sábado 7 de febrero de 2009

Valencia, 1442, lacre, lletra de batalla

Y sin lugar a dudas era que la joven Cayetana teñía sus pezones con el mismo ungüento en el que empapaba sus labios, y es por ello que no otra cosa que Carmesina la llamaban, porque bien era sabida su costumbre; y es que la joven Cayetana o Carmesina era como un mal aire de tos, gustara o no, todos en el pueblo la había tenido.


Tirant también, Tirant por supuesto, y hasta le había enviado misivas desde la pluvial y pérfida tierra Angla, aún cuando no iban a llegar o bien Carmesina iba a malvender el pliego al primer estudiante que encontrara en el mercado (si es que los estudiantes seguían dignándose a ir al mercado, que ahora que se decía que iban a ponerles una universidad en la misma Valencia igual pretendían subirse a las barbas de los hombres de bien).


Pero es más, y aún sin recibir respuesta más allá de los ecos de los gemidos de Carmesina en cualquier pajar y con cualquier otro, le había enviado misivas desde la pestilente Francia, siempre al final de cada acertada peripecia, siendo para ello más o menos necesario mentir en lo que a los desenlaces se refería, dedicando a algunos de los pliegos muchos rezos en penitencia, aún buscando al más glotón y pecadorzuelo de los confesores que encontrara.


Quién, y me pregunto, quién iba a imaginarse que la primera y última respuesta epistolar que iba a tener de Carmesina fuera a ser nada más y nada menos que una carta de batalla retándole en duelo a muerte. Bien es cierto que Carmesina mal conocía ese arte llamado escritura más que para distinguir un libro de un cazo, y bien es cierto que Carmesina decidió plantear su misiva a gritos en plena noche en vez de en formal documento, pero no dejó de ser una respuesta a sus misivas y hemos de ser fieles a la historia y recordar que el corazón de Tirant se vio al fin recompensado tras tanto desaire de una mujerzuela sin honra.


Mas hemos de remontarnos a tiempo atrás, antes de que nuestro héroe decidiera empuñar la lanza y llenar de valentía la armadura, para encontrarnos a un Tirant pilluelo, con la cara tan devorada por el acné que se diría sufría de escrófula; a la par tontorrón y risueño como solo un hombre virgen lo es.


Una buena noche de mayo la hermosa Carmesina le había empujado a un pajar, pues era ya toda una mujercita de costumbres, y con sus labios y pezones color rojo sangre había sellado su cuerpo por doquier diciéndole, sí, será muy señor, señor, pero ahora el señor es mío. No con poco desconcierto había observado Tirant, ya en el hogar, a la luz del candil su cuerpo lleno de numulares marcas rojas, sin saber desconcertado qué significaban, ya que no dejaban de recordarle a señales en una carta de navegación, y aunque ya por entonces le esperara mucho mundo, la navegación no terminaba de ser lo suyo. Ahora bien, que una de las marcas sí que la entendía, sí, y era la que bajo sus paños menores había dejado Carmesina con sus labios carmesí (o quizá en extraño movimiento, hubieran sido sus pezones, algo aturdido se sentía Tirant como para recordarlo): tirando de la piel fina y redundante de su miembro la muy maldita lo había lacrado y ya nunca más dejaría asomar su violácea bellota, que si bien era tímida y nunca salía del todo, sí había gustado hasta entonces de salir a curiosear.


Tantos años y aventuras después allí estaba Carmesina gritando colérica bajo su ventana, y Tirant miraba bajo sus calzones; ahí seguía su miembro lacrado, aunque el rojo se hubiera ido desluciendo con el rastro blanquecino y aromático que había dejado el paso de los años, rastro blanquecino que parecía rezumar sin fin del miserable orificio de piel que le había quedado.


Lo cierto es que Tirant nunca reveló a los suyos los detalles del final de esta historia. Hay quien dice que Carmesina moría de cólera y celos al saber que Tirant partía a Bizancio con el objetivo esta vez de nunca más volver y acabó reventando de rabia (o de la impaciencia del puño de algún vecino somnoliento). Y también añaden que Carmesina sabía que allí le esperaba una mujer, también de nombre Carmesina, y que era eso lo que enfervorecía su ira. Otros sin embargo cuentan que, harto de tanto grito, Tirant salió a la calle, se echó al hombro a la gritona muchacha y la llevó dentro; días más tarde la arrastró al barco que le llevaba a Bizancio y allí, tras mucha y muy densa discusión (cuentan que es lo propio de la tierra) cábalas hicieron para que la campesina acabara heredando Bizancio entero.


Sí sabemos sin lugar a dudas, y satisfechos nos regocijamos en recordar, que nuestro siempre venerado Tirant desposó a una Carmesina heredera del imperio, y que allí residieron felices, viéndose en los grabados de la época tal sonrisa en nuestro adorado Tirant, que no dudamos que Carmesina, fuera o no la original, desgarró la piel lacrada y dejó a la violácea punta volver a disfrutar de la libertad que siempre mereció.




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