-mientras no sea inglés, no me importa. (y sin embargo tus genes arden en nitrógeno inglés pues siete saltos antes de los que hoy te son, una división crucial acaeció en la pérfida albión sin la que no serías)
-los ingleses no tienen los ojos así, abuelo. (bien deberías saber que no es tu abuelo y desde la noche de los tiempos tú sí que no tienes ni un sólo gen venido de más allá de la serranía siendo, sin óbice alguno, aquel cuyo córtex más permutaciones sinápticas puede alcanzar)
Daiki apenas intenta fijar la vista por el escaso ventanuco nítido que le queda. (no sabe ni sabrá que la presión interna de su ojo ha rechazado nasalmente los vasos y lamido la retina volviéndola una lámina burdeos, hasta excavar la cabeza del nervio mientras la visión iba claudicando centrípeta)
Avanza dentro de la habitación y encorva más su cuerpo para acomodarlo al banco al que le arrastra el crío. (no sabe que sobre ese banco han muerto convulsas tres generaciones de mujeres con su prole atravesada en el vientre, arrastradas por la furia comburente de las entrañas capaces de romper las tripas de cerdo que tratan de protegerlas del semen que las intoxica)
Es más fácil explicar cómo ha llegado un octogenario japonés a la cabaña en la ladera, que explicar cómo consigue conciliar el sueño en la oscuridad. Apenas baila un destello rojizo en el centro de esa su cárcel.
Pasado Pampaneira sólo el viejo les acompañó, rezongando. Se dice que estudió leyes y han llegado las noticias, se ha firmado en Madrid que otra de esas islas del caribe ya no sería de la corona. (y no sabrás que dentro de tiempo, ni mucho ni poco, esa isla será famosa por la abundancia de lo único que podría quitarte esos dolores de las articulaciones, erosionadas y deformadas por tu propia furia contra ti)
Amanece en todos los calendarios. El japonés se sostiene en Tobías para mirar el horizonte con sus dos hilos de mirada. En el rostro repujado arde una sonrisa. (y ninguno sabría que los trazados más prominentes del guiñapo que amasa sus gestos se crearon el mismo día que el joven Daiki conoció mujer)
Daiki señala el verde profundo y se señala, alternando, mientras aprieta el hombro del chico.
Tobías se encoge incómodo. (no sabe ni sabrá que Daiki significa árbol frondoso y eso trata de decirle el viejo, que nunca sabrá que entonces Tobías le contaría cómo el nombre de su madre muerta quería decir jardinera según le contó el viejo leguleyo, y ninguno de los dos sabrá nunca que Hortensia comenzaba a cegarse de forma idéntica a cierto octogenario japonés)
La noche cae otra vez. Los tres duermen en esa reunión sin sentido, de la que no ignoran más que de cualquier otro movimiento que atacan.
para stiff little sfinter
sábado 30 de enero de 2010
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