lunes 1 de agosto de 2011

Inciso patógeno: azul verdoso, 1200 dC, una figura no totalmente antropomorfe, Delfos

Para Eidolon poco importan las ruinas del oráculo sobre las que duerme o que hoy sería el día efervescente de barcos viniendo a escuchar lo que alguna enajenada quisiera decir. No sabe más allá de las cabras que ordeña y si supiera de las ruinas bajo su establo no le interesarían.

Eidolon se llama Eidolon porque toda la isla vio la silueta de su abuela zambulléndose en el infierno la noche en que nació su madre, y toda la isla vio durante semanas sombras que recordaban a la susodicha volviendo a despeñarse al mar.

Eidolon ignora también lo perverso del Oráculo que acierta siempre porque cuando falla es error de quien interpreta y no del mensaje. Sin embargo lo entendería si alguien le explicara que tal perversión se parece mucho a eso que le pasa al mirar al mar tras las noches de malos sueños; cuando los colores se arremolinan y metamorfosean volviendo el azul del mar más y más amarillento hasta llegar al blanco con espuma negra, o volviendo mullido y verdoso el manto cobalto sobre el que duerme.

Eidolon no sabe que los sonidos que corren bajo su pensamiento podrían ser palabras inteligibles más allá de ese océano donde se acaba el mundo. Si supiera qué es una civilización sabría que eso que siente entre las costillas es la quiebra de una de ellas, desmoronándose a lo lejos. O que habla con cierta indiferencia de su madre muerta porque la han atravesado muertes de emperadores.

Carece de escapatoria para las noches convulsas y sin embargo pace indolente en la vigilia; sin saber que si hubiera nacido catorce siglos antes la llamarían Pitia, no ordeñaría cabras sino su miedo, y hordas de gentes ajenas con sueños irrelevantes creerían ciegamente en sus sentidos desteñidos forzando significados para explicar sus porvenires. Sin saber tampoco que se ha salvado de nacer siete siglos más tarde y no ser Pitia sino pitiática, sus espasmos de terror crisis histéricas, y el suicidio de su madre un dato más para predecir su propio futuro en vez del de los demás.

Discurren sin embargo tranquilos sus días, a salvo de quienes quisieran darle un lugar en el mundo, sin que tenga modo de agradecérselo a los siglos de razón dormida.


Para el Dr. Mol.


Disculpen las diversas licencias

domingo 22 de agosto de 2010

Beerlight. Dieta basal y constantes por turno.

A Klaus el H. le gusta contar que perdió el brazo y la pierna derechos al tirarse al tren y salirle mal, en vez de hablar de la diabetes mal llevada y el tumor diafisario que aquel abril le dio las buenas tardes. Además al hablar de tirarse al tren y salirle mal dejaba la puerta abierta a mutilaciones o a un bebé-cercanías vagando por el mundo huérfano de padre.
El resto de la banda había tomado el nombre de la manía de Quinquécandil de sujetarse el pelo con un trozo de venda, feliz consecuencia de una pertinaz carestía de cintas de pelo durante un festivo del verano anterior.
De modo que Klaus el Hemicuerpo y Los Heridos de Guerra se apostaban sobre el escenario dispuestos a ejecutar sumarios la enésima oportuniad de aportarle algo al arte, plantados fieramente ante la colección de síndromes con retraso psicomotor y sus respectivos portadores.
Y fue entonces y sólo entonces cuando una corriente de autoconsciencia y sensación de vergüenza y horror entró por la puerta, apartando a empellones al pasar a tres Downs hermanos vestidos de verde.

lunes 8 de marzo de 2010

Un bar de mala muerte Otoño de 2008 Negro Un billete de 100 euros

Zorra...[vahído] el whiskey que... estoy quedándome dormido sobre la barra, me he tenido que dormir hace un segundo... había tres tíos en la máquina de... de... ya no están he debido dormirme, la máquina de... [vahído] no me cabe un solo cigarro más, la máquina de tabaco, joder... está ahí esa puta, con los ojos carbonizados, con las tetas en la barra... dándole la chapa al camarero que... seguro que se lo folla hoy, seguro que... estoy volviendo a dormirme... ¿todas las zorras de este bar visten de negro? Todas... todas las zorras de todos los bares visten de... no, todas visten de negro sin más... espabila joder, estás durmiéndote, eres un puto borracho de bar, espabila, [vahído] no apoyes la cabeza otra vez, mira la guarra esa, el halógeno le da en la cara... le brilla la frente y la cara, debajo de los ojos, la... los... mierda... me queda más de la mitad del vaso... es... los ojos demasiado negros, por qué se llenan de mierda los ojos, tanto negro... debería llevar... amarillo... como uno de cien... [vahído] no, de doscientos... de... el verde... cuál es el verde, joder... debería trifu...tribu...tri... mierda... hacer polvo billetes de cien y de doscientos y ponérselos en los ojos en vez de esa mierda... estaría mej... joder estoy durmiéndome otra vez... puta zorra... verde y amarillo... es preciosa, joder...


para cartero

sábado 6 de marzo de 2010

Bermeo,Burela y Aveiro; año 3011 despues de la tercera guerra mundial, turquesa, amarras

Mientras huye de las zarpas de los acantilados eleva una plegaria al dios-que-odia-lo-obvio. El agua sobre la coraza juega entre el verde y el azul y él trata, como le enseñaron en el templo, de no pensar en ojos, en adornos, en chapados, en telas.

Entre los dedos va pasando la soga. Es enrollada, como las prehistóricas. Recuerda cuando su trabajo se hacía con cuerdas de colágeno que se polimerizaba con el del tejido de sus dedos, cuando la guía no se soltaba, no se podía zozobrar, la piel no se desollaba, y uno podía hasta concentrarse en mirar el cielo a través del mar. Hace ya tanto.

Le brota una imagen y decide quedársela; un muy-antepasado suyo, escarbando con los dedos al final de una galería menor en una mina en Irán, o qué demonios, en la misma Persia. Arañando y atascando las uñas en una veta turquesa maliluminada por la lámpara del casco. El dios-que-odia-lo-obvio no va a estar muy contento, pero algo es algo.

Queda mucha maroma siquiera hasta el puerto oculto de Burela. Ni siquiera piensa en llegar a Aveiro, ni en las horas elásticas dentro del caparazón de cristal, en las guadañas de los acantilados, en ascender a permear oxígeno, en su puta cabeza revolcándose en su propio fango.

Valora por un instante rezarle ahora al dios-que-controla-nuestros-pensamientos pero nunca le enseñaron y desiste, aunque piensa recurrente que quizá debió aprender por mucho que su familia no le fuera especialmente devota.

Los ojos huyen otra vez a quemarse con el re-re-re-sol que se hace más afilado a través del aire, del agua y de la envoltura, pero le basta cualquier cosa para no mirarse las manos. La correa le ha ido horadando la piel, ha desgastado la fascia palmar y va rompiéndoselas capa a capa. Ya no siente el dolor pero al mirarse la mano exangüe y ver erizados los extremos cortados de los tendones ha pensado en una anémona y a punto ha estado de dejar de guiar el cascarón y darse la vuelta, quedarse mirando al fondo y dejarse morir.

Doblega la tentación de ayudarse con los dientes para deslizar la amarra, pero sabe que aunque en cada acantilado haya una arandela tratando de sujetar la guía, los vaivenes de la cincha que rodea el continente bajo el agua son demasiado para una boca vieja y de hueso como la suya.

Burela, piensa. Quizá me dejen parar en Burela. Quizá me releven. Quizá ya no deba hacer la entrega en Aveiro, quizá la guerra se haya terminado, quizá al salir no sea hoy y sea hace muchos años, y tenga que trabajar de sol a sol soterrado en una mina enfangada, desenterrando turquesas con mis manos de anémona.

Sobre el agua, indiferente a la cuerda de circunvalación y a los espías que van y vienen, brilla un sol obvio.


para Virtulinda Tremendad

sábado 30 de enero de 2010

Las Alpujarras, 1670, burdeos, condón usado

-mientras no sea inglés, no me importa. (y sin embargo tus genes arden en nitrógeno inglés pues siete saltos antes de los que hoy te son, una división crucial acaeció en la pérfida albión sin la que no serías)
-los ingleses no tienen los ojos así, abuelo. (bien deberías saber que no es tu abuelo y desde la noche de los tiempos tú sí que no tienes ni un sólo gen venido de más allá de la serranía siendo, sin óbice alguno, aquel cuyo córtex más permutaciones sinápticas puede alcanzar)

Daiki apenas intenta fijar la vista por el escaso ventanuco nítido que le queda. (no sabe ni sabrá que la presión interna de su ojo ha rechazado nasalmente los vasos y lamido la retina volviéndola una lámina burdeos, hasta excavar la cabeza del nervio mientras la visión iba claudicando centrípeta)
Avanza dentro de la habitación y encorva más su cuerpo para acomodarlo al banco al que le arrastra el crío. (no sabe que sobre ese banco han muerto convulsas tres generaciones de mujeres con su prole atravesada en el vientre, arrastradas por la furia comburente de las entrañas capaces de romper las tripas de cerdo que tratan de protegerlas del semen que las intoxica)

Es más fácil explicar cómo ha llegado un octogenario japonés a la cabaña en la ladera, que explicar cómo consigue conciliar el sueño en la oscuridad. Apenas baila un destello rojizo en el centro de esa su cárcel.

Pasado Pampaneira sólo el viejo les acompañó, rezongando. Se dice que estudió leyes y han llegado las noticias, se ha firmado en Madrid que otra de esas islas del caribe ya no sería de la corona. (y no sabrás que dentro de tiempo, ni mucho ni poco, esa isla será famosa por la abundancia de lo único que podría quitarte esos dolores de las articulaciones, erosionadas y deformadas por tu propia furia contra ti)

Amanece en todos los calendarios. El japonés se sostiene en Tobías para mirar el horizonte con sus dos hilos de mirada. En el rostro repujado arde una sonrisa. (y ninguno sabría que los trazados más prominentes del guiñapo que amasa sus gestos se crearon el mismo día que el joven Daiki conoció mujer)
Daiki señala el verde profundo y se señala, alternando, mientras aprieta el hombro del chico.
Tobías se encoge incómodo. (no sabe ni sabrá que Daiki significa árbol frondoso y eso trata de decirle el viejo, que nunca sabrá que entonces Tobías le contaría cómo el nombre de su madre muerta quería decir jardinera según le contó el viejo leguleyo, y ninguno de los dos sabrá nunca que Hortensia comenzaba a cegarse de forma idéntica a cierto octogenario japonés)

La noche cae otra vez. Los tres duermen en esa reunión sin sentido, de la que no ignoran más que de cualquier otro movimiento que atacan.




para stiff little sfinter

jueves 16 de julio de 2009

Inciso terapéutico (niña, no Sorbas)

Hay pocos sitios por los que no pueda colarse una verdad. Fue el regalo por su cuarto cumpleaños, obtener por goteo realidades absolutas. Sin frecuencia establecida, sin relevancia clínica, sin utilidad. Pero cuando llegaban eran ciertas del todo, sin posibilidad de error o contrainterpretación. La víspera de cumplir los ocho años debía ratificar si deseaba conservar el don, y ese día se le olvidó decir que no.

Dos de las piedras de los muros de esta celda son geodas, dijo a bocajarro. Resbaló la mirada a lo largo de la luz rehogada sobre el moho de las paredes, salvando las rendijas negras entre piedra y piedra (acantilados que rellenar con los dedos en los meses muertos, astillándose las uñas). Por un rato olvidó el cautiverio, las úlceras, el que habría de ser su suplicio de horca que entre tanto servía de anaquel. Cómo partir cada piedra, cómo sacar las dos al único haz de luz para que refulgieran vítreas las cavernas de muñecas.

Pasan las horas y no vienen más certezas. No puede imaginarse el color de sus entrañas de cristales, pero sí sabe que están ahí. Y los guardias no. Los guardias no.

martes 7 de julio de 2009

un tren, 1947, terciopelo, rojo

Debería haber una lagartija reptando alrededor de sus tacones, bregando por engancharse a la costura de sus medias y ascender. La bala debería haber cerrado la herida a su paso y no dejar más rastro que una mirada de asombro en el hombre. La amapola que le revolotea en los pulmones debería volver osmótica a los vapores de los que salió, y ella tendría que poder despejar su frente. El revólver debería pesar menos, mucho menos. Medita un segundo acerca de cuántos revólveres serán necesarios para balancear el peso de un elefante indio. Y el de un cadáver, quizá aún erecto. ¿Debería comprobarlo? ¿Palpar a un muerto buscando rigor de vivo? Las imágenes se escurren por sus oídos y siente una y otra vez que alguien acaba de pronunciar su nombre, justo desde el borde de su tocado. Aprieta los dientes y se piensa abriendo un frasco de frío derramándoselo por dentro de la frente hasta despejarse. El tren silba.
El cadáver está en el suelo junto a la serpentina de celulosa que hizo de silenciador y ahora absorbe el reguero de sangre. Se encarama al tórax quieto para abrir la ventana y que escape el vapor del opio, la curva juega a su favor ocultándola. De vuelta al cargado interior se arrodilla junto al cadáver y palpa debajo del asiento. Por un instante el pánico la despeja del todo, pero sus dedos alcanzan el tarro. Al abrirlo un olor mordiente termina de retorcerle las sienes y debe recordar quién es, qué hace y por qué no debe, no puede y no va a salir corriendo de allí. Rasga parte del forro de su falda para hacer de gamuza y comienza a extender el ungüento del tanatólogo por la cara de XXXX. Sus facciones se convertirán en cera grasienta y conservará su gesto, durante siglos si no le tocan, había dicho el doctor. Una semana nos basta, escupió ella, perfectamente sobria, en el sótano de la universidad. Por qué no estaría tan sobria ahora, por qué no se ajustarían de una vez los alambres de su cabeza. Un goterón del ungüento cae a plomo sobre su traje rojo oscuro. Piensa en si aún quedarán gotas densas en sus labios, rojo oscuro. En la risa del muerto al verla fumar tratando de no perder el carmín. En si preservar también el torso, o salvar sólo el rostro de la putrefacción, condenándolo a ser reconocido en el destino.
En el compartimento, cerrado hasta el fin de trayecto, el cadáver parece dormir sin perder la compostura, recostado en el asiento. H desciende en la estación acordada, con el revólver y la resina bajo el doble fondo de la sombrerera. Tamborilea sobre el terciopelo la contraseña mientras el aire entra en sus pulmones, lleno de humo ajeno, que no le trae vahídos. Desdeña la satisfacción para concentrarse en deliberar si quizá podrá comer algo que mate las náuseas, el opio, los elefantes indios y el encargo.

para varla

viernes 15 de mayo de 2009

Asilo de Santa María de Bethlehem, 1787, cicatrices queloides, violeta.

El alarido de un subnormal le ha despertado de la fugaz siesta, contrariado se estira las mangas y piensa en que toca cepillar la levita. Soñaba con una frente alta como la de Nell. De un tiempo a esta parte viene acordándose de Nell, su alta frente y su mentón desafiante. Como un trapo que uno empapa en agua una y otra vez para limpiar la sangre de las baldosas del suelo, le gusta que la frente de Nell cristalice detrás de la suya. Pero la sangre no se va. Decide acercarse al ventanal de su despacho a observar a los niños retrasados correr torpemente unos detrás de otros. Si todos los niños parecen gaviotas trinando, reflexiona, hasta en la algarabía se entienden las monstruosidades de estos, se diría que decenas de polluelos de buitre tratan de descarnar a una misma presa. Se aparta del ventanuco enrejado pensando en esa otra frente y esos ojos enfurecidos tan mucho más vivos que los de Nell. Al caminar tropieza con la bacinilla que está a punto de volcar y salpica el jergón. La imagen de Nell se diluye como un trapo se deshilacha tratando de borrar la piedra de la propia piedra. La belleza delirante de ojos enfurecidos y quejido impaciente vuelve a llenarle.

En el corredor norte uno de los guardianes muestra a las visitas el salón de los catatónicos. Va articulando sus miembros semidesnudos y veteados por prominentes cicatrices carmín, hasta representar un árbol con los brazos y piernas de varios de ellos. Dispone haciendo de riachuelo a otros pocos y arquea a un anciano para que haga de puente, con su vientre desnudo mirando al techo. Las visitas aplauden. Un joven retira uno de los brazos del anciano-puente. El frágil cuerpo se tambalea pero mantiene la posición, un puente decrépito hecho de anciano de mirada perdida doblado hacia atrás. Los gritos de las histéricas desde el corredor anexo atraen a los visitantes, que abandonan el paisaje viviente. Los catatónicos permanecen quietos, tan quietos que se puede escuchar sus respiraciones y el batir del corazón tras sus costillas prominentes. En la tarde de verano las estufas están apagadas y los guardianes no hacen la demostración de cómo resisten el fuego sin parecer percibirlo, el salón se libra del olor a carne quemada de las visitas de invierno. En los ojos secos que no parpadean no parece haber noticia de la ventaja.

Arriba en el despacho decide rendirse y recordarla. Sus primeros días en el asilo, sus rasgos crispados de terror.Han querido matarme, decía, han querido matarme. Tiraron de las riendas de los caballos, y el coche paró, y noté como reventaba por dentro, pararon los caballos para matarme... su voz se extinguía y los ojos parecían sumideros. Él quería meterese dentro, y sujetar las riendas, y convertir a esa desquiciada agónica en una muchacha normal, que sólo conservara aquella mirada de terror. Recuerda su camisón gastándose con los días, los baños fríos y los hirvientes, y sus palabras perdiéndose por donde se fue su razón, hasta convertirse en una madreselva móvil que se sentaba quieta a los pies de las ventanas, buscando el sol, canturreando tenue muy tenue letanías incomprensibles. El capellán había asegurado que era pía y era rezo ese murmullo, así que estaba sin atar, caminando silenciosa sobre las baldosas de la galería de los catatónicos, sin molestar a nadie.

La galería de los paralizados siempre era aplaudida. A idea del capellán, las familias traían un retrato a carboncillo del loco antes de ingresarlo, que se colgaba sobre sus agarraderas. Atados a los asideros, cada paralítico se desmadejaba en cruel caricatura debajo de la imagen que tuvo. Estos son los hijos de la sífilis, el vicio y el pecado, decía el capellán, siempre presente a esa altura de la visita. Los visitantes murmuraban y salían acongojados y deshaciéndose en elogios ante el sacerdote mientras los guardianes reían por lo bajo. La visita solía seguir por el corredor de los apagados, hombres y mujeres que al ingresar aún se lamentaban, o lloraban suavemente y sin consuelo. Con el paso de los meses su ya escasa voluntad se volvía más y más exangüe. En los bancos más cercanos al recorrido estaban aquellos que ya no tenían fuerzas para tragar su propia saliva, rodeados de pequeños charcos; con la mirada errática, ya ni siquiera triste. Era con ellos con quien más esfuerzos hacía el capellán, convencido de poder devolverles la alegría necesaria para enderezar el cuello, con constante resultado infructuoso.

Recordó los gritos del capellán cuando advirtieron que estaba encinta. Los subnormales entrados en años y embrutecidos con ansias sementales sólo podían entrar a la galería de las histéricas, donde liberaban sus instintos. Ella no era histérica, y la familia accedió a encerrarla con tal de que la mantuvieran virtuosa. Siempre había hermanas en la galería donde ella estaba, nunca la perdían de vista, ella nunca se acercaba a otros. El director había exigido una explicación, pero la escena se le diluía en vahidos. Él trataba de verla siempre, trabajaba cerca de dónde ella hubiera escogido sentarse a cantar en voz baja, para ver sus ojos, sus manos adelgazadas hasta parecer de espuma, la sonrisa espontánea que de cuando en cuando le combustía la faz. Y es cierto que el único hombre con que estaba a solas era él cuando la examinaba en su consulta, mucho más amplia que la de ahora, es cierto que ella yacía sobre la mesa, dócil, y se dejaba explorar, pero el recuerdo se diluye, no podía ser que, no...

La galería de las histéricas también tenía una reacción típica, los hombres salían escupiendo y mascullando comentarios jocosos, las mujeres escandalizadas se santiguaban una y otra vez. Algunas de ellas habían sido amigas de las visitantes, esta galería no entendía de clases o apellidos. Mujeres de naturaleza y carácter débil, a menudo llorosas o furibundas que con el tiempo desarrollaban un notable apetito sexual o una incoercible tendencia al enamoramiento escandaloso. Muchas de ellas herederas de tierras o sumas, o primeras esposas, antes o después habían pasado por su consulta traídas por sus parientes o maridos. Sus gritos y protestas al verse encerradas pronto traspasaban la cordura, si había alguna duda quedaba disipada, y eran recluídas para siempre. Sus caracteres débiles las hacían propensas al pecado, por ello el capellán autorizaba a los retrasados adultos con impulsos incoercibles a descargar sus necesidades con ellas.

Sentado en el sillón de su despacho observa las manchas de su camisa, hoy desatada. Mientras se recuesta sobre el banco piensa en qué levita se pondrá mañana y en si la hermana Marie habrá hecho a tiempo su colada para pasar la visita de los ingresos nuevos, de los que no sabe el nombre aún. Trata de recordar a Nell de nuevo, pero vuelve a recordarla a ella, empapada en sudor y sangre cuando la encontraron muerta, no, no quiere pensarlo, cuando la encontraron quieta muy quieta con los labios amoratados y el recién nacido entre los brazos rígidos, quieto él también, con los ojos abiertos y sin apenas llanto. Salió uno de esos hijos de las hadas que ahora está con los demás niños, aunque los niños de las hadas no juegan con nadie, como mucho junto a otros. Se acerca al ventanal del despacho y le busca, apoyando la frente entre los barrotes. Entre los niños deformes y los de lengua hinchada apenas distingue nada. Hay varios niños sentados en los bordes del patio, ocupados con algo en sus regazos, o en las rejas, o en algún punto indefinido del suelo. Debe de ser uno de esos. Que quizá tenga los ojos de ella, aunque sea un hijo de las hadas. Y quién será el padre, se pregunta. Uno de los catatónicos no puede ser, ni uno de los paralíticos. Ni uno de los subnormales porque nunca llegaron a verla. Quién. La recuerda con sus ojos relucientes, tumbada en la mesa de su antigua consulta, mientras la palpaba. Quién...



para il thin white duce

martes 12 de mayo de 2009

IFMciSo: un mercado (Montevideo), color invasivo, objeto-un poema (no te salves), 2014

Viene notando últimamente que sólo busca sabores ácidos, ella que nunca los disfrutó. En verdad siguen sin gustarle, los precisa para estar aún una migaja despierta en algo que no tiene nada que ver con el sueño-vigilia. Escuchó esta mañana que alguien había intentado cruzar la aduana pasando una casa de muñecas con el linóleo del suelo hecho de planchas de hachís, y ha ladeado lentamente y a ambos lados la cabeza hasta bien entrada la tarde, pensando en pies de porcelana saltando entre baldosas. Ha dejado de contar las veces que le han cristalizado las ganas de morirse cuando iba por un número que ya no tenía tan claro si podía o no ser primo y ha pensado que sólo el color chartreuse podría salvarla de implosionar o colarse por el sumidero. En pro de la superviviencia y pasado el mediodía ha puesto el piloto automático para volver del hospital.

Aunque deambula buscando vagabundear casi siempre baja por Américo Ricaldoni dejando atrás el Quintela y las horas de la mañana. Mientras arde el mediodía austral callejea hasta llegar a Feliciano Rodríguez y ahí tuerce por Julio César abajo. Le hace gracia seguir siempre calles con nombre de hombre porque le recuerdan a sus noches con hombres sin nombre, que siempre saben a plástico de envolver y a almohada recalentada. Vira casi siempre en 26 de marzo hasta llegar a la rambla de Armenia. No sabe muy bien qué pinta una playa para Armenia allí, pero casi nunca hay nadie. Le simpatizan las playas pedregosas y marginadas, sin demasiados gordos tostándose al sol, con niños que gritan un poco menos que los otros niños. Los niños que están en las playas suelen escalofriarla, desde pequeña ha pensado que si en la orilla cierras los ojos suena igual que un cotolengo lleno de grandes retrasados que braman sin sentido. Nunca se queda demasiado en las piedras de Armenia, porque nunca hay un trozo de mar suficientemente grande sin barcos del puerto deportivo destrozándole la vista. Sube por Nicolás Piaggio y pasa por la avenida Rivera hasta más allá del boulevard, es la única calle ancha que se concede. Avanza por Verdi, siempre para a beber agua en Asturias, en absurda reverencia a la nadamaternal patria, sigue por Verdi, siempre por Verdi hasta que se extingue y tuerce por Dr Decroly y después por Pilcomayo. Las primeras semanas acababa exhausta y mareada ya a estas alturas, ahora camina fresca, con apenas algo de sudor frío para paladear el aire. El mar se asoma en algunos cruces y trata de esquivarlo para reencontrárselo de frente. Caramuru, Grito de Gloria, Palmas y Ombúes, que se ha cansado de nombres de hombre. Alcanza la calle Ciudad de París y olisquea el aroma de carne del mercado del puerto, donde acaban cenando siempre. Un taper traído de casa, pero cenan ahí.

Viene notando que el aburrimiento sería un lujo, y el tiempo repleto aún mejor. Ha notado que el gris plomizo del mar la disuelve más cada vez, mientras la invade y la va desmembrando, soltando los tendones de cada inserción, limándolos sin rozarlos, convirtiéndola en bolas de fibra, de grasa, de hueso, que cantan redondeándose como las piedras de un río. Ha notado que se ha vuelto arena por dentro cuando el viento se la ha empezado a llevar, justo a tiempo de saber que no quiere que la salven, ni el aire, ni el viento, ni ningún color (ni el chartreuse siquiera). De todos modos no es cierto que haya querido morirse ni que lo quiera ahora. Simplemente la única sensación que puede firmar como propia es que querría tumbarse en el suelo, en cualquier suelo, y dejar de estar, no haber existido nunca. Que el tiempo se cerrara sobre ella, sellando suave la cicatriz de su des-presencia.

Silvana parlotea sobre su jefe y su masterado, Neus insinúa que quizá cancele su vuelo de vuelta. A ella la lengua le restalla en la boca parloteando acerca de la rotación, del servicio y del olor a muerte transnacional de los viejos-que-se-niegan-a-morirse. Juraría que es otra la que habla porque sólo oye un sonido monótono y desagradable a lo lejos que tarda en identificar como su propia voz. Mañana salen las impugnaciones de los que fueron a esta convocatoria, tendrá que acordarse de llamar, la lejanía le ha enseñado que lo cortés importa.

La lengua seca le golpea el paladar y su voz le hace náuseas en los tímpanos. Sabe que mientras se niegue a pensarlo, no sabrá que algo va mal.


para Julia

miércoles 29 de abril de 2009

mitad del océano pacífico (a bordo de un barco), 1803, colgante de oro, azabache

El francés deambula por el puente, el bauprés está ocupado y le rechinan las canicas entre los dedos, crispadas por no rodarlo funámbulas como a estas horas suelen. Al contrario que los lobos, al francés la rabia la ha ido limando los dientes hasta hacérselos lisos como cantos rodados, y mientras habla solo se puede oír su entrechocar. Las canicas, los dientes y los herrajes de las botas al golpear entre sí, despiden un lejano fragor de cantera de los pasos del francés aunque nadie ha estado tan cerca de él en sus paseos como para poder oirlo.
Arde el cielo en la tarde que expira.

Edgardo sostiene su legajo de papeles rodeados de papel secante, y a escondidas de Doña Clara se sienta en el puente a leerlos. El dibujo del peñasco atravesado por el séptimo y octavo par le recuerda a Puerto Peñasco, el frío de la pasarela hasta el puente, el olor a podrido impregnándole el pelo. No había hablado de aburrimiento con Doña Clara para no tener que aburrirse con sus respuestas. Pero en Isla Tiburón había embarcado el francés.

A cientos de millas de tierra firme los nudos se deshacen bajo la quilla del velero, digna espada para el Alejandro I que les desplaza rumbo a los Mares del Sur. Edgardo suspira y trata de alejar la imagen de Prosperidad de su cabeza. No puede evitar imaginar una ciénaga llena de hombres oliváceos vestidos con taparrabos, con las facciones escarificadas como son en los dibujos los bigotes de los tigres malayos. En la facultad le habían hablado de cientos de tribus de los mares del sur, y todas se habían entremezclado en su cabeza aunando lo más fiero e hiriente de cada una para construir monstruos de piel humana, cuyos huesos parecían afilados para poder matar aún décadas después de muertos. De pronto, los dos se miran.

Doña Clara había intentado acercarse al francés cuando salieron al Pacífico, éste había mirado a su través, como buscando tierra firme a través de una vela tensa y encontrando un cayo arenoso bajo las botas. Doña Clara había desistido y proseguido con su parloteo hasta irritar a todos los pasajeros del navío. Con los marineros no había osado, tras escuchar viejas historias en Puerto Peñasco. A todos y cada uno importunó hablando de los padres de Edgardo, de su carta desde el nuevo palacete en colonias, del abolengo español de la familia de Edgardo, de cómo su hermano mayor ya estaba en Prosperidad aprendiendo a hacerse cargo de las tierras y las gentes, de cómo todos los hijos segundos de su linaje habían sido médicos y Edgardo brillaba en ese camino en la Universidad Pontificia de Méjico pero la abandonaba hasta nueva orden paterna camino de Prosperidad. A Edgardo las ganas de vomitar que le daban esas palabras se le habían cruzado con las ganas de vomitar por el constante vaivén de las aguas y se habían quedado atascadas en algún punto del peñasco sin conseguir llegar a su estómago pero inundándole de nostalgia de México, de empalago y de hastío.

Era el francés un hombre extraño, y eso no se podía dudar. Cada día, a sotavento para no molestarle, podía observar las finísimas cicatrices que se desplegaban en su espalda semidesnuda bajo el cielo incandescente de la última tarde, como vetas de nácar en una piel que mal cubría un cuerpo tenso, preparado para huir. Esa es la piel de los tigres malayos bajo el pelaje, se había dicho Edgardo, esa es la piel que tienen. Tendría el francés unos 40 años, o quizá algo menos y su piel había envejecido deprisa; tenía los ojos sombríos y su reino no parecía de este mundo. Le había estudiado con curiosidad suma todos los días desde que a la travesía se uniera, y al cerrar los ojos podía reproducir su imagen completa aunque sin enfocar ningún detalle concreto, al intentarlo la imagen se desbarataba y sólo se volvía a recomponer si dejaba volver al conjunto. La única vez que habían estado cerca, esa misma mañana, Edgardo se había fijado en las groseras y viejas cicatrices de sus muñecas. Cuerdas y grilletes, hará unos quince años, había espetado Edgardo en voz alta, retrotraído de pronto a un anfiteatro de autopsias. El francés le había mirado examinándole sin curiosidad. Algo así, había barbotado antes de bajar a cubierta.

Doña Clara le había despertado al día siguiente con su voz chirriante mientras le sacudía por el hombro. Mientras trataba de zafarse de ella, del sueño y de las mantas, una cadena de oro se le escurrió entre los dedos. Cerró instintivo el puño y echó las mantas en esa dirección mientras le consultaba a Doña Clara si no le importaba esperar fuera hasta que por lo menos estuviera vestido con algo más que una camisa de dormir. Solo de nuevo en el camarote examinó la cadena. Del final pendía un colgante con forma de jaula, de base redonda. Tras sus finísimos barrotes había, engarzado del techo, un pequeño pájaro también dorado. Al mover el colgante Edgardo supuso unas diminutas bisagras bajo sus alas batientes. El colgante brillaba bajo la luz que irrumpía por el ojo de buey, y el pájaro aleteaba al pábilo de sus temblorosas manos, volando quieto, en el sitio, con rumbo furioso a algún lugar lejos de grilletes, o calabozos, o Doñas Claras. Rumbo sin brújula a los mares del Sur, donde quiera que estuvieran, con o sin fieros salvajes, de pronto irrelevantes. Edgardo se tumbó de nuevo y cayó en la cuenta de que no era el aroma de su perfume el que emanaba de los almohadones. Desconcertado descubrió que no recordaba nada de esa noche, ni los ruidos, ni las sacudidas, ni el insomnio pertinaz de las noches anteriores. Tragó saliva.

Sobre la cubierta el francés hablaba solo, paseando sobre una línea imaginaria de tres zancadas, enjaulado él también. Edgardo vacilante se acercó a él. Al acercarse sus ojos zigzaguearon, brincando del detalle inidentificable que faltaba en el cinturón del francés, a la vaharada de su propio olor que despedían las francesas ropas, al anillo de sello con un azabache engastado que recién descubre falta en su propio dedo, al cordón nuevo que le pende del cuello. El francés empezó a girarse. Edgardo huyó despavorido a cubierta a encerrarse en el camerino de Doña Clara.


para Dolores

miércoles 11 de marzo de 2009

IFMciSo: Yalta, 1936, magenta, filo cordata

El trole ha vuelto a desengancharse de la catenaria. El conductor y el operario pasean por el techo con las botas de goma chirriando, el calor del mediodía vuelve correoso el vestido de Svitlana.
Oksushka, no te embotes, por favor, mira cómo lo hago.
El trole arranca de nuevo, camino de su residencia. A lo lejos se ve la línea de largo recorrido que las llevaría a sus casas. En Yalta debe arder el aire y la gente se estará bañando, y allí están ellas, en el destartalado julio, preparando los siguientes exámenes. En la tarde de Simferopol parece que solo quedan estudiantes y viejas que rezongan. Oksana enrolla una hoja de Pravda y se la tiende.
Explícamelo con esto.
Svitlana suspira. Con la luz que entra por los cristales las manchas de su falda relucen, incomodándola. Desenrolla la hoja, que sigue hablando del levantamiento fascista de España. Por el otro lado hay un retrato de Zinóviev. Oksana ha debido coger la primera página.
La notocorda se forma en esta dirección, señala con el índice, y por encima, del ectodermo, se va a ir formando la placa neural
¿pero el esqueleto?
El esqueleto axial se guía por la notocorda, también
¿Pero los que no tienen esqueleto?
Pues tienen notocorda pero no tienen esqueleto
¿y entonces la notocorda qué hace? ¿seguro que los cordados sin esqueleto tienen notocorda? ¿o solo amagan tenerla?
Oksushka, déjame un paz un rato y estúdiatelo tú, que no soy un mono de repetición del profesor.
Svitlana mira por la ventana, fastidiada porque en realidad no sabe responder. Saber contestar las preguntas de Oksana es genial, encontrar un vacío donde debería estar la respuesta le hace pensar que bien podría tener una esponja en vez de cerebro. O una tabla de lavar. Aunque viendo el estado de su ropa para lo doméstico tampoco vale demasiado. Este vestido claro era su favorito, pero en el laboratorio de micro se le volcó el frasco de fucsina ácida mientras hacía una tinción de ziehl-neelsen que por supuesto no salió. Mientras aguantaba el rapapolvo por confundir la fenicada con la ácida, el tinte traspasó la bata y echó a perder el vestido.
La facultad de ciencias naturales desaparece a lo lejos cuando el trole gira por la avenida. Svitlana hurga en el periódico hasta llegar a las fotografías.
Aún no hay de España, dice. ¿por qué hablan tanto de esa guerra? ¿no nos pilla muy lejos?
Oksana guarda silencio, y mira al conductor, distraída.
Ksiusha, sorda, hazme caso. ¿por qué crees que dan tanto bombo a esta guerra?
Kiril decía ayer en la fonda que esta guerra es un ensayo general de lo que ocurrirá en Europa, los fascistas se levantarán y el estado comunista acabará con ellos.
¿desde cuando nos creemos algo que dice Kiryusha? Es encantador, pero sabe de leyes y de política menos que tú y que yo, no entiendo qué hace estudiando letras.
Raísa decía a su vez que Stalin quiere que miremos lo que pasa fuera y no lo que pasa aquí.
Otra que tal baila. Raya, con tal de hablar bien de Trotsky y mal de Stalin es capaz de contar lo que haga falta.
Creo que su padre y él se conocieron en Samara.
Sí, en un periódico. Y algo debió pasar que siendo Raya pequeña se vinieron aquí, y no creo que fuera por el sol.
El trole da un frenazo en su parada y dejan el periódico arrugado en el asiento.





para Isä, neurocientífica

domingo 1 de marzo de 2009

europa, 20's, libro, rojooscurocasinegro

Se ha vestido como si fuera, porque es, un día de fiesta. Anochece lánguido y su silueta flota en el espejo, envestida en un traje de un color indefinido, que la vuelve aún más diminuta y delgada. Ha escogido sus mejores medias, las más viejas y las únicas que aún no tienen carreras. Las costuras asoman sobre sus zapatos de tacón. Aunque apenas acaba el verano se enfuenda el abrigo rojo y el sombrero. Coge el bolso de rejilla metálica aunque sabe que le destroza la ropa. Y el espejo de mano, y la polvera de nácar. Hoy es un día de fiesta y todos sus objetos maravillosos van a ir con ella. Por un momento tantea la posibilidad de llevar también la lámpara otomana que le regaló aquel soldado húngaro, que aún tiene mecha y cabe en la palma de su mano. Pero quizá no hay tanto que celebrar.

Los adoquines mellados castigan sus tobillos y su figura serena, que avanza detrás de su gorro y de su khol. Es una noche de fiesta, se ha convencido. La emoción que han sentido todas las mujeres de la historia acicalándose para una noche de fiesta la acompaña. Lo piensa fuerte y le asoma algo parecido a la serenidad mientras se adentra en el café. Hoy sí tocan el piano, y el vino caliente con especias no huele a rebajado. Ya nunca huele a vino rebajado en casi ningún sitio, pero no es cierto que uno se acostumbre rápido a lo bueno. Al menos Hildegarde no. Y hoy sí tocan el piano y huele bien. Los hados sonríen.

Wilhem está sentado, recostado contra la pared, mirando fijamente la palmatoria que ayuda a las tenues bombillas. A veces se le olvida levantarse cuando llega una persona conocida a sentarse con él, igual que a veces olvida que está leyendo el periódico, y lo sostiene abierto durante horas, sin reparar en que hay algo crujiéndo molesto en sus manos. Hildegarde cuelga el abrigo y el sombrero de un perchero de pie, y se sienta del otro lado de la minúcula mesa de mármol. El bolso sobre las rodillas engancha su falda y sus manos enguantadas rodean la palmatoria. Y entonces parece que Wilhem lleva con ella toda la tarde. Se sonríen un instante.

Wilhem parece ir de uniforme. En realidad ya lo parecía antes de la guerra, y lo ha seguido pareciendo desde entonces, hoy también.

La década despunta y las vidas de Hildegarde y Wilhem también. Esa es la celebración de Hildegarde este 24 de septiembre de 1921. Ninguno de los dos ha roto a hablar todavía. Pero es la primera vez en mucho tiempo que el silencio no quiere decir nada, en ninguno de los dos.

A Wilhem todavía le cuesta hablar. Aunque las cien palabras del día a día vienen a su boca con facilidad, cuando encadena más de dos frases siente un acordeón desarmándose y descomponiéndose en su cabeza. Cuando volvió pensó que el no ser capaz de hablar le daría vergüenza. Meses después lo recordó casualmente e intentó ponerle nombre a lo que sentía donde debiera estar esa vergüenza. Pero esa sensación no estaba en las por entonces 20 palabras que le venían a la mente, ni en realidad entre las miles que alguna vez conoció.

Hildegarde nunca ha perdido el habla, pero los tiempos sí le negaron el turno de palabra y no sabe si ya lo habrá recuperado, o si quiere hacerlo. Cuando Hildegarde mira a Wilhem no sabe si debe decirle que ella no conoció el infierno de Verdún, cosa que Wilhem sabe o se imagina, pero que también ha mirado al horror a los ojos, cosa que probablemente Wilhem no sepa. La cuestión es que no sabe si hablar del horror equivale a presumir de él. No quiere que Wilhem piense que quiere competir a longitud y profundidad de cicatrices. No sabe si él quiere que conozca las suyas, o si quiere considerárlas parte de ella. Al fin y al cabo, Hildegarde no sabe si sus heridas forman parte de ella o no, si algo que odias y desprecias es también parte de ti. El moho sale inevitablemente en su comida, pero no es su comida. Su pasado es inevitablemente su pasado, pero no sabe si es su vida.

Las primeras conversaciones después de la guerra nunca versaban sobre la guerra, despues la cosa dio un vuelco y lo hacían todas. En parte por eso no arranca la conversación esta noche. Hildegarde nunca habla de la guerra porque, por monstruoso que suene a todos menos Hildegarde, ha sido la época más feliz de su vida. Y no cree queWilhem pueda entender eso. Y de qué se puede hablar si no es de la guerra mientras se bebe vino y suena un piano, una noche e 1921.

Lo que Hildegarde no sabe es que Wilhem no está pensando en nada en este instante. La conversación no brota porque no busca palabras con las que arrancarla. En el sanatorio le enseñaron a reordenar el vacío tras su frente con algunas claves, y a partir de ahí desembrollar lo que necesitara decirle al exterior. Pero ese vacío no está vacío siempre, o no del todo. La primera vez que el vacío llenó su cabeza, en el frente, apareció una imagen que apartó galantemente el estruendo del fuego cruzado, el hedor del lodo lleno de sangre y las visiones de soldados cayendo que podían ser él. La imagen era sencilla pero se mantuvo intacta todo el tiempo que anduvo en trincheras, y mucho después. Un suelo de mármol blanco cegador, y un diván rojo oscuro, casi negro, de tacto de terciopelo y olor a sándalo. O como él cree que debe oler el sándalo. Hay una mujer de piel muy blanca y tacto de cristal a punto de entrar a escena y tenderse en el diván, pero nunca llega a aparecer. Aunque él sabe que está ahí. No necesita verla, porque en la imagen del vacío sabe que ella le sigue, aunque no haya movimiento; sabe que ella se tenderá después que él, aunque él no se vaya a ver nunca a sí mismo. Son cosas que son así, tan claras y nítidas como la imagen. También que la mujer de piel blanca va ataviada de rojo oscuro casi negro, aunque no vea como va vestida.

La boca de Hildegarde se dibuja en rojo oscuro en su faz pálida, mal escondida tras el primer colorete comprado fuera del contrabando. La primera vez que vio a Wilhem pensó que por fin iba a estrenar el cuaderno de piel verde oscuro que le regaló Fieke. Llegó a sacarlo del último cajón y desenvonver el lío de telas viejas que lo ocultaba de su vista. Y llenó ceremoniosa el tintero, sacó una pluma con la punta aún sin quebrar, y limpió cuidadosa la tabla del escritorio antes de soltar los herrajes dorados oscuros y, sin marcar las uñas en la piel, dejar al librito quejarse al ser abierto. Y estuvo a punto de escribir algo por fin, la desripción de Wilhem mirando al tendido apoyado en una farola. Y cuando una gota de tinta cayó sobre el papel desvirgándolo pensó que por fin lo haría. Pero lo cerró, y guardó la pluma, y vació el tintero en el frasco. Aunque no por ello dejó de pensar compulsivamente en su planta firme e indolente a la vez. Y en sus voces roncas intercambiando cortesías y al fin un lugar donde citarse sin el estruendo de la calle y sus respectivos acompañantes. Habría sido algo muy propio correr a contárselo a Fieke y Gerda. Y por primera vez en muchos años, casi diez, sintió una punzada de un dolor como el de entonces.

Lo que Wilhem no sabe es que ha habido mucho rojo oscuro, casi negro, en la vida de Hildegarde, aunque ella vaya a intentar no recordarlo jamás. En sus ojeras cuando los tiempos decían que tocaba empolvarse e ir a bailar, en sus manos en el hospital durante los años tenebrosos de la historia y tranquilos de su vida, entre sus piernas y floreciendo a mansalva en su piel en sus propios tiempos tenebrosos. En lo que respecta a sus propias mareas, por primera vez su imagen del diván no viene a rescatarle de nada, ni sella sus sentidos y le aísla del exterior. Simplemente encaja con la música que suena, con el olor a vino y cigarrillos, con las gotas de perfume de Hildegarde, con sus facciones huidizas, sus ojos ennegrecidos, su gargantilla desgastada, su vestido ceñido. Tiene una sensación extraña y de pronto, sin recurrir a palabras, repara en que es que lleva mucho rato sonriendo. Repara ahora en que también eso se le había vuelto ajeno.

Si la vida en aquellos tiempos hubiera dependido sólo de ironías del azar, algunos de aquellos que jugaron al ajedrez contando por miles los peones como Wilhem, enviándoles a la más pestilente de las pesadillas, podrían haber sido aquellos que unos años antes habían destrozado las vidas de Fieke, Gerda e Hildegarde. Pero lo cierto es que sus respectivos demonios ni siquiera coincidían, y quizá por eso no fueran a necesitar nunca ponerles nombre en la mente del otro. Como casi todos los concurrentes, Hildegarde comenzó a cantar en voz baja la canción tradicional que tocaban en ese instante. Las cortinas de cristal que volvían compartimentos estancos la mente de Wilhem se fueron disipando mientras, sin fijarse, quitaba los guantes de Hildegarde y recorría con los dedos sus manos desnudas.





para selina

viernes 27 de febrero de 2009

IFMciSo: parque natural de Plitvice (Lika), 2014, rojo chapetas, un libro de bolsillo desgastado

En realidad el (llamémoslo) problema es que se ha dejado el móvil en el albergue y hoy le decían el resultado de las impugnaciones. Pero a horas luz de la vida real, el resonar del agua hace entrar en resonancia sus neuronas y transforma ese desasosiego en la sensación de que se le escurren las manos del manillar por un sudor que no tiene. Bordea uno de los lagos.

Lo recordaba diferente. Más nítido porque una oposición le ha desgastado los ojos, más oscuro porque en aquel entonces no era la luz lo que le deslumbraba, más silencioso porque por entonces vivía ensordecido.

Sentado junto a la bici caída, saca de la mochila agua embotellada y busca el tiempo embotellado en el móvil que no ha traído. Una dosis de tiempo antiguo se descorcha entonces y le descontextualiza a la otra vez que estuvo ahí, en algún punto que no identifica.

Pero el momento se escurre.

Sin pensar demasiado, como casi siempre, saca el libro que se cae a pedazos del bolsillo delantero. Aunque hace casi dos años que no lo abre su mano recuerda como sostenerlo con un dedo en cada esquina para que no se desmorone el puñado de papeles, más que hojas tiene el libro, que van entreveradas. Lo abre al azar, pero se abre por donde más veces lo ha abierto. Y está a punto de no ver como se desliza entre las páginas un pelo largo, fino y tan liso que parece en tensión. Y el pelo trae a la dueña, y la dueña trae al momento que antes se escurrió, cuando el parque era más nítido, y sus sentidos más pobres por pura sobreexposición a algo que les sobrepasaba.

Y el tiempo se repliega y es el que abría el libro cada tarde y anotaba la palabra clave del día para no olvidar contársela, el que se levanta. La sangre le arde en sábana bajo la piel olvidando la anestesia de los últimos meses, sosteniéndole por la mandíbula, obligándole a otear el frente. Mientras emprende el camino de vuelta, al albergue, a los trenes, a las estaciones de tránsito que queden hasta volver a encontrarse. Al fin y al cabo, una vez retorcido el tiempo hasta despertar, Montevideo no queda tan lejos.




para Juanma y, por extensión, otra J (no cualquiera)

lunes 23 de febrero de 2009

Madrid, 2032, soga, verde

Aún no se ven en la distancia las cuatro torres. Caléndula apoya el talón de las palmas en el borde del asiento, rozando la puerta, y hace el puente sobre el asiento trasero. Comba la espalda lentamente hasta que su abdomen roza el techo del clio pleistocénico de finales de los noventa que las lleva a Madrid. Sálica apoya la cabeza en los muslos tensos de Caléndula y exhala el aire de un cigarro imaginario, tratando de vaciarse los pulmones hasta que los lóbulos floridos se vuelvan púas colapsadas. No lo consigue.

Al volante Soterránea se tensa pero sabe que es imposible contarle a Caléndula que las pueden multar, y que Sálica canturrerá una perorata biofísica acerca del modo más eficiente resistir los golpes transversales de lo más exculpatoria si le dice a Caléndula que de un frenazo en esa postura se puede matar, así que traga saliva y sigue conduciendo. Soterránea no se llama Soterránea, se llama Sagrario como su madre y su abuela y así hasta la noche de los tiempos, pero Caléndula y Sálica le cambiaron el nombre en el colegio después de preguntarle a Sagrario madre mientras las recogían a la salida si le gustaban más las iglesias cuando eran catacumbas o ahora, que podían estar en módulos de pladur.

Caléndula apoya la barbilla en la ventanilla y descuelga el resto de la cabeza mientras tira de las riendas de los ojos hasta casi hacerlos desaparecer bajo el párpado carbonizado con khol. Así su vista se arrastra pegada al suelo, aún campo, aún algo verdoso. Y deja arrastrar la mirada como si fuera una soga serpenteante que se continúa con el chasis como lo hace ella con sus músculos tensos, sosteniendo el techo, el motor, el tronco de su hermana recostado siguiendo la curva de sus piernas, como si las dos fueran un centauro inverso. Centauros del desierto, murmura Sálica dejando arrastrarse el paisaje por sus ojos en la ventanilla contraria. Soterránea la entiende esta vez, aunque nunca pregunta cuando no la entiende, ni cuando juegan con los dados con letras que fabrica Sálica con todo trozo de papel que cae en sus manos, y que Caléndula hace rodar por sus brazos, todo lo largo de su envergadura y con cuyo resultado de azar y referencias tienen letanía para toda una semana, que Soterránea no entiende y ha aprendido a ignorar.

Las sogas que brotan de los ojos-chasis de Caléndula y Sálica se arrastran por cada lado del coche y van saltando las vallas publicitarias, los postes, las señales y cualquier saliente perpendicular al suelo, suben sus miradas para no enganchar el coche, que parece saltar a la comba y circular por una vía distinta al resto de vehículos. A veces se desperezan a lo largo del haz de luz que entra por sus ojos y sienten como van chocando con cada saliente, a la velocidad del coche, visualizando como se machacarían sus cráneos, sus costillas y su piel con cada golpe, siempre a la velocidad que marca el conductor. Pero hoy se quedan dentro del asiento trasero, apenas algo fuera de sus cráneos.

Las cuatro torres se alzan ante ellas y se zambullen en la Castellana, Cuando caiga la noche irán a un concierto a una sala que se cae a trozos, en una bocacalle de Gran Vía, es todo lo que Soterránea sabe. Caléndula y Sálica probablemente ni siquiera se acuerden de a qué han venido a Madrid. Caléndula se sienta como dios manda y espeta: ¿y como se llama el vejestorio con guitarra al que venimos a ver? ¿aliqué?





para Aliaz

jueves 12 de febrero de 2009

bosque francés, perfume italiano, plata, 1984

Se sintió algo gilipollas al decirle que era del 84. Ella había sonreído y le había preguntado que de qué día. 4 de septiembre, dijo él, y ella rió franca y dijo, fíjate, ese día descubrí yo el sexo en compañía. Él se azoró, sin saber bien por qué, y deseó estar más vestido. Pero espera, entonces tú, ¿tenías once años? Los ojos vidriosos de Sylvie se habían vuelto en su dirección y habían temblado mientras sus carcajadas crecían, técnicamente diez, soy de noviembre.

Se habían conocido el viernes, en el apartamento de Sylvie. Ella había contratado un guía para que la acompañara en su visita a Bayeux y a la playa del desembarco, y fue a presentarse y decirle a qué hora la recogería el sábado. El minúsculo apartamento, los montones de cosas apilados en el suelo y las cajas a medio desembalar le habían irritado; el bastón, que tardó en identificar, colgado de una de las aspas del ventilador de techo, girando a todo girar, le había irritado aún más. Ella le invitó a entrar y se sentó en una caja a medio abrir. Él siguió de pie, deseando irse, sin fijarse en sus medias claras arrugadas, en el vestido raído, o la media melena negroazulada. Que no llevara gafas oscuras y le mirara con sus ojos enormes y esmerilados le incomodaba, y se sentía culpable por ello. Huyó escaleras abajo pensando con fuerza en los 150 euros que tendría el domingo por la tarde.

Antes de que cayera la noche del sábado ya había decidido que no le cobraría el servicio. Había sentido algo extraño sentado con ella en un banco dentro de la catedral de Bayeux. Como si hubiera habido en él un dolor opresivo comiéndole la garganta desde que nació, que nunca había advertido y que de pronto se había ido. Ella había estado callada mucho tiempo, mirando con sus ojos inútiles el lejano techo. Después habían intentado acertar la altura. Se lo preguntaron al hombre que vendía postales y crucifijos nada más entrar, y se quedó más cerca ella. La mañana ya se había dado la vuelta, pero cuando salieron al sol él tenía ganas de enseñarle todo.

Fueron a ver el tapiz de la reina Matilde, aunque él no entendía qué interés iba a tener una ciega en que le hablaran de un tapiz con dibujitos, pero esta vez fue sin reticencias. Mientras le explicaba la escena donde sale el cometa Halley estuvo tentado de contarle que él recordaba cuando pasó por última vez, pero no se lo dijo, porque fue en el 86, y el no tenía ni dos años, y ella no le iba a creer aunque fuera cierto.

De vuelta en su apartamento ella había vuelto a colgar el bastón de una de las aspas, mientras esquivaba las cajas a saltos para prepararle un té. Era un bastón algo extraño, aunque se partía en triángulo como todos. Pero era negro y parecía de filigrana, la empuñadura parecía de plata (aunque las marcas verdosas en la mano de Sylvie a media tarde lo desmentían) y ella lo blandía más como una lanza que como algo con lo que tantear el espacio seguro.

Cuando la sensación de ser muy pequeño y tener demasiado que aprender de ella le volvía a oprimir la garganta la besó, y a ella no pareció sorprenderla. Al desnudarla algo debió notar en sus manos, o quizá fuera capaz de sentir las expresiones de su cara aire al través, pero se rió de su instante de desconcierto al ver el pelo sin recortar que le brotaba de entre las piernas y parecía querer ascender fieramente. Se sintió otra vez muy pequeño, la primera vez, la segunda, y todas las de esa noche.

El domingo se fijó más en algunos detalles, como en las muchas botellas de alcohol vacías que había en el apartamento para el poco tiempo que Sylvie llevaba viviendo allí. O que él había hablado muchísimo de sí mismo, y Sylvie le había hablado mucho de la vida, pero ni una sola palabra sobre ella. Quería seguir haciéndole de guía, ese día, esa semana y para siempre, y no le cobraría por ello, porque guiar a Sylvie era con mucho, lo más interesante que había sucedido en su vida.

Cuando el lunes por la mañana se fue a la facultad con el dinero en la mano entendió que Sylvie no iba a querer volver a verle. Y el sonido de la cancela del portal al cerrarse le descubrió un dolor en una parte del cuerpo que no conocía.




para malize (y vittorio gassman)

sábado 7 de febrero de 2009

Valencia, 1442, lacre, lletra de batalla

Y sin lugar a dudas era que la joven Cayetana teñía sus pezones con el mismo ungüento en el que empapaba sus labios, y es por ello que no otra cosa que Carmesina la llamaban, porque bien era sabida su costumbre; y es que la joven Cayetana o Carmesina era como un mal aire de tos, gustara o no, todos en el pueblo la había tenido.


Tirant también, Tirant por supuesto, y hasta le había enviado misivas desde la pluvial y pérfida tierra Angla, aún cuando no iban a llegar o bien Carmesina iba a malvender el pliego al primer estudiante que encontrara en el mercado (si es que los estudiantes seguían dignándose a ir al mercado, que ahora que se decía que iban a ponerles una universidad en la misma Valencia igual pretendían subirse a las barbas de los hombres de bien).


Pero es más, y aún sin recibir respuesta más allá de los ecos de los gemidos de Carmesina en cualquier pajar y con cualquier otro, le había enviado misivas desde la pestilente Francia, siempre al final de cada acertada peripecia, siendo para ello más o menos necesario mentir en lo que a los desenlaces se refería, dedicando a algunos de los pliegos muchos rezos en penitencia, aún buscando al más glotón y pecadorzuelo de los confesores que encontrara.


Quién, y me pregunto, quién iba a imaginarse que la primera y última respuesta epistolar que iba a tener de Carmesina fuera a ser nada más y nada menos que una carta de batalla retándole en duelo a muerte. Bien es cierto que Carmesina mal conocía ese arte llamado escritura más que para distinguir un libro de un cazo, y bien es cierto que Carmesina decidió plantear su misiva a gritos en plena noche en vez de en formal documento, pero no dejó de ser una respuesta a sus misivas y hemos de ser fieles a la historia y recordar que el corazón de Tirant se vio al fin recompensado tras tanto desaire de una mujerzuela sin honra.


Mas hemos de remontarnos a tiempo atrás, antes de que nuestro héroe decidiera empuñar la lanza y llenar de valentía la armadura, para encontrarnos a un Tirant pilluelo, con la cara tan devorada por el acné que se diría sufría de escrófula; a la par tontorrón y risueño como solo un hombre virgen lo es.


Una buena noche de mayo la hermosa Carmesina le había empujado a un pajar, pues era ya toda una mujercita de costumbres, y con sus labios y pezones color rojo sangre había sellado su cuerpo por doquier diciéndole, sí, será muy señor, señor, pero ahora el señor es mío. No con poco desconcierto había observado Tirant, ya en el hogar, a la luz del candil su cuerpo lleno de numulares marcas rojas, sin saber desconcertado qué significaban, ya que no dejaban de recordarle a señales en una carta de navegación, y aunque ya por entonces le esperara mucho mundo, la navegación no terminaba de ser lo suyo. Ahora bien, que una de las marcas sí que la entendía, sí, y era la que bajo sus paños menores había dejado Carmesina con sus labios carmesí (o quizá en extraño movimiento, hubieran sido sus pezones, algo aturdido se sentía Tirant como para recordarlo): tirando de la piel fina y redundante de su miembro la muy maldita lo había lacrado y ya nunca más dejaría asomar su violácea bellota, que si bien era tímida y nunca salía del todo, sí había gustado hasta entonces de salir a curiosear.


Tantos años y aventuras después allí estaba Carmesina gritando colérica bajo su ventana, y Tirant miraba bajo sus calzones; ahí seguía su miembro lacrado, aunque el rojo se hubiera ido desluciendo con el rastro blanquecino y aromático que había dejado el paso de los años, rastro blanquecino que parecía rezumar sin fin del miserable orificio de piel que le había quedado.


Lo cierto es que Tirant nunca reveló a los suyos los detalles del final de esta historia. Hay quien dice que Carmesina moría de cólera y celos al saber que Tirant partía a Bizancio con el objetivo esta vez de nunca más volver y acabó reventando de rabia (o de la impaciencia del puño de algún vecino somnoliento). Y también añaden que Carmesina sabía que allí le esperaba una mujer, también de nombre Carmesina, y que era eso lo que enfervorecía su ira. Otros sin embargo cuentan que, harto de tanto grito, Tirant salió a la calle, se echó al hombro a la gritona muchacha y la llevó dentro; días más tarde la arrastró al barco que le llevaba a Bizancio y allí, tras mucha y muy densa discusión (cuentan que es lo propio de la tierra) cábalas hicieron para que la campesina acabara heredando Bizancio entero.


Sí sabemos sin lugar a dudas, y satisfechos nos regocijamos en recordar, que nuestro siempre venerado Tirant desposó a una Carmesina heredera del imperio, y que allí residieron felices, viéndose en los grabados de la época tal sonrisa en nuestro adorado Tirant, que no dudamos que Carmesina, fuera o no la original, desgarró la piel lacrada y dejó a la violácea punta volver a disfrutar de la libertad que siempre mereció.




para Surfin VLC

sábado 31 de enero de 2009

29 de mayo de 1985, estadio de Heysel, blanco/negro, una grada

Se rasca la sien izquierda distraído. Ya ha terminado de vestirse pero el aire está húmedo y el cuello vuelto le pica y extiende el picor al resto del cuerpo. Indolente, mira ensimismado al frente, a ningún punto concreto. Pierre le mira y le ve serio, serio como nunca. Se siente angustiado de golpe, daría lo que fuese porque todo hubiera sido distinto. Traga saliva y con la mirada implorante se sienta a su lado en el banco del pasillo.

- ¿en qué piensas, Michel?

Michel sonríe de medio lado y con voz satisfecha murmura

- huelo el tercero, Pierre. Huelo el tercero.
- ¿cómo?
- El balón de oro, Pierre. Ha sido un gol vulgar, pero había que marcarlo y lo he hecho yo, Pierre, y créeme que se acordarán de eso para el tercero.
- Sí, bueno- Pierra vuelve a tragar, desconcertado- aunque... bueno, ya lo hemos hablado, tres seguidos es difícil, ya sabes, nunca antes...

Pierre se queda callado, el traje le estorba, la camisa se le está quedando pegada a la tripa, demasiado redonda. Jugadores y acompañantes están dejando el vestuario ya, pero Michel está sentado, tranquilo. No es seriedad lo que le da un apecto ajeno a su semblante, Pierre ahora se da cuenta pero no termina de entender qué es.

- ¿sabes? Dicen que ha sido peor de lo que parece, dicen que ha muerto mucha gente, hasta niños.
- Perdona, no te estaba escuchando, ¿qué dices?
- Lo de antes del partido, parece, parece que ha sido peor de lo que creíamos.
- Eso estábamos comentando antes del partido, la han liado en las gradas, ¿no?
- Bueno, creo que... no sé, no me he enterado bien, yo estaba abajo en uno de los corredores mientras estabais con el entrenador y de pronto el ruido ha cambiado.
- ¿el ruido?
- Bueno, se, no sé se oían alaridos y gente corriendo, yo estaba pasando debajo de la zona A y la gente chillaba, y bueno, no sé, subí y, y, aquello era horrible, Michel.
- ¿aha? Vaya, bueno mañana veremos en el periódico qué ha sido exactamente, el árbitro no se aclaraba a explicarnos cuando hemos leído al principio. De todos modos Pierre, entiéndelo,- enarca las cejas y ríe- ¡el buen fútbol despierta pasión y nosotros la despertamos!

Michel se levanta y coge su bolsa. Pierre se queda quieto, sentado.

- ¿sabes Pierre? Antes al ducharme estaba pensando en que necesito que me ayudes. Necesito que me busques un fotógrafo bueno, que haga fotografías artísticas de verdad.
- ¿cómo?
- Sí, la fiesta de mi cumpleaños este año va a ser memorable. No voy a seguir siendo el Rey mucho tiemo, y quiero que las fotos de la fiesta queden para la historia. Quizá pida que las hagan en blanco y negro. ¿sabes Pierre? Aún me queda cuerda pero... la era del Rey se acaba. Llevo toda la tarde pensándolo. Este partido... quiero que este partido sea uno de mis recuerdos más felices.

Pierre le ve alejarse por el pasillo. Le zumban los oídos y el calor que sale del vestuario es insoportable.




para Hebuterne

sábado 17 de enero de 2009

IFMciSo: Nairobi, rojo, hoy, un billete de dólar

Las banderas blancas y azules arden en la pantalla, lejos, al norte. A termina el té hirviendo cuando D entra por la puerta tiritando. Las tardes de julio son frías y D lleva un vestido de manga corta y falda bajo la rodilla, nada más. Se ríen y se saludan, y se ríen y A le pregunta a D qué disfraz ridículo le ha tocado ponerse, esta vez el de cebra, dice, y a los americanos les ha encantado, a los belgas menos. A paga el té mientras D mira la pantalla, y salen juntas.

Andan serias hacia el coche de A, huele a hidrocarburo. Cada tarde cruzan el centro en vez de rodear la ciudad para llegar a las afueras en el extremo opuesto, es el rato de estar solas pero juntas aunque haya estruendo alrededor, como hay estruendo y están solas en el safari donde trabaja D y en la oficina de cambio donde trabaja A.

Paradas en un atasco D saca del bolsillo del vestido un billete de un dólar, se lo han dado a la cebra de propina. A no se ríe, y lo coge con los dedos, buscando el tacto frío de uno de los tantos billetes que toca todos los días. En silencio D coge la caja de cerillas del salpicadero y enciende una. Sonríen cuando aproximan la esquina a la llama. La bandera verde arde.

El atasco se resuelve y A sacude la mano antes de agarrar el volante para no quemarse con los restos del billete mientras se ríen a gritos.
Tras el coche se queda quieta una valla cuyo cartel muestra un Nairobi en el verano de enero. “La Ciudad Verde en el Sol”.



para June

sábado 10 de enero de 2009

1977, Memphis, Tennessee, traje de luces, neón púrpura

Del otro lado del cristal brillan luces de neón y el coche se para suavemente ante un local cuyas cintas de luz roja rodean en forma de capa a un monigote peinado con tupé que abre las piernas sobre el dintel. Tuck baja del coche y saluda al portero a grandes gritos. Celia para la cinta y enciende la radio, con el volumen bajo para que Tuck no se de cuenta. Hay niebla de claxon y motores y la gente grita por la acera, pero la canción inunda el coche.

I-I wish you could swim
Like the dolphins
like dolphins can swim
Though nothing
nothing will keep us together
We can beat them
for ever and ever
Oh we can be heroes
just for one day

Al lado del portero de la puerta con luces rojas hay un cartel grande con un hombre vestido de dorado delante de un buey. Tuck golpea la ventanilla delantera y llama a Celia a gritos pegando mucho la boca al cristal. Va a calentarlo, piensa, va a calentar el cristal y Celia no va a poder apoyar las mejillas contra el cristal frío. Celia abre la puerta del coche y el ruido de la calle sofoca la radio, Tuck le grita que su amigo acaba de venir de México, que quiere hablar con ella. La puerta se cierra de golpe tras su cuerpo breve.

I-I will be king
And you
you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them
just for one day
We can be heroes-just for one day

Celia sonríe tímida al amigo de Tuck, quizá ni siquiera trate de explicarle que es chilena, no mexicana. Varios locales más allá el neón es verde y es mejor mirar el verde que la camisa blanca de Tuck. Tuck odia que le llame Tuck, aunque no dice nada de que no llame mamá a Celia. Pero el verde es más interesante.

I-I will be king
And you
you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them
just for one day
We can be heroes-just for one day

Celia echa miradas nerviosas al coche. Han pasado muchos días desde la noche en que se intentó escapar y Celia le alcanzó corriendo en la linde del bosque, sin decirle nada, sólo agarrándole fuerte por el hombro y mirándole desde muy lejos. Para que Celia no llorara se quedó todo el verano en casa. Ahora acababa noviembre.

I-I can remember
Standing
by the wall
And the guns
shot above our heads
And we kissed
as though nothing could fall
And the shame
was on the other side
Oh we can beat them
forever and ever
Then we could be heroes
just for one day

Del otro lado de la linde del bosque parecía haber otras canciones, parecía haber océanos de silencio, de sueño y de hambre. El viento parecía tener otros colores, y briznas de neón verde. Cumpliría once años en enero y no esperaría más tiempo a saltar sobre el césped blando y correr sin hacer ruido para dejar la gris Virginia, las grises cenas, los grises e interminables viajes en coche. Quizá iría a ver a los hermanos de Celia desperdigados por Europa huyendo de la gente como Tuck. A buscar océanos de cristal frío donde apoyar las mejillas, sin coches sofocantes, sin noches saturadas de ruido y gente gris.

We can be Heroes
We can be Heroes
We can be Heroes
Just for one day
We can be Heroes

We're nothing, and nothing will help us
Maybe we're lying,
then you better not stay
But we could be safer,
just for one day

Oh-oh-oh-ohh, oh-oh-oh-ohh,
just for one day




para Ision

domingo 28 de diciembre de 2008

Jorasmia, 1220, moscatel, verde pistacho

Y aunque en las afueras ya todo el mundo hiciera el mongol en fila de a dos, no era eso lo que comentaban las viejas, pellejas; y es que el joven Zerav ha revolucionado por completo la otrora llamada Maracanda, y las viejas, pellejas, no pueden evitar abandonar sus calderos y sus barreños donde remojar los pies: hay que correr por las calles a ver la espalda del abuelo del joven Zerav.

-Vengan todas, viejas y niños, viejos y alegres y descocadas jovencitas, olviden las hordas que hacen el mongol a nuestras puertas, desármense nuestros raquíticos soldados y que sus flacuchos cuerpos vengan a observar esta, la milagrosa espalda de mi vetusto abuelo.

Corre el rumor por la ciudad entera y se vacían los templos, los pozos y algunos burdeles. Colas de improvisados peregrinos se escarban en las orejas para que la cera no les moleste y miran al sol para que les tueste las legañas y el frugal aperitivo les haga más corta la espera.

Ante el improvisado corro el abuelo refunfuña y se sienta de espaldas, al levantar su saya sus posaderas no muy limpias quedan expuestas, pero no importa mucho porque todos miran fijamente el bulto de color pistacho que ha salido en mitad de ningún lugar concreto de su espalda. Tiene el tamaño de un huevo de paloma y se diría que el verde hace aguas, o es iridescente.

- Es una verruga vulgar, mascullan algunas viejas
- ¿vulvar? Preguntan algunos viejos, con cara circunspecta y voz algo asustada
- No es una verruga señores, no es una verruga en absoluto, sea quizá un designio de algún antiguo dios, un recado de los mongoles, un retrato quizá de la valentía de ese afeminado Gengis Khan, sea lo que sea está en la espalda de mi abuelo y no en otro lugar, atrévanse por un par de monedas a acariciar su perlada superficie, tan tierna como los muslos de una prostituta vieja!

Las gentes se agolpan, tímidamente una virgen voluptuosa se acerca y se sienta en las rodillas del viejo, asoma la cabeza trabajosa tras su hombro y toca con los dedos el bulto color pistacho.
- ¡qué bulto tan extraño!, gime retorciéndose a horcajadas, ¡qué aspecto! ¡y qué tacto!, no he visto anda igual en toda Samarkanda, ¡ni siquiera el glande de aquel emisario mongol!
El viejo no masculla ya, quizá jadea con la boca abierta y el esquelético torso hundido entre los pechos de la virgen.

Los ciudadanos se animan, y alargan, el joven Zerav les anima a probar con la lengua el fantabulérrimo sabor del extraño bulto que para nada es una vulgar verruga.
- ¡sabe como debería saber el vino para que el vino supiera bien! Exclama paladeando un viejo herrero de agrietadas manos
- cierto es, proclama un monje, como si las viñas crecieran en llanuras bajo un solo abrasador, sin montañas que las llenaran de nieve.
- Eso es, eso es, lámanme el pus, ruega el viejo, mientras se jura no volver a arrancarse pelos enquistados antes de ir al burdel.


Los mongoles entran haciendo de las suyas en una ciudad tan atareada con el abuelo del joven Zerav que les desconcierta y aterra, pero entiendan vuesas mercedes que esto ya no es un tema propio de un libro de historia.



para Neschatsnaya svinia

Finlandia, S.XII, plateado, barco

Un drakkar fue lo primero que aprendió a dibujar en la ceniza que salía de la lumbre, aunque nunca habia visto uno, ni lo vería. Su bisabuela Ola, que ya apenas sacaba las manos de entre las mantas de su rincón le había hablado de ellos en su oscura y resquebrajada lengua, tan temblorosa que la propia Sif dudaba de si sería capaz de reconocerla en una voz que no fuera de animal moribundo.
Y un drakkar es lo que veía en el horizonte sobre la nieve si guiñaba los ojos, el drakkar que ella se imaginaba cada día, donde viniera el mismo Odín a salvarlas, a Ola apergaminada entre sus mantas y a ella con sus horquillas convertidas en arcos y flechas en miniatura, en los que sólo cabían sus dedos.

La bisabuela Ola había dejado de salir de casa cuando los soldados entraron calmadamente a saquear granjas y altares, robándoles los dioses y los recuerdos. La bisabuela Ola vino huida de una guerra que asoló su tierra y desmembró a sus gentes, y la simple imagen de soldados avanzando a zancadas entre los cerdos bastó para encerrarla para siempre en su rincón, renegando de esta tierra de donde venían sus dos maridos muertos en sendos inviernos, y del marido de su hija, que murió ahogado en su propio vómito, y del marido de su nieta, convenientemente emborrachado cada noche hasta seguir el camino de su suegro.

Sif sólo acepta hablar en la lengua de la bisabuela Ola, y con algo de esfuerzo ha logrado dejar de comprender los gritos de todos los que no sean ella, a fuerza de desaprender lo que aprendió sin darse cuenta. En esa lengua las dos invocan cada noche al viejo Odín, que las rescate del tiempo que todo destroza, que ha traído a los cristianos a las tierras del norte, que ha traído inviernos cada vez menos fríos, guerreros cada vez menos fieros, le rezan para que el tiempo dé la vuelta y Ola pueda volver a su pueblo natal a luchar con aceite hirviendo y flechas de fuego.

Sólo Sif sabe que la bisabuela Ola esconde desde hace años bajo su falda una punta de flecha de plata que su madre le hizo guardar antes del saqueo que la hizo huir. Fúndela cuando sea preciso y al caer en gotas formará las runas que te dirán qué has de hacer para convertirte en la valkiria que has de ser, pequeña Ola, y huye hacia el este, siempre hacia el este. Y recuerda allá donde vayas que no somos hijas de la sucia y sumisa Frigg. Pero nunca se atrevió a fundirla porque las huellas hacia el este de sus antepasados ya habían sido borradas por nieve y hierba del sur, y nunca conoció guerrero alguno que mereciera el valhalla. Guardó esperanzas mientras su piel se arrugaba y ajaba, pero supo que había perdido la guerra por desgaste y sin batallas del olvido y el tiempo, cuando los cristianos llenaron su tierra de adopción de la mediocridad que siempre merecieron sus nativos.

Pronto el invierno se la llevaría aunque nadie regara su pelo con agua mientras dormía para que el frío le royera los huesos como hizo ella con sus maridos, y ese día la pequeña Sif se quedaría la punta de flecha de plata, para fundirla y leer sobre la tierra el que debió ser su camino.

Sólo el mismo Odín, si sigue ahí, sabrá guiarla a un tiempo de guerras salvajes donde la valkiria que ambas escondieron pueda surgir de entre sus cenizas.



Para NEME

martes 2 de diciembre de 2008

universidad de miskatonic, principios del s.XX, el color surgido del espacio, una rara estatuilla de un dios polimórfico

Los dedos de su amigo vacilan temblorosos. La letra de trazo rápido que cubre el parte está rematada en su inferior por la firma capaz de enmudecer a cualquiera, ha sido Halsey nada más y nada menos quien ha examinado a Portia, saltándose al cuerpo de forenses.

...se objetivan lesiones serpiginosas en las paredes, no muy profundas y no sangrantes, se diría que viejas, aunque tampoco de aspecto atrófico. El cérvix conserva su estructura normal, no se muestra doloroso al manejo habiéndose objetivado respuesta estándar al dolor en la paciente pese a su estado obnubilado; se encuentra parcialmente borrado sin que se evidencien signos de gestaciones previas, confirmándose lo referido en su historia, nulípara y nuligesta. Se aprecian lesiones de fondo necrótico y algunas escaras, siendo compatibles con quemaduras de tercer grado...


Stan no comprende nada y su amigo trata de traducirle, a la luz del candil, el informe que ha escrito su decano tras la exploración de Portia. En el silencio de la antesala de los despachos, ocultos por el carro de historias para mecanografiar, ambos tratan de encontrar una explicación a la extraña concatenación de sucesos.

Portia desnuda y regia, cabalgando sobre las caderas de un Stan que se deja llevar aterrorizado mientras le hacen un hombre, una luz difusa en el viejo rincón del campus donde están ocultos, un sonido extraño que brota de las entrañas de Portia, sus ojos que se desorbitan mientras ella se endereza y con su cuerpo en perfecta vertical eleva la faz al cielo. Cuando vuelve a mirarle dentro de su boca no hay aliento, ni lengua ni dientes, sino un brillo oscuro; su cuerpo de diosa griega parece piel tensa envolviendo algo de un color desconocido, venido de lo más hondo del espacio.

Stan no ha conseguido calmar su temblor desde entonces, frases inconexas adoquinan su pensamiento y una se repite sin cesar “has despertado a la bestia, la has despertado, no hay vuelta atrás, has despertado a la bestia”.
No ha vuelto a ver a Portia desde ese día, y ha rehuido la escalinata de la facultad de medicina hasta que el perverso rumor se ha extendido por el campus, hablando de una Portia enferma y bordeando la muerte en la enfermería de su residencia.

Estuporoso y febril no pudo sino alegrarse cuando su amigo corrió a ofrecerle que entraran en esa, su misma facultad, a ver qué demonios había hecho salir al mismísimo Dr. Halsey de sus decanales aposentos y dignarse a explorar a una paciente, más aún siendo una mujer y más aún siendo de moral laxa, por muy estudiante suya que fuera.

Primero la enfermería y después la residencia femenina en pleno se habían clausurado, dejando en cuarentena a aquellas que, tras la enfermedad de Portia, habían comenzado a agarrarse el vientre y con los ojos vidriosos, repetir la machacona letanía de su delirio: “eech phee ehll”. O eso habían escrito en sus notas de aislamiento las enfermeras que se habían quedado al frente de la repentina epidemia.

Stan escucha atontado como su amigo tartamudea, con voz cada vez más crispada, la odiosa jerga de médicos en la que Halsey ha cifrado su informe.

...hallándose un cuerpo extraño que se extrae con extrema dificultad y abundante sangrado sin repercusión hemodinámica, a los intentos de movilización con pinzas y dilatación coadyuvante con tallos de Hegar, el cuerpo uterino responde con contracciones atípicas que no son percibidas como dolorosas por la paciente, aunque durante las mismas presenta desconexion con el medio, reflejo de masticación y movimientos estereotipados compatibles con una crisis epiléptica de ausencia típica; finalmente extraemos el cuerpo cuyo material no identificamos, tras contener el sangrado y devolver el útero a su posición lavamos con suero el objeto que ha sido a todas luces fabricado por manos humanas, de un material liso que nos recuerda a piedra, parece simular una forma remotamente antropomórfica y de un color verde profundo. Cabe destacar que durante la manipulación y extracción el objeto se hallaba extraordinariamente frío, sin hipertermia del cérvix como plausible compensación...

Stan tiembla, su amigo sigue y sigue leyendo formalismos, hasta que da la vuelta al informe. Es sin duda la misma letra del Dr. Halsey, pero caótica, dispuesta en diagonales que cruzan el revés de la última hoja del informe, sin un mensaje conexo.

... hemos despertado a la bestia... se lee entre los histéricos trazos,...dormía eternamente en sus entrañas y lo hemos despertado, Dios y el Conocimiento se apiaden de nosotros....


Su amigo parece súbitamente embelesado leyendo el miedo del a sus ojos todopoderoso Dr. Halsey.
Le sacaron algo de dentro, tío, ¿tú no lo sentiste? Debe ser eso lo que la ha puesto enferma, y debe ser algo gordo porque Halsey está muerto de miedo, tío, tiene que ser algo serio y tú tienes que haberlo visto, tío...


Stan traga saliva y trata de no vomitar mientras todo le da vueltas. No ha querido decírselo a su amigo, pero desde la noche con Portia no se ha atrevido a cambiarse de pantalones, y ha orinado a oscuras, tocándose lo menos posible. No lo había recordado hasta ahora, pero al volver a su dormitorio cuando se limpió los restos, la piel del glande se le había desprendido sin dolor, como quemada.



para malcom

lunes 24 de noviembre de 2008

un desierto, cualquiera, negro, una carta manuscrita

Cuenta la leyenda Nueva que enredado en asuntos de mujeres, el príncipe cayó al Pozo, y se quedó quieto en el fondo, con las piernas quebradas. No era este Pozo un pozo cualquiera, que los viejos bien saben que todo pozo, anegado o seco, ha tenido agua alguna vez. Y no era el caso.

Era un Pozo seco como el corazón de la tierra, y el sol del mediodía del Desierto calcinaba su fondo desde la noche de los tiempos. Cuenta la leyenda Vieja que lo construyó una tribu de ingenieros nómadas, que habían fabricado con ramas patas más largas para sus paticortos caballos, y habían enseñado a sus camellos a guiarse por las estrellas.

Y que en sus idas y venidas los ingenieros de ojos rasgados habían cavado y cavado allá donde el sol se hendía con más fuerza, convencidos de que la propia tierra sería capaz de engendrar agua, pero no lo consiguieron. Y dice la leyenda Vieja que el más anciano de los nómadas descendió a las profundidades, en expiación de su fallido teorema, para allí yacer por siempre, en el fondo del Desierto de roca; en un punto indefinido entre los hielos del ártico y los mares del sur.

Así pues el príncipe de la leyenda Nueva sólo tenía un modo de volver a la superficie, y es que en cada una de las piedras que contenían las paredes del Pozo para no enmudecerlo había grabada una letra, tantas como la vista alcanzaba.

Dice la leyenda Nueva que las grabó el sabio de la leyenda Vieja; que ordenando esas letras de un único modo posible, se descifraba la clave para flotar sobre el aire caliente, en el momento exacto en el que el sol de mediodía caía en tromba hasta el fondo, e iluminaba todas las letras.

Y algo de verdad debía de haber porque en el fondo del pozo se arremolinaba un polvo ancestral, pero no de los huesos del sabio quien, tras dejar la clave para escapar de su propio destino debió de perderse ante la eternidad andando por el Desierto.

Así que el príncipe de rasgados ojos y piernas quebradas aguardó paciente al sol de mediodía. Según avanzaba el alba las antiquísimas letras grabadas en tinta oscura se iban dejando ver.

Cuando el sol rozaba la vertical exacta ante sus ojos se desenrolló el jeroglífico en inesperado sentido, y entreleyendo de las letras del sabio al cambiarles el orden un auténtico Secreto, harto más importante que cualquier triquiñuela física de los nómadas ingenieros, el príncipe de ojos rasgados y quebradas piernas olvidó por qué quería volver a la faz de la tierra.
Alzó los ojos y dejó que el sol del Desierto los abrasara condenando su única posibilidad de volver a nuestro mundo.

Cuenta la leyenda Nueva que su calavera sonríe mientras se deshace en polvo.


para adacom

"atado al peso de las palabras que nunca dijo, al mirar al sol no hizo sombra"

viernes 14 de noviembre de 2008

un submarino en las profundidades abisales de la fosa de las marianas, año 1960, dorado, una llave

Pero Graciela viene de Martinica y no puede dejar que se vayan así, sin más, al fondo de los abismos, y sabe qué es lo único que puede hacer. Se citan en la tarde de todos los santos en la escalinata del campus viejo, Jacques estará dentro, besando afectuoso a algún viejo conocido de bata polvorienta y laboratorio reluciente. Don apoya la cabeza en una de las columnas, sin encogerse ante el frío, repasando el trayecto al otro lado del mundo. Nieva.

Graciela le alcanza en dos saltos, sin mediar palabra se quita los guantes, desabrocha el abrigo y aferra el huevo de porcelana que pende de su cuello. Don piensa en codornices y en disparos al viento, Graciela abre el huevo desenroscándolo por una línea oculta entre los engarces de la cadena. Del huevo cae un dado octogonal que con un click se abre en dos y descubre una canica de nácar que se desmonta como una magnolia, fina y quebradiza; dentro hay una gasa que Graciela extiende sobre la palma de su mano. En el centro yace un muñequito de cera vertebrado entorno a unas finísimas trenzas de fibra oscura. Del corazón del muñeco surge clavada una minúscula llave dorada.

Don mira hierático a Graciela, que sin apenas despegar los agrietados labios saca de su boca un atadijo. Decidida, arranca la gasa que envuelve un colgante ovalado, prendido a una cadena dorada. Don agarra el colgante y lo observa. Representa un submarino tan tallado que necesitaría un microscopio, o las gafas de orfebre del padre de Graciela, para poder describirlo. Don sabe reconocer el brillo tenue del oro, y pesa tan poco que ha de ser hueco. Graciela, que sostiene en la siniestra las dos partes del huevo, del dado, la canica desplegada, la gasa y el muñeco tendido, agarra con precisión la diminuta llave y la encaja en una cerradura ínfima, semioculta en el casco del submarino. Don cree oír el mecanismo chasqueando y observa la quilla abrirse en dos y mostrar un interior compartimentado, como los tabiques de una nuez. Dentro yace agrupado un muñequito de cera, igual que el que sostiene ella en su palma.

Graciela respira entrecortada, abate la quilla deshojada del submarino, con suave caricia hace girar la llave, la desprende y devuelve al corazón del muñeco, muñeco que vuelve a su mortaja de gasa, y la mortaja a la canica, canica que vuelve al dado que se esconde en el huevo que vuelve a cerrarse y pender de su cuello por una cadena.

Las sienes de americano de Don, aleadas con acero Krupp de batiscafo, desafían el frío; sus ojos de hombre escrutan sin entender demasiado las hogueras de Martinica que arden en Graciela. Sin hacer preguntas cuela la cabeza en la cadena y oculta el submarino tras el cuello de su abrigo y su camisa.

Graciela trata de hablar pero la voz se le ha secado en la garganta, quiere decirle que lo lleve consigo para llevarla consigo al otro lado del mundo, para hundirse en los abismos en un monstruo de metal muy parecido, que si le va a llevar a él también debe de algún modo llevarla a ella. Pero aborta las palabras y sólo se miran en el frío, hasta que Graciela se da la vuelta y corre por la calle hacia el tranvía. A medio camino se da la vuelta y con una voz que no es la suya grita “recuerdos a Piccard”.

Jacques franquea el umbral de la puerta y se encuentra al Don de siempre, que parece no haberle visto nunca. Se marchan paseando mientras Jacques parlotea acerca de calibres y presiones.



para Nemo

martes 11 de noviembre de 2008

una playa, primeros 70, gris, un pick up

La espalda volvió a amenazarle ruina al inclinarse para dejar los ojos a la altura de los surcos. Hizo fuerza con los párpados, y las líneas se dibujaron, pegadas, muy pegadas. Había vuelto a imaginarse en la camioneta de Cristóbal, saliendo muy pronto desde Pucón. Entre la niebla se veía el humo rojo del volcán, y era otra vez la primera vez que conseguía verlo. Volvía a haber estado en su camioneta, probablemente desnuda, envuelta en una toalla blanca, en la parte trasera, al raso. La humedad le apelmazaba el pelo y esta vez junto a su cuerpo iba un tocón de árbol con las raíces hundidas en el suelo, los anillos contaban sus años hasta ser talado.

El vinilo quieto ofrecía también sus años a la vista. No había estado este amanecer en Pucón, y no había estado con Cristóbal. Por un segundo olvidó las gomas tensas que le tañían en las rodillas y sin variar la postura, con el disco a la mitad de sus pupilas levantó el tubo de arena. La habían cogido en Temuco, hacía unos años, con el tiempo la arena oscura se había ido volviendo gris. Lo derramó despacio sobre el disco. En el silencio del apartamento la arena cayendo era estrépito, como si de los dedos le brotara una sangre de ceniza o de edificios derrumbados.
Había venido en un tren correo, envuelto en papel de estraza. No había tirado el papel ni visto la película, Images, pero había oído una y mil veces el chirrido de John Williams gimiéndole a una luna de sangre.
Encendió el pick-up y posó la aguja sobre el primer surco, limpio de arena; en algún momento del pasado una orquesta empezó a tocar. Se dejó caer sobre el suelo sintiendo el cráneo sobre la tarima; mirando a algún otro momento del pasado, donde nunca viajó en camioneta envuelta en una toalla, y donde nunca llegó a ver el humo del volcán.

La aguja prorrumpió en chasquidos al atravesar las dunas que tapaban los surcos, la edad del árbol, el momento de la orquesta, el nombre de Cristóbal, el otro lado del mundo.
La ventisca giratoria de arena de playa borró a John Williams y les borró a ellos.



para michaelmyers

lunes 10 de noviembre de 2008

Inciso terapéutico

Por todas aquellas veces que él había olido a bacalao, el niño sinnombre esta vez podría salir recubierto de escamas. Y cuando la tía Araceli desparramara en la cocina sus enseres y le sacara al crío de las entrañas podrían dejarlo colgando del techo, como una bola de discoteca, balanceándose con la corriente de la tarde.
A las malas se le escaparía a la tía Araceli como se le escapó el niño Juan, y mírale ahora, con su gorra de la selección, saltando entre las piedras de la orilla, pena que en los embalses nunca se ahogue nadie, ni se pueda uno morir a los nueve años de estar gordo por sólo comer mortadela.
Pena que el padre no se muera de pena de tener un hijo hecho de chopped con gorra de la selección y otro en camino, pasto de la tía Araceli para que encima no venga con escamas; pena que este embalse no sea otro sitio, pena que no sea el mar negro y ella no sea la técnico de limpieza de espada de un húsar. Está claro que si a cualquier húsar le pasa una un tarro de miel, éste le retorcerá la cabeza hasta abrirle la garganta al cielo y se lo volcará para que piense que se ahoga, se ahoga sin remedio, y que sienta al resbalar lenta la miel que cuando se desplome en el suelo le entrará una marabunta de hormigas en los pulmones, mientras el húsar se va paseando, pensando en cómo abrillantarse las botas.
Mira al marido roncando el calor de la tarde en el embalse infecto, sólo se despertará si ella intenta acerarse a apurar el último trago de cerveza que ha dejado, ella en cambio puede comerse la miel, de lo más adecuada en las primeras semanas, y si no mira lo buen mozo que ha salido el niño Juan; y si fuera yo un húsar, piensa, y si le atascara yo a él los pulmones, y si tiñera yo el embalse de negro, llenándolo de sus tripas y de todo lo que sobra de las mías.

viernes 31 de octubre de 2008

Madrid, hoy, rojo, una enorme y moderna mesa de operaciones en un quirófano perfectamente equipado

Nunca se acuerda de que María está preciosa con el gorro y la mascarilla, siempre que pasan por el antequirófano lo piensa y sabe que lo piensa siempre pero no vuelve a ocurrírsele hasta la siguiente vez. Se ha atado mal la suya, piensa en tirarla y coger otra, pero aunque sea de papel le irrita el gasto estúpido, se la ajusta, suplica a las luces cegadoras que no la dejen lavarse justo hoy, que se le cuela la respiración bajo la barbilla. Se huele el aliento y sofoca la ráfaga de vergüenza que le cruza tras la frente. De celadora está la obesa mórbida, que además de oler mal no sabe colocar las piezas de la mesa para subir las piernas de la paciente. La paciente es extranjera, tan arrugada que parece una pasa, un enanito desnudo y raquítico, cubierto por la manta hinchable. Recapitulando, la anestesista gilipollas, el cirujano que se quiere follar a María, por lo que probablemente se lavará ella, la residente sin sangre pero simpática, la enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre aunque nadie se lo crea. Están durmiendo a la enanita arrugada, la zorra de la anestesista no es capaz de ser amable ni aquí, María se le acerca al oído, si nos echa otra vez hoy pagas tú el café; Marta resopla una risa sardónica bajo la mascarilla suelta y van viendo como colocan el campo sobre la paciente. La enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre aunque nadie se lo crea va a estar de circulante, del antequirófano sale con las manos empapadas y en altola estudiante de enfermería, despliega la gasa esteril y empieza a secarse mientras el cirujano y la residente hablan de quién se lió con quién en el congreso de Washington. María habla con la residente sosa, Marta traga saliva y observa embelesada, como si no lo hubiera visto un millar de veces, a la estudiante desplegar la bata estéril sin contaminarla, ponérsela, enfundarse ella sola los guantes, atarse la bata, pide que le ajusten la mascarilla, la enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre le recoloca el gorro; lo lleva desechable, no le pega, seguro que tiene alguno propio, de tela, que seguro que no es de farmacéutica. María le da un codazo a Marta que está volviendo a hablar sola y le dice que babee menos mirándola que es la típica estudiante de enfermería macarrilla, con varios piercings pero la voz de flauta como todas, que dice pis en vez de orina, y lleva un paquetito de galletas en el bolsillo del pijama. Se acercan al campo pero el cirujano las recoloca rápido en segunda línea, ya han aparecido él y la residente, les ponen las batas, les ponen los guantes, hacen muecas para recolocarse las mascarillas. La operación comienza y Marta espabila con el codo de María de nuevo, con los pitidos y la campana del monitor ha cerrado los ojos y se ha adormecido. Se concentra en la estudiante de enfermería otra vez, la enfermera que antes era hija de puta y ahora las llama por su nombre pasea por detrás y apenas la corrige, debió ser muy hija de puta con ella al principio. La estudiante de enfermería no las ha mirado en todo el tiempo que llevan allí, es como si fueran transparentes, como para la zorra de la anestesista, pero Marta observa muy fijo a la estudiante, por qué si es estudiante ni siquiera las ha visto a ellas, también estudiantes y ahí apartadas, sin siquiera lavarse, haciendo equilibrios sobre las puntas de los zuecos para ver el fondo del campo. El cirujano que se quiere follar a María despotrica con la nueva genialidad del gerente-decidido-a-acabar-con-el-hospital, cambiar los pijamas y los campos y ponerlos de color carne, que es más moderno y da mejor imagen. La residente sonríe bobalicona sin saber de qué habla y el cirujano tiene un, probablemente irrepetible, arrebato docente, se vuelve hacia María y le pregunta sabéis por qué la ropa de quirófano tiene que ser verde o azul, ¿no? María lo ha oído mil veces pero nunca se acuerda, porque María no se acuerda de ninguna de las chorradas que le cuenta Marta, y Marta piensa si tragar la saliva encallada en la garganta que le ha dejado la estudiante de enfermería metida a instrumentista, piensa en si dejar de mirar lo blanco que es su cuello y como los pómulos le asoman sobre la mascarilla, está a punto de tragar y contar otra vez que los conos de la retina se saturan y dejan de ver el rojo salvo que descansen en azul o verde, y que en una cirugía es importante poder ver siempre el más mínimo rastro de sangre, y que con pijamas, batas y campos de otros colores el ojo se cansa y deja de verlo; pero sabe que si lo dice le temblará la voz, o lo dirá muy bajo, y entonces la estudiante de enfermería metida a instrumentista le echará un vistazo y la lanzará al olvido antes de salir del quirófano. No traga saliva, la luz hiriente sigue sujetándole la frente y el cirujano idiota le cuenta a María la milonga mientras esta se hace de nuevas.
No dan las diez aún, y la están matando los riñones. Suplica a las luces cegadoras que la escoliosis de María la haga estar de acuerdo con inventarse una clase a las doce y bajar a la cafetería...



para magüu

viernes 10 de octubre de 2008

Barcelona, 1173, negro, retorta

Y había sido todo deprisa y corriendo, aprovechando laudes del día anterior al día anterior, y como pájaro de mal agüero por toda la noche y todo el día había llovido a cántaros, como si el cielo mismo dijera que estaba haciendo algo que no debía hacer. Era al amanecer de ese día que iban a ahorcar a Juan y dejarle a secar sin recogerlo, y sin que los mismos monjes fueran a saltar al claustro a bajarle de la soga, porque les habían cortado la lengua, o eso decían, para que callaran no salieran de sus celdas más que para ir al coro, y no debían acercarse al claustro, so pena de excomunión.
Urraca poco sabía, si no es que directamente no sabía nada, pero estaba más muerta que viva cuando saltó la tapia mientras las campanas de laudes tapaban sus pasos y pudo avanzar por la galería a oscuras, palpando con las manos entumecidas que apenas asomaban bajo la capa negra que le robó a la vieja Sol.
En el silencio atronador había recorrido descalza el claustro, tan enorme que hubiera cabido un ejército entero, y donde ya habían levantado el cadalso. Bajo la túnica pardusca saca el ovillo de sedal y rodea con un cabo una de las columnas del patio. La piedra está helada y resbala, se le atontan las rodillas de hacer fuerza para trepar y la capa se le lía y no la deja subir, pero teme que su túnica o su piel amoratada brillen en la oscuridad si la aparta. Consigue alcanzar el capitel de la columna y engancha la vuelta del cabo de la vieja Sol en un saliente romo. Deshace el camino y deja el doble hilo reposar flojo, muy flojo sobre el cadalso; el hilo es tan fino que ni durante la mañana más clara podrá verse, pero debe apartarse del tránsito o descubrirán su juego, y a Juan se lo comerán los buitres, porque estando escondido el provenzal en el monasterio, ni un solo monje desobedecerá órdenes.
Tiene el rey frío en el espinazo, había dicho la vieja Sol, pero Urraca no quería saber más historias de la boca podrida de la vieja, suficiente tenía con los latigazos que se había llevado por servirle como abortera en los días fríos en los que las piernas deformes de la vieja Sol no la dejaban salir de su cueva.
Pero iban a ahorcar a Juan al amanecer próximo no, al siguiente, y la puerta del monasterio sólo se iba a abrir un día para que entraran las sacas de trigo, y ahí tenía que ir Urraca escondida y tenía que salvar a Juan de la horca y estando condenado a muerte sólo la vieja Sol podía tener algo que cambiara las tornas, así que había corrido a la cueva, y había olvidado los latigazos, y se había quitado la túnica y había dejado a la vieja Sol hacer con sus dedos retorcidos todo lo que quisiera con ella.
Y ahora está ahí, con el ovillo de hilo finísimo que le resbala por la piel, dejando un reguero doble de hilo flojo flojísimo para que nadie tropiece con él. Y del otro lado del claustro en el pasillo hay una hornacina en la que nunca entra la luz, le ha dicho la vieja Sol, y ahí se dirige y se esconde bajo la figura de piedra de un santo helado, arrebujada en la capa y respirando flojito, apresando entre los dedos el último extremo que puede agarrar del sedal, si quiere dejarlo suelto como para que lo pisen sin tropezar con él los monjes silenciosos que ya vuelven por la galería, en fila de a dos.
Le había preguntado a la vieja Sol como podía saber tanto del monasterio si nadie que entrara al monasterio volvía a salir salvo los sacos vacíos, y ella se había reído con su risa de espectro, y le había dicho guiñando mucho los ojos si creía que era la primera que iba a entrar entre los sacos. Quita, niña, quita, que no vaya otra como tú escondida en el carro, que los monjes aunque no tengan lengua son hombres, y saben que tú sí la tienes y qué sabes hacer con ella...
Urraca había cerrado los ojos y pensado fuerte en Juan colgando de la horca para no ver a la vieja Sol lamiendo debajo de los hábitos de los monjes, porque no podía imaginarla menos vieja y menos sucia que la vieja Sol de ahora, y hasta después del calabozo y los latigazos era capaz de sentir náuseas al imaginar cosas terribles. Los había cerrado tan fuerte que se había balanceado y casi tiró al suelo una retorta verde en la que hervía algo. Una sonora bofetada le había hecho temblar los dientes y a tirones de pelo la llevó la vieja Sol a un rincón de la cueva donde no rompiera nada. Pero al final el alambique en el que trajinaba la vieja había empezado a escupir algo, de los trozos de bronce que había arrancado Urraca de las lanzas viejas de los soldados que la azotaron, y de los mil mejunjes que tenía guardados la vieja Sol; escupía un hilo finísimo que brillaba a la luz del fogón, y que al enfriarse hizo una madeja que ellas hicieron ovillo. Después la vieja Sol la había dejado vestirse y marchar, con su capa negra bajo la túnica.
Cuando abrió los ojos el sol brillaba con fuerza y hasta en la hornacina había algo de claridad. De tan entumecida creyó que no volvería a moverse y aterrorizada se quedó quieta mientras trataba de volver a sentir sus manos. En sus dedos ateridos seguían prendidos los dos cabos del sedal. No se atrevió a tirar, porque se oían monjes pasando, ni menos a asomar la cabeza. Faltaba aún para tocar a vísperas, la garganta le ardía de sequedad, y la capa olía a las ratas muertas que comía la vieja Sol.
Al tocar maitines y pasar en fila de a dos los mudos monjes, volvió a atreverse a saltar al suelo, desplegar la capa, alisar los pliegues de la túnica que se le habían hincado en la carne, y olvidando el enésimo sacrilegio había bebido de la pila de agua bendita hasta que la garganta se le vació de pez.
Al volver a la hornacina tuvo un momento de miedo, al no encontrar los cabos del sedal. Cuando chirriaban ya las puertas del coro los encontró y volvió a esconderse. Y ahora faltaba poco para que trajeran a Juan.
Dónde estaba Juan es algo que no había pensado, al fin y al cabo el monasterio no se abría más que para que entraran los sacos de trigo, y si los monjes no tenían lengua, Juan si, y no iba a esperar a la muerte sin gritar, pero Urraca no había oído nada. La intranquilidad azotaba, en esto no la había hecho pensar la vieja Sol.
Pasaron los monjes, y pasó laudes, y comenzó a amanecer y chirriaron las puertas que no iban a abrirse y por la galería se oyó un atronar de pasos y voces, del cortejo de militares que traía arrastrado a Juan. Urraca se tensó, y trepó apontocando con los pies en el santo hasta lo alto de la hornacina, tirando fuerte del hilo para que quedara tenso, casi tan alto como el travesaño del que iban a colgar a Juan.
Comenzó el desfile, y la sentencia, la mentira de la gallina robada, el olor a incendio en la casa del conde que atribuyeron a Juan mientras habían corrido a esconder al provenzal, o eso dijo la vieja Sol, le taparon la cabeza con un saco del que cayeron plumas, le siguieron las risas de los soldados, la soga alrededor del cuello, el chasquido, el latigazo de la soga al tensarse, el pataleo de Juan en el aire, el dolor en los labios de Urraca al atravesárselos con los dientes para no llorar. El desfile de soldados con su griterío alejándose y saliendo por ese portón que no iba a abrirse.
Urraca que se ha escondido tras el santo con sólo el brazo extendido vuelve a trepar a lo alto de la hornacina y aferra un cabo con cada mano, como si estuviera cabalgando a lomos del mismo diablo y dependiera de las riendas poder llegar al final. Una está tendida a cada lado de la cuerda, ahora cada cabo, que rodea la columna de enfrente, es mucho más corto, y la parte suelta tras sus manos hace cosquillas en sus tobillos. Acerca a la cuerda su finísimo sedal y comienza a hacer cizalla.
Este hilo está hecho de metal y aceite, le había dicho la vieja Sol. Si haces cizalla con él, romperá cualquier cosa. Cualquier cosa, niña, y cualquier cosa es cualquier cosa.
Juan se balancea en la cuerda, y aún de cuando en cuando patalea, aunque cada vez menos, y más flojo. Urraca prefiere no pensar y se concentra en la cuerda, en vez de recordarse a ella pataleando, primero debajo de Juan, después, y cada noche, encima.
El sedal va hendiéndose en la soga y va rompiendo fibra a fibra, cada vez que salta una, una levísima sacudida anima a Urraca a continuar. Pero la piel de sus manos también acusa la cizalla, el hilo es tan fino que le corta la piel, y va fileteando poco a poco sus palmas. El sol sube en el cielo y arranca algún brillo al sedal, mientras en la penumbra de la hornacina Sol puede ver su sangre resbalándole por las manos y haciendo escurrirse el hilo. Apenas ha cedido un tercio de la cuerda y Juan pende ahí, como un muñeco de paja. Mientras las manos se le van volviendo ampollas y llagas, Urraca no puede parar de pensar en Sancha, la criada de la señora. Sancha no es como Urraca, una sucia campesina metida a abortera. Sancha tiene varias túnicas, y va en el carro con el equipaje de la señora de su casa, y lleva el pelo recogido con un cordel con cuentas. Los dedos les arden y le hielan a la vez y busca espacios de piel sin abrir en el dorso de los dedos, para poder dar fuertes tirones. Y no puede evitar pensar en como Juan mira a Sancha aunque Urraca esté con él, y aunque Sancha jamás fuera a mirar a Juan porque Juan es buen mozo pero huele a porqueriza que es de donde viene y donde quedará. Sancha jamás le miraría, ni segaría con hilo y a costa de sus manos la soga que le ahorca. Urraca siente como las lágrimas le hacen arder aún más las manos, pero no puede evitar pensar en que como él mira a Sancha, jamás la ha mirado a ella.

Con las horas al fin cede la cuerda y cae Juan a plomo. Olvidando a los monjes Urraca corre al centro del claustro, donde no la sorprende nadie, y destapa la cabeza de un Juan abotargado y blando, que aún exhala un hálito débil. La raquítica Urraca lo envuelve en la capa y tira de él, sin que nadie les descubra. Va a escurrirse con su fardo por las galerías hasta llegar al ventanuco sobre el río por el que le ha dicho la vieja Sol que deben saltar, pero aún le da tiempo a mirar hacia atrás. Aunque no se ha preocupado de no hacer ruido no aparece nadie detrás de ellos. Siente un escalofrío y vuelve a escoger no pensar.



para chemawalkison