domingo 1 de marzo de 2009

europa, 20's, libro, rojooscurocasinegro

Se ha vestido como si fuera, porque es, un día de fiesta. Anochece lánguido y su silueta flota en el espejo, envestida en un traje de un color indefinido, que la vuelve aún más diminuta y delgada. Ha escogido sus mejores medias, las más viejas y las únicas que aún no tienen carreras. Las costuras asoman sobre sus zapatos de tacón. Aunque apenas acaba el verano se enfuenda el abrigo rojo y el sombrero. Coge el bolso de rejilla metálica aunque sabe que le destroza la ropa. Y el espejo de mano, y la polvera de nácar. Hoy es un día de fiesta y todos sus objetos maravillosos van a ir con ella. Por un momento tantea la posibilidad de llevar también la lámpara otomana que le regaló aquel soldado húngaro, que aún tiene mecha y cabe en la palma de su mano. Pero quizá no hay tanto que celebrar.

Los adoquines mellados castigan sus tobillos y su figura serena, que avanza detrás de su gorro y de su khol. Es una noche de fiesta, se ha convencido. La emoción que han sentido todas las mujeres de la historia acicalándose para una noche de fiesta la acompaña. Lo piensa fuerte y le asoma algo parecido a la serenidad mientras se adentra en el café. Hoy sí tocan el piano, y el vino caliente con especias no huele a rebajado. Ya nunca huele a vino rebajado en casi ningún sitio, pero no es cierto que uno se acostumbre rápido a lo bueno. Al menos Hildegarde no. Y hoy sí tocan el piano y huele bien. Los hados sonríen.

Wilhem está sentado, recostado contra la pared, mirando fijamente la palmatoria que ayuda a las tenues bombillas. A veces se le olvida levantarse cuando llega una persona conocida a sentarse con él, igual que a veces olvida que está leyendo el periódico, y lo sostiene abierto durante horas, sin reparar en que hay algo crujiéndo molesto en sus manos. Hildegarde cuelga el abrigo y el sombrero de un perchero de pie, y se sienta del otro lado de la minúcula mesa de mármol. El bolso sobre las rodillas engancha su falda y sus manos enguantadas rodean la palmatoria. Y entonces parece que Wilhem lleva con ella toda la tarde. Se sonríen un instante.

Wilhem parece ir de uniforme. En realidad ya lo parecía antes de la guerra, y lo ha seguido pareciendo desde entonces, hoy también.

La década despunta y las vidas de Hildegarde y Wilhem también. Esa es la celebración de Hildegarde este 24 de septiembre de 1921. Ninguno de los dos ha roto a hablar todavía. Pero es la primera vez en mucho tiempo que el silencio no quiere decir nada, en ninguno de los dos.

A Wilhem todavía le cuesta hablar. Aunque las cien palabras del día a día vienen a su boca con facilidad, cuando encadena más de dos frases siente un acordeón desarmándose y descomponiéndose en su cabeza. Cuando volvió pensó que el no ser capaz de hablar le daría vergüenza. Meses después lo recordó casualmente e intentó ponerle nombre a lo que sentía donde debiera estar esa vergüenza. Pero esa sensación no estaba en las por entonces 20 palabras que le venían a la mente, ni en realidad entre las miles que alguna vez conoció.

Hildegarde nunca ha perdido el habla, pero los tiempos sí le negaron el turno de palabra y no sabe si ya lo habrá recuperado, o si quiere hacerlo. Cuando Hildegarde mira a Wilhem no sabe si debe decirle que ella no conoció el infierno de Verdún, cosa que Wilhem sabe o se imagina, pero que también ha mirado al horror a los ojos, cosa que probablemente Wilhem no sepa. La cuestión es que no sabe si hablar del horror equivale a presumir de él. No quiere que Wilhem piense que quiere competir a longitud y profundidad de cicatrices. No sabe si él quiere que conozca las suyas, o si quiere considerárlas parte de ella. Al fin y al cabo, Hildegarde no sabe si sus heridas forman parte de ella o no, si algo que odias y desprecias es también parte de ti. El moho sale inevitablemente en su comida, pero no es su comida. Su pasado es inevitablemente su pasado, pero no sabe si es su vida.

Las primeras conversaciones después de la guerra nunca versaban sobre la guerra, despues la cosa dio un vuelco y lo hacían todas. En parte por eso no arranca la conversación esta noche. Hildegarde nunca habla de la guerra porque, por monstruoso que suene a todos menos Hildegarde, ha sido la época más feliz de su vida. Y no cree queWilhem pueda entender eso. Y de qué se puede hablar si no es de la guerra mientras se bebe vino y suena un piano, una noche e 1921.

Lo que Hildegarde no sabe es que Wilhem no está pensando en nada en este instante. La conversación no brota porque no busca palabras con las que arrancarla. En el sanatorio le enseñaron a reordenar el vacío tras su frente con algunas claves, y a partir de ahí desembrollar lo que necesitara decirle al exterior. Pero ese vacío no está vacío siempre, o no del todo. La primera vez que el vacío llenó su cabeza, en el frente, apareció una imagen que apartó galantemente el estruendo del fuego cruzado, el hedor del lodo lleno de sangre y las visiones de soldados cayendo que podían ser él. La imagen era sencilla pero se mantuvo intacta todo el tiempo que anduvo en trincheras, y mucho después. Un suelo de mármol blanco cegador, y un diván rojo oscuro, casi negro, de tacto de terciopelo y olor a sándalo. O como él cree que debe oler el sándalo. Hay una mujer de piel muy blanca y tacto de cristal a punto de entrar a escena y tenderse en el diván, pero nunca llega a aparecer. Aunque él sabe que está ahí. No necesita verla, porque en la imagen del vacío sabe que ella le sigue, aunque no haya movimiento; sabe que ella se tenderá después que él, aunque él no se vaya a ver nunca a sí mismo. Son cosas que son así, tan claras y nítidas como la imagen. También que la mujer de piel blanca va ataviada de rojo oscuro casi negro, aunque no vea como va vestida.

La boca de Hildegarde se dibuja en rojo oscuro en su faz pálida, mal escondida tras el primer colorete comprado fuera del contrabando. La primera vez que vio a Wilhem pensó que por fin iba a estrenar el cuaderno de piel verde oscuro que le regaló Fieke. Llegó a sacarlo del último cajón y desenvonver el lío de telas viejas que lo ocultaba de su vista. Y llenó ceremoniosa el tintero, sacó una pluma con la punta aún sin quebrar, y limpió cuidadosa la tabla del escritorio antes de soltar los herrajes dorados oscuros y, sin marcar las uñas en la piel, dejar al librito quejarse al ser abierto. Y estuvo a punto de escribir algo por fin, la desripción de Wilhem mirando al tendido apoyado en una farola. Y cuando una gota de tinta cayó sobre el papel desvirgándolo pensó que por fin lo haría. Pero lo cerró, y guardó la pluma, y vació el tintero en el frasco. Aunque no por ello dejó de pensar compulsivamente en su planta firme e indolente a la vez. Y en sus voces roncas intercambiando cortesías y al fin un lugar donde citarse sin el estruendo de la calle y sus respectivos acompañantes. Habría sido algo muy propio correr a contárselo a Fieke y Gerda. Y por primera vez en muchos años, casi diez, sintió una punzada de un dolor como el de entonces.

Lo que Wilhem no sabe es que ha habido mucho rojo oscuro, casi negro, en la vida de Hildegarde, aunque ella vaya a intentar no recordarlo jamás. En sus ojeras cuando los tiempos decían que tocaba empolvarse e ir a bailar, en sus manos en el hospital durante los años tenebrosos de la historia y tranquilos de su vida, entre sus piernas y floreciendo a mansalva en su piel en sus propios tiempos tenebrosos. En lo que respecta a sus propias mareas, por primera vez su imagen del diván no viene a rescatarle de nada, ni sella sus sentidos y le aísla del exterior. Simplemente encaja con la música que suena, con el olor a vino y cigarrillos, con las gotas de perfume de Hildegarde, con sus facciones huidizas, sus ojos ennegrecidos, su gargantilla desgastada, su vestido ceñido. Tiene una sensación extraña y de pronto, sin recurrir a palabras, repara en que es que lleva mucho rato sonriendo. Repara ahora en que también eso se le había vuelto ajeno.

Si la vida en aquellos tiempos hubiera dependido sólo de ironías del azar, algunos de aquellos que jugaron al ajedrez contando por miles los peones como Wilhem, enviándoles a la más pestilente de las pesadillas, podrían haber sido aquellos que unos años antes habían destrozado las vidas de Fieke, Gerda e Hildegarde. Pero lo cierto es que sus respectivos demonios ni siquiera coincidían, y quizá por eso no fueran a necesitar nunca ponerles nombre en la mente del otro. Como casi todos los concurrentes, Hildegarde comenzó a cantar en voz baja la canción tradicional que tocaban en ese instante. Las cortinas de cristal que volvían compartimentos estancos la mente de Wilhem se fueron disipando mientras, sin fijarse, quitaba los guantes de Hildegarde y recorría con los dedos sus manos desnudas.





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