cabeza. Ella va a contestar mascullando, pero él la suelta, está borracho pero con Altea quiere ser cortés.
- no tienes la polla muy oscura
- pero es grande como la de un negro, verdad?
- Sí, claro que sí, es la más grande que he visto. Anda, relájate.
Altea sonríe de medio lado mientras empieza a hacer el molde. Hace calor y el ventilador no es suficiente.
- ¿sabes qué es lo peor? Que desde que conozco esa historia pienso en esa negra. A mí no me gustan las negras, no te vayas a creer, ni colocado, pero esa negra, esa negra me ha dado mi polla y yo querría enseñársela, y pienso en si me la cruzaré por la calle y la veré, seguro que tiene un culo grande y negro, y seguro que está contenta de haberme hecho vudú, ¿verdad Ana?
- Altea.
Altea termina el molde y le mira de soslayo, dudando si darle el teléfono de su amiga negra transformista, ahora que ya no va poniendo corsés a todo el mundo. Dubitativa decide grabarlo con un alfiler en el molde de escayola, bajo el pliegue del glande. Será la naturaleza quien les ponga en contacto, no ella.
Qué kitsch es la vida de la escultora pornógrafa.
para D.D. cura
Pero esta chica es diferente. Hace esculturas, con las manos y con el cuerpo, pretende abrir los ojos, encharcar los coños, izar los miembros y estremecer de placer alma y piel de quienes contemplan sus obras.
Se llama Altea y es casi albina, aunque todos la recuerdan morena.
Sobre la mesa del salón se despliega el maletín; adviertan que si irrumpiera un puritano en la casa no acertaría a ver nada de sexual en la arcilla, la cera y la escayola que convierten la casa en un taller. Pero todo lo que toca Altea es sexual, no debéis llevaros a engaño.
“el davi” está sentado en el sofá, los vaqueros enrollados en los tobillos, se acaricia mientras mira al ventilador del techo, con sopor.
Altea no ve muy factible que quede bien un molde desdeñoso, así que invoca la dureza de una fragua con la boca, el resultado es rápido, Altea nunca falla.
“el davi” mira embotado la rubia cabeza que repasa su miembro.
- voy a contarte una historia, dice con voz ronca
Altea se pregunta si habrá algún estudio que relacione inequívocamente erección, borrachera y charla infame.
- hace muchos años mi madre estaba embarazada de mí, y se tropezó con una negra
- ¿se tropezó?
- Sí, al bajar del autobús mi madre la empujó sin querer
- Ahá, masculla Altea
- Y la negra le dijo que le iba a hacer vudú
Altea levanta la ceja, y duda si seguir endureciendo la carne o empezar a ablandar la arcilla. Qué dialéctica es la vida de la escultora pornógrafa.
- le dijo que le iba a hacer vudú para que yo saliera negro y mi padre la abandonara
Oh, una lisérgica explicación a un cisma familiar. Las cenas en esta familia deben ser curiosas.
- pero la negra debía ser nueva, porque no le salió bien el vudú, ¿sabes?
- Ya, muy negro no pareces.
Decide volver a chupar. Esta arcilla es muy blanda y tiene un contacto grimoso. Hay que armarse de valor.
- ella quería que yo fuera entero negro, pero sólo se me hizo de negro la polla, ¿la ves?
La blande dentro de la boca de Altea, sujetándole la cabeza. Ella va a contestar mascullando, pero él la suelta, está borracho pero con Altea quiere ser cortés.
- no tienes la polla muy oscura
- pero es grande como la de un negro, verdad?
- Sí, claro que sí, es la más grande que he visto. Anda, relájate.
Altea sonríe de medio lado mientras empieza a hacer el molde. Hace calor y el ventilador no es suficiente.
- ¿sabes qué es lo peor? Que desde que conozco esa historia pienso en esa negra. A mí no me gustan las negras, no te vayas a creer, ni colocado, pero esa negra, esa negra me ha dado mi polla y yo querría enseñársela, y pienso en si me la cruzaré por la calle y la veré, seguro que tiene un culo grande y negro, y seguro que está contenta de haberme hecho vudú, ¿verdad Ana?
- Altea.
Altea termina el molde y le mira de soslayo, dudando si darle el teléfono de su amiga negra transformista, ahora que ya no va poniendo corsés a todo el mundo. Dubitativa decide grabarlo con un alfiler en el molde de escayola, bajo el pliegue del glande. Será la naturaleza quien les ponga en contacto, no ella.
Qué kitsch es la vida de la escultora pornógrafa.
para D.D. cura
Bilbao, 6/8/2008, Coche gris, Llave de contacto que no gira
Ipod tu puta madre, me cago en dios, con el puto bicho de los cojones. Podría haberme comprado 14 emepetreses y habérmelos metido por el culo y funcionarían mejor que esta chusta, quién coño le manda a mi pobre madre ir a comprarme un regalo en vez de encargárselo a mi hermano como todos los putos años, joder. Podría ir a metérselo al dependiente por el culo, A VER SI DEJAIS DE VENDER MIERDA A POBRES VIEJAS INCAUTAS, CABRÓN.
Arranca, coño.
sing a song of sixpence, pocket full of rye, hush-a bye my baby, no need to be crying.
dónde coño está el coche, donde la heladería, sí, donde la heladería
you can burn the midnight oil with me as long as you Hill
mírala que mona, cuca, qué miras, guapa. Dignísima de la FHM o como cojones se llame.
stare out at the moon upon the windowsill, and dream…
criaturita, no corras que con esos tacones te vas a matar y total en la calle no hay nadie. La verdad es que el que inventó los tacones tenía un cuajo. Siempre he pensado que mi incauta madre (puto cabrón, te voy a meter el ipod por el culo como se vuelva a atascar, que forma de timar a una pobre señora) era más lista que la media por pasar de esas cosas. Zapatos planos y a tomar por culo, sí, son feos, peroTOMA HOSTIA, ah no, no se ha caído. ¿qué está mirando? Verás que bien, igual vienen doscientos nazis detrás de mí y no les he visto, coño, no, no hay nadie. Pasa la heladería, pasa al lado de mi coche, me cago en dios, ¿eso es un arañazo? No, coño, este curro me está convirtiendo en un neuras. Por qué coño correrá esa chica. Está sacando algo del bolso, se pelea con la puerta de un Clío de un gris espantoso, qué entretenida está esta calle, pero si no hay nadie, chica, ¿de qué corres? ¿me mira a mí? Si me mira y no hay nadie cerca de mí, joder, joder, ¿¿la estoy asustando yo?? Pero, pero si yo iba tranquilo, sin más, se, se le ha atascado la llave, no me mires con esa cara criatura, que yo me estoy yendo a mi casa y mi coche cae cerca del tuyo, nada más. Joder, está asustada de verdad, y no puede abrir la puerta, si, si voy a ayudarla se va a asustar más, de-debería meterme en mi coche y que me vea irme, aunque pobre chica, igual se queda sola y viene alguien de quien sí se tenga que asustBIEN, por fin entras hija, joder, que he acabado asustado yo, asustado de asustar, hay que joderse. Mira, yo abro a la primera. Ya casi estoy en casa.
sing a song of sixpence, pocket full of rye, hush-a bye my baby, no need to be crying.
para Kwjibo
Arranca, coño.
sing a song of sixpence, pocket full of rye, hush-a bye my baby, no need to be crying.
dónde coño está el coche, donde la heladería, sí, donde la heladería
you can burn the midnight oil with me as long as you Hill
mírala que mona, cuca, qué miras, guapa. Dignísima de la FHM o como cojones se llame.
stare out at the moon upon the windowsill, and dream…
criaturita, no corras que con esos tacones te vas a matar y total en la calle no hay nadie. La verdad es que el que inventó los tacones tenía un cuajo. Siempre he pensado que mi incauta madre (puto cabrón, te voy a meter el ipod por el culo como se vuelva a atascar, que forma de timar a una pobre señora) era más lista que la media por pasar de esas cosas. Zapatos planos y a tomar por culo, sí, son feos, peroTOMA HOSTIA, ah no, no se ha caído. ¿qué está mirando? Verás que bien, igual vienen doscientos nazis detrás de mí y no les he visto, coño, no, no hay nadie. Pasa la heladería, pasa al lado de mi coche, me cago en dios, ¿eso es un arañazo? No, coño, este curro me está convirtiendo en un neuras. Por qué coño correrá esa chica. Está sacando algo del bolso, se pelea con la puerta de un Clío de un gris espantoso, qué entretenida está esta calle, pero si no hay nadie, chica, ¿de qué corres? ¿me mira a mí? Si me mira y no hay nadie cerca de mí, joder, joder, ¿¿la estoy asustando yo?? Pero, pero si yo iba tranquilo, sin más, se, se le ha atascado la llave, no me mires con esa cara criatura, que yo me estoy yendo a mi casa y mi coche cae cerca del tuyo, nada más. Joder, está asustada de verdad, y no puede abrir la puerta, si, si voy a ayudarla se va a asustar más, de-debería meterme en mi coche y que me vea irme, aunque pobre chica, igual se queda sola y viene alguien de quien sí se tenga que asustBIEN, por fin entras hija, joder, que he acabado asustado yo, asustado de asustar, hay que joderse. Mira, yo abro a la primera. Ya casi estoy en casa.
sing a song of sixpence, pocket full of rye, hush-a bye my baby, no need to be crying.
para Kwjibo
Białystok, 1961, Azul Klein, Femur
http://eo.wikipedia.org/wiki/L._L._Zamenhof
Los polacos somos buenos resolviendo Enigmas, habría dicho Adam. Pero Adam estaba muerto, y Sofía, y Lidia. Qué sentido tienen los juegos de palabras cuando no puedes sacarlos a escena, y se pudren en un baúl. Un juego de palabras convertido en ceniza molesta en los ojos, no en donde se caza con retraso.
Sofía y Lidia querían hablar todos los idiomas del mundo, y Adam quería todos los juegos de palabras que hubieran existido y fueran a existir. Klara les contaba todas las leyendas que conocía para que las reconocieran allá donde su mente fuera siendo capaz de pensar. Les enseñó los idiomas que conocía, pero qué eran, comparado con.
Cada noche Klara suplicaba a su marido. Era un hombre vertebrado en coraje, de médula científica y determinación de loco. Hubiera podido reducir su universo a la esfera a la que se asomaba para ver el interior de las cabezas. Habría podido vivir entonces preguntando por picores, lagrimeo, visión borrosa. Pero el cuerpo termina mucho más allá del párpado, la pierna no es un fémur de gala, la ciencia no son cráneos apilados, la vida sigue mucho más allá de la consulta; sólo los sueños de sus hijos llegan tan lejos que vuelven minúsculos los suyos.
Puedes negarle a tu hija la menor un vestido, sus muñecas, la cena. Pero no el saber pensar en otro idioma y construir su pensamiento en otro mundo.
Klara se retorcía, no es para esto para lo que yo engendré, mascullaba tras dormirse; algo haremos, murmuraba en la vigilia.
Y las tornas cambian cuando se deciden a cambiar las tornas. Giran el tablero, juego nuevo.
No hablaréis todos los idiomas. Pero hablaréis con el pensamiento de todos.
Adam se recluye en el desván invocando el espíritu de Carroll, hay líneas dibujadas en el aire que ningún ojo, humano o no, es capaz de vislumbrar. Los números las encuentran y a veces nuestras palabras se pliegan alrededor. Adam vive transfigurado, con un cazamariposas tras la frente, dispuesto a encontrar la Realidad en lo notancasualmente absurdo.
Klara, Sofía y Lidia se convierten en el halo de un quinqué, recogiendo toda historia que se haya vomitado en tinta. En sus tres cabezas, tres, logra acumularse todo lo que alguna vez haya sentido el hombre.
Él cifra, y cifra, convirtiendo tinteros en mapas de un mundo atemporal que se perpetúe en vez de ser conquistado.
En los albores del siglo eclosiona la amorfa criatura. El llanto universal que de tan absoluto resulta blasfemo.
Pero ha pasado mucho tiempo desde entonces.
Él está muerto, Adam está muerto, Sofía y Lidia están muertas, Klara les siguió hace tiempo.
Una vez cada trillones las moléculas aciertan a ordenarse en un organismo, y al borde de la redundancia cíclica, saltan una dimensión. La reina de las nieves se revuelve, se han vuelto a abrir las puertas de la eternidad.
Pero la muerte se llevó a todos y la llave se ha quedado muda, a la intemperie. Saben que está ahí, pero no entienden qué abre.
A un galope de toro de allí, de toro de los de antes, se ha entreabierto otra puerta a que en un cráneo se despliegue una cuerda más, retorciendo la realidad.
Quien se deje desvanecer en lo hondo del azul klein comenzará a deshacerse en dirección a algo nuevo.
Pero no vale cualquiera. Hace falta una celosía especial en la retina, que encaje con el azul refulgente.
Quizá él hubiera podido dar con el ojo adecuado. Pero tenía una sola vida para las dos puertas, y ni siquiera le llegó para una.
para Gama Cásh
Los polacos somos buenos resolviendo Enigmas, habría dicho Adam. Pero Adam estaba muerto, y Sofía, y Lidia. Qué sentido tienen los juegos de palabras cuando no puedes sacarlos a escena, y se pudren en un baúl. Un juego de palabras convertido en ceniza molesta en los ojos, no en donde se caza con retraso.
Sofía y Lidia querían hablar todos los idiomas del mundo, y Adam quería todos los juegos de palabras que hubieran existido y fueran a existir. Klara les contaba todas las leyendas que conocía para que las reconocieran allá donde su mente fuera siendo capaz de pensar. Les enseñó los idiomas que conocía, pero qué eran, comparado con.
Cada noche Klara suplicaba a su marido. Era un hombre vertebrado en coraje, de médula científica y determinación de loco. Hubiera podido reducir su universo a la esfera a la que se asomaba para ver el interior de las cabezas. Habría podido vivir entonces preguntando por picores, lagrimeo, visión borrosa. Pero el cuerpo termina mucho más allá del párpado, la pierna no es un fémur de gala, la ciencia no son cráneos apilados, la vida sigue mucho más allá de la consulta; sólo los sueños de sus hijos llegan tan lejos que vuelven minúsculos los suyos.
Puedes negarle a tu hija la menor un vestido, sus muñecas, la cena. Pero no el saber pensar en otro idioma y construir su pensamiento en otro mundo.
Klara se retorcía, no es para esto para lo que yo engendré, mascullaba tras dormirse; algo haremos, murmuraba en la vigilia.
Y las tornas cambian cuando se deciden a cambiar las tornas. Giran el tablero, juego nuevo.
No hablaréis todos los idiomas. Pero hablaréis con el pensamiento de todos.
Adam se recluye en el desván invocando el espíritu de Carroll, hay líneas dibujadas en el aire que ningún ojo, humano o no, es capaz de vislumbrar. Los números las encuentran y a veces nuestras palabras se pliegan alrededor. Adam vive transfigurado, con un cazamariposas tras la frente, dispuesto a encontrar la Realidad en lo notancasualmente absurdo.
Klara, Sofía y Lidia se convierten en el halo de un quinqué, recogiendo toda historia que se haya vomitado en tinta. En sus tres cabezas, tres, logra acumularse todo lo que alguna vez haya sentido el hombre.
Él cifra, y cifra, convirtiendo tinteros en mapas de un mundo atemporal que se perpetúe en vez de ser conquistado.
En los albores del siglo eclosiona la amorfa criatura. El llanto universal que de tan absoluto resulta blasfemo.
Pero ha pasado mucho tiempo desde entonces.
Él está muerto, Adam está muerto, Sofía y Lidia están muertas, Klara les siguió hace tiempo.
Una vez cada trillones las moléculas aciertan a ordenarse en un organismo, y al borde de la redundancia cíclica, saltan una dimensión. La reina de las nieves se revuelve, se han vuelto a abrir las puertas de la eternidad.
Pero la muerte se llevó a todos y la llave se ha quedado muda, a la intemperie. Saben que está ahí, pero no entienden qué abre.
A un galope de toro de allí, de toro de los de antes, se ha entreabierto otra puerta a que en un cráneo se despliegue una cuerda más, retorciendo la realidad.
Quien se deje desvanecer en lo hondo del azul klein comenzará a deshacerse en dirección a algo nuevo.
Pero no vale cualquiera. Hace falta una celosía especial en la retina, que encaje con el azul refulgente.
Quizá él hubiera podido dar con el ojo adecuado. Pero tenía una sola vida para las dos puertas, y ni siquiera le llegó para una.
para Gama Cásh
Charleston (Carolina del Sur), 1859, color caoba, el Great Eastern
Era una judía de las buenas, ¿sabes? Ojos aviesos, boca grande y qué decir de su nariz. Se había escapado de casa de sus padres y se había venido a este barrio. De eso hacía ya muchos años, pero antes de la guerra ella seguía pensando que era joven y fresca, chico, a veces en este trabajo eso es lo mejor.
Ese invierno Charlie ya nos había prohibido hablar de política, y teníamos orden de no preguntar y no oír. Pero ya sabes que las judías son unas bocazas y al final siempre se hablaba de lo mismo, se rompían botellas y ella gritaba algo de la diáspora y que sólo los judíos han sido esclavos. O a lo mejor no decía eso, ¿sabes? Pero lo que sí es cierto es que tenía una bocaza bien grande, y no le rompieron tantos dientes como merecía. Al menos yo sólo le rompí dos. No es que me cayera mal, soy muy tranquila con estas cosas, pero cuando charlie dice que no hay que hablar de política es que no hay que hablar de política, y bien lo sé. Por alguna razón, tú que vas a la universidad lo sabrás algún día, cuando los hombres os encrespáis hablando de política acabáis pagándolo con el culo de la primera fulana que encontráis, que suele ser vuestra mujer, pero a veces nos toca a las demás.
Ella se emborrachaba, hablaba de la unión y a la mierda los esclavistas o al revés, según a quien tuviera que cabrear, y zás, como ella era de cadera estrecha las que teníamos que ponernos en pompa éramos nosotras, y ¿sabes? no es agradable descubrir que hasta el great eastern con todos sus tripulantes puede entrarte por el culo.
Pero charlie era un gilipollas, como todos los chulos, y estaba colgado de ella y la dejaba hacer y deshacer. Pobre imbécil.
Igual debería darme pena, pero no me la da. Charlie era simpático pero un hijodeputa y merecía lo que tuvo, igual que ella. A lo mejor pude quedarme a apagar el fuego, pero cuando la vimos caer sobre el brasero mientras le ardía la falda, Margaretha y yo corrimos tanto como pudimos. El pobre diablo se quedó dentro mientras ella corría por el salón, convertida en una tea.
Aún me acuerdo del olor de la madera ardiendo, ¿sabes? Fue lo mejor que le pasó a ese antro.
para Daddy Cool
Ese invierno Charlie ya nos había prohibido hablar de política, y teníamos orden de no preguntar y no oír. Pero ya sabes que las judías son unas bocazas y al final siempre se hablaba de lo mismo, se rompían botellas y ella gritaba algo de la diáspora y que sólo los judíos han sido esclavos. O a lo mejor no decía eso, ¿sabes? Pero lo que sí es cierto es que tenía una bocaza bien grande, y no le rompieron tantos dientes como merecía. Al menos yo sólo le rompí dos. No es que me cayera mal, soy muy tranquila con estas cosas, pero cuando charlie dice que no hay que hablar de política es que no hay que hablar de política, y bien lo sé. Por alguna razón, tú que vas a la universidad lo sabrás algún día, cuando los hombres os encrespáis hablando de política acabáis pagándolo con el culo de la primera fulana que encontráis, que suele ser vuestra mujer, pero a veces nos toca a las demás.
Ella se emborrachaba, hablaba de la unión y a la mierda los esclavistas o al revés, según a quien tuviera que cabrear, y zás, como ella era de cadera estrecha las que teníamos que ponernos en pompa éramos nosotras, y ¿sabes? no es agradable descubrir que hasta el great eastern con todos sus tripulantes puede entrarte por el culo.
Pero charlie era un gilipollas, como todos los chulos, y estaba colgado de ella y la dejaba hacer y deshacer. Pobre imbécil.
Igual debería darme pena, pero no me la da. Charlie era simpático pero un hijodeputa y merecía lo que tuvo, igual que ella. A lo mejor pude quedarme a apagar el fuego, pero cuando la vimos caer sobre el brasero mientras le ardía la falda, Margaretha y yo corrimos tanto como pudimos. El pobre diablo se quedó dentro mientras ella corría por el salón, convertida en una tea.
Aún me acuerdo del olor de la madera ardiendo, ¿sabes? Fue lo mejor que le pasó a ese antro.
para Daddy Cool
benidorm, 1967, rojo chillón. 600 ( coche)
[Fanatismo cerril*] El hilo de canciones que no debieron ser números uno
Las cosas no siempre son
como las imaginas.
Las botas blancas dejaron de serlo
al momento de estrenarlas.
Has de escoger entre jugar a figurín
o bailar y perder la perfección.
Las cosas no siempre son
como las imaginaste
las cosas no siempre son
como las recordarás
Al salir por la puerta
sabes que esto es algo nuevo,
ha girado el tiempo,
nada será como antes.
Las calas son las mismas
pero no las veis igual.
Al atardecer desde lo alto
os imaginas en lisboa,
en ese instante sólo el sol falta en el mar.
Qué genial sería ver atardecer allí,
volver a nuestra noche
y ver amanecer.
Las cosas no siempre son
como las imaginaste
las cosas no siempre son
como las recordarás
Volverás a casa, y al quitarte las botas
la noche habrá valido sólo si ves resbalar
dos hilos de sangre, cruzándote las plantas
y es que la vida ha cambiado,
todo es nuevo a estrenar,
crecer y hacerte vieja no borrará los colores,
esta vez son tuyos para siempre.
Pero aún eres la sirena de andersen,
bailando hasta sangrar la noche de tu vida
aquella que decide si estás a la altura o no.
Las cosas no siempre son
como las imaginaste
las cosas no siempre son
como las recordarás
Testigo excepcional de no sabes bien qué,
sabes que no puedes abandonar la atalaya,
dónde acaba o dónde empieza
qué será lo que tengas que contar
para paloma borbone
Las cosas no siempre son
como las imaginas.
Las botas blancas dejaron de serlo
al momento de estrenarlas.
Has de escoger entre jugar a figurín
o bailar y perder la perfección.
Las cosas no siempre son
como las imaginaste
las cosas no siempre son
como las recordarás
Al salir por la puerta
sabes que esto es algo nuevo,
ha girado el tiempo,
nada será como antes.
Las calas son las mismas
pero no las veis igual.
Al atardecer desde lo alto
os imaginas en lisboa,
en ese instante sólo el sol falta en el mar.
Qué genial sería ver atardecer allí,
volver a nuestra noche
y ver amanecer.
Las cosas no siempre son
como las imaginaste
las cosas no siempre son
como las recordarás
Volverás a casa, y al quitarte las botas
la noche habrá valido sólo si ves resbalar
dos hilos de sangre, cruzándote las plantas
y es que la vida ha cambiado,
todo es nuevo a estrenar,
crecer y hacerte vieja no borrará los colores,
esta vez son tuyos para siempre.
Pero aún eres la sirena de andersen,
bailando hasta sangrar la noche de tu vida
aquella que decide si estás a la altura o no.
Las cosas no siempre son
como las imaginaste
las cosas no siempre son
como las recordarás
Testigo excepcional de no sabes bien qué,
sabes que no puedes abandonar la atalaya,
dónde acaba o dónde empieza
qué será lo que tengas que contar
para paloma borbone
Moscú, S. XX, Negro, Piano.
Cada noche dibuja sobre su vientre el logo antiguo de izvestia. Sabe que si calentara una aguja podría clavar la tinta hasta que nunca se fuera, pero prefiere verla resbalar hacia abajo, lavarla a la tarde siguiente y recién seca volverla a pintar. Cada día vuelve su piel a estar lisa y cada día decide volver a creer en lo que cree.
En el armario sólo pende un vestido, sólo hay un abrigo en la puerta. Ambos soberbios, polvorientos, de antes de la guerra. Cuando sale a la calle la niebla es tan densa que que desdibuja sus manos. Camina en el silencio atronador de la calle, hasta llegar al bullicio sepulcral del bar.
Abre los ojos. Sus manos siguen arrugadas, el aire acondicionado le reseca la garganta, la niña sigue equivocándose en el mismo sitio. Le golpea la mano con un lápiz y vuelve a cerrar los ojos. Es lo único que le queda, recordar esas noches, mientras renquea entre clase y clase. Las noches de acercarse al bar y exprimir la poca vida que le han dejado.
Acercarse al bar, teclear en el piano los artículos que ya no le dejan escribir. Las verdades que la han devuelto a la miseria que una vez abanderó para hacer desaparecer. Siempre sospechó que mecanografiar una novela en un clavicordio, un piano, o un órgano había de arrojar resultado tan certero como el de la Orga Privat .
Les han fusilado mientras gritaban vivas a la revolución, gime el piano, y parece un vals como los demás. Nunca confié en ejércitos, llora, hasta que vi morir a estos, a manos de aquellos en quienes creían. Y el público se emborracha, y entiende sin atender.
Ha pasado mucho tiempo, ha puesto mucha distancia. Bajo el verano seco vive la vida de plexiglas que los otros prometían y nunca le gustó. Ya no cuenta historias en el piano, ni aspira a que lo hagan sus pupilos. Recuerda su reflejo en el piano del bar, su dulce calavera dibujada sobre el negro. Al final la verdad era mentira, o la volvieron mentira. Y la mentira de entonces sigue siendo mentira ahora.
Ya no lo cuenta en el piano, porque hasta desgranado en música encoge el corazón de quien lo escucha.
para Thiothixene
En el armario sólo pende un vestido, sólo hay un abrigo en la puerta. Ambos soberbios, polvorientos, de antes de la guerra. Cuando sale a la calle la niebla es tan densa que que desdibuja sus manos. Camina en el silencio atronador de la calle, hasta llegar al bullicio sepulcral del bar.
Abre los ojos. Sus manos siguen arrugadas, el aire acondicionado le reseca la garganta, la niña sigue equivocándose en el mismo sitio. Le golpea la mano con un lápiz y vuelve a cerrar los ojos. Es lo único que le queda, recordar esas noches, mientras renquea entre clase y clase. Las noches de acercarse al bar y exprimir la poca vida que le han dejado.
Acercarse al bar, teclear en el piano los artículos que ya no le dejan escribir. Las verdades que la han devuelto a la miseria que una vez abanderó para hacer desaparecer. Siempre sospechó que mecanografiar una novela en un clavicordio, un piano, o un órgano había de arrojar resultado tan certero como el de la Orga Privat .
Les han fusilado mientras gritaban vivas a la revolución, gime el piano, y parece un vals como los demás. Nunca confié en ejércitos, llora, hasta que vi morir a estos, a manos de aquellos en quienes creían. Y el público se emborracha, y entiende sin atender.
Ha pasado mucho tiempo, ha puesto mucha distancia. Bajo el verano seco vive la vida de plexiglas que los otros prometían y nunca le gustó. Ya no cuenta historias en el piano, ni aspira a que lo hagan sus pupilos. Recuerda su reflejo en el piano del bar, su dulce calavera dibujada sobre el negro. Al final la verdad era mentira, o la volvieron mentira. Y la mentira de entonces sigue siendo mentira ahora.
Ya no lo cuenta en el piano, porque hasta desgranado en música encoge el corazón de quien lo escucha.
para Thiothixene
Azul, 40´s-50´s, Nueva Orleans, un buen automóvil
Darán las siete y aparecerá Ed, Lisa Leigh, tan apuesto como siempre. Llevo todo el día cepillándome el pelo, y brilla como el oro, ¿verdad, Lisa Leigh? Me asomaré a la ventana casualmente y si Dios es bueno hará refulgir mi cabello y me mirará, Lisa Leigh, ya lo creo que me mirará. A esa hora mamá estará en la cocina ultimando la cena y papá jugará con Paul en el salón, nadie me verá asomarme y tú no dirás nada, ¿verdad Lisa Leigh? Estoy muy nerviosa, Lisa Leigh, ¿verdad que me entiendes? Claro que me entiendes, eres una perrita muy bonita, Lisa Leigh. Doblará la esquina con su precioso coche azul, llevará la capota bajada, ay Lisa Leigh, cuantas veces me he imaginado arañando esa capota… espero que hoy no venga esa furcia negra, Lisa Leigh, ya sé que todos dicen que es mulata, pero a mí me parece negra del todo, Lisa Leigh, y seguro que huele a cuadra, como todos los negros. Aunque Ed seguro que huele bien, Lisa Leigh, seguro que huele limpio y viril aunque sea negro, dicen que es negro, pero a mí me parece tan guapo como si fuera blanco. ¡Ay Lisa Leigh! Si le hubieras oído cantar estarías tan enamorada como yo, tan guapo, con su traje claro, y su corbata suelta y su voz que trepaba hasta mi ventana… tenías que haberle oído, Lisa Leigh. Desde esa noche sueño con él. ¿qué diría mi madre si supiera que sueño con un negro, Lisa Leigh? Lloraría y se desvanecería mientras gimotea “cómo pudimos caer tan bajo”, con lo ricos que éramos, porque éramos ricos, ¿sabes, Lisa Leigh? Tú ha sido una perrita muy rica.
Seguro que si siguiera siendo rica Ed podría trabajar en casa, y yo podría verle todos los días, y me llevaría de paseo con su coche azul.
Te voy a contar un secreto, Lisa Leigh, pero no se lo cuentes a nadie ¿eh? Guárdame el secreto, perrita bonita, bonita, ¡qué bonita eres tú! Hace unos días me compré unas braguitas azules, claritas, como el coche de Ed. Me las voy a poner cuando pase con su coche, y así me imaginaré que voy sentada en el capó mientras él pasea por las calles despacio, cantando, y yo saludo, con el pelo brillándome al sol. ¿te imaginas Lisa Leigh? Luego yo me sentaría a su lado, guapísima, como una estrella de cine, y haría calor, tanto calor como ahora, Lisa Leigh. Iríamos a las afueras, y se oiría música, y Ed me haría tantas cosas, Lisa Leigh, tantas que no puedo contártelas, porque me da vergüenza decirlas. Pero son cosas fantásticas Lisa Leigh, que tú no te puedes imaginar. Ya no querría salir del coche nunca más, Lisa Leigh, quedarme ahí para siempre mientras Ed me hace suya una y otra vez. ¡ah! No me mires así, Lisa Leigh, ya sé que es pecado, pero es que Ed es tan guapo que yo sé que me querría, y me haría su mujer. Ay, Lisa Leigh, tanto daría por ser su mujer que no me importaría que viniera con su maldita mulata en su coche, yo sé que subiría igual y haría todo lo que él dijera, ¿sabes, Lisa Leigh? Hasta besaría a esa fulana y la ayudaría a desvestirse si él me lo pidiera, porque haría cualquier cosa que él me pidiera, Lisa Leigh…
para Ignatius J. Reilly
Seguro que si siguiera siendo rica Ed podría trabajar en casa, y yo podría verle todos los días, y me llevaría de paseo con su coche azul.
Te voy a contar un secreto, Lisa Leigh, pero no se lo cuentes a nadie ¿eh? Guárdame el secreto, perrita bonita, bonita, ¡qué bonita eres tú! Hace unos días me compré unas braguitas azules, claritas, como el coche de Ed. Me las voy a poner cuando pase con su coche, y así me imaginaré que voy sentada en el capó mientras él pasea por las calles despacio, cantando, y yo saludo, con el pelo brillándome al sol. ¿te imaginas Lisa Leigh? Luego yo me sentaría a su lado, guapísima, como una estrella de cine, y haría calor, tanto calor como ahora, Lisa Leigh. Iríamos a las afueras, y se oiría música, y Ed me haría tantas cosas, Lisa Leigh, tantas que no puedo contártelas, porque me da vergüenza decirlas. Pero son cosas fantásticas Lisa Leigh, que tú no te puedes imaginar. Ya no querría salir del coche nunca más, Lisa Leigh, quedarme ahí para siempre mientras Ed me hace suya una y otra vez. ¡ah! No me mires así, Lisa Leigh, ya sé que es pecado, pero es que Ed es tan guapo que yo sé que me querría, y me haría su mujer. Ay, Lisa Leigh, tanto daría por ser su mujer que no me importaría que viniera con su maldita mulata en su coche, yo sé que subiría igual y haría todo lo que él dijera, ¿sabes, Lisa Leigh? Hasta besaría a esa fulana y la ayudaría a desvestirse si él me lo pidiera, porque haría cualquier cosa que él me pidiera, Lisa Leigh…
para Ignatius J. Reilly
viena, 2008, negro, un revólver colt 45 peacemaker. y no quiero cuentos, quiero verdad.
Me permito la licencia de ponerme melancólica. Estaba en Viena la noche que tú naciste. La imagen que guardo de ese día es el cementerio romántico, en ráfaga desde el autobús. Daba igual que el resto de primero de bachillerato chillara y hablara del botellón de esa noche y de qué comprar a sus padres. Daba igual que mi ropa fuera horrible, que hiciera frío, que faltara tanto para que pudieras hablar. La cuestión es que yo estaba en esas lápidas de fuera, aunque me creyera en el autobús. Y que tú eras más yo de lo que nadie imaginaba.
Esa noche corrimos de una habitación a otra hasta que los recepcionistas nos mandaron callar, como si no fuéramos idénticos al resto de adolescentes de los que vivían. Esa noche conocí a un tío caquéxico, con acné, pluma para todos menos para mí, y risa de asno. Era feo y era idiota, pero me ardía el coño, virgen de solemnidad. Y yo también era fea en aquel entonces Me arrastré por Europa detrás de él, preguntando a mis amigas cómo follármelo. Ni siquiera los otros maricas me dieron esperanzas. “mira que eres carne de excepción, pero chica, no”. Ya en Budapest, cuando tú debiste abrir los ojos, vi a unos gilipollas a los que yo conocía pero ellos a mí no, hacer una raya sobre la mesilla de noche. Era una raya de aspirina machacada, para tomarle el pelo a un pardillo oficial. Uno de ellos se dejó algo de aspirina machacada alrededor del agujero de la nariz, y empezaron a fingirse colocados. Me fascinó que mirando las narices ajenas uno pudiera saber si se drogaban o no. Me sentí muy fea, muy gilipollas y muy virgen. Como era.
Han pasado siete años. Tienes la edad de entender lo que te digo, pero no de entender para qué sirve. Por eso te he dejado un regalo en una caja en un banco, cuya llave te mandará algún sacacuartos con frac cuando cumplas diecisiete. En esa caja estará esta carta y un revólver como este. Para que lo guardes otros siete años, y decidas si merece la pena.
La cuestión es que en siete años da tiempo a follar hasta aburrirte de contarlo, da tiempo a aspirar por la nariz muros enteros, da tiempo a rozar el virtuosismo metiendo bolas rayadas en agujeros, o rayando cristales, o vistiendo estricto siniestra, o chupando pollas. Todo aburre y sigue teniendo su aquel.
Ten en cuenta que tú vas a librarte de la mitad de las gilipolleces en que me atasqué yo, suerte de nacer chico. Que quizá haya suficientes canciones decentes como para que merezca la pena desgañitarse en ellas, cosa que es difícil, viendo el percal. Que por poder, es posible que al azar le haya dado por irse de generoso y la mierda desaparezca. Pero lo dudo. Todo me apesta ahora como me apestaba entonces, y he cambiado todas las variables. La conclusión es simple.
Decídete entre tanto. Volvería a Viena a dejar el círculo cerrarse, pero la histeria mundial complica viajar con armas. Me quedo el revólver gemelo del tuyo, para matar al cerebro gemelo del tuyo.
Marcho, he de dispararme en la sien para que puedas pintar con mi cerebro. Apura la pintura, porque puede que no sea mucha.
para antimateria
Esa noche corrimos de una habitación a otra hasta que los recepcionistas nos mandaron callar, como si no fuéramos idénticos al resto de adolescentes de los que vivían. Esa noche conocí a un tío caquéxico, con acné, pluma para todos menos para mí, y risa de asno. Era feo y era idiota, pero me ardía el coño, virgen de solemnidad. Y yo también era fea en aquel entonces Me arrastré por Europa detrás de él, preguntando a mis amigas cómo follármelo. Ni siquiera los otros maricas me dieron esperanzas. “mira que eres carne de excepción, pero chica, no”. Ya en Budapest, cuando tú debiste abrir los ojos, vi a unos gilipollas a los que yo conocía pero ellos a mí no, hacer una raya sobre la mesilla de noche. Era una raya de aspirina machacada, para tomarle el pelo a un pardillo oficial. Uno de ellos se dejó algo de aspirina machacada alrededor del agujero de la nariz, y empezaron a fingirse colocados. Me fascinó que mirando las narices ajenas uno pudiera saber si se drogaban o no. Me sentí muy fea, muy gilipollas y muy virgen. Como era.
Han pasado siete años. Tienes la edad de entender lo que te digo, pero no de entender para qué sirve. Por eso te he dejado un regalo en una caja en un banco, cuya llave te mandará algún sacacuartos con frac cuando cumplas diecisiete. En esa caja estará esta carta y un revólver como este. Para que lo guardes otros siete años, y decidas si merece la pena.
La cuestión es que en siete años da tiempo a follar hasta aburrirte de contarlo, da tiempo a aspirar por la nariz muros enteros, da tiempo a rozar el virtuosismo metiendo bolas rayadas en agujeros, o rayando cristales, o vistiendo estricto siniestra, o chupando pollas. Todo aburre y sigue teniendo su aquel.
Ten en cuenta que tú vas a librarte de la mitad de las gilipolleces en que me atasqué yo, suerte de nacer chico. Que quizá haya suficientes canciones decentes como para que merezca la pena desgañitarse en ellas, cosa que es difícil, viendo el percal. Que por poder, es posible que al azar le haya dado por irse de generoso y la mierda desaparezca. Pero lo dudo. Todo me apesta ahora como me apestaba entonces, y he cambiado todas las variables. La conclusión es simple.
Decídete entre tanto. Volvería a Viena a dejar el círculo cerrarse, pero la histeria mundial complica viajar con armas. Me quedo el revólver gemelo del tuyo, para matar al cerebro gemelo del tuyo.
Marcho, he de dispararme en la sien para que puedas pintar con mi cerebro. Apura la pintura, porque puede que no sea mucha.
para antimateria
kingston, 70's, cabaña, negro
Dicen los viejos que sólo han pasado cien años. Yo soy más viejo y creo que ha pasado más. Pero siempre he tendido a exagerar. A estas alturas queda poco que hacer. Pisar cucarachas entre las piedras, pasear por el agua mientras el calor asfixia a los peces. Mirar hacia la ciénaga. Paladear que aunque todo indique que no, él sigue ahí.
Tuve miedo de tener hijos, y me castigaron con tres hijas, para tener miedo por mis nietos. Pero ellos han crecido sin olor a los muertos de port royal. Han creado sus propios cánticos. Si han odiado ha sido por aburrimiento. Quizás a ellos no pueda hacerles daño.
Un día les pediré que me ayuden a hacer una balsa nueva, como las viejas. Nos adentraremos en la ciénaga, mientras el aire se vuelve sólido y la piel líquida. No llevaremos nada con nosotros, pero ellos seguirán teniendo sus radios, su ropa brillante, su mundo.
Cuando lleguemos a la cabaña yo tendré fiebre en las tripas y frío en los huesos. Él estará ahí, sentado en la oscuridad, con sus ojos relucientes en mitad del cuero ajado que fue su piel. Pero mis nietos sólo verán un ser inverosímil. Reirán limpiamente. Son de otra madera.
Se arrastrará hacia nosotros y tratará de morderles, como mordió a todos. A todos menos a mí.
Pero ellos le apartarán de un manotazo, mientras me preguntan impacientes cuando podemos volver. El polvo de la cabaña y el hedor de la ciénaga sólo irritará sus narices, no minará sus futuros.
La sangre del viejo ya no fermentará en sus venas. Y si lo hiciera, cuando ellos volvieran los cánticos les harían retornar a este mundo. Porque los han hecho fuertes. Ya no son letanías que susurrar a oscuras por temor a los seres de la ciénaga. Ya no son oraciones al día y la noche para que lleguen y no se perpetúe el crepúsculo. El llanto del terror se ha ido transformando en himnos.
Mis nietos son jóvenes, y nosotros nunca lo fuimos.
No existe el vampiro que pueda con eso.
Nada se mueve en la ciénaga. La cabaña se vislumbra entre las sombras, sólo si sabes donde mirar.
O le ha matado lo que nunca le inflingimos, el miedo, o es que no tiene ninguno.
Yo sí lo tengo. Crecí en otro tiempo.
para Perro Lobo
Tuve miedo de tener hijos, y me castigaron con tres hijas, para tener miedo por mis nietos. Pero ellos han crecido sin olor a los muertos de port royal. Han creado sus propios cánticos. Si han odiado ha sido por aburrimiento. Quizás a ellos no pueda hacerles daño.
Un día les pediré que me ayuden a hacer una balsa nueva, como las viejas. Nos adentraremos en la ciénaga, mientras el aire se vuelve sólido y la piel líquida. No llevaremos nada con nosotros, pero ellos seguirán teniendo sus radios, su ropa brillante, su mundo.
Cuando lleguemos a la cabaña yo tendré fiebre en las tripas y frío en los huesos. Él estará ahí, sentado en la oscuridad, con sus ojos relucientes en mitad del cuero ajado que fue su piel. Pero mis nietos sólo verán un ser inverosímil. Reirán limpiamente. Son de otra madera.
Se arrastrará hacia nosotros y tratará de morderles, como mordió a todos. A todos menos a mí.
Pero ellos le apartarán de un manotazo, mientras me preguntan impacientes cuando podemos volver. El polvo de la cabaña y el hedor de la ciénaga sólo irritará sus narices, no minará sus futuros.
La sangre del viejo ya no fermentará en sus venas. Y si lo hiciera, cuando ellos volvieran los cánticos les harían retornar a este mundo. Porque los han hecho fuertes. Ya no son letanías que susurrar a oscuras por temor a los seres de la ciénaga. Ya no son oraciones al día y la noche para que lleguen y no se perpetúe el crepúsculo. El llanto del terror se ha ido transformando en himnos.
Mis nietos son jóvenes, y nosotros nunca lo fuimos.
No existe el vampiro que pueda con eso.
Nada se mueve en la ciénaga. La cabaña se vislumbra entre las sombras, sólo si sabes donde mirar.
O le ha matado lo que nunca le inflingimos, el miedo, o es que no tiene ninguno.
Yo sí lo tengo. Crecí en otro tiempo.
para Perro Lobo
donosti, 2005,negro, botella de beefeter
manuscrito encontrado en una esquirla.
No dejes que las botas se mojen con los charcos, la aguja se estropearía. No pisa sobre diamante cualquiera, no convierte en vinilo el suelo cualquiera. Siente en el hombro el peso del bolso brillante, atestado de cristal, de alcohol, de polvo negro, de polvo blanco, de antesala de polvos sin color aún.
Reuníos. Cónclave de brujas, a las que la medianoche se les hace pronto. Habéis cambiado los calderos por las barras de los bares, los conjuros por la distorsión. Sois listas. La estirpe entera os mira orgullosa.
Invocad al infierno al embadurnaros en noche los ojos. Cuando bajéis los escalones sabréis que el suelo se vuelve canción bajo vosotras. El aire se concentra bajo vuestros pasos, mientras arañáis los surcos invisibles. Desatáis las canciones escritas y nonatas. Poseéis aquello que os fascina. Por eso fascináis.
Sois dolorosamente jóvenes. Milenios de herencia perversa han grabado en vuestras mentes todas las sensaciones que los demás sueñan experimentar. Conocéis la Velocidad, el Placer, el Odio. Lixiviáis una Belleza insultante. Vais a comeros el mundo. Se os deshará entre los dientes. Os dejará insatisfechas. Pero no importa. Os construiremos tantos como hagan falta.
Irrumpid en los salones de baile, desvelad que bajo vuestra piel inexperta hay máscaras venecianas talladas en balas. Bebed de vuestras vulgares botellas. Son vuestras bocas las que convierten la ginebra en pócimas secretas. Dejad que de vuestras gargantas brote la verdad en forma de alaridos. Os mirarán extrañados. Les divertís, pero no os reconocen. Ignoran que sois dueñas de sus vidas y sus muertes. Que saltáis a la comba con sus sueños, y troceáis sus voluntades. Convertís las cuerdas eléctricas en horcas. Y nunca ha habido horcas más hermosas.
Eslabón libre de la cadena que amordaza a la historia, azotad con fuerza. El bosque crece para protegeros allá donde formáis aquelarre. Vosotras mandáis. Desangradles.
para putita_perraloba
No dejes que las botas se mojen con los charcos, la aguja se estropearía. No pisa sobre diamante cualquiera, no convierte en vinilo el suelo cualquiera. Siente en el hombro el peso del bolso brillante, atestado de cristal, de alcohol, de polvo negro, de polvo blanco, de antesala de polvos sin color aún.
Reuníos. Cónclave de brujas, a las que la medianoche se les hace pronto. Habéis cambiado los calderos por las barras de los bares, los conjuros por la distorsión. Sois listas. La estirpe entera os mira orgullosa.
Invocad al infierno al embadurnaros en noche los ojos. Cuando bajéis los escalones sabréis que el suelo se vuelve canción bajo vosotras. El aire se concentra bajo vuestros pasos, mientras arañáis los surcos invisibles. Desatáis las canciones escritas y nonatas. Poseéis aquello que os fascina. Por eso fascináis.
Sois dolorosamente jóvenes. Milenios de herencia perversa han grabado en vuestras mentes todas las sensaciones que los demás sueñan experimentar. Conocéis la Velocidad, el Placer, el Odio. Lixiviáis una Belleza insultante. Vais a comeros el mundo. Se os deshará entre los dientes. Os dejará insatisfechas. Pero no importa. Os construiremos tantos como hagan falta.
Irrumpid en los salones de baile, desvelad que bajo vuestra piel inexperta hay máscaras venecianas talladas en balas. Bebed de vuestras vulgares botellas. Son vuestras bocas las que convierten la ginebra en pócimas secretas. Dejad que de vuestras gargantas brote la verdad en forma de alaridos. Os mirarán extrañados. Les divertís, pero no os reconocen. Ignoran que sois dueñas de sus vidas y sus muertes. Que saltáis a la comba con sus sueños, y troceáis sus voluntades. Convertís las cuerdas eléctricas en horcas. Y nunca ha habido horcas más hermosas.
Eslabón libre de la cadena que amordaza a la historia, azotad con fuerza. El bosque crece para protegeros allá donde formáis aquelarre. Vosotras mandáis. Desangradles.
para putita_perraloba
estepona, 2005, larios, gris marengo
jijiji, no, es estepona, ni de donde es rocío jurado que es chipiona, ni de donde son los polvorones, que es estepa.
Ni a mi mujer, que le hizo franca gracia la primera vez, le quedan ganas de reírse. De hecho la rubia es tan repetitiva, que ni me quedan ganas de mirarla las tetas. Al quinto vaso de tónica, qué inocente es mi mujer, recuerdo qué hubiera hecho de pillarla hace veinte años. a la sexta tónica, qué inocente es mi mujer, me reconozco que hace veinte años ya me costaba meneármela como siempre. Trato de seguir pensando y voy a pedir la séptima, cuando descubro aterrado que ese sonido desagradable se ha vuelto más fuerte, y si antes era la voz de la rubia tetuda y sin gracia, ahora debe serlo más. o más cerca.
- Don Severiano, que le veo pachucho! ¿quiere que vayamos a bailar?
el hijoputa del camarero está lejos, qué jodida es la vida sin alcohol. no, no, no, cariño, es tónica solo. lo bueno es que a esta edad a nadie le importa que en vez de hablar gruñas, y le espetes a esa furcia lo que opinas de bailar con ella. mientras le miras las tetas. si no le gusta, podría haberse pensado el ser un poquito menos idiota.
me sirven la séptima, y el sonido desagradable está torturando a mi mujer, hablando de una excursión en bicicleta. si no fuera porque me gusta tener la tónica, que sí, cariño, que es tónica, mucho rato en la boca comentaría algo de un culo y un sillín. seguro que aún me quedan chistes al respecto sin hacer.
me planteo si pensar un plan de fuga del fantabuloso hotel de las torturas, o recordar como hubiera sido encontrarse a la rubia chillona con el rabo en la mano, hace, cómo jode, sesenta años.
la hermana lista de la rubia estridente, miren como mis tetas animan sus vacaciones, vejestorios del lugar, se imaginaría entonces con un raído abrigo gris marengo, ondas al agua, y claves en francés con las que telegrafíar a la resistencia.
entonces uno piensa si la hermana lista no será en verdad la más idiota. al fin y al cabo los abrigos gris marengo siempre los llevaron las gordas, las ondas al agua sólo se hacían para salir en las fotos, las rubias idiotas siempre han puesto el culo en pompa de la misma forma, y la tónica, sí cariño, es tónica, siempre ha sabido igual.
odio este hotel. y sólo llevamos dos días.
¿a qué edad ya no se va a la cárcel?
para Kame House
Ni a mi mujer, que le hizo franca gracia la primera vez, le quedan ganas de reírse. De hecho la rubia es tan repetitiva, que ni me quedan ganas de mirarla las tetas. Al quinto vaso de tónica, qué inocente es mi mujer, recuerdo qué hubiera hecho de pillarla hace veinte años. a la sexta tónica, qué inocente es mi mujer, me reconozco que hace veinte años ya me costaba meneármela como siempre. Trato de seguir pensando y voy a pedir la séptima, cuando descubro aterrado que ese sonido desagradable se ha vuelto más fuerte, y si antes era la voz de la rubia tetuda y sin gracia, ahora debe serlo más. o más cerca.
- Don Severiano, que le veo pachucho! ¿quiere que vayamos a bailar?
el hijoputa del camarero está lejos, qué jodida es la vida sin alcohol. no, no, no, cariño, es tónica solo. lo bueno es que a esta edad a nadie le importa que en vez de hablar gruñas, y le espetes a esa furcia lo que opinas de bailar con ella. mientras le miras las tetas. si no le gusta, podría haberse pensado el ser un poquito menos idiota.
me sirven la séptima, y el sonido desagradable está torturando a mi mujer, hablando de una excursión en bicicleta. si no fuera porque me gusta tener la tónica, que sí, cariño, que es tónica, mucho rato en la boca comentaría algo de un culo y un sillín. seguro que aún me quedan chistes al respecto sin hacer.
me planteo si pensar un plan de fuga del fantabuloso hotel de las torturas, o recordar como hubiera sido encontrarse a la rubia chillona con el rabo en la mano, hace, cómo jode, sesenta años.
la hermana lista de la rubia estridente, miren como mis tetas animan sus vacaciones, vejestorios del lugar, se imaginaría entonces con un raído abrigo gris marengo, ondas al agua, y claves en francés con las que telegrafíar a la resistencia.
entonces uno piensa si la hermana lista no será en verdad la más idiota. al fin y al cabo los abrigos gris marengo siempre los llevaron las gordas, las ondas al agua sólo se hacían para salir en las fotos, las rubias idiotas siempre han puesto el culo en pompa de la misma forma, y la tónica, sí cariño, es tónica, siempre ha sabido igual.
odio este hotel. y sólo llevamos dos días.
¿a qué edad ya no se va a la cárcel?
para Kame House
madrid, siglo xvi, botella, rojo
Cierra los ojos y tapona con estopa sus oídos. Nada sirve. Trepa hacia el ventanuco a ras de calle, el ruido de los carros le ensordece. Nada sirve. Duerma o viva, el crujir de las cuadernas le atormenta, y el color indescriptible de aquel cielo estremece sus sentidos y cercena su hombría.
Ha visto morir dos reyes y algunas mulas. Ha visto en los charcos un rostro cambiante, cada vez más ajado, cada vez más parecido a aquel color.
Huyó del mar cuanto pudo, pero el vaivén sobre el empedrado le recuerda de donde viene. No puede olvidar.
Lleva tanto tiempo recluído en el sótano que apenas las putas se acuerdan de él. Soterrado en vida, lame los líquenes de piel y paredes y con Cuidado cultiva el desdén a olores.
Pronto vendrán por una nueva remesa. Le pagarán como siempre, cuatro reales en comida, tres botellas de vino, dos barriles de agua, otro saco de cal.
Empolvará al nuevo mientras empieza a pudrirse, y derribará un barril sobre él. Mientras los vapores de la cal viva le abrasen los ojos renqueará hacia un rincón, regará su garganta, mirará al ventanuco botella al través. La luz mortecina que atraviese el camino reconstruirá intacto aquel cielo estival.
El gris indescriptible de la tormenta, el rojo del cielo que se abre, las llamas del infierno no temido, el gris del agua más allá de la noche, el rojo del pavor en aquellos ojos. Verla alejarse entre alaridos en el monstruo en que se ha convertido el agua. Sobrevivir al infierno, y que éste te salude desde el revés de tu mirada.
Lo recuerda a cada noche, a cada instante. Pero sigue mirándola a ella en ese rojo, y nunca se atreve a lanzarse a la cal.
para Capitán Destructo
Ha visto morir dos reyes y algunas mulas. Ha visto en los charcos un rostro cambiante, cada vez más ajado, cada vez más parecido a aquel color.
Huyó del mar cuanto pudo, pero el vaivén sobre el empedrado le recuerda de donde viene. No puede olvidar.
Lleva tanto tiempo recluído en el sótano que apenas las putas se acuerdan de él. Soterrado en vida, lame los líquenes de piel y paredes y con Cuidado cultiva el desdén a olores.
Pronto vendrán por una nueva remesa. Le pagarán como siempre, cuatro reales en comida, tres botellas de vino, dos barriles de agua, otro saco de cal.
Empolvará al nuevo mientras empieza a pudrirse, y derribará un barril sobre él. Mientras los vapores de la cal viva le abrasen los ojos renqueará hacia un rincón, regará su garganta, mirará al ventanuco botella al través. La luz mortecina que atraviese el camino reconstruirá intacto aquel cielo estival.
El gris indescriptible de la tormenta, el rojo del cielo que se abre, las llamas del infierno no temido, el gris del agua más allá de la noche, el rojo del pavor en aquellos ojos. Verla alejarse entre alaridos en el monstruo en que se ha convertido el agua. Sobrevivir al infierno, y que éste te salude desde el revés de tu mirada.
Lo recuerda a cada noche, a cada instante. Pero sigue mirándola a ella en ese rojo, y nunca se atreve a lanzarse a la cal.
para Capitán Destructo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

